domingo, 12 de enero de 2014

La otra realidad - Facundo Bertera

La otra realidad

Nadie debe hacer preguntas en esta puerta, porque puede despertarse la gente de la ciudad. Porque cuando la gente de esta ciudad se despierte, morirán los dioses. Y cuando mueran los dioses, los hombres no podrán soñar más.
Días de ocio en el país de Yann, Lord Dunsany

Una vez le pregunté cuál era su sensación favorita, o su sentimiento, algo así. Extrañamente no respondió nada asemejado o traducible con felicidad o alegría. La contestación inmediata fue: nostalgia.
Y de hecho, sé que si le hicieran la misma pregunta en este instante, contestaría, aunque sea del todo improbable, de igual manera.
La nostalgia la entiendo, me dijo entrecerrando los ojos azules, como algo que aparece en mí ante alguna imagen, olor o sabor que rememora una situación lejana y luminosa. Mi nostalgia, la mía propia, es entendida como algo satisfactorio, como una falta agradable. Una completitud incompleta o una caricia íntima del pasado, generalmente lejano. Amo lo antiguo, el tiempo vivido que fue tiempo feliz. El rayo de sol en la mejilla, el atardecer otoñal en mi pueblo natal, las sombras del bosquecito que linda con el jardín de mi primera casa, el ciruelo de ese jardín, las manos arrugadas de mi tía regalándome frutillas y ciruelas con azúcar, el olor a humedad de la habitación abandonada, el chirrido de la puertita despintada del patio, la vereda de ladrillos y los malvones y los frascos con venenos para hormigas, el paredón de cemento, el alambrado oxidado, el correteo de Dago -mi perro preferido por ser el menos vistoso- con su cola marrón café, la enredadera violácea con los abejorros curiosos y perezosos, las callecitas inundadas de hojas marrones y amarillas. Los ruleros que adornaban las cabezas de las viejas -siempre había muchas viejas en mi casa- amigas de mi tía. El tanque de kerosene, el pastizal del fondo y los bichos bolita, la planta de menta y el arquito de madera fabricado por mis manos sucias de siete años, el cielo rosado reflejado en los charquitos.
Landscape of Provence, Alfred Henry Maurer
Interrumpió las evocaciones porque vio que yo lo observaba diferente a otras veces, se sonrió y sin volver a mirarme me deslizó algo así como un sé que me entendés, porque en el fondo sos un poco como yo, al final de cuentas soy tu tío, qué joder. Lo que te ocurre es que no te le animás, llegás a la puerta, golpeás las manos y cuando te abren salís corriendo, otra vez en busca de esa realidad a la que tanto estimás. Vos sabés que ésa no es mi realidad, o no quiero que lo sea, y me escabullo nomás. Ojalá te des cuenta a tiempo y lo intentes.
En parte creo que tenés razón, le respondí, pero ojo, la nostalgia no debe confundirse con la melancolía, ese mal sentir que te estruja incesantemente el corazón, esa respiración quemante y ponzoñosa que amaga con agujerear pulmones. No, gracias, si eso a vos te atrae, dejame nomás, yo paso, tío.
Pibe, me hablás de estrujes y pulmones quemados cuando lo que siento es una mano suave en el pecho, un erizar de pelos en la nuca, un cosquilleo detrás de las orejas y en la parte que viene inmediatamente debajo del ombligo. Una respiración fresca con aliento a jazmín de ese primer patio y un raspar agradable en la garganta. Una sensación de quietud en la mente que obliga a cerrar los ojos y abrirlos enseguida.
Se sonrió. Era el tipo raro de la familia. A mí me fascinaba sentarme y hablar con él. Bueno, dejarlo que me contara cosas, porque yo casi que no acotaba. Me abandonaba a sus relatos, sus historias y reflexiones. A veces pasaban las horas con tal velocidad que para cuando me daba cuenta ya había anochecido, entonces lo saludaba y salía corriendo a mi casa, para meterle un poco a los apuntes de la facultad. Pensaba que tenía que recuperar el tiempo, qué estupidez.
Al parecer el tío había encontrado el camino que llevaba a ese mundo del que era a su vez creador y parte. Génesis y presente. Un lugar imaginado a partir de experiencias, de imágenes, sonidos y olores en el cual se sumergía para volver, al rato, a la existencia que le obligaban a vivir otros. Una existencia que deleznó y atacó, años antes, con argumentos poderosos pero infructíferos. El resultado de sus ataques fue contundente, obtuvo la peor de las derrotas, esa enorme tristeza llamada indiferencia. Una voz gritándole al viento no es suficiente para ejecutar cambio alguno en millones de oídos sordos, entonces sí, el final fue comprensible y hasta lógico. Reclusión.
El tío se fue alejando de esa realidad, que incluía, por supuesto, a su familia. Soy un idealista, persigo albures y creo en utopías, sí, pero los que se la pasan con cara de culo, blasfemando contra todo y mirando la hora a cada rato son aquellos. Lo decía por sus hermanos, mi padre entre ellos, y en parte tenía razón. Pero tampoco yo podía abiertamente declarar mi posición, pues ello culminaría indefectiblemente en una discusión con mis padres y de verdad, el solo hecho de pensar en tal cosa, me quitaba las ganas de plantearla.
Así, como un personaje de Lord Dunsany, refugiado y soñando, fue que se dejó envolver por las nostálgicas imágenes que, puede que hayan sido reales o no, eso poco importa hoy, modelaba su mente con la más exquisita habilidad. Se me vienen unos árboles frutales, un cielo rosáceo con reflejos plateados, un sol brillante que remata en un patio mojado por la reciente lluvia en verano, o un atardecer otoñal donde las hojas se convierten en la atracción principal de unos niños cuando regresan a paso cansino de la escuela. Aquel primer día de clase o el ritual del primer cigarrillo. La casa de tus abuelos, o un día en que ya siendo mayor vas a visitar a tu tío favorito y lo encontrás calmo, sentado frente a la ventana con una sonrisa tenue en los labios, tibio e imperturbable. Alejado ahora sí, para siempre, de la realidad agobiante que lo envolvía. Respirando despacio, como con susurros, e incapaz de volver a tu mundo y devolverte el saludo. Lo comprendés todo, de principio a fin, y lo envidiás un tanto también, porque estás convencido de que es feliz, eternamente, aunque nunca más te lo diga.

Facundo Bertera.


Texto producido en los talleres de Siempre de Viaje 

3 comentarios:

camilo di croce dijo...

Tremendo! Hermoso, me dejo ahí, justo a ahí...

igor dijo...

Muchas gracias!

igor dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.