jueves, 20 de julio de 2017

Clavel * Club de Lectura de Silvina Ocampo


Clavel era blanco y castaño. Las puntas de sus patas eran castaño oscuro, los ojos vivos, el pelo enrulado. Lo conocí en Tandil, en una casa de campo donde fui en mi infancia a veranear con mis padres. Me esperaba moviendo la cola, en la puerta de mi cuarto, a la hora de la siesta. Después de  cinco días de conocerme, me seguía por todas partes y me quería más que a sus amos. Sus modales eran extraños e incómodos; se abrazaba a mis piernas, o a mi espalda, arqueándose como un galgo, cuando yo estaba sentada en el suelo. La amistad que yo sentía por él no me permitía juzgarlo severamente. Que fuera mal educado, que me levantara la falda con el hocico, no lo disminuía en mi estima.
Un perro no puede conducirse como un hombre, yo pensaba. Hace cosas raras, cosas de perro. Esas cosas de perro me perturbaban. Esas cosas de perro parecían más bien de hombres. Me repugnaba a veces. Yo le daba azúcar, pero lo mismo era que no se la diera.
La hija del casero tenía la misma edad que yo, la llamaban "La boba" y estaba confinada en el último cuarto del caserón, dedicada a remendar las medias de sus padres y hermanos, con un huevo verde de material plástico lleno de agujas, que me fascinaba.
—Tan chiquita y remendando —decía mi madre—.
A ella también Clavel la quería; era natural porque hacía mucho tiempo que se conocían. ¡Pobre Clavel!, su vida de perro consistía en visitarla y en visitarme, por turno. Rara vez nos encontrábamos los tres juntos. Supongo que mis padres me llevaban a hacer excursiones en las horas que ella tenía libres para jugar y en las horas que yo estaba en la casa la mandarían a hacer compras.
Me despedí con pena de Clavel; con menos pena de Bobita. Al poco tiempo supe, de un modo indirecto, que el casero había asesinado de un balazo a Clavel. Cuando pregunté por qué, obtuve diversas respuestas: Clavel estaba rabioso; el casero estaba loco; Clavel había mordido a la hija del casero. Conservo una fotografía de Clavel, pero no parece el mismo perro. Nadie lo enterró y algunas personas de la familia hablaron mal de él.


Silvina Ocampo, Los días de la noche.

Witkin




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