jueves, 17 de enero de 2019

No sé si sueño con Zurita leyendo, o si leo a Zurita soñando * Mari Cambareri




No sé si sueño con Zurita leyendo, o si leo a Zurita soñando.

Estamos entre las montañas, lo escuchamos leer parados en plena cordillera. Pero a nosotros nunca nos hallarán porque nuestro amor está pegado a las rocas, al mar y a las montañas. Vemos valles negros repletos de flores por los que baja el eco oscuro de sus palabras. Se repite. La voz del poeta vuelve como un mantra, pegado a las rocas, al mar y a las montañas.
Esta noche no sé si vivo o sueño. Transito una voz. Me dejo conducir por el azar en versos que propone, me acoplo a su ritmo de noche que canta:

pegado a las rocas
al mar
a las montañas

Va cubriendo con la manta de su voz un desierto de silencio. Sin darnos cuenta estamos en la calle, remontamos las áridas montañas y los valles resecos por los que vinimos. Nos miramos a los ojos y no hace falta decir nada. Somos extranjeros de nuestra propia lengua. En la noche ficticia, las palabras duermen.





Mari Cambareri, 2018.



miércoles, 16 de enero de 2019

palabras se dicen * Maga Levin



palabras se dicen
en mí
solas
en mí
cada sombra
palabras reflejas
cada sombra
en mí
naufrago
en mí
naufrago 
en poemas
naufrago
y no fluye

naufrago.







Maga Levin, 2018.
Reescritura del poema de Alejandra Pizarnik:



palabras reflejas que solas se dicen
en poemas que no fluyen yo naufrago
todo en mí se dice con su sombra
y cada sombra con su doble


Man Ray




martes, 15 de enero de 2019

¿Y si esta es la otra vida que alguna vez pedí? * Natalia Zanazzi



¿Y si esta es la otra vida que alguna vez pedí?
 Pensar que a menudo pido otra o imagino cómo sería si esta no fuera.
¿De vivir? Nada. Solo quejas, de lo que fue o de lo que podría haber sido.
¿Qué pasa con lo que es? Ahora, en este instante.
El supuesto abanico de posibilidades abriéndose en mi presente.
¿Y yo? ¿Dónde estoy?
Siento como si mi vida ocurriera sin mí. Como estar todavía detrás de la línea de salida. Qué fuerte sentir esto.
Lo paradójico es que me pregunto qué camino seguir, cuando todavía no di el primer paso.
Estoy como a la espera de una señal, de alguien que lleve de la mano, que me señale el camino correcto, de un guía, un gurú o qué sé yo. Para vivir mi vida. ¡Sí, la mía!
Cualquiera diría, ¡no podés! (agarrándose la cabeza, claro). 
Y viéndolo así, la verdad que no. 
Puedo intentar culpar a una infinidad de seres, de cosas, situaciones, lo que sea. Pero solo sería una excusa para no hacerme cargo de mi existencia. 
La verdad, es que a esta altura se ve claro, FALTA DE CONFIANZA EN MÍ MISMA (esto también en fuerte).
Si no, ¿por qué otra razón necesitaría que alguien me diga hacia dónde, cómo o cuándo?
El primer paso de la cuestión, es animarme a vivir.
¿Y quién sabe? En una de esas, en vez de seguir pidiendo otra vida, empiezo a desear que esta nunca termine. 


Natalia Zanazzi, 2018.



lunes, 14 de enero de 2019

sola * Magalí Álvarez Rizzi




sola                                                                                    
bajo la sombra del alba                                                 
sin un nombre                                                                 
que gritar                                                                         
cuando la muerte está ausente                                                        
                                                                                                                                                                 
sola
junto a espejos desiertos
entre inmóviles danzas
prófuga del olvido
y la nada 

ahora 
en el naufragio de la noche
se desdibuja 
el rostro vacío 
del silencio

no es verdad que al miedo 
únicamente
lo percibo
cuando me abrasa el olvido

perdida
de nuevo
bajo la sombra del alba
inocente
al eco de los latidos del tiempo

perdida
en palabras rotas
que habitan
mi sangre

luego
la fragilidad de la espera
indecible
cuando mis ojos se apagan



luego
el delirio petrificado en un sueño 
revela mi nombre
pulverizado
en un oasis
que pasa inadvertido





Magalí Álvarez Rizzi, 2018. En Tu viaje del año.


















sábado, 12 de enero de 2019

Arrullo * Lili Levy



Una playa, en ese preciso momento del atardecer, cuando el sol ya se puso pero todavía quedan colores, reflejos y el horizonte se pierde en los últimos destellos. Una claridad que apenas permite distinguir los límites entre la playa, el cielo y el mar. 
Pocas personas pasean por la orilla, instantes únicos para estar en soledad. Camino como por una gran alfombra continua que me envuelve con sus tintes rosados, cediendo de a poco, el paso a la noche. A lo lejos algunas luces se encienden, imagino una casa, alguien que pone la mesa. Puedo intuir el ruido de platos.
Arrullada por el sonido de las olas, espuma que acaricia la orilla, distingo un hundimiento en la arena, con la forma de un cuenco ovalado y suficientemente grande como para caber en él. El agua cada tanto llega y se mete en esa hondura, me da un gran placer recostarme, sentirla en mi espalda, mis brazos, mis piernas. También puedo balancearme, empujo con los pies un extremo y el agua permite deslizarme hacia el otro, así una y otra vez. Podría permanecer horas haciendo esto.
Miro a todos lados riendo, me gustaría compartir este juego delicioso, hace mucho que no me divertía tanto. Escucho algunas voces aunque no hay nadie, ya la playa está desierta. Las oigo, están allí muy cerca. Presto atención a lo que dicen:
−Vení, sentí como se mueve. Patea. 




Lili Levy, 2018.




jueves, 10 de enero de 2019

Un paseo corto * Julio César Castro



La ventana abierta me invita, con su mano extendida, a caminar en el aire. Suspendido como polvo nómade, flotando en el campo. Ahí voy. Lejos. 
Un mediodía nublado entre pasillos angostos y cuartos con puertas férreas, placas de bronce, imágenes opacas de niños, mujeres, hombres con bigote, tal vez santos, tal vez diablos, veredas iguales y flores, muchas flores. Mármoles en el piso de tierra. Cruces. Algo escrito. No puedo leerlo. Sigo en vuelo.
Una pareja camina lenta de la mano con los uniformes del lugar, oscuros, siempre negros. No hablan, cargan lirios y memorias.
Un nene raspa su autito en una pared y su madre le espanta el sacrilegio. Un cura deambula buscando mitos, un perro blanco los mira perdido. Una paloma despide a sus piojos. Yo vuelo sobre sus cabezas montado en el pasado y veo mi nombre, una fecha, un suceso. No puedo seguir volando, me cuesta. La ventana esta entornada. Vuelve el frío, la calle muda, el hierro húmedo y ese olor que disimulan los perfumes ajenos.
Los viejos van a sus casas, el perro se rasca agobiado, la paloma busca su hueco, las flores se agachan mustias, un hombre desteñido cierra las rejas, aprieta un candado. La campanas suenan. Es tiempo de volver, antes que los fantasmas me traigan a los golpes. No importa, la ciudad se oscurece y nadie puede verme, ni siquiera yo, que intento el camino de regreso a la ventana, esa que ahora, está cerrada y que golpeo inútilmente.




Julio César Castro, 2018. Para Tu viaje del año.



miércoles, 9 de enero de 2019

Hay días * Natalia Zanazzi



Hay días y días.
Días buenos, días malos y días masomenos.
Hay días que el mundo se nos pinta de rosa, caminamos plenos, contentos, con una sonrisa.
Luego están esos días que solo vemos el vaso medio vacío. No importa lo que nos digan, es más, no queremos oír. Es una necesidad de enojarnos con la vida. No sé porqué.
Hay días que queremos compartir con todos, somos sociables, divertidos.
Y días que nos queremos ir a vivir solos a una isla.
El ser humano es cambiante, la vida es cambiante.
Hay días que nos gusta el ruido de la ciudad, queremos salir, hacer cosas.
Y están esos días que anhelamos el silencio del campo, necesitamos un poco de soledad.
Hay días que vivimos de recuerdos, lloramos, reímos, sentimos nostalgia.
Después están esos días que dejamos los recuerdos para vivir el famoso aquí y ahora.
A veces solo queremos llorar.
Otras veces vernos angustiados nos da bronca y tomamos fuerzas para estar bien.
Hay días que parece que el mundo se nos viene encima y aunque no tengamos religión, pedimos una señal.
Después están esos días que nos relajamos. ¡Si siempre que llovió paro!
Hay días que tenemos el amor a flor de piel, solo queremos correr hacia esa persona, que hace que el mundo se detenga en un abrazo y no nos importa nada más, como en las películas.
Pero nunca falta el maldito día de ¡bajá a tierra! Lo peor es que bajamos, dejamos de soñar.
Hay días que vemos tanta miseria, que nos duele el alma. Queremos cambiar el mundo. Tener el poder de cambiar el mundo, pero sabemos que es imposible.
Y a veces surgen esos momentos que recordamos sabias palabras, que dejan de ser un consuelo y se convierten en una realidad. Como que todo lo que hagamos es una pequeña gota en el océano, pero sin esa gota, al océano le faltaría algo.
Hay días que sentimos que bajamos un escalón.
Y otros que aparece la palmadita con un ¡vamos!, que un tropezón no es caída.
Hay días que nos matamos preguntándonos ¿por qué?
Después están esos días que preferimos decir  ¡Y bueno, todo pasa por algo!
Hay días que elegimos callar.
Como otros gritar. 
¡Qué sé yo!
Son días.



Natalia Zanazzi, 2018.


Turner