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viernes, 1 de mayo de 2020

Ventana a la escritura 42: monstruos inocentes


L. Porter



Qué extraño fenómeno encontramos en la gran ciudad, todo lo que necesitamos es pasear con nuestros ojos abiertos. La vida se agita con monstruos inocentes.


Charles Baudelaire






Propuesta de escritura para hoy:


-1- Pasear los ojos por algo y producir un texto a partir de ese paseo.
2- La vida se agita con monstruos inocentes, a qué se refiere? 
Empezar un texto con esa frase.
Libro recomendado El spleen de París, pequeños poemas en prosa, Charles Baudelaire.

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


El libro recomendado de hoy es Babel bárbara, de Cristina Peri Rossi.

#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!

sábado, 2 de diciembre de 2017

La bella Dorotea * Baudelaire

El sol fulmina con luz directa y terrible la ciudad; la arena está resplandeciente y la mar centellea. El mundo estupefacto se repliega cobardemente y duerme la siesta, una siesta que es una especie de deliciosa muerte en la que el durmiente, a medias despierto, disfruta los goces de su abatimiento. 
Pero Dorotea, fuerte y orgullosa como el sol, avanza por la calle desierta, único ser vivo a esta hora bajo el inmenso cielo, y hace sobre la luz una mancha restallante y negra.
Avanza, balanceando blandamente su torso, tan delgado sobre sus caderas tan anchas. Su vestido de seda adherente, de tono claro y rosa, divide vívidamente la oscuridad de su piel y reproduce exactamente su largo talle, su espalda comba y su garganta
aguda.
La sombrilla roja, que tamiza la luz, proyecta sobre su rostro oscuro el sangrante artificio de sus reflejos. El peso de su enorme cabellera casi azul empuja hacia atrás la cabeza delicada y le otorga un aire triunfal y perezoso. Largos pendientes murmuran secretos en sus preciosas orejas. De tiempo en tiempo la brisa del mar levanta el ruedo de su falda vaporosa y muestra una pierna reluciente y magnífica;
y el pie, como el de las diosas de mármol que Europa encierra en sus museos, imprime fielmente su forma sobre la fina arena. Porque Dorotea es tan prodigiosamente coqueta que el placer de ser admirada prevalece sobre su orgullo de libertad y, aunque libre, va descalza.
Así camina, armoniosamente, feliz de vivir y sonriendo con blanca sonrisa, como si percibiera a lo lejos, en el espacio, un espejo que reflejara su porte y su belleza.
¿Qué poderoso motivo hace ir así a la perezosa Dorotea, bella y fría como el bronce, a la hora en que hasta los perros gimen de dolor bajo el sol mordiente? ¿Por qué dejó su pequeña cabaña tan coqueta donde con unas pocas flores y esteras logra un perfecto salón y disfruta peinándose, fumando, haciéndose abanicar o mirándose en el espejo de sus grandes abanicos de plumas, mientras el mar, monótono y poderoso acompañamiento de ensueños indecisos, golpea la playa a cien pasos de allí, y la
marmita de hierro cocina un guiso de cangrejos con arroz y azafrán, que hace llegar desde el fondo del patio su aroma excitante?
Tal vez tenga una cita con cierto joven oficial que, en playas lejanas, ha escuchado hablar de la célebre Dorotea. Infaliblemente ella, simple criatura, le pedirá que describa el baile de la Opera, y preguntará si se puede ir descalzo, como a las danzas
del domingo, donde las viejas cafres se ponen borrachas y furiosas de alegría, y si las bellas damas de París son más hermosas que ella.
Dorotea es admirada y mimada por todos, y sería perfectamente feliz si no tuviera que economizar piastra sobre piastra para poder comprar a su hermanita que ya tiene once años y que está madura, ¡y tan bonita! Sin duda lo logrará, la buena Dorotea:
¡el amo de la niña es muy avaro, demasiado avaro para comprender otra belleza que no sea la de sus escudos!



Charles Baudelaire, El Spleen de París.




miércoles, 22 de noviembre de 2017

Los ojos de los pobres * Charles Baudelaire


¿De modo que quieres saber por qué te odio hoy? Te será, sin duda, más difícil entenderlo que a mí explicártelo, pues creo que eres el más bello ejemplo de impermeabilidad femenina que cabe encontrar.
Habíamos pasado juntos una larga jornada que me resultó corta. Nos habíamos prometido que nos comunicaríamos todos nuestros pensamientos el uno al otro y que en adelante nuestras almas serían una sola; claro que este sueño no tiene nada de original, como no sea que ningún hombre lo ha visto realizado, aunque todos lo hayan concebido.
Al anochecer, como estabas algo cansada, quisiste sentarte en la terraza de un café nuevo que hacía esquina con un bulevar también nuevo y todavía lleno de escombros, que ya mostraba su esplendor inacabado. El café estaba resplandeciente. Hasta el gas del alumbrado desplegaba todo el fulgor de un estreno e iluminaba con toda su fuerza las paredes de una blancura cegadora, las superficies deslumbrantes de los espejos, los dorados de las molduras y cornisas, los mofletudos pajes arrastrados por perros con correas, las damas sonriendo al halcón posado en el puño, las Hebes y los Ganímedes ofreciendo con los brazos extendidos un ánfora con jaleas o un obelisco bicolor de helados con copete; toda la historia y toda la mitología puestas al servicio de la glotonería.
En la calzada, justo delante de nosotros, se había plantado un buen hombre de unos cuarenta años, con cara de cansancio y barba entrecana, que llevaba de una mano a un niño, mientras sostenía en el otro brazo a una criaturita demasiado pequeña para andar. Estaba haciendo de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el fresco de la noche. Todos iban andrajosos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con igual admiración, aunque diversamente matizada por la edad.
Los ojos del padre decían: “¡Qué precioso, qué precioso! Se diría que todo el oro de este pobre mundo se ha concentrado en esas paredes”. Los ojos del niño exclamaban: “¡Qué precioso, qué precioso!, pero ése es un sitio donde sólo puede entrar la gente que no es como nosotros”. En cuanto a los ojos del más pequeño, estaban demasiado fascinados para no expresar más que una alegría estúpida y profunda.
Dice la letra de una canción que el placer hace a las almas buenas y ablanda los corazones. Por lo que a mí se refería, la canción tenía razón esa noche. No sólo me había enternecido aquella familia de ojos, sino que me sentía un tanto avergonzado de nuestros vasos y de nuestras jarras, mayores que nuestra sed. Había dirigido mis ojos a los tuyos, amor mío, para leer en ellos mi pensamiento; me había sumergido en tus ojos tan bellos y tan extrañamente dulces, en tus ojos verdes, habituados por el capricho e inspirados por la luna, cuando me dijiste: “¡No soporto a esa gente con los ojos abiertos como  platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?”
¡Hasta qué extremo es difícil entenderse, ángel mío! ¡Hasta qué extremo es incomunicable el pensamiento, incluso entre aquellos que se aman!


Charles Baudelaire, El spleen de París.


Manet. Coin de café concert. 1880

martes, 21 de noviembre de 2017

A la una de la madrugada * Charles Baudelaire

¡Al fin solo! No se oye más que el rodar de algunos rezagados y desvencijados carruajes. Durante unas horas poseeremos el silencio, ya que no el reposo. ¡Por fin!; ha desaparecido la tiranía del rostro humano y sólo sufriré por mí mismo.

¡Al fin me está, pues, permitido relajarme en un baño de tinieblas! Ante todo, doble vuelta a la cerradura. Pienso que esa vuelta de la llave aumentará mi soledad y hará más fuertes las barricadas que ahora mismo me separan del mundo.

¡Horrible vida! ¡Horrible ciudad! Recapitulemos la jornada: haber visto a varios hombres de letras. uno de los cuales me preguntó si se podía ir a Rusia por tierra (sin duda tomaba Rusia por una isla); haber discutido generosamente con el director de una revista, el cual, a cada objeción, respondía: "Este es el partido de la gente honesta", lo que implica que los demás periódicos están hechos por tunantes; haber saludado a una veintena de personas, quince de las cuales me eran desconocidas; haber estrechado manos en la misma proporción, y ello sin hber tomado la precaución de comprar unos guantes, haber subido, para matar el tiempo, durante un aguacero, a la casa de una mujer casquivana que me rogó le diseñara un vestido de venustez; dar la coba a un director de teatro, el cual, al despedirme, me decía: "Tal vez hiciera mejor en dirigirse a Z...; es el más plúmbeo, el más tonto y el más celebre de todos mis autores; quizás con él pudiera usted llegar a algo. Véale y después nos veremos"; haberme vanagloriado (¿por qué?) de algunas viles acciones que nunca he cometido y haber negado otras fechorías que hice con gusto, delito de fanfarronería, crimen de respeto humano; haber negado a un amigo un fácil servicio y dado una recomendación por escrito a un perfecto sinvergüenza. ¡Uf! ¿Eso es todo?

Descontento de todos y descontento de mí, bien quisiera rescatarme y recobrar algo de orgullo en el silencio y la soledad de la noche. Almas de aquellos a quienes he amado, almas de aquellos a quienes he cantado, reconfortadme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los corruptos vapores del mundo. ¡Y Vos, Dios mío, concededme la gracia de hacer algunos versos bellos que me prueben a mí mismo que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio!



Charles Baudelaire, El spleen de París.

Edouard Manet


domingo, 28 de febrero de 2016

Pizarnik y los franceses


Pizarnik y los franceses en el Club de Lectura de Siempre de Viaje. 

Artaud, Rimbaud, Lautreamont, Baudelaire...en las voces de Alejandra.




Coordinación: Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964 

viernes, 28 de junio de 2013

El mes de Baudelaire. Un poema de Natalia González.

                       
Blue, Jackson Pollock, 1943.




                        Emisaria a deletrear 
                        detrás de los rostros azules de mi acantilado
                      Friegan imágenes de dolor los gritos 
                      en mis adentros apnéicos.


Y me quede sola

abrazada al papel
en la letra impresa
de narcótica paciencia
mi abulia
a veces aviesa pereza
Cansada de tantas voces lejanas
de agnosia auditiva 
circunstancial,
de humedad asediada
en la aliteración disonante
de esto que llaman vida
de perfecta fachada convencional
en mi búsqueda atávica
de hacer de esta inhóspita y puérpera
soledad
un retrato de infame la belleza.



Natalia González, inédito, 2013.
Inspirado en la lectura de Baudelaire.

viernes, 21 de junio de 2013

Himno a la belleza. Mes de Baudelaire en el Club de Lectura.



"Baudelaire y su musa", Armand Rassenfosse. 1920.




HIMNO A LA BELLEZA

¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo
oh, Belleza? Tu mirada, infernal y divina,
vierte confusamente el favor y el crimen,
y se puede, por esto, compararte al vino.
Contienes en tu ojo el poniente y la aurora;
derramas perfumes como un anochecer tormentoso;
tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
que hacen al héroe cobarde y al niño valiente.
¿Sales de la sima negra o desciendes de los astros?
El destino hechizado sigue tus enaguas como un perro;
siembras al azar la alegría y los desastres,
y lo gobiernas todo y no respondes de nada.
Marchas sobre los muertos, Belleza, de los que te burlas;
de tus joyas el Horror no es la menos encantadora,
y la Muerte, entre tus más queridos dijes
sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.
El efímero deslumhrado vuela hacia ti, candela,
crepita, arde y dice: ¡Bendigamos estas luces!
El amante jadeando inclinado sobre su bella
tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.
Que vengas del cielo o del infierno, ¿qué importa,
¡oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso e ingenuo!
si tu mirar, tu sonrisa, tu pie, me abren la puerta
de un Infinito que amo y nunca he conocido?
De Satán o de Dios, ¿qué importa? Angel o Sirena,
¿qué importa, si tú vuelves, —¡hada de los ojos de terciopelo,
ritmo, perfume, luz, oh, mi única reina!—
el universo menos horrible y los instantes menos pesados? 


HYMNE A LA BEAUTÉ

Viens-tu du ciel profond ou sors-tu de l'abîme,
O Beauté? Ton regard, infernal et divin,
Verse confusément le bienfait et le crime,
Et l'on peut pour cela te comparer au vin.
Tu contiens dans ton œil le couchant et l'aurore;
Tu répands des parfums comme un soir orageux;
Tes baisers sont un philtre et ta bouche une amphore
Qui font le héros lâche et l'enfant courageux.
Sors-tu du gouffre noir ou descends-tu des astres?
Le Destin charmé suit tes jupons comme un chien;
Tu sèmes au hasard la joie et les désastres,
Et tu gouvernes tout et ne réponds de rien.
Tu marches sur des morts, Beauté, dont tu te moques;
De tes bijoux l'Horreur n'est pas le moins charmant,
Et le Meurtre, parmi tes plus chères breloques,
Sur ton ventre orgueilleux danse amoureusement.
L'éphémère ébloui vole vers toi, chandelle,
Crépite, flambe et dit: Bénissons ce flambeau!
L'amoureux pantelant incliné sur sa belle
A l'air d'un moribond caressant son tombeau.
Que tu viennes du ciel ou de l'enfer, qu'importe,
O Beauté! monstre énorme, effrayant, ingénu!
Si ton œil, ton souris, ton pied, m'ouvrent la porte
D'un Infini que j'aime l'ai jamais connu?
De Satan ou de Dieu, qu'importe? Ange ou Sirène,
Qu'importe, si tu rends, — fée aux yeux de velours,
Rythme, parfum, lueur, ô mon unique reine!—
L'univers moins hideux et les instants moins lourds?