viernes, 18 de octubre de 2019

Sueño eclipse - Lorena Di Scala


I
Lago
laguna
mar negro
quiero sumergirme en las profundidades oscuras
no ver más luz que las burbujas de mi aliento
apagar los sonidos de la superficie
con la espesura de la brea marchita
agua negraquiero beberte
llenar mis tuberías de magma pegajosa
tapar toda salida para quedar sujeta
apretada
ajustada en un sueño suspendido
letargo de quién-sabe-cuánto
no me importa
lo difícil lo asqueroso lo perverso
tomo todo de un sorbo
y me dejo hundir por vos
agua negra
dulce azabache
cubrime por completo
hasta que olvide cómo respirar
y entonces deje de intentar
volver 

II
mojo mis dedos en tu cuerpo
es como acariciar el gato negro de Poe
o la gata de Olga Orozco
tantos felinos opacos
representando tu esencia
la ausencia de luz y color, pero no de vida
me arrastra hasta tus orillas
quiero formar parte de ese
ecosistema dark
mucha gente no lo entiende
¿cómo alguien querría olvidarse en un espejo que no refleja?


los deseos son impredecibles

no importa cuánto me lleve



pienso acabar en tu vientre opaco.




Lorena Di Scala, 2019.






jueves, 17 de octubre de 2019

del desierto llegan * Ludmila Mojica




del desierto llegan
sonidos
murmullos
tan lejanos

partículas de polvo que flotan
entre hebras de sol
que caen
como si pudiera elegir
deambular en el eco

dulce
intocable inaprensible

la Tierra
las constelaciones
las órbitas
el universo todo
la luz y la oscuridad

atardece sobre el pacífico
las crestas de los cerros empiezan a brillar
mientras el sol se oculta y las laderas oscurecen

piel, caricias, calor, contacto, placer

el resto del día

una parte total 

de mi universo





Ludmila Mojica, 2019.



Golding

lunes, 14 de octubre de 2019

No quepo * Brenda Secco






No quepo
en ningún lado

me despierto
en ningún lado

ideas siderales
conjetura estelar

desesperación

¿dónde va lo que dejo de ser?
¿de dónde viene lo que soy?

desbordo de la piel
me pierdo en la estratosfera

me siento azul

quiero ser
dorada
dorada
dorada




Brenda Secco, 2019.


Anna Halm Schudel



jueves, 10 de octubre de 2019

¿Vos pensás que si * Carla Capozucca




¿Vos pensás que si
en esta tarde lenta
nada que decir
o hacer
mientras llueve
y el viento golpea 
las persianas bajas?
¿Y si unís cada lunar de tu brazo
con líneas imaginarias
formarías constelaciones
dinámicas
supernovas desapareciendo
tragadas por moretones
como agujeros negros?
Si esas constelaciones
gestasen diosas mínimas
en tu brazo
¿serían adoradas
por seres microscópicos
fabricados
en el paisaje
de la superficie
de la epidermis?
Y si al pequeño pueblo de piel
conmovido por la certidumbre
del futuro mortal de tu cuerpo
lo agrupase la fe
¿sería monoteísta
o
politeísta?
¿Y si 
construyesen templos paganos
a la sombra
del pelo delicado 
de tu gigantesco ser?
¿serían pequeños tugurios sixtinos
de frescos en el techo
fileteados
góticos
puntiagudos
o
brutalistas?
¿Vos pensás que si
te eligiesen creadora del universo
de la galaxia
de tu cuerpo
trascenderías
el aburrimiento
de la lluvia
de la tarde?




Carla Capozucca, 2019.




martes, 8 de octubre de 2019

Otta * María de los Ángeles Raggio



Los guantes no me protegieron del frío esa tarde en el pueblo, donde pedaleando llegué a la casa en la que ella vivió. No me los quité, y al menos sirvieron para esconder mi extrañeza en la situación. 

Até con cuidado mi bicicleta al árbol, aunque, ¿quién se la llevaría? La costumbre nos hace predecibles. Corrían los años 80 en los que las bicicletas con estilo flashdance estaban en su apogeo y la mía era verde. 

No sabía quién abriría la puerta, no me importaba, y tampoco tenía ganas de socializar. Las conversaciones de ocasión siempre me incomodaron, pero esa incomodidad se mezclaba con una especie de admiración por quienes eran capaces de hablar sobre la nada misma con convicción. En mi interior esa charla no era más que un parloteo aturdidor usado para enmudecer el verdadero diálogo interno que debía tener lugar. Combatir el silencio era la misión de muchos pero no la mía, me dije convencida mientras esperaba en la vereda.

Los colores en ese lugar eran una ausencia, a lo sumo, un gris desnudo, y los pisos eran una sucesión de baldosas ásperas que definitivamente no daban una bienvenida. En esa casa no había cortinas, y las ventanas eran de aluminio con paneles deslizables, y rejas en el exterior. La casa era de una austeridad que congelaba cualquier ánimo bienintencionado. Seguía preguntándome cuál era el propósito de construir algo así de esquelético cuando la puerta se abrió y vi una cara familiar. Saludé con amabilidad y pedí permiso para pasar.

De esa enormidad de paredes custodiada por un patio interminable con árboles frutales, a mí solo me interesaba el cuarto pequeño donde había transcurrido su cotidianeidad. 

Entré en su espacio y fue entrar a otro mundo que nada tenía en común con lo que estaba del otro lado de la puerta. Su habitación era cálida a pesar de sus reducidas dimensiones. Sí, era cálida como ella lo había sido. Eran espejos. Estaba como siempre, metódicamente ordenada, minimalista hasta el fanatismo. Monacal. 

Yo era la nota disonante. Era todo menos orden, desorientada por la pérdida y decidida a rescatar aquello que me había sido dado hacía años entre escondidas y paseos en bicicleta por la plaza del pueblo. 

Su armario aún no había sido abierto, guardaba sus prendas planchadas y ordenadas por tipo, sus zapatos en cajas, sus enaguas en cajones empapelados que olían a lavanda cuando los abría. Sus medias de seda se apilaban según el tiempo de uso. Todo permanecía a la espera  envuelto en un silencio acogedor.

Miré alrededor despidiéndome, con el corazón roto porque su partida marcaba el fin de mis juegos sin edad. Los minutos se estiraban hasta el desgarro y no atinaba a dar el paso que completara mi misión.  

Me acerqué a la cómoda de madera lustrada con herrajes semejando ramas y hojas. Los cajones se deslizaron con facilidad y elegancia mostrando que allí no había secretos. Vi fotos de personas que me eran desconocidas, vi pañuelos bordados a mano, vi primorosos jabones entre la ropa interior, y bolsitas de lavanda cosidas con esmero y puestas entre los sweaters y sacos de lana. 

Con cada movimiento parecía huir de la placa de mármol rosa viejo que coronaba el mueble. En mi interior deseaba y temía encontrar lo único que explicaba mi presencia en esa casa.

Dar vueltas no era una estrategia inteligente. Sabía que no podía decirle a nadie que esa caja era mía sin ser tomada como loca ¿cómo explicar que me había sido dada años atrás? ¿cómo probar semejante afirmación? Sabía también que me causaba dolor buscar su silueta porque era aceptar que ella no me visitaría más.  

Tenía presente que no podía permanecer ahí mucho tiempo, así que levanté mis ojos hacia el mármol y la vi. El corazón me dio un vuelco, se me aceleraron los latidos, empecé a temblar y sentí la tensión en mis dedos. Allí estaba la caja de mis desvelos. 

Otta me la había prometido para que la conservara después de su muerte. Nada más había de herencia, sólo esa caja, y era mía. Construida en madera oscura, tallada con delicadeza y arte, un jardín que al abrirse estaba forrado en satén verde. Su espacio diminuto guardaba unas fotos y un pañuelo blanco bordado con sus iniciales. La llave permanecía allí sin uso. 

Me quedé mirándola y aguantándome las ganas de llorar. Me senté por un momento en la silla junto a la cama buscando frenéticamente recomponerme para cumplir mi objetivo. No todo iba a ser tan fácil ni tan natural. Debí haber esperado esa “visita” de riguroso control, que fingiendo hospitalidad,  me ofreció agua mientras me preguntaba si estaba bien, si necesitaba algo. 

No lo esperé, y ante la sorpresa salté de la silla como si tuviese un resorte haciendo que bruscamente se cayera el vaso de agua. Cualquiera hubiese pensado que mi reacción era exagerada o directamente sospechosa. Me disculpé repetidas veces mientras limpiaban el desastre, y cuando volví a estar sola volví a abrirla con todo mi corazón. Las imágenes desbordaron mi memoria convirtiéndose en el bálsamo que tanto anhelaba. 

La vi una vez más ya sin sombras ni lágrimas que nublaran mis ojos. La vi como la mujer adelantada a su tiempo que siempre había sido. Delgada y esbelta como un junco. Verla comer era verla en su esencia, desprejuiciada, despreocupada, sin temores, disfrutando cada bocado como lo que era, un instante único. La incoherencia no formaba parte de su ser y se mantuvo consistente hasta el final. 

La amé cuando nadie alrededor me inspiraba afecto. Ella era el faro que me garantizaba diversión, juegos y límites claros. Se llamaba Rosa, pero jamás lo tuve en cuenta, jamás fue su nombre, no, ella no era una rosa bella e inaprensible, ella era una flor silvestre, entonces, era Otta.  

Su espíritu libre y su frescura eran conmovedores, sus piernas interminables la llevaron donde le dictó su corazón. Sus visiones de lo cotidiano y sus reflexiones fueron un misterio para quienes la rodeábamos. 

Jamás se enamoró, no lo sintió y no lo hizo, ni siquiera lo intentó cuando aparecieron en su juventud pretendientes dispuestos a hacerla esposa, madre, y ganadera ajena a cualquier penar económico. Su respuesta siempre fue la misma ante las innumerables veces que la atormenté con la pregunta 
¿pero ninguno te gustaba? 
No, no nací para enamorarme, nunca quise.  

Quizá tuvo su amor, su amor que no pudo ser. Quizá eligió ser fiel a ese amor pero más fiel a sí misma, a su elección.  El tiempo parecía no hacer mella en su cuerpo. Era toda vida. Era toda expectativa. 

Me vi con ella saltando a la soga, al elástico. Me vi en la vereda con mi bicicleta aurorita naranja cayendo al suelo saltando y corriendo a recibirla y la vi a ella corriendo hacia mí con los brazos abiertos. Y nadie hubiera creído su edad al verla correr, porque era como verla flotar. Y ella, con más de setenta, corría con sus zapatos de taco bajo, sus medias de vestir y su pollera forrada en tafetán.  Era una imagen elegante y lúdica donde yo era feliz. Sí, como también era feliz cuando en la mesa de algún domingo respondía con total desfachatez a los frecuentes reproches de su cuñada, mi abuela. Me sonreí pensando que sería un amoroso homenaje acuñar el término “materminála!” con la mano señalando el jardín que daba a la calle. 

Ella fue una excepción, una rebelde, una mujer con claridad. Aunque suene trillado vivió en su ley,  se lanzó a la aventura de la soledad con lo puesto, y con lo puesto desobedeció y transitó sus experiencias. Vinieron a mí también las charlas de sus cuñadas, esas charlas que las mujeres suelen tener estando los chicos presentes y dando por sentado que no entienden ni escuchan lo que dicen. Volví a escuchar el repaso ávido con tintes de envidia de la lista de posibles maridos que habría podido elegir. Recordé los punzantes comentarios en los que se la cuestionaba por el precio que pagó por sus decisiones. 

El destierro fue el precio y ella lo abrazó. Sus hermanos la sostuvieron para no perderla a pesar de su pétreo convencimiento de que tal decisión era inaceptable. 

Nunca hablé con ella de su privada humanidad y me deleité cada vez en sus arrebatos de niña caprichosa y desafiante. Desde dentro de la caja saltaron los recuerdos de las tardes que pasábamos en mi cuarto cuando debía permanecer en cama. Yo esperaba con alegría porque su visita era descontada. Esa espera era el preludio de complicidades, esas tardes eran diálogos con muñecas y comer todo lo que yo no estaba dispuesta a comer. Jamás se contagió, y todo lo convirtió en un amoroso trueque entre las dos. Yo debía comer algo para que la medicación no me cayera mal, ella hacía el resto. Sí, volvieron a mí esas imágenes donde las palabras no eran necesarias, y el entendimiento y la empatía eran suficientes.  

Y lo vi todo, la caja, el paño, el pañuelo, las fotos, el caleidoscopio del pasado que me alcanzó en esos minutos. La caja era mía, y yo guardaba la herencia. La caja guardaba la significación de sus actos, de sus elecciones, de ese vivir intenso que no se trata de saltar de una montaña, sino que se trata de animarse a elegir por uno mismo, y abrazar el camino que se abre a la decisión. Se trata también de vivir cada instante sabiendo que es necesario estar alerta, y aceptar cuando ya no queda nada. Se trata de dejar que el cuerpo se repliegue y se rinda al tiempo. 

De esta intensidad me hablaban los recuerdos, y esa caja. De presencias que pasan sin estruendos y dejan marcas imborrables. La cerré con lo poco que guardaba y agregué mi desconsuelo porque no me había podido despedir. 

La envolví en un trapo que traía en la mochila y la guardé con cuidado. La caja, ella, sin grandilocuencia, sin arrogancia, sin frivolidad. Sólo noble madera tallada. 

Salí de la habitación cerrando la puerta, percibiendo las miradas casi intrigadas de los que ahí estaban, y me despedí. Salí con la agitación de quien sabe que alguien ya debía de estar en la habitación para ver si había pasado algo. Salí derecho a desatar la bicicleta del árbol. No tenía tiempo para perder, ni intenciones de detenerme si alguien salía a cuestionarme. Tenía miedo y rogaba que el tiempo estuviera a mi favor. 

Sentí alivio cuando bajé a la calle y empecé a pedalear. Sentí también el frío en las manos y en la cara. Finalmente la tenía, junto con los recuerdos y su corazón. Ya no íbamos a estar más solas.  



María de los Ángeles Raggio, 2019.




domingo, 6 de octubre de 2019

INDUSTRIA FAMILIAR * Giselle Bouso






  1. REPERTORIO.



En confianza, mi mamá te dice que a mi papá hay que creerle “de todo lo que diga, un cincuenta por ciento”. Lo dice porque es gracioso, pero también como una forma de protegerlo.
Lo critica por amor.
Es que mi papá tiene pasión por las anécdotas.



“Una de las personas que yo más quise en mi vida”, cuando dice eso, ya sé de quién va a hablar. Su abuelo, el padre de mi abuela, era un gallego humilde, analfabeto. Es larga la historia pero acá aprendió a escribir y no sé cómo, pero supuestamente terminó construyendo un mini edificio. Con un grupo de albañiles, pero él al mando.
Yo, de hecho, viví un tiempo en ese edificio.



— “Tenía un enganche especial con los chicos”, continúa diciendo siempre cuando cuenta esta historia.



“De viejito, ya jubilado, se le daba por arreglar cosas, los chiches (dice chiches), algún pequeño electrodoméstico (sí, así dice también, qué se yo), cualquier cosa que le daban los vecinos, él lo arreglaba”. Con la voz, a esta altura ya se muestra conmovido. No es que no lo esté, pero aprovecha para medir cómo viene de rating. El tipo sabe.



Le decían “El abuelo que trabaja”, Jorge - mi viejo- considera este apodo un recuerdo. Lo instala.



— “A mí me fascinaba salir del colegio y que me estuviera esperando mi abuelo para ir a merendar.” Esa es la palabra que usa, “fascinaba”.



Una vez hecha la presentación, te puede contar dos cosas: una es el ascenso social de Ramón “ el abuelo que trabaja” Martínez.
Ese es realmente un historión, tenés que tener tiempo. Y estar preparado, porque además es emotivo nivel Sorpresa y media. Y él lo tiene muy aceitado.



La otra, es un detalle de color y tiene que ver con un objeto.



  1. EL OBJETO EN CUESTIÓN.



La recuerdo primero en la casa de mis abuelos. Un departamento que compraron cuando se mudaron de la casa donde habían vivido toda la vida. Éste era un piso gigante en la calle Pumacahua para ellos solos.
Se habían llevado todos los muebles que tenían en Floresta. Mudaron la casa, literal.
Quizás por eso, la decoración parecía un disfraz. Como un departamento entero cubierto por un mantel con volados y puntillas y el plástico de arriba. Una cosa extraña de portarretratos, terciopelo rosa y cristal.
En la habitación destinada para nietas había dos muñecas asquerosas, una en cada camita individual de acolchado azul. Unas muñecas duras, tipo bebés con cara de vieja. Tétricas, jamás las toqué. Pero en el medio de las dos camitas, sobre la mesa de luz, había una casa de juguete. Era perfecta: el tejado terracota, el revestimiento rústico de exterior en las paredes, rejitas en cada ventana. Se prendía la luz con un botón redondo blanco que estaba al lado de la puerta de entrada. Podía verse la luz encendida del lado de adentro traspasar las mini cortinitas blancas. Era un hogar.
Pero ninguna muñeca tuvo nunca el privilegio de habitar esa mansión. Porque adentro de esta casa sólo vive una radio. Así es: Cuando abrís la puertita doble hoja de madera, te encontrás con un sintonizador de Radio AM.
Impresionante. Magia.


Una vez que murieron mis abuelos, mi papá y sus hermanos tuvieron que entrar al departamento e iniciar la retirada.
Mi papá se llevó la casita radio.
¿Por qué? Porque la había construido con sus propias manos el abuelo que trabaja.
Cuando la casita radio pasó a estar en lo de mis viejos, de inmediato se transformó en un tema de conversación.
Es un objeto muy particular, que atrae a las preguntas.
También es un pie para mi papá: para desplegar su repertorio pertinente.



“Esa? esa la hizo mi abuelo”, Y ahí engancha.



III. MI PAPÁ COMO INDIVIDUO.



Un veinticuatro de diciembre a la tarde estábamos mi hermana, mi mamá y yo cambiando las cosas de lugar. No sabíamos qué hacer con la casita. Es que es tan peculiar que en cualquier lado desentona.
Ahí fue cuando lo vimos: al costado de una de las paredes, este mítico artefacto familiar tenía escrito un delator “INDUSTRIA NACIONAL”.
Un dato que cambiaba todo.
  • ¿No te digo?, dijo mi vieja. De todo lo que dice, un cincuenta por ciento. En una de esas la casita estaba en la casa de su abuelo, pero después: que la hizo él, que con sus propias manos, que era casi analfabeto, que construyó no sé cuántas cosas…



No hizo falta decir que ninguna de las tres iba a mencionar este descubrimiento jamás. Justamente por eso era que mi mamá nos había advertido sobre este hábito en Jorge: para que, en caso de emergencia, hiciéramos la vista gorda.



Me di cuenta de algo: Una vez, en una feria de antigüedades en San Telmo, yo había visto una casita-radio.
Y seguí de largo.



Giselle Bouso, 2019. 



Zoe Beausire

jueves, 3 de octubre de 2019

Naufraga - Lorena Di Scala

palabras reflejas que solas se dicen
en poemas que no fluyen yo naufrago
todo en mí se dice con su sombra
y cada sombra con su doble
Alejandra Pizarnik-



naufrago
                      naufrago
naufrago
                     ¿naufrago?
dicen:
                    “cada sombra con su doble
yo, palabras reflejas                                     
                             yo, poemas que no fluyen
fluyen reflejos
                             en mí, se dice
fluyen
                           con su sombra
reflejos en mí
                             solas
se dicen
                              en mí
se dice que
                              solas, reflejan
que 
                              yo, naufrago
que
“cada sombra con su sombra”
y
“cada doble, con su doble”
yo, ¿dicen?
naufrago
¿se dice?
que
en poemas, yo
naufrago
en mí 
yo, sombra
fluyen
fluyen
¿fluyen?
no

yo, no.





Lorena Di Scala​

traducción de Pizarnik
– diciembre 2018

miércoles, 2 de octubre de 2019

velocidad verde * Mari Cambareri




De modo que esto es nacer
abrirse al aire
desplegar dulzores
erguirse al color


De modo que
estos gestos
muecas
contorsiones
que desenvolví en silencio
parsimoniosa
con exagerada serenidad vegetal
me contenían


                                                           De qué modo
                                                           desanudar lo blando
                                                           exponerlo al viento
                                                           resultó inevitable?

De modo que nacer
era volverse inmóvil
adoptar
con lentitud de planta
una velocidad
de diminutas señas


De modo que esto es
nacer
mentir quietud
desenvolver clandestina
nuevos contornos
en lo negro del día


                                                            De qué modo
                                                            desandar lo blanco
                                                            exponerlo al tiempo
                                                            resultó inevitable?



Mari Cambareri, 2019.



martes, 1 de octubre de 2019

Lista de fin de semana * Germán Mayanobe



Tomate, huevo, vino y soda
Sifón
Tapón de queso
Charla profunda de panchos y salchichas
Mirada sensual con una bola de comida inflando los cachetes
Una carpa al lado del estanque
Solcito
Bicicletas acostadas
La nieve de hojas y polinización
Cansado, sólo, en la gran ciudad
Gente durmiendo
Pereza en movimiento
Retrato de mi cuerpo elástico
El sol sobrecalentando mis pantalones
Besar a la más linda
Todo termina en vos
El viento despertando al agua
El reflejo de luz en minúsculas olas
Partido amistoso de Quidditch
Un niño jugando con su pelota en una parada de colectivo
El perro acechando a su dueño
La bici escapando del perro
Círculos humanos
Jazz y tierra
Lagos
Unas escobillas llevando con sensualidad el canto de una mujer
Las marcas en las yemas de los dedos oxidadas por unas cuerdas de guitarra descuidada
Quemarme con agua cebando un mate en un auto yendo al aeropuerto a las cuatro de la mañana
Debussy y un monasterio ruso
Invasión de hormigas
Olor a veneno
Caminar con una botella en la mano
Un audio sobreexplicativo sin consecuencias inmediatas
Montaña de ropa
Una tanga
Enterarse que pertenecés a la categoría: novios que no se mezclan con amistad






Germán Mayanobe, 2019.






cuerpos poéticos * taller de escritura y lectura