martes, 31 de diciembre de 2013

Feliz 2014




Año Nuevo - Rubén Darío



A las doce de la noche por las puertas de la gloria 
y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre, 
sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria, 
San Silvestre. 

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tiara, 
de que son bellos diamantes Sirio, Arturo y Orión; 
y el anillo de su diestra, hecho cual si fuese para 
Salomón. 

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina, 
y su capa raras piedras de una ilustre Visapur; 
y colgada sobre el pecho resplandece la divina 
Cruz del Sur. 

Va el pontífice hacia Oriente ¿va a encontrar el áureo barco 
donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero? 
Ya la aljaba de Diciembre se fue toda por el arco 
del Arquero. 

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno 
el inmenso Sagitario no se cansa de flechar; 
le sustenta el frío Polo, lo corona el blanco Invierno, 
y le cubre los riñones el vellón azul del mar. 
Cada flecha que dispara, cada flecha es una hora; 
doce aljibas, cada año, para él trae el rey Enero; 
en la sombra se destaca la figura vencedora 
del Arquero. 

Alredor de la figura del gigante se oye el vuelo 
misterioso y fugitivo de las almas que se van, 
y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo 
con sus alas membranosas el murciélago Satán. 
San Silvestre bajo el palio de un zodiaco de virtudes, 
del celeste Vaticano se detiene en los umbrales 
mientras himnos y motetes canta un coro de laúdes 
Inmortales. 

Reza el santo y pontifica; y al mirar que viene el barco 
donde en triunfo llega Enero, 
ante Dios bendice al mundo; y su brazo abarca el arco 
y el Arquero.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Siempre de Viaje en el diario Clarín

Siempre de Viaje entre los sitios para abrirse a la escritura en Buenos Aires

La oferta es amplia y variada. Buenos Aires es una ciudad donde muchos de sus habitantes sueñan con desarrollar una veta artística, como puede ser la escritura, y los talleres literarios aparecen como un lugar desde el cual poder desenvolverse mejor en el mundo de las Letras. Sin embargo, no todos llegan a esos encuentros atrás de un mismo objetivo. 

“La principal motivación por la que se acercan es que quieren desplegar su escritura: son personas que escriben o han escrito en su vida, pero no tienen con quién compartirlo desde un punto de vista crítico. Buscan un lugar donde puedan leer lo que escriben y tener una devolución que les permita desarrollar con más seguridad lo que quieren decir, o incluso descubrir qué quieren decir y cómo”, sostiene Karina Macció, Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, y creadora de “Siempre en viaje”, un taller de lectura y escritura de poesía y narrativa, que funciona en el Abasto, pero que también vence a la distancia y se dicta por Skype.

Para Juan Morris, secretario de redacción de Rolling Stone Argentina, en cambio “casi todos empiezan como una forma de terapia: el 0,1 por ciento quiere dedicarse a escribir, el resto sólo quiere vivir mejor, tratar de sentirse menos alienado, desarrollar un costado creativo. La escritura para ellos es la forma de abrir un canal expresivo hacia sí mismos, una forma de autoconocimiento”, sostiene, quien coordina un taller de escritura creativa y crónicas periodísticas.

Paz Azcárate vino a Buenos Aires desde su Lobos natal para estudiar Ciencias de la Comunicación en la UBA, y paralelamente a su carrera, aprovecha la oferta de cursos y talleres. “El último que hice duró un trimestre, una vez por semana. Lo que más me gustaba es que producíamos todo en la clase, lo compartíamos en el momento, y lo que salía era un poco más ‘espontáneo’. Eso de alguna manera te permite superar algunas trabas del proceso, como darle muchas vueltas a un asunto y quizás terminar abandonando el texto. Por otro lado, antes me costaba un poco mostrar lo que escribía, y la dinámica del taller te obligaba a hacerlo, entonces en ese sentido puedo afirmar que conseguí lo que buscaba cuando lo comencé”, se sincera.

A pesar de que nunca sobran los cupos en los grupos, existe de parte de ciertas personas algún recelo sobre los cursos. “Tal vez no un prejuicio, pero si existe la idea de que los talleres no sirven. Hay algo cierto: no todos nacen para jugar al fútbol, no todos nacen para ser abogados, y la literatura no es una excepción”, sentencia Hernán Isnardi, director de “La máquina del tiempo”, una revista de literatura que tiene más de quince años de vida, y además coordinador de talleres de lectura y escritura de poesía y narrativa. “Hay gente que nunca va a aprender a escribir literariamente. Pero creo que el taller es el lugar para saber que no, o para despegar y proyectarse”, asegura.

En ese sentido, Maccio cree que existe algún recelo para con los talleres dentro del ámbito literario. “Hay muchos escritores que no creen en hacer taller, hay muchas personas que piensan que cambiará su escritura de una manera que ellos no quieren, que impondrá un estilo ajeno, probablemente el del coordinador. Pero en mi caso, creo que el taller cambia tu escritura en tanto la experiencia de realizarlo te cambia a vos mismo. El grupo hace que la escritura sea menos solitaria, más abierta, más lúdica, más arriesgada, porque nos permitimos probar cosas que solos no nos habríamos animado o ni siquiera se nos habría ocurrido”, agrega.

“El mundo de la literatura acá es tan chiquito, que asumo que está lleno de recelos”, sostiene Morris, “pero lo más importante, lo nuclear del taller, es encontrar que tiene para escribir cada persona, qué tiene para contar que nadie más pueda contar, lo que vienen a sacarse de adentro. Y a partir de ahí, el trabajo es profundizar desde dónde sacar la escritura. Es como encontrar un pozo de petróleo: empieza a salir un chorro con mucha fuerza, que estaba ahí guardado. Después, obviamente se calma, pero es impresionante al comienzo”.



Mirá la nota completa en Clarín del 26/12/2013:

domingo, 29 de diciembre de 2013

jueves, 26 de diciembre de 2013

Andrés Boselli: MINUTO HOT

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Busqué en el reloj que detiene el tiempo
donde se oculta el deseo
allí moraban pequeños ángeles azules
lozanos, alegres y perversos
aunque bailaban y reían
parecían sedientos
Loretta Lux
“¿Por qué aun retozando y brillando
no parecen satisfechos?”
les pregunté
“Porque vivimos al pulso del amor”
contestaron
cavilaba sobre esta respuesta
cuando una figura oscura me distrajo
estaba oculta, espiando 
anhelante
Mis ojos la buscaron
pero las bocas áureas me reclamaron
 “míranos reír siempre”
escuché decir a los ángeles

Noté en sus voces un tono de advertencia
comprendí que sonreían
de espaldas a la muerte


Andrés Boselli

Texto producido en los talleres de Siempre de Viaje

martes, 24 de diciembre de 2013

Ray Bradbury - Cuento de Navidad


El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, ¿qué podemos hacer?
-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
-¿Qué...? -preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un poco -dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
-Oh -dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero... -empezó a decir la madre.
-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Me prestas tu reloj? -preguntó el niño.
El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo.
-Está oscuro.
-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Juan Ramón Jiménez - Navidad



¡La candela en el campo!... Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente... De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

...Camina, María,
camina José...

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.


Juan Ramón Jiménez, fragmento de Platero y Yo.