miércoles, 18 de octubre de 2017

Lo que haya que estallar * María Victoria Verzura


Lo que haya que estallar, que estalle
años de silencio
de aguante
de tragarme las palabras
desprecios uno tras otro
condición inferior
el más débil es el más fuerte
el que se las arregla solo
el que más trabaja
y menos tiene y menos recibe
verme en esos objetos rotos
y surgir con más fuerza
regenerarme y hacerme una
diferente
hacerlo volar
alejarme
armarme de cero

victoria



María Victoria Verzura, 2017.


lunes, 16 de octubre de 2017

Campamento * Sabri Rayo Canción



Salen de la carpita de algodón
dos bracitos de cerámica tatuados 
cocinan dos morrones y tres papas
un fuego hecho de ramitas
un dedito herido por curiosidad
un vasito plástico y dos tupper 
la bebida, el río
la mesa está servida
me siento en la tierra y observo
constelaciones que buscan un nombre absurdo
comienzo a agradecer mientras
nos come el mismo mosquito que 
no pudo esperar a besarnos.





Texto y collage de Sabri Rayo Canción.


Sabri Rayo Canción tiene 29 años y escribe de manera intermitente desde hace mucho. Hace algunos años decidió hacerse (des)cargo y volcarse de lleno a la escritura. Actualmente, se divierte en el taller de Karina Macció en Abasto y en su blog pateandocoches.blogspot.com.ar
Su poesía está poblada de cuerpo y naturaleza, quizás, para intentar compensar tanta cotidianidad porteña.

domingo, 15 de octubre de 2017

El buen sentido * César Vallejo



         Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.
         Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.
         La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al retornar. Por eso me dieran tánto sus ojos, justa de mí, in fraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas, por pactos consumados.
         Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí. ¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!
         Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso. Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui dichoso. Pero, más se pone triste; más se pusiera triste.
         —Hijo, ¡cómo estás viejo!
         Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido, en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de mí, se entristece de mí. ¿Qué falta hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas? ¿Y por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más se aproximan a los padres? ¡Mi madre llora porque estoy viejo de mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo! Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres llamas. Le digo entonces hasta que me callo:
         —Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande.
         La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales descienden suavemente por mis brazos.


César Vallejo.




viernes, 13 de octubre de 2017

escena coloquial * Axel Levin




escena coloquial


sepia de agua en movimiento


río urbano


un puentecito de piedra


construcción arqueada


                                                                            niña apurada cruza sin mirar


y el camino angosto flota


se impone


primer plano


altera la imagen


una pregunta un barco


qué deviene


Axel Levin, 2017.

A partir de una fotografía de Henri Cartier-Bresson (Clément Chéroux, Centre Pompidou, 2014), en Torcello, Italia, 1953.



miércoles, 11 de octubre de 2017

El caos * Vicente Huidobro




Silencio. Noche de las noches. Ausencia
De todo vigor, noche honda y oscura. Inercia
Preñada de futuras fuerzas,
Anhelos y deseos incompletos,
Creaciones en embrión frustradas,
Truncos intentos,
Ansias comprimidas y guardadas.
Revolución de gérmenes,
Anuncios de simientes.

Nebulosa sin mundos,
Instante sin presente,
Anhelante mirada hacia el futuro,
Ansias expectantes en espera.

Fuerza en donde no hay fuerza,
Tiempo donde aún el tiempo no comienza,
Silencio que va a ser resonancia,
Instante que será, y sin ser hoy tiene mañana,
Momento que va a empezar,
Onda que aún no es campanada
Porque falta la fuerza que hace el aire vibrar.

Eter que va a ser luz cuando tiemble y ondule,
Neblina que camina a condensarse,
Que será sólida cuando a sí misma se fecunde,
Cuando en revoluciones logre compenetrarse.

Caos, vientre que no es,
Hinchado de preñeces que serán.
¡Comience el despuntar de mundo invisibles
Que los soles y los astros formarán!

Surjan y vibren las grandes energías
Que duermen sin dormir en su neblina.


Vicente Huidobro, Adán (1916).



martes, 10 de octubre de 2017

¡Qué te refolca! * Mariana Cambareri


¡Qué te refolca! Te dije que no me gusta cuando te ponés piribí piribí, que puedo bancarte muchas cosas  pero piribí piribí, no. Cuando nos conocimos lo que me gustó de vos es que eras más colecó que nadie. Pero claro, eso no podía durar. Lo colecó que había en vos se fue transformando poco a poco en piribí piribí y fuiste perdiendo la magia, te juro. Intenté por todos los medios recuperarla. Traté de ser un poco más frolenga, más requebús, pero nada. Por más que me esforzaba en negarlo, ignorando tus ataques de mofías y tus nemachaques constantes, habías cambiado. No sé si fue porque dejaste de lado la pómica o porque te aislaste de los tracos, pero lo cierto es que te fuiste quedando cada día más solo, y no te importó. Te digo más, fue justamente ahí cuando te empezaste a poner piribí piribí. Como si quisieras desafiar al mundo con tu piribibería, como si todos los demás fuéramos hichecos o marracos con los que no valía la pena contar. Te vi alejarte de a poco, encerrarte en tu mundo de otepicios y quedarte ahí por horas. A veces, días. ¿No te dabas cuenta que yo te miraba desde mi litón esperando una mancheca, un peraso? ¿Realmente no te dabas cuenta? ¡Qué te refolca! ¡Y dos veces qué te refolca! Si al final no sos más que un piribí piribí. Un pobre piribí piribí que da pena. Pero lo que es yo, yo no te arremolgo más, eso es seguro. Y te juro que si algún día me llego a poner como vos, si llego a ser un poquito piribí piribí, ahí nomás me manfleco la posta y me doy tantas traflecas como me sea posible. Porque si algo tengo claro es que puedo ser cualquier cosa pero piribí piribí, jamás. 


Mariana Cambareri, 2017.



domingo, 8 de octubre de 2017

Posibilidades * Wislawa Szymborska



Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas
del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.



 Wislawa Szymborska, Gente en el puente, 1986.