jueves, 10 de enero de 2019

Un paseo corto * Julio César Castro



La ventana abierta me invita, con su mano extendida, a caminar en el aire. Suspendido como polvo nómade, flotando en el campo. Ahí voy. Lejos. 
Un mediodía nublado entre pasillos angostos y cuartos con puertas férreas, placas de bronce, imágenes opacas de niños, mujeres, hombres con bigote, tal vez santos, tal vez diablos, veredas iguales y flores, muchas flores. Mármoles en el piso de tierra. Cruces. Algo escrito. No puedo leerlo. Sigo en vuelo.
Una pareja camina lenta de la mano con los uniformes del lugar, oscuros, siempre negros. No hablan, cargan lirios y memorias.
Un nene raspa su autito en una pared y su madre le espanta el sacrilegio. Un cura deambula buscando mitos, un perro blanco los mira perdido. Una paloma despide a sus piojos. Yo vuelo sobre sus cabezas montado en el pasado y veo mi nombre, una fecha, un suceso. No puedo seguir volando, me cuesta. La ventana esta entornada. Vuelve el frío, la calle muda, el hierro húmedo y ese olor que disimulan los perfumes ajenos.
Los viejos van a sus casas, el perro se rasca agobiado, la paloma busca su hueco, las flores se agachan mustias, un hombre desteñido cierra las rejas, aprieta un candado. La campanas suenan. Es tiempo de volver, antes que los fantasmas me traigan a los golpes. No importa, la ciudad se oscurece y nadie puede verme, ni siquiera yo, que intento el camino de regreso a la ventana, esa que ahora, está cerrada y que golpeo inútilmente.




Julio César Castro, 2018. Para Tu viaje del año.



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