domingo, 5 de abril de 2020

Ventana a la escritura 16: Ante la ley



Hann



Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar. 
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. 
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice: 
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera. 
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. 
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice: 
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. 
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino. 
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. 
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? 
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: 
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.



Franz Kafka, Ante la ley (cuento completo)



Propuestas de escritura para hoy:


-Imaginate que estás ante la ley como el campesino, pero sos vos, y ahora, ¿Qué harías?



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El libro recomendado de hoy es Prosas completas de Franz Kafka. 


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sábado, 4 de abril de 2020

Ventana a la escritura 15: Oh ridículo amor!





Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También en mi tiempo escribí cartas de amor, 
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al final, 
sólo las criaturas que nunca escribieron 
cartas de amor
son las que son
ridículas.

Quién me devolviera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

Lo cierto es que hoy
mis recuerdos
de aquellas cartas de amor
son lo que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas, 
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.)


Álvaro de Campos.
Extraído de Cartas a Ophélia.



Propuestas de escritura para hoy:


-¿Te animás a escribir una carta de amor ridícula? Exagerada o llena de todos los lugares comunes y frases hechas o, tal vez, ridícula por su destinatario o su remitente...


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El libro recomendado de hoy es Cartas a Ophelia de Fernando Pessoa. 


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viernes, 3 de abril de 2020

Un segundo me distraigo * Lorena Di Scala





Un segundo me distraigo
y cambia totalmente el escenario
la capa gruesa de nubes
como sogas entrelazadas
se vuelve rosa
sábana de tenues capullos tornasolados
un hoyo concéntrico las atraviesa
las une en su caída
al mar
arma
arcoíris rosado
vino espumante suave
extasiante
platinado


remanso
el rayo de colores lo ha calmado
lo subleva hasta el punto del murmullo
en cámara l e n t a
unos pocos caminantes
se acercan
a observar, fotografiar, documentar
el momento en la arena


yo desde mi ventana
testigo panorámico
disfruto
bebo de un sorbo
todo el suceso


como un dandy su vaso de whisky
como una dama de charleston
su delicada copa de champagne.



Lorena Di Scala, 2020.


Buckley




Ventana a las escritura 14: Desde las profundidades


Ishikawa



      ¿De profundis? Algo quería hablar... De profundis... ¡Oírse! Atrapar la oportunidad fugaz que danzaba con los pies ligeros a la orilla del abismo. De profundis. Cerrar las puertas a la conciencia. Al principio percibir aguar corrompida, frases tontas, pero después en medio de la confusión el hilo de agua pura temblando sobre la pared áspera. De profundis. Acercarse con cuidado, dejar resbalar las primeras olas. De profundis... Cerró los ojos, pero sólo vio penumbra. Cayó más hondo en sus pensamientos, vio inmóvil una figura flaca orlada de rojo claro, el dibujo con un dedo húmedo de sangre sobre un papel, cuando se había arañado y cuando su padre andaba buscando el yodo. En lo oscuro de las pupilas, los pensamientos alineados en forma geométrica, uno superponiéndose al otro como las celdillas de un panal de miel, algunas vacías, informes, sin lugar para una reflexión. Formas fofas y cenicientas, como un cerebro. Fuera de eso no veía realmente, intentaba imaginar quizá. De profundis. Veo un sueño que tuve: escenario oscuro abandonado, detrás de una escalera. Pero en el momento en que pienso “escenario oscuro” en palabras, el sueño se agota y queda la celdilla vacía. La  sensación marchita es sólo mental. Hasta que las palabras “escenario oscuro” vivan lo bastante dentro de mí, en mi oscuridad, en mi perfume, a punto de convertirse en visión de penumbra, desgarrada e impalpable, pero detrás de la escalera. Entonces tendré de nuevo una verdad, mi sueño. De profundis. ¿Por qué no viene lo que quiere hablar? Estoy dispuesta. Cerrar los ojos. Llena de flores que se transforman en rosas a medida que el animal se estremece y avanza en dirección al sol del mismo modo que la visión es mucho más rápida que la palabra, escojo el nacimiento del suelo para... Sin sentido. De profundis, después vendrá el hilo de agua pura. Vi la nieve temblar llena de nubes rosadas bajo la función azul de las vísceras cubiertas de moscas al sol, la impresión cenicienta, la luz verde y translúcida y fría que existe detrás de las nubes. Cerrar los ojos y sentir rodar la inspiración como una cascada blanca. De profundis. Dios mío, os espero. Dios, venid a mí. Dios, brotad en mi pecho, no soy nada y la desgracia cae sobre mi cabeza y yo sólo sé usar palabras y las palabras son mentirosas y yo sigo sufriendo, al fin el hilo sobre la pared oscura. Dios, venid a mí y no tengo alegría y mi vida es oscura como la noche sin estrellas y Dios, ¿por qué no existes dentro de mí?, ¿por qué me hiciste separada de ti? Dios, venid a mí, yo no soy nada, soy menos que el polvo y te espero todos los días y todas las noches, ayudadme, sólo tengo una vida y esa vida fluye por mis dedos y se encamina serenamente hacia la muerte y nada puedo hacer y sólo asisto a mi agotamiento a cada minuto que pasa, estoy sola en el mundo, quien me quiere no me conoce, quien me conoce me teme y yo soy pequeña y pobre, no sabré que existí dentro de pocos años, lo que me queda por vivir es poco y lo que me queda para vivir mientras tanto seguirá intacto e inútil, ¿por qué no te apiadas de mí?, que no soy nada, dadme lo que preciso. Dios, dadme lo que preciso y no sé lo que es, mi desolación es honda como un pozo y yo no me engaño a mi misma y a la gente, venid a mí en la desgracia y la desgracia es hoy, la desgracia es siempre, beso tus pies y el polvo de tus pies, quiero disolverme en lágrimas, de las profundidades clamo por vos, venid en mi auxilio que no tengo pecados, desde las profundidades clamo por vos y nada me responde y mi desesperación es seca como las arenas del desierto y mi perplejidad me sofoca, me humilla, Dios, ese orgullo de vivir me amordaza, yo no soy nada, desde las profundidades clamo por vos, desde las profundidades clamo por vos, desde las profundidades clamo por vos, desde las profundidades clamo por vos...


Clarice Lispector. Fragmento de “El Viaje”, último capítulo de Cerca del corazón salvaje.



Propuestas de escritura para hoy:


-En un momento el narrador o narradora pasa de la tercera intimista a la primera persona. ¿Te animás a escribir un texto así, en el que vayas de la tercera a la primera?


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El libro recomendado de hoy es Cerca del corazón salvaje de Clarice Lispector. 


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jueves, 2 de abril de 2020

Cuarteado * Mariano Oliver



Pegó un portazo que hizo temblar las paredes de la habitación. Sus manos sudorosas le dificultaban introducir la llave en la cerradura. Cerró la puerta; en ese momento sintió los músculos tensos al borde del calambre y, al mismo tiempo, un desprendimiento al haber dejado aquello del otro lado. Se dio vuelta lentamente, estaba en una habitación espejada, totalmente espejada. Se sentó en el piso con las piernas reclinadas y los brazos sobre las rodillas. Su mirada en el suelo, no quería verse reflejado. Abría y cerraba sus manos con la idea de bajar las pulsaciones. Luego de unos minutos se paró y empezó a deambular. Recorría las paredes-espejos con los dedos buscando alguna unión, algún vértice, un intersticio. Notó una pequeña hendidura circular. Apenas sujetándola con las yemas y con el cuerpo haciendo contrapeso, tiró con fuerza. Muy despacio, notó que se abría. Adentro estaba repleto de guardarropías.

Comenzó a palpar las distintas texturas de las telas y puntos de tejido. Estaba extasiado por los colores burbujeantes que ahora se reflejaban en todas partes. Entonces tuvo una idea.

Primero buscó la loriga, luego el almófar y por último las brafoneras. Con cierto esfuerzo se probó la armadura de malla. Luego se colocó el gojal sobre la parte alta del pecho y espalda. A continuación el peto, los escarcelones y la pancera. Cubierta la parte central, fue por sus extremidades inferiores con quijotes, rodilleras, grebas y escarpes. Con alrededor de quince kilogramos encima, prosiguió con las hombreras, codales, brazales, manoplas y guanteletes. Finalmente, el yelmo, el morrión y la cimera adornada con coloridas plumas. Frente a los espejos blandió su espada y dio comienzo a la batalla contra los herejes. Luchó incansablemente hasta acabar contra todo aquel que se le cruzara. Exhausto y herido en el brazo izquierdo por no haberse colocado los cangrejos, se quitó el bacinete y se desplomó con los brazos abiertos.

Creyó haberse desvanecido por unos instantes. Se recompuso lentamente y fue quitándose de encima el peso de su revestimiento metálico. Se realizó un vendaje en el brazo y decidió continuar. Encontró un hábito, esa vestimenta talar que lo cubriría hasta los pies. Cambió la túnica de anillos por la dalmática. Luego posó el escapulario sobre sus hombros. Su semblante había cambiado. Con parsimonia anudó el cíngulo a la cintura. Eligió la casulla color rojo, pasó su cabeza por lo alto de la vestidura, cayendo ésta hasta la media pierna. Tomó el báculo pastoral y finalmente, de frente al espejo, se calzó la mitra. Una vez más contra los herejes. Estaban por todos lados. Firme como su fe, el báculo caía sobre las espaldas de los infieles al mismo tempo que impartía la doctrina. Su obra había concluido.

Era tiempo de gobernar. Tomó la braga de seda blanca que iba a utilizar. Luego pasó la pierna derecha por la calza color verde de lino fino. Repitió la operación con la izquierda. Ató los cordajes de las aberturas a los costados de la camisa, entallada y corta. Observó una saya color escarlata de ciclatón, brocada con motivos geométricos. No dudó en usarla. Cogió un pellote de tafetán con adornos de cuero estampados en oro. La capa semicircular con cuerdas, forrada interiormente de piel de nutria, cubrió su espalda. Finalmente, de frente al espejo, se coronó. Desplazándose suavemente, mentón altivo, se dirigía a su séquito de forma déspota. Algunos de sus sirvientes lo habían enfrentado en el campo de batalla, otros lo escucharon pronunciar largas oraciones en latín. Él se preocupaba de mantener su poder férreamente, sin concesiones.

El tiempo en el poder lo fue consumiendo. Estaba cada vez más preocupado por las continuas conspiraciones en su contra. No hacía más que recluirse en sí mismo frente al espejo, una reclusión multiplicada hasta el infinito. Mantenía la vigilia a toda hora con la intención de descubrir al traidor. Ya somnoliento, escuchó un golpe que provocó el estallido de los espejos. El crujir de los cristales se acercaban lentamente, rodeándolo. Distintas sombras se proyectaban sobre el piso, las paredes y el techo haciendo imposible determinar de dónde provenía la amenaza. Con movimientos espasmódicos, giraba su cabeza y sólo veía retazos de sí mismo. Se arrodilló y en un vano intento por recomponer lo quebrado, sus manos se tiñeron de encarnado. Dirigió su mirada hacia lo que quedaba del revestimiento espejado. Se vio, de rodillas, multiplicado en pequeños fragmentos. Con lágrimas en los ojos, se puso de pie con dificultad e intentó encontrarse en alguno de ellos. Con pavor, sujetó el brazo herido y bramó:

— ¡Han venido a ti, te han agarrado por el brazo!



Mariano Oliver, 2020.


foto: Mariano Oliver

Ventana a la escritura 13: Todavía



Naiman


Posibilidades


Hemos resuelto no existir. Mejor dicho
se ha resuelto que no existiéramos.
Así quedamos quietos, en el fondo,
sin hacer nada.

Como niños demasiado buenos
que han renunciado al juego por no hacer ruido
y ni hablar de leer, porque hay crujidos
al dar vuelta las hojas.

Adelgazados, sí, casi sin peso,
sin movernos, ya dije.
Sólo queda mirar a quien no mira,
no nos ve casi nunca.

¡Pero a veces!

A veces existimos todavía
en forma de punzadas silenciosas.
Un pensamiento-aguja, voz-astilla
da el inaudible grito: "¡Todavía!"


Circe Maia





Propuestas de escritura para hoy:


-A partir del poema Posibilidades de Circe Maia escribir:
-un texto empezando con Hemos resuelto existir (cambiamos el sentido del primer verso).
-otro texto que se llame Posibilidades.

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El libro recomendado de hoy es Obra poética de Circe Maia. 


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miércoles, 1 de abril de 2020

Cómo se siente * Mari Cambareri
















¿Cómo se siente ser a la vez doncella y sacrificio,
ser un soldado de reina ausente,
servir aún cuando no se quiere?


Deambular por la palabra no es algo que se elige. En todo caso, se acepta ser lugarteniente del silencio, ocupar un hueco, atestiguar lo vivo.


La contracara de la lengua es el espejo.


Replicarse al infinito.


Multiplicarse.








Mari Cambareri, 2020.



Portolese