viernes, 17 de noviembre de 2017

Soy un protón-electrón recargado * Maricel Witomski


Soy un protón-electrón recargado
reboto entre magnetos
soy energía macerada
un punto único
átomos de furia excitándose
acumulándose en moléculas ovilladas
una antipartícula
un cuerpo de campanazos rajando vidrios
no hay freno
tambalea el equilibrio de la materia
inclinando el universo
el cielo vuelca su inmensidad dentro de mí
salto entre elipses girando
con el spin desatado
viajo por órbitas internas
disparando contra corpúsculos de historia
no hay antídoto para el fin
mis piernas caminan en círculos
neuronas despeinadas
se aferran a la lógica perdida
no conectan
no coordinan


pequeñas explosiones espaciales
detonan las manos
amnesia de mis formas primitivas
aturdida de excesos,
de luz
el aura cósmica me penetra
estrellas, cometas, agujeros negros


Estallo


con mi anarquía liberada
me acoplo al caos de las cosas que pasan.



Maricel Witomski, 2017.
Para Minuto Caos.



Loui Jover












jueves, 16 de noviembre de 2017

Minuto Caos * Federico Castro Walker


Me desorganiza. 
Me hace lento el progreso. 
Tiene una especie de simpatía. Del amigo denso que nos tira para atrás. 
No es capaz de remover las más profundas estructuras. Para nada. Igual, es muy eficaz complicando, diría invencible. Como en una práctica de lucha contra alguien resbaloso. 
Él cuenta con aliados letales: mi falta de atención, mi memoria inmediata renga y el dejar para después. Con eso solo me derrota. Casi siempre. 
No es que me impida hacer. Sí, en cambio, se ríe de mis proyectos ordenados y los va deshilachando. 
No llega a caos, ni de cabotaje. Le tengo más cariño del que quisiera.



Federico Castro Walker, 2017.
Para Minuto Caos.



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Caos * Guille Manuel



Una señora estaciona el auto mientras grita: ¡Marina no te comas los mocos!. Marina salta en el asiento de atrás, se come los mocos y grita: ¡Marina no te comas los mocos con estofado!, entonces la madre choca contra el auto de atrás y el de adelante haciendo sonar las alarmas de ambos mientras las dos gritan al unísono. Justo cae un meteorito aplastando el auto y a ellas que quedaron cual figuras de libro de anatomía. Del meteorito, que se parte en el impacto, sale un nene vestido de rojo y azul que exclama: tengo que salvar al mundo de los malos... y sale volando. Entonces a la señora del puesto de flores, que vio todo, le da un sincope y se caga encima haciendo que el ciclista que pasaba se resbale y vaya a dar contra el acueducto que estaban arreglando y un gran chorro de agua ascienda generando una lluvia falsa. Entonces la chica china que esta sentada en el café de enfrente piensa: chuan chin chun chen chin chong, que en subtítulos se lee: que tiempo loco, ya no se puede confiar ni en los meteorólogos.


Guille Manuel, 2017




martes, 14 de noviembre de 2017

Caos * Beto Chiariotti


  Les recuerdo a todos que yo fui alga. Durante doscientos años acampé en el fondo soleado del mar. Me mecí en el suave corriente de la profundidad. Me empapé de soledad y aburrimiento. La luna alguna vez cantó su canción. En ese tiempo sólo vi pasar tres peces por mi zona. El primero fue un pez espada brillante y señorial que seguía su destino. Un túnel de agua en el agua era su vida lineal. Su tiempo. Los ojos mudos hacia adelante con perfecto andar. Compartimos el mundo por unos segundos y siempre tengo la duda de si me vió.  
  Algunas décadas después fui despertada de mi letargo por el paso lento del pez dios. Tan despacio avanzaba que tuvimos una charla de un año, hasta que no nos oímos más. Obtuve en ese encuentro divino, las respuestas a las cuestiones que más aquejan nuestro ser. El gran problema fué la complejidad de las respuestas. Es muy difícil para nosotros, seres intermedios, entender la lengua de la deidad. Guardé todos  sus verbos en nuestra memoria inmaterial y dediqué cada instante de mi último siglo a descifrar el haz de sabiduría con que fuí iluminado. 
  La vida casi inmóvil que transitaba y el aislamiento fueron un buen ambiente para la reflexión. Sin esa ocupación mi destino era la locura, la degradación por no soportar ser alga. Después de mucho esfuerzo había comenzado a descifrar las claves del universo. Los límites comenzaban a expandirse. Cuando las formas perdían su sentido ante el orden cósmico, cuando vislumbraba la disolución en la deidad, sucedió algo desquiciante.
  El pez japonés, cuya existencia era negada por todos; y cuando digo todos los incluyo a ustedes que ahora deciden mi destino, se materializó delante mío clavándome una mirada desesperada. Una frase tremenda e inexplicable rompió el silencio de la profundidad. "El agua es la sal y el caos". Dicho esto explotó en pedazos. La arena y el mar se fundieron en una masa descontrolada. Fui arrancada de raíz al igual que todos los seres vivos de allí abajo. Rodábamos, chocábamos y nos desarmábamos con violencia. Fuimos arrasados y reducidos a partículas. 
  Nada tuve que ver con la destrucción del tercer planeta, como acusan cobardemente los cófrades. Ni siquiera pensé en el apocalipsis fuera del mar. Mi único error fue escuchar al pez japonés y quizás a la deidad. Decidan como quieran. La apertura del agujero negro donde el caos es la nada ya es irreversible. Me llevo el consuelo de no volver a ser una maldita alga.


Beto Chiariotti, 2017.
Para Minuto Caos.







lunes, 13 de noviembre de 2017

Que sepa abrir la puerta * Mariana Cambaberi




Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte,
ese acto por el cual todo podría transformarse,
se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano.
Julio Cortázar




Me niego a
chequear
si no me olvido las llaves
si me olvido las llaves
dos veces
chequear
si tengo todo
si no tengo todo
y entonces sí
agarrar con toda la mano el picaporte
empujarlo 
hacia 

                                               abajo
(jamás hacia arriba)
en piloto automático
Me niego a 
abrir
sin abrir 
de verdad 
la puerta
ver siempre 
la misma calle
el mismo árbol
la misma casa de enfrente
Todo está en su sitio
                                                               ni más allá
                                        ni más acá
en su sitio

Me niego a
tanta ubicuidad
tanta sed de permanencia

Otra vez
chequear
si tengo todo
si no tengo todo
y entonces sí
agarrar con toda la mano el picaporte
sentir
sin sentir
el frío del metal entre los dedos
Me niego a
abrir
la puerta
y ver siempre
calle
árbol
casa de enfrente
Todo tan igual
tan repetido
tan cementerio
Me niego a 
la rutina de abrir
sin abrir 
la puerta 
a la certeza de la misma calle
la seguridad del mismo árbol
la satisfacción de la misma casa de enfrente
la tranquilidad de que todo esté resuelto de antemano

Me niego a 
mí misma
y entonces sí
agarrar con toda la mano el picaporte
abrir-me
por completo
hacerme reversible
cerrar 
sin cerrar
los ojos
para por fin poder ver
que hay
del otro lado.



Mariana Cambaberi, 2017.



viernes, 10 de noviembre de 2017

el ritmo versa * Eugenia Coiro



el ritmo versa se mece besa
el ritmo verso el ritmo sueño
yo verso el verbo el poema el vuelo
ahueco el gesto
hasta el hueso verbo 
el verso se apoya 
sin suelo sin cielo
en el ritmo en el tiempo 
comienza el juego 
:

el verbo creo la voz
a imagen y semejanza
igualita 
qué pequeña 
vocecita 
nació
entre grititos y llanto
un murmullo de lenguas
acunada en una torre muy muy alta 
que se desmoronó
un lío como ahora 
que
el ritmo se rompe
                        y hay agujeros 
           y caras con agujeros
el ritmo roto
rompe
mi voz 
quiebra
mi voz
rota
rota
gira tómbola hasta que 
el amor hace el poema 
de nuevo el verso 
desde cuerpo 
el ritmo verso el verso sueño
el verso verbo
hasta el amor



Eugenia Coiro, 2017.





jueves, 9 de noviembre de 2017

Afuera * Federico Castro Walker


Me rodean paredes de piedra, rojas a la luz de un fuego de lava que sale por las grietas en el piso. De un rojo fosforescente. Miro hacia todas partes. Quiero huir como sea. El aire es denso y asfixiante. La cueva es parte de un túnel. Hacia la izquierda el fondo es más rojo y suben volutas de humo. Voy hacia el lado opuesto. Con la débil esperanza de una salida. A los costados, tallas tamaño natural de monstruos sostienen el techo bajo. El reflejo oscilante de los fuegos sobre las superficies les da aspecto viviente. Trato de no darle lugar al terror que me invade. Los autores de las estatuas pueden estar muy cerca. Cuido el paso, para no ser oído o atascarme en las heridas rojas. No entiendo por qué estoy acá. Lloro sin lágrimas. El tiempo se me hace interminable. 
Las grietas se van espaciando. El aire, aún caliente, es más respirable. Las hendiduras desaparecen. Las siluetas de las figuras me siguen amenazando. Sus rostros, máscaras de sonrisas torcidas y colmillos filosos. El espanto se me agolpa en el cuello, preferiría enfrentarme a cualquier criatura antes que este miedo. 
Veo menos. Siento una corriente de aire fresco, sale de una cavidad y me meto en ella arrastrándome en la oscuridad. Mis ojos se adaptan, emanan un destello de luz. El aire me orienta cuando se abren bifurcaciones. La cavidad se va haciendo aún más estrecha. Casi no me puedo mover. El corazón se me acelera al infinito. Un animal me puede encontrar así indefenso. Me rebelo, agitándome hacia adelante. Ahora el agujero se vuelve apenas más amplio y describe una curva. No me quiero ilusionar, la frescura es intensa y hay algo de luz, difusa. El espacio se agranda. Ya puedo caminar inclinado. Ahora normal. Me siento libre. Por fin veo una salida abierta y de fondo el cielo. 
El aire y la hendidura abierta me recuerdan quien soy. Ahora temo seguir adelante. Miro mis pies y mis manos con ojos incandescentes. Me toco el pecho agrietado, los dientes como cuchillos. Soy de ceniza, roca y lava. Ya no importa. Salgo a ver el día y respirar a pleno por primera vez, antes de que el sol me convierta en piedra.



Federico Castro Walker, 2016.
Desde los talleres de Siempre de Viaje para Minuto Fuego.