jueves, 14 de diciembre de 2017

Caos * José Lupia



PARED

Estoy seguro de que estaba la pared.
Seguro.
Era reconocible, dura, de concreto, como las paredes de antes. 
Firme.
Estoy seguro de que estaba la pared.

Ahora no está.
Se la llevaron o se cayó.
O la tiraste vos, o fueron ellos.
No sé muy bien, pero la pared no está, y adelante hay mucho.
Hay mezclado, 
enredado.

Tal vez deba empezar a caminar sin la pared.
Ser un errante sin caminos.

No sé si andar o quedarme esperando que vuelva.
Que alguien se apiade y la construya.
Adelante, atrás y a los costados todo se confunde.
Miro sin entender, ya nada se ordena.

Andar o quedarme.
Mientras decido, tiemblo.


José Lupia, 2017.





miércoles, 13 de diciembre de 2017

Delfina Uriburu en Minuto Deseo




El último partido

A las cinco iban a jugar al fútbol pero las seis
y el tren pasa otra vez vacío
el pudor del niño solitario
a las siete el pudor del tren de nuevo vacío
el silencio del pibe en un tren y otro vagón que pasa de vuelta
vagón tras vagón se imagina que llega la pelota
pero de fondo Lanús ríe y habla y todo sigue igual de sucio
son las siete
es el vagón solitario el niño que patea latitas vacías en las vías
se puso la camiseta esta vez y las vías vacías sonríen de lejos
otra vez no hay partido
otra vez mirar el tren pasar
a las cinco iban a jugar pero hay boletos a ningún lado



Cuerpo tomado

Las cartas quedaron dadas vuelta
vértebra por vértebra la escalada de aire asciende
quizás llegue a la cabeza
habrá que tomar un vaso con agua para atravesar el patio
detrás el cuerpo está tomado
un rehén a punto de caer a un pozo sin final
el viento aturde las ventanas
un diluvio está por empezar y los invitados no llegaron



Búsqueda

El sol se acuesta en el agua
el burbujeo de espuma descose la velocidad de mis ideas
mientras una arena suave cura mi piel
me distraigo viendo la luz disiparse
acompaño las olas en su movimiento hipnótico
me atrae el eco salado de ese ir y venir inacabable
me refugio en la costa húmeda y vuelve mi voz niña:
¿Hasta dónde llega la línea del horizonte, papá?
él se reía sin contestar
como no tenía respuestas
nadaba lo más lejos que me era posible
quería tocar la línea
resolver los límites
ahora
ya no hay niña que pregunta
las olas siempre vuelven
sin embargo las certezas se quiebran en la rompiente
ahora
como no tengo respuestas
escucho el sonido del oleaje



Delfina Uriburu
Nació en Buenos Aires el Día de los Inocentes de 1990. Es Licenciada en Comunicación Social. Publicó el poemario El murmullo de los cuerpos (Textos intrusos, 2015). Participó de las antologías Apología 2 (Letras del Sur, 2015) y Van Llegando (Mansalva, 2017). 



domingo, 10 de diciembre de 2017

Prende * Sabri Rayo Canción




el espejo hace agua en la noche allí
vaivén de luna en la arena
es tu pecho el que prende
arremolina el mar
lo amasa
lleva y trae piedritas
combinadas reunidas juguetonas
escondidas mestizadas al viento


la chispa rebota y cae aquí
paracaídas de fuego
atajo y quemo
fundo
en los patrones de los arboles hay vetas que copian mis manos
como dos cuevitas de carbón brasa
es tu pecho el que prende


la linterna guía el camino ahora
la distancia entre la lumbre y la orilla
es tu pecho el que prende
el farol de cielo en tus pies plata
nos lleva hasta el final del comienzo del mar
para destruirnos
y hacernos
piedritas.


Sabri Rayo Canción, 2017.








jueves, 7 de diciembre de 2017

Los agujeros de la máscara * Jean Lorrain



El encanto del horror sólo tienta a los fuertes 
A Marcel Schwob

—Quiere verlo —me había dicho mi camarada De Jacquels—, bien, consiga un dominó y un antifaz, un dominó elegante, de satén negro, póngase unos escarpines, y, por esta vez, medias de seda negra también, y aguárdeme en su casa el martes hacia las diez y media; iré a buscarle.

El martes siguiente, envuelto en los susurrantes pliegues de una larga esclavina, con una máscara de terciopelo, barba de satén atada detrás de las orejas, esperaba a mi amigo De Jacquels en mi piso de la calle Taitbout, calentando mis pies irritados por el contacto de la seda, en las brasas del hogar; fuera: bocinas, gritos espantosos de una noche de carnaval.

Resultaba curioso, e incluso inquietante, aquella solitaria velada de un enmascarado sentado en un sillón, en la penumbra de un piso atiborrado de objetos, aislado por los tapices, con la llama de una lámpara de petróleo y el vacilar de dos velas blancas, esbeltas, funerarias, reflejadas en los espejos que pendían del muro. ¡Y De Jacquels no llegaba! Los gritos de las máscaras estallando a lo lejos empeoraban la hostilidad del silencio; las dos velas ardían tan rectas que, impaciente y turbado, me levanté para apagar una.

En ese momento se abrió una cortinas y entró De Jacquels.

¿De Jacquels?

No había oído golpear la puerta, tampoco abrir. ¿Cómo había entrado? He pensado a menudo en ello, luego; De Jacquels estaba allí. ¿De Jacquels? Es decir un largo dominó, una forma grande, sombría, enmascarada, como yo:

—¿Está listo? —preguntaba su voz, que no reconocí— Mi coche está aquí, nos vamos.

Su coche, no lo había escuchado rodar ni detenerse ante mis ventanas. ¿A qué pesadilla, sombra y misterio había empezado a descender?

—Es su capucha la que tapa sus oídos; no está habituado a la máscara —pensaba en voz alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio.

Tenía pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado. Aquel gesto me tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba. Cualquier otro no hubiese seguido la recomendación que De Jacquels me había hecho hacía una semana.

—Nos vamos —ordenaba su voz, y, en un murmullo de seda y satén, nos hundimos en la cochera, similares, creo, a dos enormes murciélagos, con el vuelo de nuestras esclavinas, repentinamente levantadas por encima de los dominós.

¿De dónde venía aquel viento, aquel soplo desconocido? ¡La temperatura de aquella noche de carnaval era a la vez tan húmeda y blanda!

¿Hacia dónde íbamos, hundidos en la sombra de un carro de caballos fantásticamente silencioso, cuyas ruedas no levantaban más ruido que los cascos del caballo sobre el pavimento? ¿Hacia dónde íbamos a lo largo de muelles desconocidos, iluminados apenas por la luz borrosa de un farol? Ya habíamos perdido de vista la mágica silueta de Nôtre Dame, perfilándose al otro lado del río en un cielo de plomo. El Quai de Saint Michel, el Quai de la Tournelle, el Quai de Bercy incluso, estábamos lejos de la Opera, de las calles Drouot, Le Peletier, y del centro. Ni siquiera íbamos a Bullier, donde los vicios lamentables se dan cita y, evadiéndose bajo la máscara se arremolinan casi demoníacos y cínicamente confesados la noche de carnaval; y mi compañero callaba.

Al borde de aquel Sena taciturno y pálido, bajo los puentes cada vez más escasos, a lo largo de aquellos muelles planeados, de grandes árboles delgados, bajo el cielo lívido, como los dedos de un muerto, me sobrecogía un miedo insensato, un miedo agravado por el implacable silencio de De Jacquels; llegué a dudar de su presencia y a creerme junto a un desconocido. La mano de mi compañero había tomado la mía, y aunque blanda y sin fuerza, la tenía sujeta en un torno que me trituraba los dedos. Aquella mano de poder, de voluntad, me clavaba las palabras en la garganta, y sentía bajo su opresión fundirse y deshacerse en mí toda veleidad de rebelión; rodábamos ahora fuera de las fortificaciones y por grandes caminos bordeadas de hayas y de lúgubres tenderetes de vendedores de vino, merenderos de las afueras cerrados hacía tiempo; desfilábamos bajo la luna, que por fin acababa de perfilar su masa flotante de nubes, y parecía derramar sobre aquel paisaje una capa de sal; en ese instante me pareció que los cascos de los caballos sonaban en el terraplén de la carretera, y que las ruedas del coche, dejando de ser fantasmas, chirriaban en la grava y en los guijarros del camino.

—Aquí es —murmuraba mi compañero—, hemos llegado, podemos bajar.

—¿Dónde estamos?

—En la Barrera de Italia, fuera de las fortificaciones. Hemos seguido el camino largo, pero el más seguro, volveremos por otro mañana por la mañana.

Los caballos se detuvieron, y De Jacquels me soltaba para abrir la puerta y tenderme la mano.

Una gran sala, alta, de muros revocados con cal, contraventanas interiores cerradas, a lo largo de toda la estancia, mesas con cubiletes de hojalata blanca sujetos con cadenas. Al fondo, sobre una elevación de tres escalones, la barra de cinc, atestada de licores y de botellas con etiquetas coloreadas; allí dentro silbaba el gas alto y claro: la sala, en suma, si no más espaciosa y más limpia, de un tabernero de las afueras con una buena clientela, cuyo negocio iba bien.

—Sobre todo, ni una palabra. No hable, ni siquiera conteste. Verían que no somos de los suyos, y podríamos pasar un mal rato. A mí, me conocen. —y De Jacquels me empujaba hacia la sala.

Algunos enmascarados bebían, dispersos. Al entrar, el dueño del local se levantaba, y, pesadamente, arrastrando los pies, venía hacia nosotros, como para cerrarnos el paso; sin una palabra, De Jacquels levantaba el bajo de nuestros dominós y le mostraba nuestros pies calzados con finos escarpines: era sin duda el ¡Ábrete, Sésamo! de aquel extraño establecimiento. El patrón se volvía hacia la barra y noté, cosa curiosa, de que él también llevaba una máscara, pero de un tosco cartón, burlescamente pintado, imitando un rostro humano.

Los dos camareros, dos colosos con las mangas arremangadas, deambulaban en silencio, invisibles, ellos también, bajo la misma espantosa máscara. Los escasos disfrazados que bebían sentados en las mesas llevaban máscaras de terciopelo y de satén. Salvo un enorme coracero de uniforme, una especie de truco de mandíbula pesada y bigote rojizo, sentado junto a dos elegantes dominós de seda malva y que bebía con el rostro descubierto, los ojos azules, vagos, ninguno de los seres que allí se encontraban tenía rostro humano. En un rincón, dos figuras con blusas y gorras de terciopelo, enmascaradas de satén negro, resultaban intrigantes por su sospechosa elegancia, pues su blusa era de seda azul pálido, y del bajo de sus pantalones demasiado nuevos asomaban finos pies de mujer enguantados de seda y calzados con escarpines; y, como hipnotizado, contemplaría aún aquel espectáculo si De Jacquels no me hubiera arrastrado al fondo de la sala hacia una puerta de cristal, cerrada por una roja cortina. Entrada al baile estaba escrito sobre la puerta con letra de aprendiz de pintura; un guardia municipal junto a ella. Era, al menos, una garantía; pero, al pasar y chocar con su mano me di cuenta de que era de cera, de cera como su cara rosa erizada de bigotes postizos, y tuve la horrible certeza de que el único ser cuya presencia me habría tranquilizado en aquel lugar de misterio era un simple maniquí.

Cuántas horas hacía que erraba solo en medio de máscaras silenciosas, en aquel sitio abovedado como una iglesia, y era una iglesia, en efecto; una iglesia abandonada y secularizada, de amplia sala de ventanas ojivales, la mayoría medio tapiadas, entre sus columnas adornadas y encaladas con una espesa capa amarillenta donde se hundían las flores esculpidas de los capiteles.

¡Extraño baile en el que no se bailaba y en el que no había orquesta! De Jacquels había desaparecido, y estaba solo, abandonado en medio de la muchedumbre desconocida. Una vieja araña de hierro llameaba alta, suspendida en la bóveda, iluminando las losas polvorientas, algunas de las cuales, ennegrecidas por las inscripciones, cubrían quizá tumbas; al fondo, en el lugar donde ciertamente debía reinar el altar, se encontraban a media altura en el muro pesebres y comederos, y en los rincones había arreos y ronzales olvidados: el salón de baile era una cuadra. Aquí y allá grandes espejos enmarcados con papel dorado se devolvían de uno a otro el silencioso paseo de las máscaras, es decir, ya no se lo devolvían, pues todos se habían sentado ahora alineados, inmóviles, a ambos lados de la vieja iglesia, sepultados hasta los hombros en las viejas sillas del coro.

Permanecían allí, mudos, como alejados en el misterio bajo largas cogullas de paño plateado, de una plata mate, de reflejo muerto; pues ya no había ni dominós, ni blusas de seda azul, ni Colombinas, ni Pierrots, ni disfraces grotescos; pero todas aquellas máscaras eran semejantes, enfundadas en el mismo traje verde, de un verde descolorido, como sulfatado de oro, con grandes mangas negras, y todas encapuchadas de verde oscuro con los dos agujeros para los ojos de su cogulla de plata en el vacío de la capucha. Se hubiera dicho rostros de leprosos de los antiguos lazaretos; y sus manos enguantadas de negro erigían un largo tallo de lis negro de pálidas hojas, y sus capuchas, como la de Dante, estaban coronadas de flores de lis negras.

Y todas aquellas cogullas callaban en una inmovilidad de espectros y, sobre sus fúnebres coronas, la ojiva de las ventanas recortándose en claro sobre el cielo blanco de luna, las cubría con una mitra transparente. Sentía mi razón hundirse en el espanto. ¡Lo sobrenatural me envolvía! ¡La rigidez, el silencio de todos aquellos seres con máscaras! ¿Qué eran? ¡Un instante más de incertidumbre y sería la locura! No aguantaba más y, con la mano crispada de angustia, avanzando hacia una de las máscaras, levanté bruscamente su cogulla.

¡Horror! ¡No había nada, nada! Mis ojos despavoridos sólo encontraban el hueco de la capucha; el traje, la esclavina, estaban vacíos. Aquel ser que vivía sólo era sombra y nada.

Loco de terror, arranqué la cogulla del enmascarado sentado en la silla vecina: la capucha de terciopelo verde estaba vacía, vacía la capucha de las otras máscaras sentadas a lo largo del muro. Todos tenían rostros de sombra, todos eran la nada.

Y el gas llameaba más fuerte, casi silbando en la sala; a través de los cristales rotos de las ojivas, el claro de luna deslumbraba, casi cegador; entonces, un horror me sobrecogía en medio de todos aquellos seres huecos, de vana apariencia de espectro, una horrible duda me oprimió el corazón ante todas aquellas máscaras vacías. ¡Si yo también era semejante a ellos, si yo también había dejado de existir y si bajo mi máscara no había nada, sólo la nada! Corrí ante uno de los espejos. Un ser de sueño se erigía ante mí, encapuchado de verde oscuro, coronado de flores de lis negras, enmascarado de plata. Y aquel enmascarado era yo, pues reconocí mi gesto en la mano que levantaba la cogulla y, boquiabierto de espanto, lanzaba un enorme grito, pues no había nada bajo la máscara de tela plateada, nada bajo el óvalo de la capucha, sólo el hueco de tela redondeada sobre el vacío: estaba muerto y yo...

—Y tú has vuelto a beber éter —gruñía en mi oído la voz de De Jacquels—. ¡Curiosa idea para distraer tu aburrimiento mientras me esperabas!

Me encontraba tumbado en medio de mi habitación, el cuerpo en la alfombra, la cabeza apoyada en el sillón, y De Jacquels, vestido de gala bajo una túnica de monje daba órdenes a mi atolondrado sirviente, mientras las dos velas encendidas, llegado su fin, hacían estallar sus arandelas y me despertaban... ¡Por fin!


Jean Lorrain (1855-1906)



miércoles, 6 de diciembre de 2017

Minuto Fantástico * Federico Castro Walker



—Explicámelo de nuevo.
—Era la una y media. Pablo salió apurado, como siempre, a almorzar. Se oyó una frenada violenta y un golpe seco. Un silencio que no sé si duró un segundo o  veinte.  Lo cortó el ruido de las gomas del auto que salía arando.
—¿Estás seguro de que oíste eso, seguro?
—Sí. Recontra seguro. Después vi el cuerpo de Pablo tirado y en el suelo las marcas negras de la frenada y el raje. Ya te lo dijeron también los canas de la científica. Pobre chabón. Dos minutos antes estábamos diciendo las huevadas de siempre.
—¿Y el auto?
—Ni rastros. Se asomaban los del otro juzgado y tampoco lo podían creer. Buen tipo Sandoval. Nadie lo podía odiar, sólo un mala entraña. Tiene que haber sido por eso.
—¿Vos decís que fue intencional?
—Mirá lo que decís…
—Ya ni sé lo que estoy preguntando ¿A quién atropellan a toda velocidad en el pasillo de una oficina?



Federico Castro Walker, 2017.
Desde los Talleres de Siempre de Viaje para Minuto Fantástico.

Karin Godnic

sábado, 2 de diciembre de 2017

La bella Dorotea * Baudelaire

El sol fulmina con luz directa y terrible la ciudad; la arena está resplandeciente y la mar centellea. El mundo estupefacto se repliega cobardemente y duerme la siesta, una siesta que es una especie de deliciosa muerte en la que el durmiente, a medias despierto, disfruta los goces de su abatimiento. 
Pero Dorotea, fuerte y orgullosa como el sol, avanza por la calle desierta, único ser vivo a esta hora bajo el inmenso cielo, y hace sobre la luz una mancha restallante y negra.
Avanza, balanceando blandamente su torso, tan delgado sobre sus caderas tan anchas. Su vestido de seda adherente, de tono claro y rosa, divide vívidamente la oscuridad de su piel y reproduce exactamente su largo talle, su espalda comba y su garganta
aguda.
La sombrilla roja, que tamiza la luz, proyecta sobre su rostro oscuro el sangrante artificio de sus reflejos. El peso de su enorme cabellera casi azul empuja hacia atrás la cabeza delicada y le otorga un aire triunfal y perezoso. Largos pendientes murmuran secretos en sus preciosas orejas. De tiempo en tiempo la brisa del mar levanta el ruedo de su falda vaporosa y muestra una pierna reluciente y magnífica;
y el pie, como el de las diosas de mármol que Europa encierra en sus museos, imprime fielmente su forma sobre la fina arena. Porque Dorotea es tan prodigiosamente coqueta que el placer de ser admirada prevalece sobre su orgullo de libertad y, aunque libre, va descalza.
Así camina, armoniosamente, feliz de vivir y sonriendo con blanca sonrisa, como si percibiera a lo lejos, en el espacio, un espejo que reflejara su porte y su belleza.
¿Qué poderoso motivo hace ir así a la perezosa Dorotea, bella y fría como el bronce, a la hora en que hasta los perros gimen de dolor bajo el sol mordiente? ¿Por qué dejó su pequeña cabaña tan coqueta donde con unas pocas flores y esteras logra un perfecto salón y disfruta peinándose, fumando, haciéndose abanicar o mirándose en el espejo de sus grandes abanicos de plumas, mientras el mar, monótono y poderoso acompañamiento de ensueños indecisos, golpea la playa a cien pasos de allí, y la
marmita de hierro cocina un guiso de cangrejos con arroz y azafrán, que hace llegar desde el fondo del patio su aroma excitante?
Tal vez tenga una cita con cierto joven oficial que, en playas lejanas, ha escuchado hablar de la célebre Dorotea. Infaliblemente ella, simple criatura, le pedirá que describa el baile de la Opera, y preguntará si se puede ir descalzo, como a las danzas
del domingo, donde las viejas cafres se ponen borrachas y furiosas de alegría, y si las bellas damas de París son más hermosas que ella.
Dorotea es admirada y mimada por todos, y sería perfectamente feliz si no tuviera que economizar piastra sobre piastra para poder comprar a su hermanita que ya tiene once años y que está madura, ¡y tan bonita! Sin duda lo logrará, la buena Dorotea:
¡el amo de la niña es muy avaro, demasiado avaro para comprender otra belleza que no sea la de sus escudos!



Charles Baudelaire, El Spleen de París.




miércoles, 29 de noviembre de 2017

Me desperté * Juanpi Ortigosa



Me desperté a las siete de la mañana, anunciaban 27º con 0% de probabilidad de lluvia. “Ya estaaaa, perfecto para ir en remera al laburo”. Agarré la billetera, las llaves y me fui.
Ocho horas en la oficina, encerrado. Me llega un mensaje de mi novia diciendo que estaba esperándome afuera. Salí a las seis de la tarde, confiado en lo que había escuchado en el noticiero, pisé afuera del edificio y el viento me pegó una piña en la cara. Un par de kilos menos y salía volando. Mica se acercó corriendo, me tomó la mano y nos fuimos caminando hasta mi casa.
Al principio fue tranquilo, de a poco avanzábamos y caían gotas, cada vez más y más, hasta que llegamos a la quinta cuadra y el cielo se nos venía encima. Corrimos desesperados hacia el veintiuno que estaba viniendo, nos subimos. Despreocupados hablábamos de nuestro día, cuando el colectivo empezó a sonar como si se destruyera. Estaba granizando.
Me asomé por la ventana, una piedra entró y casi me saca un ojo. La cerré lo más rápido que pude, mientras observaba la calle. Ya no era gris, estaba cubierta por un manto de rocas blancas, como si hubiera nevado. Mi novia me agarró del brazo, preocupada, estaba tan concentrado que casi no me había dado cuenta que el colectivo se había frenado.
Las luces se habían apagado y estábamos quietos, en medio de la calle. Tuve que hacerme el valiente. La gente estaba inmóvil, muda, contemplando el afuera con tranquilidad, pero con los ojos llenos de miedo. Solo podía escuchar las piedras golpeando el techo, tratando de entrar a la fuerza. Parecía una película de terror antigua.
Nos sentamos en el piso, haciéndonos espacio entre las piernas que nos rodeaban, y nos abrazamos. No sé cuánto tiempo estuvimos así, se sintió como si hubieran pasado horas. De golpe, el ruido cesó y las luces se prendieron. Las personas a nuestro alrededor nos miraban raro.
―¿Están bien? ―Nos preguntó un hombre, con preocupación.
―Sí sí, solo nos asustó la tormenta, gracias.
―¿Qué tormenta? 
Me di media vuelta, no había ni una nube en el cielo.



Juanpi Ortigosa, 2017
Desde los talleres de Siempre de Viaje.