domingo, 4 de septiembre de 2016

Los cazadores de conejos * Federico Castro Walker


Armé la última trampa en el borde del acantilado. Tal como había hecho las otras. Tal como hice siempre. Tal como me enseñaron mi padre y mi abuelo. Ascendí por la ladera tapizada de hojas secas. Desistí de encender la pipa. No quería prevenir a los conejos y desperdiciar el esfuerzo. Me ubiqué en un lugar contra el viento que venía del mar, para evitar que me olieran.
Después de un largo rato oí ruidos, que al acercarse sonaron para mi decepción como pasos descuidados de extraños, no de mi gente. Antes de verlos, escuché una voz femenina, demasiado fuerte, con acento foráneo. La vi aparecer con niños de la mano. Detrás, un hombre caminaba junto a una pequeña. 
Di un paso atrás aprovechando mi vestimenta y la sombra del bosque para hacerme invisible. Los observé mejor, era una familia para las fotografías. Los hijos hermosos, la madre bella y el padre alto, viril. Tenían el aspecto general de los turistas. Cuando él habló, sin embargo, escuché una pronunciación más familiar, de las ciudades cercanas.
Algo cambió en la mujer, que comenzó a gritar y agitar los brazos. Los niños se alarmaron. Miraban al padre, que parecía desconcertado. Ella señalaba, tapándose la boca, la última trampa. Una yankee delirante, pensé. No podía hacer semejante espectáculo por eso. No tenía derecho a espantar mi comida, mis pieles. El marido, sin éxito, intentaba calmarla. Los chicos lloraban. No se cómo, la mujer comenzó a descubrir y deshacer cada una de las trampas cercanas.
Estaba tentado de salir de mi escondite para que las cosas volvieran a la normalidad cuando reparé en los ojos desorbitados de ella. Tenían algo decididamente conocido. Un brillo. Desasosegado. Que yo había contemplado mil veces. No en miradas humanas, no. En las pupilas de los conejos atrapados. Sentí descender sobre mí una tristeza somnolienta.
Por fin cedió el ataque de la mujer. Dejó de llorar, se compuso el peinado y la ropa. Los niños la abrazaron. Me alivié.
Vi también algo familiar en los gestos de mudo reproche y paciencia del marido. En el modo de acercarse a ella y guiar a los hijos. Mis propios gestos. Los de preparar las trampas. Ese cuidado frío para crear el escenario exacto, invisible, fatídico. Me imaginé aprendiz ante un hechicero poderoso. Quedé congelado. Entendí su artilugio, armado, no con estacas, alambre y lazos de cuero, sino de palabras, rutinas y necesidades infantiles. Pensé en una casa perfecta como ellos, pozo de la trampa que el cazador manejaba desde las sombras.
Sentí piedad de la mujer. Asco de mi oficio.
Terror del hombre. 



Federico Castro Walker, 2016.
Producido en el Club de Lectura de Siempre de Viaje a partir de un poema de Sylvia Plath y otro de Ted Hughes. 


Tótem * Ted Hughes



Para apartar (lo que fuese) o para atraerlo
pintaste en todo corazoncitos.
No tenías otro logo.
Ese era tu objeto sagrado.
A veces pintabas a su alrededor una corona
de flores, hojas verdes y pétalos amarillos, como una niña de ocho años.

Otras veces, a un lado, el pájaro azul de los ocho años.
Pero, sobre todo, corazones. O un sencillo corazón rojo.

El marco del gran espejo lo pintaste de negro-
Y entonces, en su dorso, corazones.
Y en tu vieja máquina de coser Singer-
corazones.
Carmesí sobre negro, como en las lamparillas.

Y en la cuna que hice para una muñeca pintaste
corazones.
Y en el umbral por el que entró tu hijo,
un corazón.
Carmesí sobre negro, como salpicadura de sangre.

Ese corazón era tu talismán, tu magia.
Como los cristianos tienen la cruz tú tenías el corazón.
Constantino tuvo la cruz - tú, tu corazón.
Tu Genio. Tu Ángel de la Guarda. Tu Demonio Familiar.

Pero cuando te arrastrabas buscando seguridad
al seno de tu Ángel de la Guarda
hallabas a tu Demonio Familiar. Como un posesivo
pez-madre, demasiado ansioso por protegerte,
te devoró.

Los corazoncitos que pintaste en todo
permanecen como rastro de tu pánico.
Lo que la herida salpicó.

La huella
de quien te capturó y te devoró sin duda.




Ted Hughes, Cartas de cumpleaños.


Dibujo: Sylvia Plath

sábado, 3 de septiembre de 2016

El amor * Gabriela Pedrotti




Créame
Entre vos y yo
La ternura
El acto de amor
Créame en tu presencia
Mi creencia 
Un lugar
Solo así
Solo allí
Mi ausencia
No será feroz.







Gabriela Pedrotti, 2016.
Producido en los talleres de Siempre de Viaje.



miércoles, 31 de agosto de 2016

Me crié * Eduardo Adrogué





Me crié en ese mundo
desde chiquito
recibí la invitación
a descubrir
qué había detrás de esos
lomos


¿qué decían esas páginas?
¿qué irremediable
endiablada coherencia
historia descubrían
describían?


quise pintar palabras
tallarlas
callarlas o decirlas
quise que fueran mis mensajeras
las llaves que me abrieran puertas


ventanas
hendijas
para entrar
o para espiar
para mostrarme
u ocultar me


libros
páginas
frases
poemas
palabras
palabras
palabras


¿cómo se dicen las palabras?
O mejor, ¿cómo digo esa palabra?
O así, ¿cómo te digo esta palabra?
sin que te ofendas
sin que te dañe
que vaya como mano tranquila, abierta
no como puño
no como grito
que sea más un canto que un clarín
sin usar ademanes que intimiden
para que no temas nada


de modo que me veas descalzo
inerme
honesto


No me interesa ser
arqueólogo de palabras
no quiero descubrir las extrañas
sino las que digan
las que se enlacen con las tuyas
que rimen
aun con ritmos distinto
con ritmos
ritmos
que bailen por mí (pues no sé hacerlo)
que se presten
que me presten la habilidosa maña de
adelantarme
y zapatear
o retrasarme
o girar
jugando


Tomar una palabra
formar palabras
reveladoras
revelantes
descubridoras
desveladoras
anzuelos de tu alma
o de la mía
que nos atraigan hacia el encuentro


para vernos
exponernos


para animarnos
a sostener la mirada


mirada
silenciosa


agradecida
a lo dicho
a lo hablado





Eduardo Adrogué, 2016.

AmorAtada * 2/9 19h




domingo, 28 de agosto de 2016

Un regalo de cumpleaños * Sylvia Plath



¿Qué es lo que oculta ese velo? ¿Es algo bonito o feo?
Eso que brilla tanto, ¿tiene pechos? ¿Tiene filos?

Seguro que es algo único. Seguro que es justo lo que quiero.
Mientras cocino tranquilamente, noto su mirada, escucho lo que piensa:

“¿Es esta la persona ante quien debo aparecerme?
¿Es esta la elegida, la de las ojeras negras y la cicatriz en la cara?

¿La que ahora está pesando la harina, quitando lo que sobra,
ajustándose a las reglas, las reglas, las reglas?

¿Es esta la destinataria de la anunciación?
¡Dios! ¡Qué risa me da!”

Sea lo que sea, no para de brillar, y hasta creo que me quiere.
No me importaría que fuesen huesos, o un broche de perlas.

Aunque, la verdad, no espero mucho del regalo de este año.
Después de todo, estoy viva de casualidad.

De buena gana me habría matado aquella vez, de una u otra manera.
Y ahora está ese velo ahí, ondulando y refulgiendo como un telón,

como la cortina de satén translúcido de una ventana de enero,
reluciente como las sábanas de un niño, centelleando con su aliento letal. ¡Oh, marfil!

Debe de haber un colmillo ahí detrás, una columna fantasma.
Aunque me da igual lo que sea, ¿no te das cuenta?

¿Por qué no me lo das de una vez?
No te avergüences: no me importa que sea pequeño.

No seas tacaño: a mí no me espanta la enormidad.
Sentémonos a admirar, uno a cada lado, su destello,

su relumbrante esmalte, su espejeante variedad.
Tomemos nuestra última cena en él, como en un plato de hospital.

Ya sé por qué no quieres dármelo:
tienes pánico
de que el mundo entero estalle en un grito, y tu cabeza de tirano
esculpida en relieve, fundida en bronce, como un escudo antiguo,

esa maravillosa herencia para tus biznietos, estalle con él.
No temas: eso no va a ocurrir.

Me limitaré a cogerlo y a apartarme en silencio.
Ni siquiera me oirás abrirlo: no sentirás crujir el papel,

caer el lazo, ni chillaré al final -suponiendo
que me tengas por una persona tan discreta, que no lo creo.

Si al menos comprendieras que este velo está matando mis días.
Para ti es sólo una transparencia, aire puro.

Pero, Dios, las nubes parecen de algodón:
Hay un ejército de ellas. Son monóxido de carbono.

Suave, suavemente lo aspiro,
llenando mis venas con ese millón de invisibles

pero probables partículas que perturban los años de mi vida.
Te has vestido de gala para la ocasión. Ah, máquina calculadora,

¿jamás dejas que nada se te escape y siga su curso normal?
¿Siempre tienes que estampar todo en púrpura,

matar todo cuanto puedes?
Hoy sólo quiero una cosa, y sólo tú puedes dármela.

Está ahí, junto a mi ventana, tan grande como el cielo.
Respirando desde mis folios, ese frío punto muerto

en que las vidas derramadas se congelan y atiesan para la historia.
Que no llegue por correo, por favor, pedazo a pedazo.

Que no pase de boca en boca, pues me darían los sesenta
cuando lograra juntarlo todo, y ya no estaría en condiciones de usarlo.

Basta con que retires el velo, el velo, el velo.
Si lo que oculta es la muerte,

aceptaría su profunda gravedad, sus ojos atemporales.
Y sabría que eres serio.

Habría cierta nobleza en esto, habría un día de cumpleaños.
Y el cuchillo, en vez de cortar, penetraría

puro y limpio como el chillido de un niño,
haciendo que el universo se escabullese de mi costado.


30 de septiembre de 1962.


Sylvia Plath






sábado, 27 de agosto de 2016

Aunque me escupan * Marcelo Trumper





Aunque me escupan
pisen
cuelguen
me ninguneen
no quiero
        olvidar quien soy
lo que viví
sentí
           en esta 
                   mi poca vida
aunque me ofrezcan
         el boleto al paraíso
            amor eterno
      miles de soles brillantes
               el universo todo
no
no quiero olvidar
no       
                  nunca
olvidar
quién soy
lo que  ardió
              dentro de mí
lo que pudo
            haber explotado
lo que pude haber dado
 y no llegué a darte
las puertas que cerré
los puentes que no construí
flores por deshojar
 pájaros que no liberé
no quiero olvidar
          de donde soy
       ni de acá
   ni de ningún lugar
             que conozcas
   soy peregrino
          en mi desierto
                  sin mezquitas
                          ni oasis
extranjero
           en la iglesia
principalmente
nunca olvidar
quién fui
                para vos
                y para otros
                para nadie
     para la nada misma
   y al despojarme
             de todo olvido
                 de qué me sirve               recordar (?)                                   



Marcelo Trumper, 2016.                                                                                  
Producido en los Talleres de Siempre de Viaje sobre un texto de Denise Levertov.