jueves, 31 de enero de 2019

Pacha, útero que bendice la vida * María Elena Castro


Pacha, útero que bendice la vida 
transformas piedras
en enormes cordilleras
gotas en océanos

Y tus venas 
como ríos serpenteantes
nos marcan
un rumbo
vamos aprendiendo
y haciendo huella

Hoy te venero 
con un puñado
de tierra en mis manos
con licores y hierbas
que completan 
el ritual

Hoy te pido 
por las mujeres

para que seamos valientes
para que seamos muchas

por las batallas
para que ganen espacios
y expandan tu sabiduría
en nosotras
para hacernos una

para que el amor
nos consuele
y seamos
más fuertes
más poderosas

En las noches
de luna nueva
recibimos tus anuncios

tiempo de mujeres
tiempo de curar heridas

tiempo de enseñar
a los hombres
cómo amarnos

tiempo de mujeres
parido con dolor

hacemos espacio
nos despojamos
de lo viejo
hacemos el nido 
para parir un nuevo tiempo

con vos
con nosotras
con ellos



María Elena Castro, 2018. En Tu viaje del año.


miércoles, 30 de enero de 2019

La maja * Anaïs Nin

El pintor Novalis acababa de casarse con María, una española de la que se enamoró porque le recordaba su cuadro favorito, la Maja desnuda de Goya.

Fueron a vivir a Roma. María hizo palmas con infantil alegría cuando vio el dormitorio, admirada de los suntuosos muebles venecianos con hermosas incrustaciones de perlas y ebonita.

Sobre el monumental lecho construido para la esposa de un dux, la primera noche María temblaba de placer, estirando el cuerpo antes de esconderlo bajo las delicadas sábanas. Los dedos sonrosados de sus gordezuelos piececitos se movían como si reclamaran a Novalis.

Pero ni una sola vez se había mostrado completamente desnuda a su marido. En primer lugar, era española; además era católica; y además absolutamente burguesa. Antes de hacer el amor había que apagar las luces.

De pie junto a la cama, Novalis la miraba con los ojos apretados, dominado por un deseo que dudaba si manifestar; quería verla, admirarla. No la conocía completamente a pesar de aquellas noches en el hotel, cuando oían voces extrañas al otro lado de los finos tabiques. Lo que pedía no era un capricho de amante, sino el deseo de un pintor, de un artista. Sus ojos estaban hambrientos de la belleza de la mujer.

María se resistió, acalorándose, algo enfadada, ofendida en sus profundos prejuicios.

—No seas tonto, querido Novalis —dijo—. Ven a la cama.

Pero él insistió. Debía superar sus prejuicios burgueses, le dijo. El arte se mofa de semejante modestia, la belleza humana debe exhibirse en toda su majestad y no permanecer escondida, despreciada.

Las manos del hombre, coaccionadas por el temor a herirla, apartaron suavemente sus dulces brazos que estaban cruzados sobre el pecho.

Ella se rió.

—Eres tonto. Me haces cosquillas. Me estás haciendo daño.

Pero, poco a poco, adulado el femenino orgullo por el culto de que era objeto su cuerpo, se fue entregando, dejándose tratar como una niña, con mansas protestas, como si estuviera sufriendo una agradable tortura.

Libre de velos, el cuerpo brilló con la blancura de las perlas. María cerró los ojos como si quisiera escapar a la vergüenza de su desnudez. Sobre las tensas sábanas, las graciosas formas embriagaban lo ojos del artista.

—Eres la fascinante y pequeña maja de Goya —dijo él.

Durante las semanas siguientes, nunca posó para él ni le permitió tener modelos. Se metía inesperadamente en el estudio y charlaba mientras él iba pintando. Una tarde que entró de repente en el estudio, vio sobre la plataforma de los modelos a una mujer desnuda tendida sobre pieles, mostrando las curvas de su marfileña espalda.

Más tarde María hizo una escena. Novalis le rogó que posara para él y ella capituló. Agotada por la vehemencia, se quedó dormida. El trabajó durante horas sin pausa.

Con franca inmodestia, se admiró en el cuadro lo mismo que lo hacía en el gran espejo del baño. Deslumbrada por la belleza de su propio cuerpo, por unos instantes perdió la vergüenza. Además, Novalis había puesto al cuerpo una cara distinta, para que nadie pudiese reconocerla.

Pero después María recayó en sus viejos hábitos mentales, negándose a posar. Hacía una escena cada vez que Novalis contrataba a una modelo, escuchando y espiando detrás de las puertas, y discutiendo a todas horas.

Casi enfermó de ansiedad y temores morbosos, y comenzó a padecer insomnio. El doctor le dio unas píldoras que le provocaban un sueño profundo.

Novalis se dio cuenta de que cuando tomaba las píldoras no lo notaba levantarse, moverse alrededor ni derribar los objetos de la habitación. Una mañana que se despertó temprano con ánimos de trabajar y la vio dormida, tan dormida que casi no se movía, tuvo una extraña ocurrencia.

Apartó las sábanas que la tapaban y, lentamente, fue levantando el camisón de seda. Pudo subirlo por encima de los pechos sin que ella diera la menor muestra de despertar. Cuando estuvo descubierto todo el cuerpo de la mujer, lo contempló tanto rato como quiso. Los brazos estaban desprendidos del cuerpo; los pechos se extendían ante sus ojos como una ofrenda. Le excitaba el deseo pero no se atrevió a tocarla. En lugar de eso, trajo papel y lápices, se sentó junto a la cabecera y estuvo tomando apuntes. Mientras trabajaba, tenía la sensación de estar acariciando cada una de las líneas perfectas del cuerpo de la mujer.

Pudo proseguir durante un par de horas. Cuando observó que cedía el efecto de las píldoras somníferas, estiró el camisón, la cubrió con la sábana y salió del dormitorio.

Más tarde, María se sorprendió al notar un nuevo entusiasmo de su marido por el trabajo. Se encerraba en el estudio durante días enteros, pintando sobre los apuntes a lápiz que hacía por las mañanas.

De este modo le hizo varios cuadros, siempre tendida, siempre durmiendo, tal como había estado el primer día que posó. María estaba pasmada por la obsesión. Creía que eran simples repeticiones de la primera pose. Novalis siempre alteraba el rostro. Dado que la actual expresión de la mujer era adusta y severa, nadie que viera aquellos cuadros se imaginaría nunca que el voluptuoso cuerpo era el de María.

Novalis ya no deseaba a su esposa cuando estaba despierta y lucía la expresión puritana y la mirada ceñuda. La deseaba cuando estaba dormida, abandonada, opulenta y apacible.

La pintaba sin respiro. Cuando estaba solo en el estudio con un nuevo cuadro, se tendía frente al cuadro en el sofá y una corriente cálida le recorría todo el cuerpo, mientras sus ojos reposaban en los pechos de la maja, en el valle de su vientre o en el vello que nacía entre las piernas. Notaba una incipiente erección. Le sorprendía el violento efecto del cuadro.

Una mañana estuvo delante de María mientras ella estaba durmiendo. Había conseguido separarle ligeramente las piernas, para ver en medio. Observando la pose sin limitaciones, las piernas abiertas, se tocó el sexo con los dedos haciéndose la ilusión de que era ella quien lo hacía. Cuántas veces le había conducido la mano hacia el pene, con el propósito de arrebatarle esta caricia, pero ella siempre se había negado y alejado la mano. Ahora empuñó el pene con su propia mano.

María comprendió pronto que había perdido el amor del pintor y no supo cómo recuperarlo. Se daba cuenta de que estaba enamorado de su cuerpo, pero sólo cuando lo pintaba.

Se fue al campo, a pasar una semana con unos amigos. A los pocos días cayó enferma y regresó a casa para que la viera su médico. Cuando llegó, la casa parecía desierta. Fue de puntillas al estudio de Novalis. No había el menor ruido. Entonces se imaginó que estaría haciendo el amor con otra mujer. Se acercó a la puerta. Lenta y silenciosamente como un ladrón, la abrió. Y esto es lo que vio: en el suelo del estudio había un cuadro de ella; y encima, restregándose contra el cuadro, estaba su marido desnudo, desnudo y con el pelo alborotado, como ella no lo había visto nunca, y con el pene erecto.

Se restregaba contra la pintura, lascivo, besándola y acariciándola entre las piernas. Se revolcaba como nunca lo había hecho sobre María. Parecía presa del frenesí y a todo su alrededor tenía los demás cuadros de ella, desnuda, voluptuosa y bellísima. Les dirigía miradas apasionadas y luego proseguía el imaginario abrazo. Lo que estaba viviendo era una orgía con la esposa que en realidad no había conocido. Ante este espectáculo, la propia sensualidad contenida de María se incendió, libre por primera vez. Al quitarse las ropas, le reveló una María nueva, una María iluminada por la pasión, abandonada como en los cuadros, que ofrecía su cuerpo sin pudor y sin dudarlo a todos los abrazos del hombre, esforzándose por arrebatar sus emociones a los cuadros, por sobrepasarlos.


Anaïs Nin, Pajaritos.



lunes, 28 de enero de 2019

preguntarse * Maga Levin



preguntarse
para qué sirven los poetas
es absurdo
y necesario
es como preguntarse
para qué estamos
qué somos
o qué hacemos
como especie

para qué nuestros ojos
nuestras manos
eso despierta al poeta

cómo sentimos
vos, yo
nosotros
los humanos
cuando lo universal y lo particular se juntan
eso intenta el poeta
intenta
porque nunca lo logra
intenta
porque siempre lo logra

decir lo indecible
escrib ir el silencio 
hacer poco común
las palabras comunes
darle voz a lo chiquito 
y a lo inmensou

eso despierta al poeta

lo que no se ve a simple vista
por chiquito 
o por inmenso
no se ve a simple vista
hay que ir a buscarlo
al poema

qué somos y qué hacemos
como especie
no dar nada por obvio
y buscar
buscar
buscar
buscar los poemas
buscar 
señales 
a través 
de las llamas

eso despierta al poeta



Maga Levin. 2018.
A partir de la lectura de La poesía  como un arte insurgente de Lawrence Ferlinghetti.







viernes, 25 de enero de 2019

La casa está dormida * Anaïs Nin



La casa está dormida. Los perros guardan silencio. Siento el peso de la soledad. Ojalá estuviera en el piso de Henry, por lo menos podría secar los platos que lava él. Veo su chaleco, desabrochado, porque el traje viejo que le han dado le queda pequeño. Veo la raída solapa bajo la cual me encanta deslizar la mano, la corbata con la que juego mientras me habla. Veo el cabello rubio sobre el cuello. Veo la expresión que tiene cuando baja el recipiente de la basura, furtivo, medio avergonzado. Avergonzado también de su amor al orden, que lo obliga a lavar los platos, a recoger la cocina. “June se oponía a esto –dice–; le parecía poco romántico”. Recuerdo haber leído en las notas de Henry el regio desorden que le gustaba a ella. No sé qué decir. Los dos personajes están en mí: la mujer que actúa como Henry y la mujer que sueña con actuar como June. Una vaga ternura me empuja hacia Henry, que lava los platos con tanta seriedad. No puedo burlarme de él. Lo ayudo. Pero mi imaginación está fuera de la cocina. Sólo me gusta la cocina porque Henry está allí. Incluso he llegado a desear que Hugo estuviera fuera más tiempo para vivir en Clichy. Es la primera vez que deseo nada semejante.   



Anaïs Nin, Henry Miller, su mujer y yo.



jueves, 24 de enero de 2019

Quiero prenderte fuego * Ivana Pizarro



Quiero prenderte fuego
quemarme con vos
sin llagas
Vos te morís
yo te mando señales fosforito

Armo una mecha
con tu propio pelo
¿el alcohol?
ya te tomaste todo
    ¡Magiclick!

Quiero ser
mi propia ceguera
para verte
otra vez
prendida fuego




Ivana Pizarro, 2018.
A partir de la poesía como arte insurgente de Lawrence Ferlinghetti.





miércoles, 23 de enero de 2019

Sentada en el balcón * Jesica Romero



Sentada en el balcón, disfrutando del silencio de la madrugada y la quietud de la ciudad me pregunto ¿dónde estarás? Me acuerdo de tu sonrisa y sonrío también, añorándote. Me pregunto si aún queda algo de vos en mí.
A veces, me gusta pensar que me mirás desde algún lugar, y  que en momentos como este, en los que te pienso me venís a visitar, te sentás conmigo, y te quedas acá, acompañándome. Aunque no te pueda ver tengo la certeza de que estás a mi lado, cerca. Por momentos puedo sentirte, debe ser que te llevo grabada en los registros de mi corazón.



Jesica Romero, 2018.

Matisse





martes, 22 de enero de 2019

Si tenés que enseñar poesía * Soledad Arienza


Si tenés que enseñar poesía, golpeá la pizarra con la tiza de la luz.

No alcanza, no es útil para captar la atención del auditorio.

La poesía no debe ser útil.

Tengo-que-enseñar-poesía.

Escribí. Escribí más allá del tiempo. Hacé escribir a otros. Que se lancen.

No quieren. Dicen que no pueden. ¿Cómo ser el espía de Dios cuando tu auditorio te está enviando señales de odio a través de las llamas de sus ojos?

Es porque están enjaulados. Hacé que se liberen.

¿Cómo?

Con poesía. Que palpen que la palabra poética es darle una voz a las calles sin lengua.

¿Y si no quieren?

¿Quién no quiere crear nuevas noticias?
Hace que experiencien
que poesía
no es
un-tema-más-a-evaluar-en-un-examen
que no es
irrelevante.
Que es
todo
aquello
que los mortales
(no poéticos)
quieren que no sea.




Soledad Arienza, 2018.
A partir del poema La poesía como arte insurgente, de Lawrence Ferlinghetti.



lunes, 21 de enero de 2019

Todo el cuerpo hacia qué * Idea Vilariño




Todo el cuerpo hacia qué
como un ramo de lilas, 
como una rosa roja, 
como un jazmín sediento.
Todo el cuerpo hacia qué.
Lluvia como ceniza
los días, aunque, a veces, 
cenizas en el viento.
Y hacia quién se sostiene 
la noche, como un arco
sin flechas, como un arco
sin flechas pero tenso.
Hacia qué o hacia quién
estas noches de barco
sin destino, de barco
sin destino y sin puerto.
Los ojos sólo ven
lluvia sobre ceniza,
los días, y las noches,
vacíos arcos tensos.
Pero el cuerpo hacia quién
como un ramo de lilas,
como una rosa roja,
como un jazmín sediento.



Idea Vilariño.


Diosa minoica




viernes, 18 de enero de 2019

¿Cuántas veces viajamos en un año? * José Lupia



¿Cuántas veces viajamos en un año?
¿De cuántas maneras? ¿Por cuántos caminos?

La idea siempre es vital.

De la forma que fuera, es moverse,
oponerse a la quietud de un estanque. 

En un año hay muchos lugares,
a veces es difícil. 
Pero en el medio de un invierno largo y frío
puede haber principios.

Empecé a escribirlos para salir.

Ahora mismo, estoy procesando mi voz en máquinas complejas.
Que nadie pueda reconocerla, que me resulte extraña, 
nueva.
  
En ese viaje estoy y viene mañana.
Mañana es mejor.




José Lupia, 2018.



jueves, 17 de enero de 2019

No sé si sueño con Zurita leyendo, o si leo a Zurita soñando * Mari Cambareri




No sé si sueño con Zurita leyendo, o si leo a Zurita soñando.

Estamos entre las montañas, lo escuchamos leer parados en plena cordillera. Pero a nosotros nunca nos hallarán porque nuestro amor está pegado a las rocas, al mar y a las montañas. Vemos valles negros repletos de flores por los que baja el eco oscuro de sus palabras. Se repite. La voz del poeta vuelve como un mantra, pegado a las rocas, al mar y a las montañas.
Esta noche no sé si vivo o sueño. Transito una voz. Me dejo conducir por el azar en versos que propone, me acoplo a su ritmo de noche que canta:

pegado a las rocas
al mar
a las montañas

Va cubriendo con la manta de su voz un desierto de silencio. Sin darnos cuenta estamos en la calle, remontamos las áridas montañas y los valles resecos por los que vinimos. Nos miramos a los ojos y no hace falta decir nada. Somos extranjeros de nuestra propia lengua. En la noche ficticia, las palabras duermen.





Mari Cambareri, 2018.



miércoles, 16 de enero de 2019

palabras se dicen * Maga Levin



palabras se dicen
en mí
solas
en mí
cada sombra
palabras reflejas
cada sombra
en mí
naufrago
en mí
naufrago 
en poemas
naufrago
y no fluye

naufrago.







Maga Levin, 2018.
Reescritura del poema de Alejandra Pizarnik:



palabras reflejas que solas se dicen
en poemas que no fluyen yo naufrago
todo en mí se dice con su sombra
y cada sombra con su doble


Man Ray




martes, 15 de enero de 2019

¿Y si esta es la otra vida que alguna vez pedí? * Natalia Zanazzi



¿Y si esta es la otra vida que alguna vez pedí?
 Pensar que a menudo pido otra o imagino cómo sería si esta no fuera.
¿De vivir? Nada. Solo quejas, de lo que fue o de lo que podría haber sido.
¿Qué pasa con lo que es? Ahora, en este instante.
El supuesto abanico de posibilidades abriéndose en mi presente.
¿Y yo? ¿Dónde estoy?
Siento como si mi vida ocurriera sin mí. Como estar todavía detrás de la línea de salida. Qué fuerte sentir esto.
Lo paradójico es que me pregunto qué camino seguir, cuando todavía no di el primer paso.
Estoy como a la espera de una señal, de alguien que lleve de la mano, que me señale el camino correcto, de un guía, un gurú o qué sé yo. Para vivir mi vida. ¡Sí, la mía!
Cualquiera diría, ¡no podés! (agarrándose la cabeza, claro). 
Y viéndolo así, la verdad que no. 
Puedo intentar culpar a una infinidad de seres, de cosas, situaciones, lo que sea. Pero solo sería una excusa para no hacerme cargo de mi existencia. 
La verdad, es que a esta altura se ve claro, FALTA DE CONFIANZA EN MÍ MISMA (esto también en fuerte).
Si no, ¿por qué otra razón necesitaría que alguien me diga hacia dónde, cómo o cuándo?
El primer paso de la cuestión, es animarme a vivir.
¿Y quién sabe? En una de esas, en vez de seguir pidiendo otra vida, empiezo a desear que esta nunca termine. 


Natalia Zanazzi, 2018.



lunes, 14 de enero de 2019

sola * Magalí Álvarez Rizzi




sola                                                                                    
bajo la sombra del alba                                                 
sin un nombre                                                                 
que gritar                                                                         
cuando la muerte está ausente                                                        
                                                                                                                                                                 
sola
junto a espejos desiertos
entre inmóviles danzas
prófuga del olvido
y la nada 

ahora 
en el naufragio de la noche
se desdibuja 
el rostro vacío 
del silencio

no es verdad que al miedo 
únicamente
lo percibo
cuando me abrasa el olvido

perdida
de nuevo
bajo la sombra del alba
inocente
al eco de los latidos del tiempo

perdida
en palabras rotas
que habitan
mi sangre

luego
la fragilidad de la espera
indecible
cuando mis ojos se apagan



luego
el delirio petrificado en un sueño 
revela mi nombre
pulverizado
en un oasis
que pasa inadvertido





Magalí Álvarez Rizzi, 2018. En Tu viaje del año.


















sábado, 12 de enero de 2019

Arrullo * Lili Levy



Una playa, en ese preciso momento del atardecer, cuando el sol ya se puso pero todavía quedan colores, reflejos y el horizonte se pierde en los últimos destellos. Una claridad que apenas permite distinguir los límites entre la playa, el cielo y el mar. 
Pocas personas pasean por la orilla, instantes únicos para estar en soledad. Camino como por una gran alfombra continua que me envuelve con sus tintes rosados, cediendo de a poco, el paso a la noche. A lo lejos algunas luces se encienden, imagino una casa, alguien que pone la mesa. Puedo intuir el ruido de platos.
Arrullada por el sonido de las olas, espuma que acaricia la orilla, distingo un hundimiento en la arena, con la forma de un cuenco ovalado y suficientemente grande como para caber en él. El agua cada tanto llega y se mete en esa hondura, me da un gran placer recostarme, sentirla en mi espalda, mis brazos, mis piernas. También puedo balancearme, empujo con los pies un extremo y el agua permite deslizarme hacia el otro, así una y otra vez. Podría permanecer horas haciendo esto.
Miro a todos lados riendo, me gustaría compartir este juego delicioso, hace mucho que no me divertía tanto. Escucho algunas voces aunque no hay nadie, ya la playa está desierta. Las oigo, están allí muy cerca. Presto atención a lo que dicen:
−Vení, sentí como se mueve. Patea. 




Lili Levy, 2018.




jueves, 10 de enero de 2019

Un paseo corto * Julio César Castro



La ventana abierta me invita, con su mano extendida, a caminar en el aire. Suspendido como polvo nómade, flotando en el campo. Ahí voy. Lejos. 
Un mediodía nublado entre pasillos angostos y cuartos con puertas férreas, placas de bronce, imágenes opacas de niños, mujeres, hombres con bigote, tal vez santos, tal vez diablos, veredas iguales y flores, muchas flores. Mármoles en el piso de tierra. Cruces. Algo escrito. No puedo leerlo. Sigo en vuelo.
Una pareja camina lenta de la mano con los uniformes del lugar, oscuros, siempre negros. No hablan, cargan lirios y memorias.
Un nene raspa su autito en una pared y su madre le espanta el sacrilegio. Un cura deambula buscando mitos, un perro blanco los mira perdido. Una paloma despide a sus piojos. Yo vuelo sobre sus cabezas montado en el pasado y veo mi nombre, una fecha, un suceso. No puedo seguir volando, me cuesta. La ventana esta entornada. Vuelve el frío, la calle muda, el hierro húmedo y ese olor que disimulan los perfumes ajenos.
Los viejos van a sus casas, el perro se rasca agobiado, la paloma busca su hueco, las flores se agachan mustias, un hombre desteñido cierra las rejas, aprieta un candado. La campanas suenan. Es tiempo de volver, antes que los fantasmas me traigan a los golpes. No importa, la ciudad se oscurece y nadie puede verme, ni siquiera yo, que intento el camino de regreso a la ventana, esa que ahora, está cerrada y que golpeo inútilmente.




Julio César Castro, 2018. Para Tu viaje del año.



miércoles, 9 de enero de 2019

Hay días * Natalia Zanazzi



Hay días y días.
Días buenos, días malos y días masomenos.
Hay días que el mundo se nos pinta de rosa, caminamos plenos, contentos, con una sonrisa.
Luego están esos días que solo vemos el vaso medio vacío. No importa lo que nos digan, es más, no queremos oír. Es una necesidad de enojarnos con la vida. No sé porqué.
Hay días que queremos compartir con todos, somos sociables, divertidos.
Y días que nos queremos ir a vivir solos a una isla.
El ser humano es cambiante, la vida es cambiante.
Hay días que nos gusta el ruido de la ciudad, queremos salir, hacer cosas.
Y están esos días que anhelamos el silencio del campo, necesitamos un poco de soledad.
Hay días que vivimos de recuerdos, lloramos, reímos, sentimos nostalgia.
Después están esos días que dejamos los recuerdos para vivir el famoso aquí y ahora.
A veces solo queremos llorar.
Otras veces vernos angustiados nos da bronca y tomamos fuerzas para estar bien.
Hay días que parece que el mundo se nos viene encima y aunque no tengamos religión, pedimos una señal.
Después están esos días que nos relajamos. ¡Si siempre que llovió paro!
Hay días que tenemos el amor a flor de piel, solo queremos correr hacia esa persona, que hace que el mundo se detenga en un abrazo y no nos importa nada más, como en las películas.
Pero nunca falta el maldito día de ¡bajá a tierra! Lo peor es que bajamos, dejamos de soñar.
Hay días que vemos tanta miseria, que nos duele el alma. Queremos cambiar el mundo. Tener el poder de cambiar el mundo, pero sabemos que es imposible.
Y a veces surgen esos momentos que recordamos sabias palabras, que dejan de ser un consuelo y se convierten en una realidad. Como que todo lo que hagamos es una pequeña gota en el océano, pero sin esa gota, al océano le faltaría algo.
Hay días que sentimos que bajamos un escalón.
Y otros que aparece la palmadita con un ¡vamos!, que un tropezón no es caída.
Hay días que nos matamos preguntándonos ¿por qué?
Después están esos días que preferimos decir  ¡Y bueno, todo pasa por algo!
Hay días que elegimos callar.
Como otros gritar. 
¡Qué sé yo!
Son días.



Natalia Zanazzi, 2018.


Turner

martes, 8 de enero de 2019

Con su doble todo en mí se dice * Ivana Pizarro



Con su doble todo en mí se dice
Sombra
Naufrago en poemas
Solas se dicen
No fluyen
¿Reflejan palabras?
Todo en mí
Y cada sombra con su doble






Ivana Pizarro, 2018.
Reescritura del poema de Alejandra Pizarnik:



palabras reflejas que solas se dicen
en poemas que no fluyen yo naufrago
todo en mí se dice con su sombra
y cada sombra con su doble


Man Ray