sábado, 30 de septiembre de 2017

Pasaporte * Juanpi Ortigosa


Algo oculta. Con esa barba dispareja, que crece mal, no solo quiere tapar su cara de bebé. ¿Querrá sentirse más grande? ¿Ocultará un secreto?
Esa sonrisa dice mucho, es falsa. Intenta parecer feliz, ¿para que la gente no vea su tristeza? Se nota que está fingiendo. 
Y el resto de su cuerpo, ¿por qué no lo muestra? Está centrado en su cara y nada más. De sus ropas solo podemos ver la capucha de un buzo gastado, sucio y desacomodado. Igual que su pelo. No le da mucha importancia a su imagen.
La mirada, indiferencia pura. Sus ojos se centran en los tuyos, mires desde donde mires. Te siguen, te observan, te analizan. No opinan, algo ocultan. Algo que no sabemos.



Juanpi Ortigosa, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje.



viernes, 29 de septiembre de 2017

La Apacheta * Beto Chiariotti


  Luis vivía en Maimará, en la Quebrada de Humahuaca. Llevaba la vida simple que emanaba de su antiguo pueblo. Le decían El Uña por su destreza con el charango, al que punteaba rápido y sin errar. Siempre tenía con quien tocar un rato ya que ser músico es de los oficios más ejercidos por la comunidad. La alegría era su compañera porque en dos meses iba a participar de la gran procesión de Semana Santa en Tilcara, el pueblo vecino.  Cientos de personas, con antorchas y tocando música, acompañarían a la Virgen descendiendo por la montaña, en un ritual mezcla de la religión colonizante y de su ancestral cultura Aymara.
  El viento y el ambiente seco de la altura curtían los rostros de Luis y de sus vecinos dibujándoles los surcos del tiempo. Con sus 25 años parecía de más de 40. Trabajaba para Don Tomás, un carnicero muy pícaro que pagaba poco. No era lo que esperaba de la vida. Deseaba no tener que trabajar para dedicarle toda su energía a la música, pero no tenía más opciones si quería tener algo de dinero en el bolsillo.
  Comenzaba el Carnaval, la fiesta ritual de nueve días en que la comunidad desentierra al Diablo para entregarse a un desenfrenado festejo. Mucho baile y borrachera con chicha de maní. La gente enharinada de pies a cabeza y con su ramita de albahaca en el bolsillo. En las Apachetas, unos montículos de piedras apiladas, se le rendía tributo al ángel caído. Un cigarrillo encendido, media botella de vino y alguna moneda para tenerlo contento. El Uña iba a la del Cerro Paleta de pintor, cerca de su casa de adobe, hacía la pequeña ofrenda y se tomaba su parte del vino. 
  Era viernes cuando le pidió a Don Tomás que le pagara el sueldo atrasado. Lo necesitaba y  quería comprarse ropa. Deseaba estar apuesto para conquistar a Mara, su querida palomitay. El carnicero cerró el negocio, lo invitó a sentarse un rato en el patio bajo la parra, y destapó un patero dulzón:
—Escuchame chango. El trabajo viene flojito pero igual te junté el dinero. En un rato me lo trae la Amanda. Mientras tomémonos unos traguitos.
—Hágale Don Tomás. Eso sí, dos vasitos nomás porque me quiero guardar para el Carnaval. Si no no llego ni al "Miércoles de cenizas". 
—Meta—dijo el carnicero y sirvió generosamente.
  A los quince minutos de charla abrió la segunda botella. El Uña estaba entonado y el viejo siguió con su plan: 
—¿Cómo andás para el truco mientras esperamos? No serás medio flojito vos, ¿no?
—¡Traiga las cartas hombre! ¡Mire si voy a arrugar!
—Ya que sos valiente juguemos cada partido por 100 pesos. Para que tenga gracia —lo apuró el pícaro.
—¡Más vale! —se envalentonó el charanguista.
  Dos horas despues el Uña, totalmente borracho, perdía los últimos 100 pesos de su sueldo. Don Tomás se reía sin dientes mientras que con sus muelas mascaba la coca que le impidió la curda: 
—Tranquilo changuito. Andá a tu casa a dormir que con trabajo en seguida lo vas a recuperar.
Amanda nunca apareció. 
  Unos día después, sumergido en la tristeza, arrastraba su humanidad por las calles polvorientas, entre las casas de piedra y barro del pueblo. Iba a visitar a su abuela Doña Ofrecina. Vieja sabia de la Quebrada, siempre tenía una repuesta y un consuelo para regalar. Con sus noventa años, conocedora de los espíritus ancestrales y de la Pachamama, lo iba a poder ayudar. 
—Pase m'hijo. Tanto tiempo que no me visita. ¿Qué lo trae por acá con esa cara de pena?
—Abuela. El Tomás me arruinó.
    Le contó lo sucedido y cómo el viejo pícaro lo había estafado. Cada tanto una lágrima polvorienta llenaba el cauce de sus arrugas. Doña Ofrecina le dió un largo abrazo y unicamente le dijo:
—Andate mañana a la Apacheta y hacé lo que siempre hacés. Tomá algo de dinero. Quedate tranquilo que en dos días me lo devolvés. Y acordate; el Diablo es malo pero también puede ser justo y agradecido.
  Volvió a su casa más tranquilo. En el camino compró lo necesario para el ritual.
  Al día siguiente, tempranito, El Uña encaró para el cerro. Caminó en medio de las cabras que pastoreaban el verde valle y subió por el sendero de piedra y polvo. Llegó al montículo. Se sentó y comenzó el ritual. Encendió el cigarrillo para dejarlo parado entre las rocas. Abrió el vino, roció la Apacheta y puso un billete de 5 pesos en el piso. 
  Cuando estaba terminando su parte del vino el viento le trajo unos ruidos extraños. Caminó hasta detrás de unos cardones que lo taparon, cuando incrédulo vio al atorrante carnicero poniendo dinero en una bolsa y enterrándola en el inhóspito lugar.
  Le dió tiempo a que se fuera y llegara hasta el pueblo. Fue tranquilamente hasta su casa en busca de un martillo y un pico. Una pala lo podría delatar delante de los vecinos. Volvió hasta el sitio del tesoro y lo desenterró. Había más billetes de los que ganaría en años. Su sonrisa era la de un niño feliz.
  En la semana El Uña le devolvió el dinero a su abuela  y le regaló unos hermosos aros de plata, hechos por uno de los tantos artesanos de la zona. Tomó su bolso de aguayo y enfiló para la terminal de ómnibus del pueblo. El destino era la Libertad.



Beto Chiariotti, 2017.
Desde los Talleres de Siempre de Viaje.



martes, 26 de septiembre de 2017

Axel Levin * Entre lo que quiero


Entre lo que quiero
y lo que puedo
un torrente de energía negra
barriendo todo a su paso
imposible hablar
no se escucha
de tan profundo azul esferas
rojas bullendo
un súbito maremoto
golpe de avalancha por salir.
Pero no.
No sale.
La fuerza única girando sola
multiforme
se-de-linea-y-muta
una confusión un malentendido
no hay puerta
la liquidez me nubla
se desarma el rompecabezas y está llegando
tan difícil hablar
mi intento choca contra las paredes del túnel
reverberalapiel
no entiendo cómo no entiendo
es tan obvio
es tan fácil darse cuenta
si está ahí
ruge
viene
ya no hay tiempo
seguro habrá otra ocasión
otro impulso
una sucesión de chances.
Un día aprenderé
a dirigir la potencia
cauce con sentido
entre lo que quiero y lo que puedo
abriré así un canal
el punto exacto que resquebraje
el límite cotidiano
desencadene a dirección
mi deseo al fin
la inundación contenida.




Axel Levin, 2017.


domingo, 24 de septiembre de 2017

La noche estrellada * Anne Sexton

Esto no impide que yo tenga una terrible necesidad de (¿debo decir la palabra?) religión. Pues salgo fuera de noche y pinto las estrellas.

Vincent Van Gogh en una carta a su hermano.


La ciudad existe solo
allí donde un árbol de hojas negras crece
como una mujer ahogada hacia el cielo ardiente.
La ciudad está en silencio. La noche hierve con once estrellas.
¡Oh, noche estrellada, noche estrellada! Así es
como yo quiero morir.

Ella se mueve. Todo está vivo.
Incluso la luna se hincha en sus hierros naranja
para pujar niños, como un dios, desde su ojo.
La vieja serpiente oculta se traga las estrellas.
¡Oh noche estrellada, noche estrellada! Así es
como yo quiero morir:

dentro de esa bestia precipitada de la noche,
sorbida por el gran dragón, separarme
de mi vida sin bandera,
sin vientre,
sin grito.



Anne Sexton, Todos mis seres queridos.








That does not keep me from having a terrible need of—shall I say the word—religion. Then I go out at night to paint the stars.

Vincent Van Gogh in a letter to his brother.


The town does not exist
except where one black-haired tree slips
up like a drowned woman into the hot sky.
The town is silent. The night boils with eleven stars.
Oh starry starry night! This is how
I want to die.

It moves. They are all alive.
Even the moon bulges in its orange irons
to push children, like a god, from its eye.
The old unseen serpent swallows up the stars.
Oh starry starry night! This is how
I want to die:

into that rushing beast of the night,
sucked up by that great dragon, to split
from my life with no flag,
no belly,
no cry.


Anne Sexton, All my pretty ones.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Vecinas * Mari Cambareri


Mientras barre la vereda que está otra vez llena de hojas de tilo, doña Gertrudis Bertolotti le cuenta a su vecina doña Coca Palombo los profundos motivos que la llevan a no tener más canes en su hogar.
–Yo de perros no quiero saber más nada, doña Coca. Con decirle que de vez en cuando al Roque se le daba por olerle por ahí a la Pelusa. Y empezaba por ahí pero terminaba más acá, moviéndose como electrocutado le digo.
–¡Qué barbaridad, doña Gertrudis! Habrase visto.
–¿Sabe las veces que le tiré un balde de agua encima a ese bicho? Y lo que era aguantarlo después, ni le digo.
–Digamé, digamé. Aunque preferiría no escuchar. Le confieso que me impresiona tanto.
–Impresión, lo que se dice impresión, era el Roque agarrado a las piernas de cada uno que entraba. Ni una garrapata se aferra tanto.
–¡Cómo la hacen quedar a una!
–¡Ah! pero mi marido enseguida le daba con la cuarenta y cinco y no jodía más por un rato, le aseguro.
–¿Tenía un arma el finado Pepe?
–No, que va a tener. Le daba con la chinela, le daba. Cuarenta y cinco calzaba el Pepe, así que imagínese al Roque, la cola entre las patas y al rincón.
–Mano dura como siempre digo, mano dura.
–Aunque le confieso doña Coca, que la Pelusa no era ninguna santa. Al rato ya andaba moviendo la cola cerca del Roque para excitarlo nada más. Una perra muy licenciosa, demasiado le diría.
–El problema de este siglo doña Gertrudis, la licencitú, la licencitú.
–Por eso le digo, con las obscenidades que he tenido que ver, yo de perros no quiero saber más nada, doña Coca.
–Y lo bien que hace m´hijita, lo bien que hace.


Mari Cambareri, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje.



jueves, 21 de septiembre de 2017

Analía Daporta Minuto Fantástico





La nave descendió en el jardín mientras leía los documentos; una luz cálida me me condujo hasta el centro del aparato. Unos seres buena onda con cara de escobillón me recibieron cantando melodías extrañas que entonaban desde sus cerdas. Bailamos mucho, viajamos por agujeros negros, reparamos asteroides rotos.



Luego de varios eones me dejaron en un continente que parecía África. Deambulaba entre arboles de jade y raíces húmedas cuando desde un nido de termitas salieron siete chimpancés furiosos. Creí que me iban a trozar. Resignada, les dije que prefería eso a ser dirigida, legislada, inscripta y adoctrinada. Para mi sorpresa, el más anciano me dio la bienvenida, aclarando que, si bien les gustaba Proudhon, consideraban superior a Bakunin. Con ello aprendí a vivir en la inocencia más absoluta.

 

Un día les dije que extrañaba la historia, que necesitaba volver. Lloramos abrazados nuestras siestas. Caminé hasta ser un esqueleto almibarado. A lo lejos se oía un melancólico sonido circular.



Preparé café bien negro y unté mi pan con dulce de higo. Vestida de oficinista, tomé el sobre con el informe para Gutiérrez, y salí de casa, no sin antes tomar mi plátano violeta.


Analía Daporta, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje.