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miércoles, 28 de mayo de 2025

Ventana a la escritura 959: redondas cerezas






Yo intentaba atraerla hacia mí y ella se resistía; sus mejillas encendidas por el esfuerzo estaba rojas y redondas como cerezas; se reía como si le hubiera hecho cosquillas; yo la tenía atrapada entre mis piernas como un arbusto al que hubiese querido trepar, y en plena gimnasia, sin que aumentara apenas el jadeo que me provocaba el ejercicio muscular y la pasión del juego, derrame -como unas gotas de sudor arrancadas por el esfuerzo- mi goce, en el que no pude entretenerme ni siquiera el tiempo de experimentar el gusto; al instante cogí la carta. Entonces Gilberte me dijo, bondadosa: "Mira, si quieres podemos seguir luchando un poco más".


Marcel Proust, A la sombra de las muchachas en flor.


Propuesta de escritura para hoy:


─Describí un juego que te apasionara en la infancia.

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#ventanaalaescritura

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Arte: #roqlarue

sábado, 11 de julio de 2020

Ventana a la escritura 113: buenas noches



Akiba



Mi único consuelo, mientras subía a acostarme, era que, cuando estuviese en la cama, mamá vendría a darme un beso. Pero aquellas buenas noches duraban tan poco, mamá volvía a bajar tan aprisa, que el momento en que la oía subir y después sentía, por el pasillo de doble puerta, el ligero roce de su vestido de jardín de muselina azul, del que colgaban cordoncitos de paja trenzada, me resultaba doloroso. Anunciaba que iba a seguirle, una vez que me hubiera dejado y hubiese vuelto a bajar. De modo que llegué a desear que aquellas buenas noches que tanto me gustaban se retrasaran lo más posible, que se prolongase aquel momento de tranquilidad en el que aún no había venido mamá.


Marcel Proust, Por la parte de Swann.






Propuesta de escritura para hoy:


-¿Te acordás de cómo percibías el tiempo en tu niñez?

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El libro recomendado de hoy es Por la parte de Swann de #MarcelProust

#ventanaalaescritura

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jueves, 16 de abril de 2020

Andrea Larrieu se asoma a la Ventana a la escritura



Ben-Zion



SITUACIÓN PRIMERAS LECTURAS
Si alguna vez soñaste instalarte en el altillo con forma de triángulo, el cual te obligaba a caminar agachada para no golpearte la cabeza, los techos de tejas a dos aguas de color celeste, la ventana pequeña, quizás ovalada, en la parte alta de la casa, la última habitación, el tercer piso al que se llegaba por una escalera empinada; si fantaseaste con leer tu libro favorito en ese lugar mágico, sentado en un sillón de gruesos brazos, o acostado en un colchón con muchos almohadones, donde tu mundo fuesen las hojas con letras atrapantes y cada tanto desviar la mirada por la ventana hacia el cielo claro que te permitiese divertirte un rato descubriendo figuras en las nubes; contemplar la lluvia empecinada en deshacer los nubarrones, y temblar de miedo ante una luz parpadeante seguida por un rugido de trueno, o encontrar las constelaciones entre la inmensidad de pequeñas luces rodeando la inmaculada luna; solo un rato de distracción para asimilar las letras que habías deglutido casi sin masticar y luego retomar el siguiente capítulo de tu alocada lectura; y más aun si el altillo se encontraba en una casa con un parque lleno de plantas al frente y el mar al fondo, con muy pocas viviendas y a unos pasos de la ruta; si deseaste todo ello, para mí fue una realidad.
Le experiencia en mi infancia duró varios veranos, de los cuales no guardo en la memoria cómo era el altillo por dentro, ni de qué forma me instalaba para leer; recuerdo sí los momentos previos, cuando salíamos con mi hermana a jugar con los chicos de la única casa vecina en la que, las escondidas, las excursiones por las dunas, el arroyo donde dábamos de comer a los diminutos peces y los baños en el mar furioso, eran las principales actividades que hacíamos, interrumpidas por el desayuno y el almuerzo, donde nos juntábamos para escuchar las historias vividas por mi abuelo en su juventud entre calles de piedra, carruajes y malevos; lo que sí tengo presente es la hora de la siesta, el atardecer, y un rato luego de cenar, como los instantes eternos y supremos en los que trepaba por los escalones empinados y me sumergía en aquel espacio para, en soledad, vivir el mundo que la colección de libros de mi abuela me presentaban; solo el libro y yo; qué hacía mi hermana o el resto de la familia, no podría decirlo, el mundo real desaparecía; no contaba en qué parte del altillo me sentaba, ni lo que sucedía en el resto de la casa; abría la tapa para buscar la hoja en que me había quedado, y como por arte de magia lo que me rodeaba desaparecía. Recuerdo el bigote de aquel hombre al que ayudaba en su investigación: ¿era ella la asesina? ¿el mayordomo? ¿el amante?; sabía que el menos sospechoso había cometido el crimen; la búsqueda entre preguntas, miradas inquisitivas y detalles casi imperceptibles, era lo que me llevaba a ingerir las hojas como deliciosos panes untados con manteca.
Si la lectura de tu infancia te marcó como una cicatriz por un accidente en algún juego peligroso, y pasó a formar parte de tu piel, los momentos en que te tatuaste las historias, fueron únicos para vos -como lo fueron para mí- no tengo dudas. Esos veranos donde descubrí la fascinación por las historias policiales, me llevaron a buscar otras aventuras en Buenos Aires. Si sos de los que nacimos por mil novecientos setenta, seguro has recorrido África suspendido en un globo, te has sumergido hasta las entrañas de la tierra, o en el fascinante mundo del fondo del mar viajando en submarino. La escalera que conducía a la terraza, silenciosa y apartada de las miradas, mi cama en los momentos que el resto estaba ocupado, la mesa del comedor cuando había terminado la tarea, fueron los lugares donde el libro de turno se abría para que pudiese embarcarme en alguno de los fantásticos viajes; solo interrumpidos por los llamados de mi madre para bañarme, dormir, comer o cualquier odiosa actividad que me alejaba del mundo en el que me estaba aventurando, para solo pensar en el momento de volver a tener el libro en mis manos y alcanzar el ansiado final.
¿Recordás la sensación cuando finalmente encontrabas la palabra fin?, una mezcla de emoción por descubrir cómo terminaba la historia, vacío al entender que ya no había aventura para palpitar, a veces decepción porque esperabas más, o asombro porque sucedía lo que no te habías imaginado; duraba un tiempo en que continuabas recordando momentos, repitiendo para vos mismo escenas que te impactaron, a veces buscando una parte para releer; hasta que casi sin darte cuenta, la historia era una cicatriz en tu piel, y entonces salías a buscar un nuevo libro para repetir toda aquella locura una y otra vez.


Escrito a partir del texto “Sobre la lectura” de Marcel Proust

Andrea Larrieu, 2020.
En respuesta a la consigna de #ventanaalaescritura.
Vos también podés enviarnos tu texto.
#compartamosleeryescribir

miércoles, 25 de marzo de 2020

Axel Levin en #Ventanaalaescritura * Proust




En el aula, dejaba el discurrir de la clase intacto, un juego, mi amigo y yo en el fondo tapando las novelas que nos prestábamos con el pupitre y la carpeta, disimular atención, cada tanto levantar los ojos, corroborar el estado del pizarra o el humor de la profe, un codo sutil de advertencia si nos estaba observando, y el contraste, lo más dulce de la escena, el gustito de ver a los demás sabiendo que leíamos al fondo, les parecía, al contrario, algo bobo, se reían, ironizaban, y esa actitud era mayor a la lección de proporcionalidad, la travesura cómplice y las letras como los barcos que atravesaban el archipiélago siguiendo los nombres originales, los antiguos, los que guardan poder sobre el viento y las miradas porque son propios, auténticos, sin el deber de la ficción o el automatismo vacío de pertenecer.
Recuerdo la sensación de diferencia, un pudor tímido orgulloso, en el momento de salir apurado al recreo y elegir una pared para sentarme, apoyar la espalda mientras los demás pasaban hasta el final del patio a jugar, seguramente a la mancha garrapata o al pica-pared, y yo después de verlos alejarse abrir el libro para cerrarlo solo con el próximo timbre.
¿Será esa sensación de olvido que se repite ahora, de irme por las páginas que eran un embudo largo y ver atrás, en ese momento, las lagunas de las multiplicaciones sin entender, números solitarios como cuando llegaba a casa y prendía la tele, o esperaba que me pasaran a buscar para irme del colegio y quedaba último, de un lado los gritos de recreo y yo en el ombligo de un mundo de islas, personas que descubren nombres verdaderos y ganan una virtud mágica?
Desde ese ángulo podía levantar la vista de Ursula K. Leguin para alternar con el bullicio de la tiradita de cartas contra la otra pared, repe, repe, repe, ¡nola!, el llanto de uno corriendo enojado hacia las escalares que daban a la canchita, los más pequeños señalando el orégano recién germinado del proyecto de huerta y un grupito tirando la pelota contra el techo alto, en ronda, reglas que no llegaba a adivinar si es que las había, ¡el tiembreeee!, otros gritaban lo mismo como si los demás no hubieran escuchado, ¡el timbre, el timbre, sonó el timb…!
el movimiento se acelera
unas chicas contando las monedas para comprar chupetines en el quiosco de los grandes
el tintineo metálico se agiganta
y puedo volver
me hundo
las palabras calman, son mías, llego a terminar el capítulo e irme
navegar sin remos, el gavilán del poniente, un sol rojo y salado en el agua
solo los secretos del aire
y una misión sin descubrir1.
1 Inspirado en Sobre la lectura, de Marcel Proust


Axel Levin, 2020

sábado, 21 de marzo de 2020

Ventana a la escritura: Cada día una propuesta para que escribas


A partir de hoy, cada día te vamos a proponer una consigna para escribir. 

Inauguramos Ventana a la escritura, una sección del blog en la que publicaremos los textos que surgen mientras nos quedamos en casa. 
Además, con cada propuesta, la recomendación de un libro relacionado. 
Seguinos, escribí y envianos tus textos a info@siempredeviaje.com.ar

¡Compartamos leer y escribir!

#ventanaalaescritura





Consigna del día:

"No hay quizás días de nuestra infancia que no hayamos vivido tan plenamente como aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos" 

A partir de esta frase de Proust te proponemos que escribas sobre la primera lectura que recuerdes que disfrutaste.

Te recomendamos este libro, un inclasificable de Marcel Proust: Sobre la lectura.






viernes, 11 de julio de 2014

Virginia Janza - Minuto Magdalena

Una magdalena en mi cabeza, en mi mente es un muffin, de zanahoria, jengibre y nuez, con séster de naranja, me emociona, me pone la panza contenta, la panza hinchada de bebota, los rulos rubios y los ojos enormes en la cara, curioseando todo, yo bebé y vos bebé, caminaba con tacos altos azules por avenida corrientes, te cargaba, bebota gigante como eras, bella, Isabella, íbamos a buscar libros con tu mamá a lo de Gino, qué momento de alegría es traer un libro al mundo, verlo por primera vez, olerlo, sentirlo ser material, real, como un niño que cada tanto se anhela, y no se adivina, no se siente, crecer, en la panza que se hincha de a poco, y uno sabe que ya lo conoce, pero verlo, ese momento, la primera vez, que escapa y no vuelve, la sorpresa, la felicidad, instante eterno, y ese querer que dure toda la vida.


Virginia Janza, 2014. 
Para Minuto Magdalena, homenaje a Marcel Proust.


miércoles, 28 de mayo de 2014

Marcel Proust en el Club de Lectura

Este mes vení a disfrutar de la lectura, como Marcel:


Yo dejaba a los otros terminar de tomar el té en el bajo del parque, al borde de los cisnes, y subía corriendo por el laberinto hasta la enramada en donde me sentaba, inhallable, adosado a los nogales talados, percibiendo el sembradío de espárragos, los bordes de cerezos, el estanque donde, ciertos días, los caballos hacían subir el agua al girar, la puerta blanca que era el "fin del parque" en lo alto y, más allá, los campos de rosales y amapolas. En esta enramada, el silencio era profundo; el riesgo de ser descubierto, casi nulo; la seguridad se volvía más dulce por los gritos alejados, que, de abajo, me llamaban en vano, algunas veces incluso se acercaban, subían las primeras matas de hierba, buscando por todos lados, luego se daban vuelta, porque no me habían encontrado.


En Mayo, en el Club de lectura de Siempre de Viaje, "Sobre la lectura", Marcel Proust.




Coordinación: Cecilia Maugeri, Virginia Janza y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964 // 11 50 56 36 95

viernes, 23 de mayo de 2014

Club de Lectura SV: Marcel Proust

CLUB DE LECTURA 
mayo MARCEL

Nos juntamos a leer el libro "corto" de Marcel Proust,
Sobre la Lectura. Allí el escritor plantea el germen de lo que será En busca del tiempo perdido, habla de qué es para él la lectura, la rememora en su infancia y da una perspectiva original sobre leer y escribir.

Karina Macció

Lugar: Guarida Literaria
de Siempre de Viaje 
11 4867 5964 // 15 5056 3695