martes, 25 de abril de 2017

Vincent * Leónidas Lamborghini



–en camino: el dibujo del sendero bordeado de espinas.
me he dicho: ¡surgirás!: garabateo. ¿estéril?
la Naturaleza se resiste. espinas del sendero. la
Naturaleza
con tenacidad: hay que reducirla: captarla. una lucha. las
líneas principales. me he dicho: ¡surgirás todavía! ¡parirás!
¡de la miseria parirás! ¿jamás?: me he dicho: de
las energías de la miseria. ¡surgirás! ¿no? ¿lo lograrás?: de
la energía que las espinas. la
Naturaleza: hay que poner un poco del alma humana
allí. la
Naturaleza: se resiste. espinas. una lucha. una
tenacidad. con tenacidad: es necesaria. mano
firme. el lápiz más dócil. un poco. ahora. más de acuerdo.
garabateo. me digo: ¡hay que poder!. el estudio
constante. el estudio cuidadoso. el estudio repetido. el
dibujo: una lucha tenaz. con
el tronco tenaz del esqueleto tenaz: una lucha. con
la cabeza tenaz del esqueleto tenaz: una lucha. con
las piernas. con la pelvis tenaz. una lucha. ahora: poco
a poco. más
de acuerdo. en camino. el
camino es: estrecho. la puerta es: estrecha. la Naturaleza: se
resiste. ¡hay que reducirla! ¡hay que captarla! hay
leyes: ¡aprendo a ver las líneas principales! me he dicho:
¡hay que poder!. me he dicho: ¡no te dejes despistar!: las
líneas. las principales. buscar. buscar. ahora el lápiz más de
acuerdo. más y más. ese sauce. me digo: concéntrate
en ese árbol. me digo: ¡atención! me digo: no
te dejes despistar: ¡es un ser vivo! me digo: ¡hay
que poner un poco del alma humana allí!: esa herida.



Leónidas Lamborghini. Reescritura de distintos pasajes de las Cartas a Théo, de Vincent Van Gogh. 



lunes, 24 de abril de 2017

El pianista y yo * Belén Coluccio


El Pianista y yo vamos a un concierto de un pianista viejo.

Entramos en la oscuridad de la sala,
en el último asiento del teatro inmenso

El pianista viejo entra al escenario y camina con prisa hacia el piano
le presenta sus dos manos largas
sus dos manos livianas
esperar el tiempo de una aprpbación
y exhala un, dos, ya
deja que las dos manos caigan , pesadas
a palmotear las teclas
a flamear sobre las teclas
a palmotear las teclas
cree que el piano es un tambor
para golpear bruto y certero
y se ríe, se ríe del juego
del teatro
de la seriedad del público
se ríe con el piano, que también se ríe
por momentos le mete la mano adentro para hacerle cosquillas
para manosearle las entrañas
sin vergüenza ni daño

se monta sobre el piano
una pierna a cada lado de la cola
y sale, jinete, a explorar el campo público
el oscuro campo de butacas rojas y
cabecitas recortadas por la luz del escenario.

El pianista el viejo hace con el piano lo que quiere.
Hace música.
Hace algo que no es música , pero ¿cómo se llama?

El pianista viejo, el pastor a caballo
mueve todo el público como un sembrado
mueve todo junto
y a la vez mueve hierba por hierba
las cabecitas
con pequeños movimiento
que la música ondula
cada cabecita con su swing particular
todo el campo junto
lo mueve la risa de
el pianista el viejo
que carcajea si sus manos rozan el piano
le hace cosquillas
le dice cosas, lo halaga, lo bastardea
es un pastor desordenado
que dispersa el rebaño
toma alcohol
y dispersa el rebaño, hace girar en su sitio a las ovejas
perdidas, embriagadas de música
el pianista el viejo
es un lobo que se come las ovejas
le saca las tripas y nos las muestra
se ríe
tierno y cínico
nos muestra el piano desecho
las teclas sangrantes
nos muestra los dientes blancos y rojos
palmotea
palmotea
el cuero vivo
del vientre del piano
e inventa un ritmo para bailar como los negros
como los locos
como los animales
como el campo que se mueve con cualquier viento.
El pianista el viejo
toma el piano y lo saca a bailar
lo hace girar rápido lo marea y le extirpa una a una todas las teclas, todas las partes, todas las cuerdas y los martillitos
El pianista el viejo el pastor lo junta rápido lo lleva al corral que arma
entre sus manos que protegen  las teclas
niñas, terneras
las mira con dulzura
y con hambre
las cubre con su baba
se ríe
exagera la risa
es un juego
tierno y cínico
es música
es la fiesta prohibida
es un baile de hombres y animales
mira el campo y lo ve moverse todo junto y cada hierba en particular
y lo hace girar
saca a bailar al público lo revolea
lo destartala
desordena los números de las butacas
desarma las parejas, las familias, los amigos
las libretas donde los críticos anotan sus palabras
con su música
desclasifica el teatro, sus secciones y los precios de las entradas
el pianista el viejo el hechicero
desarma todo lo preestablecido
desnuda todo lo mentiroso
con su risa
tira la cabeza hacia atrás se contornea
y nos muestra sus dientes
sus teclas blancas
de la boca
las hace sonar
en la melodía gutural del
caos
deja caer su cuerpo entero, pesado
sobre la teclas
que ante el impacto se ondulan olean
suben y bajan
pasan de atrás hacia adelante
desordena el piano y lo sigue tocando
transpira pero no tambalea
lo desparrama
desparpaja las teclas como el pasto cortado
como la arena
las vuelve a juntar 
la hace un ramo
las estira
las elige las ordena deja algunas afuera
las que no le gustan
palmotea palmotea
las perdona
las vuelve a elegir
se rie se rie con baba
empapa el teclado de baba y sudor
lo limpia con la manga, con la nalga
sigue sigue tocando
lo escurre lo deja secar lo vuelve a tocar
toca
toca lo toca toquetea lo que toca

y
traga,
traga
exhala

y todos tragan a su vez
al final del concierto

toma el piano con ambos brazos
dobla el piano en dos
en cuatro
en seis en ocho
hasta guardárselo en el bolsillo
y se va
recibe el aplauso
dejando una estela blanca de baba
que todavía baila un minuto más.

Cabecitas empiezan a abandonar la sala todavía ondulando.

Te escucho pianista (el joven) con tu respiración emocionada
tu sudor
yo escucho, 
vos te transfigurás.
La música nos hace más humanos


Belén Coluccio, 2017.
Texto producido en los Talleres de Siempre de viaje.



sábado, 22 de abril de 2017

Juanpi Ortigosa * Vista, Santiago de Chile – Sky Costanera


Los 50 segundos más rápidos son los que pasan en el ascensor de este gigante. Desde abajo uno se desnuca para encontrar la cima, 61 pisos, 300 metros, recorridos en un instante.

Se abren las puertas y está el cielo, a lo lejos, con las montañas de fondo, borrosas por la niebla. Uno, dos, tres pasos, y todo toma claridad. De a poco van apareciendo edificios, casas, plazas, elevándose desde el piso. Seguís caminando, hasta que te chocás con el cristal.
Lo tocás, para asegurarte de que no vas a caerte, y mirás hacia abajo. Te invade una sensación de miedo y tranquilidad. Por ese vértigo repentino que genera la altura, y por la gente, viviendo su vida, no se imaginan que haya alguien contemplándolos desde arriba.
Pasados esos instantes de gente y autos, de ponerse en su lugar, comenzás a caminar, a dar la vuelta, y descubrís nuevos paisajes, distintos entre sí, pero que se complementan a la perfección. Acumulaciones de árboles que simulan un bosque, parques gigantes donde no podés distinguir si los que ves en los juegos son niños o adultos. Grandes barrios hogareños, con casas que parecen iguales, intercaladas con zonas residenciales de incontables edificios, uno al lado del otro, de alturas totalmente variadas. Más casas en el medio, escondidas, como si no quisieran que las viéramos.
Creés que la ciudad termina cuando vez el cerro San Cristóbal. Te distrae tanto su belleza, con casi tanta altura como la tuya, ocupando prácticamente todo el paisaje. A lo lejos se observan, como pequeñas hormigas entrando a un hormiguero, a los teleféricos que van de un lado a otro, hasta la cumbre. Ahí te saluda la virgen, tan pequeña que parece un arbusto de roca blanca y uno se quedaría sin saludarla si no sabe que en ese lugar reposa.



Te hipnotizás viendo un verde interminable, y seguís el cerro, para ver hasta dónde llega, pero se pierde en la cordillera. En ese momento notas que, detrás del San Cristóbal, algo se asoma, el resto de la ciudad. Ya a una distancia donde es imposible diferenciar entre casas y edificios, donde las personas son invisibles.
Seguís caminando, esperando ver más, y para cuando te das cuenta, estás en tu lugar de partida. No sentís pasar el tiempo, el miedo desaparece. Ahora no por la gente, sino por la ciudad, por ese hermoso paisaje donde podés encontrar cualquier cosa, siempre, con las montañas en el fondo, borrosas por la niebla.



Juanpi Ortigosa, 2017.
Producido en los Talleres de Siempre de Viaje.



viernes, 21 de abril de 2017

Persona * Giselle Bouso




Algunas palabras aparecen en mi vida distintas cada tanto. Un día, se me presentan brillantes.
Me ha pasado: palabras que me rondan, me chistan. Me hacen luces.

Fuimos a almorzar. Ahí estaba esperando; mi palabra vibrante, en la etiqueta de la botella: 
— Mirá cómo se llama el agua, dije yo. 
— “Persona”, leyó Gala.

Aunque le pareció llamativo, no le dio importancia.
Le pasó de largo, se le metió de nuevo en el huracán ultra-veloz e infinito de las palabras ya pronunciadas.
En cambio a mí, se me quedó pegada. “ P E R S O N A ”, intenté repetir para adentro mientras miraba de nuevo la etiqueta azul y mi palabra-persona parecía saltar del plástico.
Y me sentí sola. Y me sentí agarrada, de la mano de mi palabra.
 Me vi  simple persona. A mi alrededor, las cosas recortadas. Cada objeto, cada ser. 
Yo misma. Recortada por los bordes con una tijera inexacta, humana. Pegada. Ahí, en mi sillita de exterior del puestito de la playa. 
Toda collage.
Soy simple:  adentro mío hay un mundo.
Era el primer silencio desde que habíamos llegado.
Verde - plateado- oscuro. 
Blanco - espuma.
Arena - playa. 
Brasil.
Gala se había dormido, con la gorra Nike puesta, en la reposera. Me alegré, podía leer: 
Página 58: 

Voy a hablar de la palabra persona, que la palabra “persona” recuerda.

Yo estaba leyendo a Clarice Lispector en Río de Janeiro.

Era una palabra latiendo. Se volvió criatura posada en mi hombro.



Giselle Bouso, 2017.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje.




jueves, 20 de abril de 2017

Imagen 1 * María del Carmen Sarquis




En la fotografía aparecía un atardecer luminoso. Los colores del sol, de las nubes, del cielo resplandecían y se reflejaban sobre el agua cual estela luminosa. A lo lejos se veían embarcaciones flotando. Sobre el lado izquierdo, se destacaba un inmenso velero, alumbrado aún por las luces de la caída de la tarde, que estaba partiendo. Majestuoso, muy solo, pero muy orgulloso. Con sus velas desplegadas por el viento, como queriendo decir “Aquí estoy yo, no me molesten, estoy vivo y aún con deseos de volver a partir”.





María del Carmen Sarquis, 2017.
Producido en los talleres de Siempre de Viaje.



miércoles, 19 de abril de 2017

recito poesía * Belén Coluccio


recito poesía
como fui a la iglesia
a escuchar a los padres
explicar
la metáfora divina
recito poesía
porque añoro el canto litúrgico
las alabanzas y aleluyas
las notas do la fa sol en  la guitarra
recito porque predico
verdades que tiene que ser reveladas
a los ciegos de alma
poesía es el lenguaje donde aún dios se refugia
avergonzado de su desnudez
expuesta más de dos milenios
en los altares del mundo
el dios joven
barbado
se cubre entre las letras de la poesía
treinteñera
veinteañera
donde no teme a decir su edad
treinta y tres
su edad tan aplicada para el sacrificio
tranquilo dios tranquilo
acá nadie quiere
sacrificio
todos queremos una muerte simple
queremos morir por la poesía
por esas metáforas tuyas, che, Jesús
la del
verbo encarnado
la otra mejilla
la semilla de mostaza
lo que sí
todos queremos la traición
queremos escribir sobre la traición
nos gusta
la idea de que hay unas reglas
aunque ya dijimos que no creemos en ellas
nos gusta
la idea de que hay unas reglas
y vamos a romperlas
con poesía
con narrativa
con palabras inventadas o uso de las viejas
acá la frase se traiciona línea a línea
che, Jesús porque no subis al escenario
y nos contas esa historia tremenda tuya
que alguien le preste una guitarra al muchacho
que la afine
que alguien lo filme
pensamos que
te queda bien la barba más corta
pero nos gustaba la sangre mezclada con los pelos largos
y hasta algunos piden
que nos muestres el torso, dale
la herida
que a todos nos gusta
la de la lanza
que atraviesa
el espacio de las 12 de la noche
la hora de la cruz
dónde poesía se hace fiesta
boliche
bajando la luz
es que se entrega el cuerpo
el de ellos
los
que no saben lo que hacen
los
que se van juntos y amanecen
no saben que
estas en mi cama
otra vez
te llame más de nueve veces
esta semana
en la vuelta de un rosario
pero no
viniste, volviste ahora
recién, anoche
llegaste justo para escuchar este texto nuevo
que escribí
me parece que ya no te gustan
las oraciones de siempre
las viejas
las que hablan de  la virgen tu mamá
del perdón
de tus pájaros
de los panes en la mesa
te pregunto, che, Jesús,
torso desnudo de mi cama
¿hay más riqueza en las nuevas religiones que en las viejas?
no sé, me decís
no soy atemporal
no sé
soy un joven de 33
me corte la barba
y me lastime el costado
sin querer
con la gillette
es
un garrón
no para de sangrar
y parece que encima
también sale agua
y no,
no para de sangrar



Belén Coluccio, 2017.
Texto producido en los Talleres de Siempre de viaje.


martes, 18 de abril de 2017

Como la que * Eugenia Coiro



Como la que toma sol
con cuarenta al mediodía
cuidando su pose
atenta a la curva
que nace en el ombligo

Como la que sueña despierta
trabajando bajo tierra
y en el ruido escucha 
mitológicas bestias

Como la que riega las plantas
de la vecina internada
y se acuesta contenta
porque hace un bien al mundo

Como la que silba la marsellesa
mientras se tiñe de rubio
los pelos del brazo

Como la que hace yoga en Manhattan
pero detesta la idea 
de viajar a la India

Como la que adora a su marido
y espera cada tarde
el llamado del amante
y se siente sola, incomprendida

Como la que teje
como la que llora
como la que dejó la carrera
y ahora camina con la frente en alto
la mirada marchita

Como la que prepara el mate
o la comida
como la que estira la mano y espera una moneda
como la hambrienta
como esta, como aquella

Como la que finje el orgasmo
y ensaya falsas risas

Como la que mira el mar con amargura
y no sabe qué es lo que le gusta

Como la que escribe palabras
prueba versos
como la que busca
sacudirse
la tristeza en un poema




Eugenia Coiro, 2017.
Producido a partir de la lectura de Leónidas Lamborghini para la muestra Mujeraje de Elizabeth Vita.