lunes, 8 de septiembre de 2014

Ruptura - Verónica Tarzia

Ruptura
Se habían “juntado” en esa casa casualmente, con la felicidad que se siente cuando el viento de la vida corre a favor y no hay que forzar mucho los sucesos. Se habían disfrutado como un hechizo y transformaron cada rincón del lugar con esa unión, desde el primer día en el que se tomaron la mudanza con una risa tremenda y el despojo de tener una ciega confianza en la espontaneidad. En todo ese tiempo cuando necesitaron apuntalarse buscaron en la mirada del otro el brillo de aquella fe intuitiva.
Aquella noche limpiaba las copas del último trago y de los dos años masticados en esa comida. Era un merlot muy poco habitual. No tenía la costumbre de tomar vinos amables, era propenso a los sabores astringentes. Esa vez lo eligió por ella, era una de esas únicas ocasiones en las que podía agasajarla, cuando se trataba de darle un gusto pasajero. La interpretación de sus gestos lavando las copas era algo escabrosa, él ejecutaba esos actos en el silencio más absoluto, simplemente estaba ahí, limpiando los restos de la mejor etiqueta del varietal de su agrado. Era alto y se sentía torpe, parado de espaldas a la mesa desarmada, encorvado, con las manos en la bacha de la cocina, mientras maniobraba el agua con la esponja y el jabón, tomaba conciencia de los gruesos que eran sus dedos, y en general, de la hosquedad de sus manos.
El encuentro no funcionó. Había intentado apaciguar el irrefrenable impulso de las cosas, a su estilo, con una charla liviana. Con el esfuerzo medido para no enojarse, eludió cada uno de los reproches que aparecían en la voz y hasta en la mirada de ella. Mantuvo el aplomo para no decirle que todos sus cuestionamientos eran, para él, una puerta de salida de esa relación, porque lo que no soportaba era las escenas y ese montón de palabras inútiles. Sólo le dijo: ¿no podés simplemente aceptarme?
Creyó que cerrar de ese modo el conflicto, sería lo correcto, volverían a ser naturales. Creyó que se había desnudado en esa pregunta que en realidad no sabía bien lo que implicaba. Sonrío durante la cena, a la vez que empezó a contarle algunas cosas de su infancia, con el ánimo de acercarse. Siempre había eludido esos relatos, prefería que ella disfrutase los frecuentes encuentros de su familia, que ahora estaban en tiempos de paz. Las historias que contaba siempre se quedaban a medias, quizás él mismo se convencía de haber olvidado el dolor y sus formas de superación. Para cambiar de tema y no tener que entrar en los detalles, le preguntó si había vuelto a manejar su auto en estas semanas en las que se habían visto poco.
Ella enmudeció, bajó la cabeza y lloró sin consuelo, con cada lágrima se iba desintegrando, hasta ser tan invisible como se sentía a su lado. De inmediato armó las valijas y se fue.

En el medio de la noche, la cocina se llenó de ausencia, de esos claros en los que él no podía estar, que trataba de obviar rápidamente con algún entretenimiento. En el lavabo la fuerza se le fue de las manos, o de la cabeza. Apretó el cristal con sus dedos agarrotados, la copa se rompía, primero se hizo trizas en el centro y luego se desprendían los pedazos. Siguió enfurecido, aplastando el cristal en el acero de la bacha, hasta obtener pequeñas piedritas que fantaseaban ser diamantes. El agua corría y ahora también se mezclaba con algunas gotas de su sangre, escapada por la tangente. Se sorpendió por la nobleza del cristal que casi no lo había dañado. Pensó que podría haber caminado sobre esos cantos sin siquiera lastimarse. Sonó el teléfono móvil, y eso lo sacó de su estado de confusión, se limpió los dedos apenas raspados, chequeó los mensajes: lo invitaban a una reunión. Salió de la casa vacía. 

Verónica Tarzia, 2014.
Texto producido en los talleres de Siempre de Viaje.

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