viernes, 9 de agosto de 2013

PROYECTO INVIERNO PASIONAL - Verónica Tarzia



Robert Doisneau


Elogio del amor

(Intento reescribir la visión poética de la propuesta filosófica que con este título pertenece a Alan Badiou, Ed. Paidós, 201. Leí en Proyecto Invierno Pasional unos fragmentos de la serie)

Encuentro-fusión

Me dejo besar porque este beso me envuelve y me deja ser dentro del beso que me es dado, porque también soy yo, el beso, con él. El beso no empieza cuando las dos bocas se encuentran, empieza tímido, distanciado. En el primer acercamiento brilla el reflejo de lo que miramos a través de los párpados que se cierran retraídos, y oscurecen el ambiente, porque en nuestras personas, puede la vergüenza colarse en los ojos, o en el cuerpo, y hasta en el espacio, pero no en las lenguas o en sus mensajes. En esas lenguas de las que somos dueños, orgullosos, sobra nitidez. Entonces agradezco el permiso que él me pide -tímido- para tocarla, hacerla callar para que sienta su espasmo, pero además de sentirlo quiere lo apruebe, que me guste y me transforme y en ese deseo los dos nos transformamos, juntos, porque este beso no puede existir sin el otro, porque dura todo el tiempo que es necesario decirnos que estamos cerca y todo el tiempo que puede expresarse el fulgor, y si no existiera, y pudiera seguir sonando música sin fin, también abriríamos nuestras bocas al otro indefinidamente, para no suspender lo que es preciso.

Verónica Tarzia leyendo en la segunda edición del PiP


Encuentro del Dos

Hoy vuelvo a verlo y ha pasado un día. 

Fueron varios los días que pasaron pero en ese contrasentido del reloj, todo lo que vivo en los interludios no tiene que ver con el transcurso sino con mis objetivos. 

Enhorabuena, entonces, la que vuelvo a verlo. Aquí el minutero se detiene, o mejor, evoluciona con otra armonía y sin apagones. 

Vencemos el miedo del tiempo ausente, y en mi interior, comprendo que no puedo quedarme en el espacio irreductible de la duda, porque no estoy en el cielo o en el infierno, estoy en la vida y hay que seguir; entonces en ese momento, que compartimos, ésas, nuestras puntas de las lenguas que tienen tanto que decirse y se buscan, empiezan a hablar su lenguaje no-mudo y no-sordo. 

Si hay llamaradas es para conservar el calor de este ambiente estrecho, pero feroz,  candidez que nunca se fue y solo se retoma, porque en realidad lo que enciende y lo explota es nuestro cuerpo celestial. 

Es cierto, la luz que irradiamos juntos no puede apagar los incendios del mundo, o la bocanada de pasado que aparece en nuestras almas, aún cuando el crudo intento de cortarnos el aire con el aliento, y con la soga de lenguas incansables, es el mensaje que nos damos, en el medio del beso y del encuentro. 

Y así, la consumación es realizada, dejando esa estela de la luz que se esparce en un fondo, como si fuera el rastro de nubes que sigue al paso de un avión hidrante o la posibilidad honda de conocernos que me reclama el mayor de los esfuerzos de la voluntad y el despliegue de un arte que amo. 

La marca de la estela, con sus tonalidades, es la guía de este maravilloso camino y antes de seguirla, la vamos a escribir. 



Verónica Tarzia


Dallas Curow

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pasemos este invierno enamorados.

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