viernes, 19 de agosto de 2016

Desgarrada * Andrea Larrieu




No es una gota perdida
de lluvia
no es cristal de agua
brillante de sol
no es un pedazo líquido
de tristeza
no es alegría
de emociones fuertes
no surge de caricias
que enternecen

No es gota que alivia
hierba del alma
golpes
la virgen llora
fuego que arde
en el cuerpo
explota
no es deseada
un tajo en la piel
cuchillo filoso
golpes
no es agua que brota y humedece
se desliza oscura por el pálido rostro
de mármol
es como la muerte
espinos se clavan
golpes
No es.





Andrea Larreiu, 2016.
Texto producido en los Talleres de Siempre de viaje a partir de un poema de Anne Sexton.


jueves, 18 de agosto de 2016

Deseo * Federico García Lorca


Sólo tu corazón caliente,
y nada más.

Mi paraíso un campo
sin ruiseñor
ni liras,
con un río discreto
y una fuentecilla.

Sin la espuela del viento
sobre la fronda,
ni la estrella que quiere
ser hoja.

Una enorme luz
que fuera
luciérnaga
de otra,
en un campo
de miradas rotas.

Un reposo claro
y allí nuestros besos,
lunares sonoros
del eco,
se abrirían muy lejos.

Y tu corazón caliente,
nada más.





Federico García Lorca




La gitana * Ted Hughes

La catedral estaba ahí,
impotente, para ser exhibida, para otros, para otras
épocas. El espectacular alanceado
de su tonelaje nos perforó
con la sombría lobreguez y el peso de lo sagrado.
Era la primera vez que vi Reims. También la última.
Nunca volveré a acercarme de nuevo.
El fuerte rayo de lo que ocurrió
carbonizó el más sedoso, sigiloso y tentativo
mapa de Francia que yo tejía
ante nosotros, como teje la araña su pasadizo,
quizás para el futuro. Nuestra
primera exploración más allá de París juntos,
reconociendo el terreno, tomando apuntes, embelesados
por todo. Estábamos sentados en una placita
mojando los esponjosos cruasáns en chocolate caliente.
Tú escribías postales, concentrada.
Con tu impermeable. A media mañana, el aire fresco.


Un pedazo de gitana oscura
apareció de repente. Ocupada, urdiendo negocios
como una comadreja probando grietas
o como la hoja del camarero que abre ostras,
igual, sin parar,
tiraba la mala al cubo, las valvas hacia arriba,
cogiendo la siguiente, con atención,
para encontrar su cerradura. Mostraba la gitana
un medallón religioso—San Nicolás o Santa María—
hacia afuera. Sabedora, sin mirar de reojo,
casi antes de que hubiera hablado la rechazaste ya,
un reflejo fruto de la práctica, saltando como un resorte, tu dura
vehemencia chocó contra su vehemencia.
Su peticionaria rutina de carrerilla paró en tu “Non.”
Y se paró, en efecto, aturdida, dolida, exactamente igual
que si la hubieses abofeteado. Como una pistola su dedo
se alzó en tu cara, su ímpetu todo
convertido en carámbano para señalar: “Vous
creverez bientot”. Su cara morena
era un nudo grasiento de cuero, un quipu,
como el de Jerónimo, el indio. Ojos amargos
con vengativos restos de grappa, vieja malicia gala,
pasas de hiel. E igual de abruptamente
se largó, de aquí a allá,
entre las mesas, desaparecida, dejando las palabras
más pesadas que la catedral,
más grandes y oscuras, con los cimientos más hondos.
Mi cuerpo entero soportó su peso
como una religión nueva o mucho más antigua
sólo para mí, para que la llevase
a todas partes conmigo –con las catacumbas más hondas
y un Dios más fuerte.
Pero tú
seguías escribiendo postales. Durante días rimé
talismanes de poder, en regios conjuros sajones,
para neutralizar el veneno. Imaginé
volver a Reims y encontrarla
y darle la moneda—sobornarla para que guardase
el proyectil. Pero tú
nunca lo mencionaste. Nunca lo anotaste
en tu diario. Y hasta retuve la esperanza
de que nunca lo hubieras oído. Amortiguada, quizás,
por otras explosiones más íntimas. Encerrada, quizás,
en una cripta más sólida.




Ted Hughes, Cartas de cumpleaños.





miércoles, 17 de agosto de 2016

Despiadados * Mariana Avendaño

Despiadados. Aparecen de repente. Colmillos agudos, piel musgo, ojos saltones, cuerpo con escamas.
De diferentes tamaños, se deslizan. Vienen de atrás del sillón, salen de la cama, se meten en la ducha.
A veces hay solo uno. Otras, son miles. No avisan que están y se reproducen como si fueran lombrices.
Me muerden, sacan pedazos enteros. Siento el dolor en los pies, las caderas, a veces se estiran hasta los brazos. La sangre se espesa y el dolor en mi cuerpo crece día a día. Dejan marcas infecciosas en la piel, paredes manchadas de sangre.
Tuve que pintar toda la casa con rojo purpura.
La primera vez que fui a la guardia médica con la piel herida, aceptaron mandar una inspección.
No encontraron nada, ni siquiera rastros de estos cocodrilos. Están en mí.
Aprendí a hacerme las curaciones cuando me atacan, a registrar en un cuaderno qué los hace aparecer para protegerme de sus mordeduras y cicatrices.
Dudo elegir la vida o la muerte, deseando solo descansar.



Mariana Avendaño, 2016.

Texto producido en el Club de Lectura de Siempre de Viaje a partir de Bestiario de New York, de Anne Sexton.


lunes, 15 de agosto de 2016

Reinado * Juanpi Ortigosa


―Pasame la soga ―me gritó Sahir, llevábamos horas construyendo. Se la tiré y apenas la agarró, estábamos exhaustos. ―Gracias, ahora subí y ayudame con esto.
Me trepé con cuidado, nos faltaba una sola oreja y la esfinge iba a estar lista, el monumento a nuestro gran faraón Jufu III.
Hoy es mi cumpleaños número veintitrés, y para celebrarlo íbamos a mostrarle la estatua a nuestro amo. Lo único que quería era que le guste, preferiría no recibir una golpiza en mi día especial, es el único en el que se me permite no trabajar.
Pero no podía darme ese lujo esta vez, llegué a estar a cargo de esta construcción e iba a terminarla perfectamente. No podía dejarle los detalles al resto de los esclavos, no podrían construir ni una silla sin mi ayuda.
―¡Denle la bienvenida a nuestro gran Faraón Jufu III! ―Dijeron los guardias.
―No puede ser, faltan dos horas, ¡todavía no está lista!― No pareció interesarles.
―El faraón decidió llegar antes, si tenés algún problema, discutilo con él. ―No pude responder a eso, si le decía algo iban a matarme.
Así llegó, y se puso a admirar la esfinge. Esos nervios eran algo que nunca había vivido antes.
―Es perfecta, ¿quién fue el responsable de su construcción? ―preguntó el faraón.
―Yo, Anehis, su majestad.
―Buen trabajo, Anehis. Ahora sólo necesito subir a verla desde arriba, necesito que pinten esto para ponerlo en mi pirámide.
Ayudándolo a escalar me di cuenta de algunas rajaduras que no llegamos a arreglar, pero no parecían importarle a él. Llegamos a la cima y el paisaje era hermoso, se podían ver las tres pirámides anteriores.
―Ayudame a llegar a la nariz, ese es el lugar perfecto para que me retraten ―me pidió, así que con cuidado caminamos hacia ella.
Llegamos y me miró con cara de odio, así que me fui para atrás y me bajé, para que puedan retratar este momento. Pero cuando llegué al piso, la nariz se cayó junto con el faraón encima. Todos quedaron perplejos, menos el faraón, él había muerto.
―Denle la bienvenida al nuevo faraón, Anehis I ―gritó el guardia a mi derecha.

Y así, comenzó mi reinado.


Juanpi Ortigosa, 2016.

paredes * Sofía Tagle

Si las paredes hablaran
me dirían nada es lo que parece
esos tíos que llevan más años juntos que separados
y están organizando una gran fiesta para sus bodas de oro 
no se miran a los ojos ni se abrazan hace tiempo
duermen en distintos cuartos
aunque se acuesten en la misma cama

me gritarían que no sea ingenua
esa amiga a la que un poco envidio
por sus curvas perfectas, sus uñas siempre pintadas y su pelo pantene
le tiene tanto miedo a la vejez, la muerte y la soledad
que pasa horas enteras aplicándose cremas:
antiarrugas, anticelulitis, antifrizz
anti anti anti anti anti
por las noches se desvela y se pasa horas sin vivir

esas paredes me pedirían que no fuera ciega
que abriera mis ojos grandes para mirar más allá
esas mujeres que tanto me insisten con la maternidad
y gastan y desgastan conversaciones enteras con EL tópico 
no soportan estar ni diez minutos en la misma habitación que sus niños
perfectos, malditos, rubios, morochos, pelirrojos, tranquilos, nerviosos o hiperactivos
no son ellos: son ellas
buscan cómplices
no soy yo

me contarían verdades sobre la gente que quiero
verdades que preferiría ignorar
porque a veces lo real duele,
me duele
me compromete
a ayudarte, estar, acompañarlos, entenderte
no juzgarlos
ocuparme de la vida de otros
ocuparme con la vida de otros
muchas veces estoy bien así
sola
o mejor dicho: conmigo
con mi
mi imaginario
mi música
mis pinturas
mi computadora
mis tiempos
mi espacio
mi disfrute
mi mundo todo
dentro de estas cuatro paredes




Sofía Tagle.


viernes, 12 de agosto de 2016

Era de noche * Mariel Fini



Era de noche, una de esas en la que la luna sonreía, miraba esa mueca sentada en la arena. El mar estaba calmo, hacia calor, corría un vientito lindo y gracias a esa luna había claridad. Mientras yo observaba, él estaba intentando hacer una fogata, traía troncos, maderitas, se movía de un lado al otro. Cruzada de piernas en la mantita observaba su ejercicio, él no quería mi ayuda. Después de un rato, se sentó algo cansado al lado mío, sin haber podido prender el fuego. Era nuestro primer finde solos lejos de la rutina, de nuestras casas y todo nos salía mal.
En eso entre enojado y triste empezó, yo a las carcajadas. Él no entendía, me miraba, en una de esas preguntó: “¿De qué te reís?” Le conteste:“ Amo cuando puteas así, de eso me río”. Él hizo una mueca, percibí su enojo y deje de reirme. Él era muy temperamental, y yo me tomaba las cosas de otra manera, entonces chocabamos.
Pensé que iba a irse, entonces tomé su mano, él me la sacó. “¿Estás enojado conmigo?”, le pregunté, hubo un silencio, “¡Que se vaya a cagar todo!” Él río, yo volví a reír. Me observó, con sorpresa preguntó “¿Ahora de qué te reís?”. Seguía tentada y contesté: “De tu risa jaja.”
La tensión desapareció, él me agarró la mano, miraba al piso. Me acerque, lo besé en el cachete, fui avanzando hasta llegar a su boca. Nos abrazamos, me estrechaba muy fuerte, fuímos recostándonos en la arena hasta quedar tendidos.
Entre besos se descubrió el torso, con el pecho abierto como una mariposa, pude divisar una cicatriz, una línea que iba de su tetilla a su mentón. Roce mis dedos con su piel, él se estremeció, seguí esa marca que me atrapaba, era una hendidura poco profunda, casi como una flor invertida. Se abrió mi boca, acaricié con mi lengua su pecho, iba siguiendo el camino. Besé la comisura del labio, mordí y algo afloró. Gotas de agua, corrían por nuestros cuerpos, pequeños diamantes luminosos que dejaban una estela alrededor.







Mariel Fini, 2016.
Producido en los Talleres de Siempre de Viaje, a partir de la lectura de Marosa Di Giorgio.