sábado, 30 de abril de 2016

The passenger - Siouxsie and the Banshees, Featured by Eva Lanfranchini



soy tu pasajera
mansa obediente
en medio de la noche
me dejo conducir
tus voces me asombran
y ese brillo que titila en tu ojos
me estremece
algo… no lo sé 
pero no voy a quedarme acá de pie
porque vos sabes    llevarme
a mi propio vértice 
donde se arremolina el corazón
tuyo y mío
ahí venís
entonces 
y sacudís mi cielo
dejando caer 
¡todas esas estrellas!
Así
fulgurante mi alma
mi espasmódico corazón
se vuelca a un costado
el de la imaginación
entonces subo
a verte
al mirador prohibido

ese que dejas en velo
solo para mí
Si
acá estoy
yo
tu pasajera
tu fan
tu ardiente fémina
Lleváme por favor
pegada a tu espalda
como la piel de tu piel
trepáme
desde la punta de los pies hasta acá
y cuando hayas encontrado
el mejor camino para este viaje
recordá que yo
sólo soy
tu pasajera


Eva Lafranchini, 2016.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje para Fiesta Glitter.


Foto: Paula Aguilera

miércoles, 27 de abril de 2016

Visceral * Federico Castro Walker


Latido-acidez, latido-acidez, latido-acidez. Un dolor espantoso que sube por el esófago, desciende al estómago y lo incendia. Vuelta a empezar. Sudor, incomodidad. Excusa cualquiera para abandonar reunión de trabajo con cara de todo O.K. Pastilla, ¿dónde está la pastilla? Tanteos hasta encontrarla. La mano restante, apoyada en un ventanal del piso treinta y pico le da descanso al cuerpo, enfundado en James Smart.
El estómago manda, por más que a él lo miren como al dueño del circo. Caído por el ángulo más sonso. Derrotado no por un rival o una catástrofe, por algo tan grasa.
Cuando llegó donde todos querían, diez años atrás, el único protagonismo de sus tripas pasaba por una intuición visceral. Gracias a ella, contactos y una educación excelente había convertido la escalera hacia el éxito en mero trámite. Las dudas, de los otros.
La intuición lo había guiado en las relaciones públicas, en las amistades más convenientes, en la elección de la mujer exacta.
Con esos amigos economizaban empatía. La reservaban para  sus semejantes sociales.
Él, por supuesto, era el que entendía qué ola dejar pasar y cuándo tomar la justa con mayor rendimiento. Sí, siempre había sido de esa manera, hasta los cuarenta y cinco, cuando comenzó ¿Cómo llamarlo? sí, el vacío estomacal.
La intuición reemplazada en un día por una cadena de dolores de distinta intensidad y lugares del sistema digestivo. Convertido él mismo, de repente, en usurpador del  lugar que le había conseguido su yo pasado.
Eligió en ese momento no prestarle atención. ¿Por qué no seguir teniendo la fiesta en paz? ¿No estaba donde los demás querían? ¿Quién podía, además, notar el cambio?
Después de la muerte de su padre, mentor desde siempre, el latido visceral se fue adueñando de sus pensamientos. Sus éxitos no tenían destinatario que valiera la pena. Demasiado estético para conformarse con el ego. La envidia ajena le daba lástima, pocas satisfacciones.
Los viajes al extranjero, exóticos o no, pasaron a darle lo mismo, igual un palacio en Francia que en la India.
El sueño leve, reforzado por una combinación de sedantes y antiácidos.
Cada año el vacío se fue haciendo peor hasta dominarlo por completo, convirtiéndolo en actor de lo que había sido. Parecía un cantante –sólo- de grandes éxitos.
La vida familiar, una liturgia vacía.
En el fondo, no podía digerir que triunfar fuera eso.
Arrinconado, se aferró al manual: relaciones públicas fluidas, deportes, reuniones, más amigos, sonrisa tatuada, la concentración para mantenerse con plata (mucha). Escapar hacia adelante.
Pero no hay caso, se siente como el mago al que se le ven los trucos. Una tensión excesiva al cerrar negocios le hace tragarse la baba. No puede disimular la falta de interés en lo social, que literalmente lo infla.
En sus triunfos previsibles ya ni siquiera hay confort.
Las tripas, por lo menos, le disimulan la nada.


Federico Castro Walker




lunes, 25 de abril de 2016

Saber escuchar * María del Carmen Sarquis




Si las paredes hablaran… eso decía siempre mi madre cuando yo era pequeña, no entendía en ese entonces el porqué de esa frase, pero con el tiempo me fui dando cuenta.
En la biblioteca de mi casa natal, que era una habitación amplia con paredes vestidas de libros, una gran mesa rodeada de ocho sillas, se reunía ella con sus amigas cuando venían a visitarla. Estas visitas eran muy frecuentes y ella las hacía pasar allí cerraban la puerta con llave, mientras mis hermanos, nuestros amigos y yo jugábamos afuera o en la gran quinta que tenía mi casa. A veces cuando nos arrimábamos al lugar sentíamos voces, a veces risas, a veces llanto. La curiosidad por escuchar era grande pero no nos atrevíamos.
Recién cuando falleció mi madre y yo comencé a leer sus escritos, ya que a ella le gustaba mucho escribir, me entero de que todas sus amigas venían a contarle sus “cuitas”: amores, desengaños, resoluciones, o simplemente a pedirle consejos. Ella era “la que sabía”, el ejemplo de una mujer cuya palabra era escuchada y respetada. Pero estas confidencias y el lugar que ocupaba entre sus amigas la hacía muy feliz.


María del Carmen Sarquis.



Camino * Mariana Avendaño


Camino cuatro cuadras hasta Rivadavia. Se oye poco acá afuera, como si algo empezara. Siento el ruido de mis zapatos, no quiero que me escuchen, pienso que mis pasos hablan de mí, cantan el misterio. Quisiera caminar distinto, con una firmeza coreográfica, nombrarte, gritarte, arrodillarme ante vos y que las cosas sucedan solas.
Hoy quiero ser esa mujer rubia que no le tiene miedo a nada. Usa brillos en la ropa, medias negras y polleras que dejan ver los encajes.
Llego a la avenida. El ronroneo constante de los autos me interrumpe frente al semáforo. Me paro en el borde de la calle, casi afuera del cordón. Aprovecho la pausa. Intento llamarte. Sé que vendrías. Quisiera desafiarte, ser tan ruidosa. Voy a ser esa mujer rubia, masticando chicle, usando aros gigantes, trasparencias color negro. Marcando mi propio ritmo, que todos me sigan. Nombrarte.

Mis pasos ya se sienten. El ruido delos tacos se escucha tan fuerte. Me encuentro frente a frente con una mujer de mi edad, pienso si seré yo misma. Las dos nos cruzamos enfrentadas en una misma línea como si quisiéramos hacer el mismo baile. La dejo atrás y sigo. Ya sé quién soy. Esa mujer rubia que no tiene miedo, que desafía cuando camina, hace ruidos, mastica chicle, muestra sus encajes y aun así se arrodilla ante vos, te redime.  

Mariana Avendaño, 2016.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje para la Fiesta Glitter.



domingo, 24 de abril de 2016

Magia negra * Alejandra Pizarnik


Et qui le soleil pour installer 
le royaume de la nuit noire. 
ARTAUD 


La mayor obsesión de Erzébet había sido siempre alejar a cualquier precio la vejez. Su total adhesión a la magia negra tenía que dar por resultado la intacta y perpetua conservación de su "divino tesoro". Las hierbas mágicas, los ensalmos, los amuletos, y aún los baños de sangre, poseían, para la condesa, una función medicinal: inmovilizar su belleza para que fuera eternamente comme un rêve de pierre. Siempre vivió rodeada de talismanes. En sus años de crimen se resolvió por un talismán único que contenía un viejo y sucio pergamino en donde estaba escrita, con tinta especial, una plegaria destinada a su uso particular. Lo llevaba junto a su corazón, bajo sus lujosos vestidos, y en medio de alguna fiesta lo tocaba subrepticiamente. Traduzco la plegaria: Isten, ayúdame; y tú también, nube que todo lo puede. Protégeme a mí, Erzébet, y dame una larga vida. Oh nube, estoy en peligro. Envíame noventa gatos, pues tú eres la suprema soberana de los gatos. Ordénales que se reúnan viniendo de todos los lugares donde moran, de las montañas, de las aguas, de los ríos, del agua de los techos y del agua de los océanos. Diles que vengan rápido a morder el corazón de... y también el corazón de... y el de... Que desgarren y muerdan también el corazón de Megyery el Rojo. Y guarda a Erzébet de todo mal. Los espacios eran para inscribir los nombres de los corazones que habrían de ser mordidos. Fue en 1604 que Erzébet quedó viuda y que conoció a Darvulia. Este personaje era, exactamente, la hechicera del bosque, la que nos asustaba desde los libros para niños. Viejísima, colérica, siempre rodeada de gatos negros, Darvulia correspondió a la fascinación que ejercía en Erzébet pues en los ojos de la bella encontraba una nueva versión de los poderes maléficos encerrados en los venenos de la selva y la nefasta insensibilidad de la luna. La magia negra de Darvulia se inscribió en el negro silencio de la condesa: la inició en los juegos más crueles; le enseño a mirar morir y el sentido de mirar morir; la animó a buscar la muerte y la sangre en un sentido literal, esto es: a quererlas por sí mismas, sin temor.


Alejandra Pizarnik, La condesa sangrienta.



CLUB DE LECTURA DE SIEMPRE DE VIAJE
Coordinación: Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964 

jueves, 21 de abril de 2016

La vida es un misterio * Federico Castro Walker


La vida es un misterio
todo el mundo corre por su cuenta
te oigo decir mi nombre
y es como el hogar

y en esa voz en donde soy
en esa voz donde no estoy solo
el misterio deja de ser enigma
me llena de vida

entonces digo tu nombre
mi voz es el hogar para vos
corremos como chicos en la playa
esquivamos la tristeza
como un castillo de arena derribado

gritamos cantando
juegan nuestras voces
y nada importa
somos nuestras voces

Y otra vez, otra vez
Y de nuevo, de nuevo
como los chicos
Y más playa
Y más castillos

desde el cielo
llueven luces de colores
Y mi voz es tu hogar
Y tu voz es mi hogar


Federico Castro Walker, 2016.
Producido en los talleres de Siempre de Viaje.




martes, 19 de abril de 2016

Fiesta * Sol Orozco



El cartel, clavado en el tallo de una margarita medio seca, anunciaba con grandes letras: 

HOY FIESTA GLITTER  

José el caracol se llenó de emoción. Era nuevo en el bosque, nunca había asistido a una fiesta y ésta parecía ser LA oportunidad para conocer e integrarse un poco con sus vecinos.  

Emocionado de deslizó lentamente hacia su cueva, quería arreglarse para estar a la altura de la ocasión y sabía que todo le llevaba mucho tiempo. Con esmero pasó la tarde limpiando su caparazón y practicando frente al espejo cómo mantener sus cuernos-ojos abiertos, ya que era común que cualquier sobresalto se los cerrara y sabía que esa noche estaría llena de sorpresas. Cuando estuvo listo, se encaminó velozmente lento hacia la fiesta.

Para cuando llegó era uno de los últimos de la fila y ya solo estar allí con los otros lo llenaba de entusiasmo. Escuchaba a través del vallado de bambú la música diciendo  exprésate, brilla o te llevare allí y se imaginaba bailando entre luciérnagas y ciempiés tornasolados, sin poder controlar a sus cuernos-ojos que se meneaban involuntarios.  Mientras esperaba, en la cola todos hablaban de “las divas de la fiesta” unas crisálidas listas para volverse mariposas en el momento cúlmine de la noche y su corazón latía con más fuerza, nunca había visto un nacimiento de esos. 

En la puerta, un escarabajo rinoceronte lo frenó en seco mostrando su afilado cuerno.

-Alto, no puede pasar.
-¿Cómo? ¿Pero… por qué?
-Derecho de admisión, todos deben brillar.

José giro sus cuernos ojos hacia sí mismo, su caparazón pese a la limpieza profunda seguía siendo de 
un marrón opaco y su piel, gris, blanda, tampoco centelleaba.

-Pero… pero…
-Lo siento, son las condiciones del evento. Muéstreme algo que brille y yo lo dejo pasar.

El caracol meditó un largo rato, hasta que finalmente sonrió. Tenía la solución.
Comenzó a dibujar en el piso con su rastro una carita sonriente, orgulloso mostró su obra al escarabajo. Éste sacudió la cabeza desaprobándolo con desagrado.

-Eso no es para nada brillo. Eso es baba.

La fila estalló de risa, avergonzado José también rió, cuando en realidad lo que quería era callarlos a todos de un grito y salir corriendo. Pero su condición se lo impedía, así que en silencio, se marchó bajo la mirada burlona de todos, de vuelta a su cueva.

Pensó en colarse por algún pastizal, pero sabía que para cuando llegase todo habría terminado y no quería resignarse. Decidió trepar a un helecho eléctrico para al menos poder ver a las crisálidas transformarse, cuando estuvo arriba apenas divisaba algunas luces y colores pero era imposible distinguir mucho más. Agotado resolvió no volver a casa sino dormir allí, a la intemperie, al menos arrullado por la música. Lo último que escuchó antes de quedarse dormido fue esa frase. 

                                Te llevare allí… 

Esa noche José el caracol soñó con un arrecife de coral. El sol fragmentado en   diminutas partículas entraba en el agua bañando todo el lugar con una luz nacarada y los colores vibrantes se posaban en cada rincón del cayo. 

Vio a las anémonas de un rojo furioso danzar en cámara lenta con la corriente, sintió a los peces apenas besarlo con sus aletas, curiosos, refulgentes. Una tortuga marina se detuvo a su lado, mirándolo pacífica, sonriéndole con esa boca grande y sin dientes, como diciendo vos estás invitado. Los corales, entre amarillos y turquesas, se erguían irregulares hacia la superficie, cobijando a todos sus brillantes moradores. Se vio a sí mismo ya no caracol sino caracola. Su caparazón, ahora concha marina, era de un rosado perla exquisito, y su cuerpo, blanco, suave y traslucido se ondeaba grácil con cada ola que entraba y salía cadenciosa del arrecife. Esa fue su última sensación, su cuerpo glitter, danzando en una fiesta coral, al compás de la mejor música, la del mar. 

Alegría fue la última sensación de José esa noche, que en un descuido, se quedó peligrosamente dormido sobre el helecho eléctrico, bajo la mirada acechante de un búho manchado del norte.

Sol Orozco, 2016.
Producido en los talleres de Siempre de Viaje para Fiesta Glitter.