Soy un replicante en el universo
Blade Runner, camino entre la oscuridad de una ciudad distópica y
opresiva. Tal vez sea Los Ángeles, como en la película, tal vez
Buenos Aires. En mi bolso llevo Ama
de Caza, el último
libro de Karina Macció. Lo cuido porque sé que esta ciudad es
peligrosa.
Arriba hay grandes carteles de neón,
acompañan mi paso y no puedo evitar mirarlos. Hay preguntas en esos
carteles, no hay sentencias ni afirmaciones, hay preguntas.
¿Qué hacemos con la casa, los
hijos, el esposo?
Continúo y procuro indiferencia. No
tengo esposo y esa pregunta no está dirigida hacía mí. Pero
aparece, cortita y huérfana, otra duda: ¿qué
hacés? Y entonces
yo empiezo a pensar en lo que hacemos para completar nuestro sentido,
para crear sentido de alguna manera. Repaso actividades, rutinas, lo
que tratamos de hacer para seguir, lo que aprendemos, estudiar,
ser espiritual, no saber, saber, hacer cursos, conocer gente.
Trato de despejarme del pensamiento y
sigo. No quiero descuidarme. Está ciudad del futuro en la que
camino, ya lo he dicho, es de temer. Alzo la solapa de mi sobretodo y
me siento Rick Deckard. Otra pregunta me saca de mi desvarío
ciberpunk, este cartel es más gran grande, titila y su luz es verde.
¿Qué hago ahora cuando no
alcanza / y nunca / nunca alcanzará / todo, nada?
Detengo mi andar, esto es grave. Esas
preguntas me hablan a mí. Karina las escribió para mí y estamos
todos en problemas. Serios problemas. Se proyectan desde el libro por
algún artificio imposible y marcan mi paso. Me salgo del camino y me
oculto en un callejón oscuro, me protejo de los carteles con
preguntas, de los colores. Debo pensar sin el martilleo constante de
las preguntas de Karina.
A ver, en la literatura la sinceridad
no importa, no existe, y no es Karina quien habla en el libro, el yo
poético se erige
como un personaje. ¿Cómo no voy a tener en claro ese principio
básico si creo en él como en un mantra? Fernando Pessoa habló de
“la exaltación íntima del poeta y la
despersonalización
del dramaturgo”. Claro que sí. ¡Muy bien Pessoa salvándome de
estas preguntas que vienen a atormentarme tan innecesariamente!
Entonces repito para convencerme y tranquilizarme: Karina Macció no
escribe esas preguntas, o mejor, las escribe pero no es ella la que
habla en el poema, es una creación suya, todo es ficción. Esas
preguntas no están pensadas para atormentarme. Tranquilo.
¡Tranquila!¡Tranquilos!
Vuelvo al camino, cabeza gacha. Veo
el reflejo. Las preguntas siguen ahí e intento no mirarlas. Las
siento como una sombra, un fantasma nuboso que vemos pasar de un
cuarto a otro en una película de terror.
En una esquina, el agua estancada de
un charco me traiciona, no puedo entender bien las palabras así que
alzo la vista y me doy vuelta: ¿Quién
soy yo para expresarme? ¿Quién soy yo para prohibirme? Comienzo
a creer que en este mundo futurístico tal vez Karina haya encontrado
la manera de meterse en mi mente. Tal vez se esté divirtiendo con
cinismo. Pero no, ella es buena. Sigo y a esta altura del camino o
del libro o de lo que fuera, no sé si las palabras son mías o de
ella, comprendo tan
poco que vivo en lo raro y en lo fuerte.
Tal vez todo sea una ficción, en
realidad puede ser eso.
Debo haber malentendido / ni siquiera soy / un personaje de Beckett /
si así fuera / me quedaría al borde / de una cuneta sin
preocupación / en una playa desierta pasando piedritas / de una mano
a otra / en una estación de policía sin responder / quien soy.
Es hora de volver a casa. A alguna
casa. Escucho a Karina (ahora perfeccionó el mecanismo y es una voz
que me habla): hago
estas líneas que van de la prosa a la poesía / simulo una historia
/ mezclo hechos / ¿Qué sería escribir después de todo?
Y sí, tenía que terminar con una
pregunta. Y esa pregunta me deja pensando en cómo voy a catalogar a
este libro si la noción de género importa nada.
Lo bueno de vivir en un lugar tan
lúgubre, tan nihilista, es llegar a casa. La sensación de cierto
lugar cuidado, apacible.
Abro la heladera y no hay nada. Me
siento en un sillón mugriento, me desplomo. Saco el libro del bolso.
Sonrío y hay alivio en ese gesto. No tengo respuestas, solo
preguntas, duras, dulces, precisas, preciosas. Las sentencias se
hundieron en el camino y ya no estoy tan seguro del yo poético y
toda esa historia.
Abro el libro y Karina empieza a
hablarme a mí, solamente a mí. Afuera sigue el gris y la
violencia, adentro yo escucho y leo.
Se pierde la noche, las páginas se
suceden, no estoy tan solo.
Por José Lupia, 2021.