jueves, 19 de enero de 2017

Pero las ratas no sueñan * Georges Perec en OuLiPo de verano



Te ves, te ves verte, te miras mirarte. Aunque te despertaras, tu visión permanecería idéntica, inmutable. Aunque lograras añadirte miles, millones de párpados, estaría todavía , detrás, ese ojo, para verte. No estás dormido, pero el sueño ya no vendrá. No estás despierto y no te despertarás jamás. No estás muerto y ni siquiera la muerte sería capaz de liberarte. 
¡Libre como una vaca, como una ostra, como una rata! 
Pero las ratas no luchan por conciliar el sueño durante horas. Pero las ratas no se despiertan sobresaltadas, muertas de pánico, empapadas en sudor. Pero las ratas no sueñan y ¿qué puedes hacer contra tus sueños?


Georges Perec, Un hombre que duerme.

Georges Perec en Oulipo de verano


Valgo * Mercedes Marcer



Anoche soñé con vos.

Caminaba por una playa. La arena se incrustaba en mis pies descalzos. Los granos gruesos dolían. La oscuridad reinaba. Grité un nombre distinto al tuyo. No era a vos a quien buscaba.
Él no aparecía.
Desesperación: el miedo nutría todas mis células. Frío, lluvia, susurros desconocidos. Quería correr pero los músculos no obedecían, necesitaban de él para moverse.
Mis extremidades comenzaron a ser atadas con sogas invisibles. Intenté un grito que se perdió en el aire. Lluvia de cuchillos. Olí la sangre, discurría. Giré la cabeza hacia un costado, el autor de la masacre miraba indiferente.
Cerré los ojos.
Tus manos fueron el rescate. Desatabas todos los nudos, suturabas cada incisión. No había pasado el tiempo en tu rostro. Esos ojos compasivos, esa sonrisa con la que nos despedimos hace cinco años.
La arena ya no dolía. Podía oír el mar. El sol entró en escena. Había luz, había claridad. Un abrazo igual que el de nuestro comienzo puso fin al sueño.

Te reviví para convencerme: Valgo.


Mercedes Marcer, 2016.
Texto producido a partir de la lectura de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes.


miércoles, 18 de enero de 2017

Ruidos, de José Lupia * Publicado en la revista "Cruz Diablo"




Abro los ojos en medio de la noche y comprendo el espanto que interrumpe mi sueño: los ruidos de las máquinas han cesado.
Se escucha silencio. Un silencio de cementerio superpoblado de muerte, una ausencia de sonidos que espantaría a cualquiera.
Me incorporo y mis pies descalzos caminan sin protegerse sobre el piso de madera. Bajo las escaleras y llego al comedor. Advierto el finísimo hilo de sangre que deja mi andar. De un tirón, retiro la astilla de la planta de mi pie izquierdo. Arde. No hay tiempo para mayores cuidados, así que sigo mi camino envuelto en una niebla extraña, como cuando vivimos una tragedia y actuamos sabiendo que esos actos no saldrán jamás de nuestra mente.
Así abro la puerta. No me importa mi aspecto nocturno, ni la sangre de mi pie, ni el frío del invierno. El único sentido fiel es el que me informa del silencio, el que me alerta sobre la ausencia de ruidos.
Cruzo la calle.
A medida que me alejo de la casa y me acerco a la fábrica, el miedo crece. De la nada sale un hombre, de la noche, de la niebla de la noche sale un hombre. Un mameluco azul oscuro repleto de manchones negros y unos borceguíes marrones son su vestimenta. Apenas puedo adivinar los contornos de un rostro que permanece oculto en la sombra. Viene a mi encuentro. Habla:
—¿Cómo está señor? Lo estaba esperando.
—¿Por qué debería esperarme a mí? —respondo con cierta hostilidad.
—Porque usted es el vecino. Y ya se sabe que cuando las máquinas se detienen, el vecino llega. Es casi un dicho que tenemos en la fábrica.
Lo miro con incredulidad. Sin entender del todo sus palabras. Sin comprender, en realidad, nada de lo que está ocurriendo. Espero una explicación mayor y el hombre parece dispuesto a darla; al menos continúa hablando:
—La última vez que las máquinas se detuvieron pasó lo mismo. Fue hace mucho ya. El hombre que habitaba la casa en donde usted vive ahora, se acercó muerto de miedo, desesperado por el silencio, tiritando de frío, como usted.
—¿Y quién le dijo que yo estoy desesperado por el silencio? —agrego con ánimos de pelea.
—Su cara me lo dice. No se preocupe señor, a mí no tiene que explicarme nada—continua con un tono complaciente que me enerva pero, al mismo tiempo, me salva.
—¿Por qué pararon los ruidos? —lanzo cortante.
—Mire, no se alarme. Mañana mismo vuelven. Es que cada diez años tenemos que parar las máquinas. Mantenimiento que le dicen.
—¿Y mañana vuelven?
—Se lo aseguro. Mañana vuelven. Ahora, qué cosa increíble eh.
—¿Qué cosa es increíble? —digo con nueva prepotencia.
—Usted viene desesperado a la madrugada porque pararon los ruidos y me pregunta qué cosa es increíble.
—Es que sin los ruidos.
—Sin los ruidos…
Yo debo terminar la frase. Lo sé. Y siento que el silencio se adueña de todo y entra en mi cuerpo llenando de muerte mis arterias. Un cementerio superpoblado ¡Eso! Una manifestación de muerte que en vez de gritar, silencia, calla, hace vacíos, huecos en la tierra en donde ríos de sangre buscan su curso. Ríos de sangre ¡Eso! ¡Eso!
Entonces exploto en llanto como un niño, un niño que se levanta en medio de la noche porque un trueno lo ha despertado. Igual, pero al revés.
El hombre se acerca e increíblemente abre sus brazos ofreciéndose. Ridículo, ya lo sé, pero qué importa. Acepto su oferta. Apoyo mi cara en su pecho y entre llantos declarados con quejidos y hombros temblorosos, pregunto:
—¿Cómo voy a dormir sin ruidos?
—Tranquilo, tranquilo —dice—. Ya sé. Ya lo sé todo. Pero es sólo una noche.
—Y usted me da su palabra de que mañana vuelven.
—Todo igual a partir de mañana. Sólo tiene que aguantar esta noche.
—Sólo una noche.
—Sólo una noche. Una larga noche.
—Ya veo. Escúcheme: ¿no se quedaría a hacerme compañía? —pregunto ganando en entusiasmo—. Le puedo preparar un café.
Me responde una escandalosa risa. Una carcajada que crece de a poco hasta encontrar un invisible punto límite luego del cual comienza a ceder.
Separa su cuerpo del mío, recién entonces veo su rostro con nitidez. Un escalofrío me recorre como un flujo tempestuoso. Apenas si puedo disimular el espanto al contemplar la piel ajada, los ojos pequeños demasiado oscuros, el cabello en mechones desparejos.
Tal vez para salvarme de ese momento, habla de nuevo:
—Usted tiene que pasar esta noche. Yo ya me voy. Cumplí. Terminó mi horario.
Y nuevamente las risas mientras se pierde entre la bruma.
—¿Qué pasó con el anterior? —pregunto atropelladamente.
—¿Con el anterior?
—Con el que habitaba la casa antes de que yo llegara. ¿Qué paso?
—No todos pueden aguantar una noche sin ruidos. A propósito, debería revisar ese pie. No vaya a ser cosa que termine mal por una pavada. Mire que cuando la sangre empieza a salir…
—Pero contésteme —insisto, ya desesperado.
No hay respuestas. Nada se escucha. Vuelvo a estar sólo en medio de la noche. Sin ruidos. Sin ningún maldito y salvador ruido.
Por supuesto que pienso en el anterior, en las habladurías sobre la casa, la fábrica y los ruidos. Pero ya no tengo tiempo. Bajo la vista y veo un charco de sangre rodeando mis pies, un charco más grande de lo imaginable para una herida tan pequeña. Decido volver a la casa. Me cuesta moverme porque mi pie izquierdo se hunde en la tierra como si de arena se tratase. Hago un esfuerzo irracional. Logró liberar el pie. Doy pasos lentos, arrastrándolo. Llego a mi casa. Me desplomo sobre la primera silla que encuentro. Dejo la puerta abierta lo que me permite mirar la fábrica. Su contorno horroroso me conmueve, como si la estuviera viendo por primera vez, como si la estuviera viendo con otros ojos.
Suplico por ruidos. Sé que es inútil.
Con asombro, veo la estela púrpura que mis pasos dejaron. Ya no es un finísimo hilo, es un sendero que conecta los ruidos con la casa, un lazo que comprendo irremediable. Como un río, pienso, como un río de sangre que ya encontró su curso.




José Lupia, 2016.

Este cuento obtuvo una mención en el concurso "30 Aniversario de la publicación de It". 
Ha sido publicado en la revista "Cruz Diablo", diciembre de 2016. 



lunes, 16 de enero de 2017

Melancolía * Emma Argüelles



¿de dónde saliste?
¿te encontré o me buscabas?
¿cuánto nos perdimos?
no te esperaba
¿me creés?

Y mientras tanto te rebalso a besos, me aprieto a tu aroma, acaricio tus susurros, saboreo tu mirada, nos reímos de placer.

¿Siempre fuiste así, mitad oso, mitad pez?
Yo te adoro ¿me querés?
Hoy miramos las estrellas, vi tu cara en la luna, te soñé
¿es posible que seas tan brisa, tan noche, tan sol, tan mundo?
Te respiro ¿me sentís?
Te leo ¿me cantás?

Y mientras tanto miro tu foto, soplo panaderos, dibujo corazones, recuerdo tu perfume y quiero estar sola. Sola con vos, todo el tiempo. Alejarme, extrañarte mucho, con pena, con ansia, que duela. Esperar tus señales, ir a buscarte, sentirte cerca. Tu presencia me rodea, me abraza, me deshace. Somos todo. Vos-y-yo.

¿Puede un enamorado desenamorarse?
¿Es capaz de verte el alma y, de un día para otro, hacerte invisible?
Temo que te pierdas en los recovecos de tu miedo y te indigestes con mi hambre de darme.
¿Puede alguien serlo todo?

Y mientras tanto, escarbo la cotidianeidad de nuestra rutina buscando destellos de extraordinario, sólo para poder señalártelo, ver cómo tus labios se despegan suavemente y morirme ahí -en esa milésima de segundo que yo siento infinita- cuando se te asoma la sonrisa y tus pupilas dilatadas se encuentran con las mías.

¿Siempre fuiste así, mitad raro, mitad piedra?
¿Hace cuánto que te extraño?
Tus silencios ya no coinciden con los míos.
¿No te gusto?
¿No me gusto?
¿Cuánto valgo?
Me soltaste la mano.
Vos acantilado, yo mar de lágrimas.
¿En serio? ¿No tenés explicación?
No te creo ni me importa.
¿Tan dificil es querer?

Y mientras tanto me escribo. Repito historias. Ensayo finales: te mando a la mierda, te hago sufrir, me obligo a esperarte. Deseo ser linda, alta y flaca, más tauro, más mina, más fría, más algo. Deseo ser más. Menos yo. Ser yo no alcanza. Y no entiendo cómo el Tiempo puede sanarlo y destruirlo, todo a la vez.

¿Qué pensás que quiero?
¿No sabés que pido poco?
Me ahogan los pretéritos.
¿Es que ya está? ¿Ya fue?
Fuiste mis noches.
Ahora sos todo lo oscuro que me rodea.
¿Tan fácil es dejarme ir?
Solo quiero que alguien me vea.
¿Cuándo nos perdimos?

Y mientras tanto desespero. El recuerdo de tus pupilas, tu aroma, tu canción, me abren la cicatriz que pensé se había cerrado. Y todos los ‘gracias’ que alguna vez me dediqué por animarme a quererte así, brotan de la grieta como gritos horrendos de indefensión.

¿Siempre fuiste así, mitad arma, mitad hielo?
¿Cuándo se cayó el velo con que te abrigaba?
Tu voz suena amarga. Tus palabras se pudren en mis llagas.
¿Por qué sacás las garras, hundís las uñas, golpeas los sueños?
¿Desde cuándo acecha tu monstruosa indiferencia?
¿En qué cueva, sin aire ni luz, devorás los pedazos de mi inocencia?
¿Desde cuándo yo misma, soy tan otra?

Y mientras tanto, busco a tientas los rincones para fingir abrazos. Me escondo bajo la cama para no sentir el silencio entre las sábanas. Recojo, entre las sombras que me aplastan, los restos de la masacre. Huesos deformados por ese calor atómico que nos vaporizó mientras intentábamos amarnos.

¿Ya te vas?
Yo no voy a ninguna parte.
No quiero.
No puedo.
¿Te espero?
¿Te ruego?

¿Qué hago?

¿Me olvido?




Emma Argüelles, 2016.


sábado, 14 de enero de 2017

Darse cuenta * Mariana Avendaño


Lo que yo no quería.
Quedar ahí, pasar las horas, volverlas eternas en efímera armonía.
Construyo un globo aerostático. Quisiera ir a algún lugar que borre nuestra existencia física.
Tus ojos achinados, titilantes. La noche pesada. Me siento mala al reconocer que te prefiero así, indefenso.
Me despierto de madrugada. El calor agobia, cada vez más. El aire de la noche arde.
Vos dormís, yo no puedo. Ese costado de la cama te deja a mil kilómetros de mí.
Observo desnudo el tatuaje que ocupa un cuarto de tu espalda.
No quedan noches en nuestros cuerpos. Me rindo. No puedo más.
Te dejo caer.
Estoy peleando una batalla. Sé que perdí.


Mariana Avendaño, 2017.





jueves, 12 de enero de 2017

Cuervos * Maricel Witomski



Cuervos
ojos y órbitas
la mirada y una pregunta.
El silencio
espejos
los ojos y el retrato
el cuadro, el diván.
La mirada
una grieta
y los ventrículos, las válvulas
la necesidad, el aire, una bocanada
y las cuencas
esas pupilas.
Cuervos.


Maricel Witomski, 2017.
Poema obtenido a partir del ejercicio oulipiano Inventario propuesto por Jacques Bens. La autora aplicó la técnica sobre un poema propio.


miércoles, 11 de enero de 2017

Inventarios de Jacques Bens


Ya en diversas oportunidades (en algunos casos, de manera infantil) se constató que los hablantes de una lengua no hacen el mismo uso de todos los elementos del vocabulario. Hay quienes prefieren los sustantivos, otros los verbos, algunos incluso acumulan adjetivos o adverbios. Este fenómeno podría dar lugar a una clasificación en "familias" (los sustantivistas, los verbistas, los adjetivistas y los adverbistas), a comparaciones entre familias y entre los miembros de una familia. O sea: a una crítica finalmente basada en el materiales, concreto, ponderable, y no en consideraciones "estéticas", discutibles y nebulosas. (...)
Me he limitado a extraerlos sustantivos de algunos poemas. Así obtuve listados que he llamado Inventarios, en homenaje al Sátrapa Jacques Prévert. Estos listados tenían o no sentido, evocaban o no imágenes (que evocaban a veces el sentido y las imágenes de los poemas originales: entonces decidía, arbitrariamente, que el poeta era sustantivista); en el mejor de los casos, estos Inventarios accedían ellos mismos a la gloria del poema.


Fragmento de Inventarios de Jacques Bens, 1973. 
Tomado de Oulipo, Ejercicios de literatura potencial, Caja Negra, 2016.


***



Ejemplo a partir de un poema de la dinastía T´ang.


La lluvia al amanecer, de Po Chu-I

Al amanecer chillan los grillos,
luego el canto cesa.
La moribunda llama del candil
oscila entre los aleros;
aunque las ventanas obstruyen
el turbulento polvo y la lluvia,
oigo el incesante goteo del agua
sobre las anchas hojas del bananero.



Lluvia y amanecer 

Amanecer, grillos
canto
llama, candil.
Aleros
ventanas
polvo, lluvia
goteo, agua 
hojas: el bananero.