Mostrando entradas con la etiqueta Silvina Ocampo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Silvina Ocampo. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de noviembre de 2023

Las hormigas se comieron todo el azúcar * Juanpi Ortigosa

 



Azucar, azúcar… ¿Por qué todos quieren azúcar? Le tapa el sabor. Silvina salió del living. El silencio de la no televisión le incomodaba. Dentro de la cocina, y con murmullos indistinguibles de fondo, se acercó al gabinete de encima de la pileta, donde guardaba el azúcar. Lo abrió. Un centenar de hormigas pequeñas la miraron fijo. Silvina dio un paso atrás. Las hormigas, asustadas, corrieron hacia todos lados, pintando la pared de un negro brillante. Una detrás de la otra se fueron hacia la parte trasera del gabinete, hasta desaparecer por las rendijas del mueble. Silvina recogió el frasco de azúcar. Vacío. 

Y ahora, ¿qué hago? Puedo decir que estaba húmeda y vieja, acá no usamos azúcar. No, debería tener un paquete cerrado, de repuesto. Puedo mandar a Adolfo a comprar mientras me hago la boluda, eso podría funcionar… Si estuviera en casa. Mientras pensaba, enjuagaba el frasco, para así quitarle los insectos restantes que no se habían asustado con su llegada. La otra es decirles la verdad. Si, ¿qué tanto problema van a hacerse? En esta época del año y con la humedad de Buenos Aires no es algo raro. Se secó las manos y se volvió hacia el living. Salió de la cocina y miró de frente a sus invitados, sosteniendo el frasco vacío. 


Juanpi Ortigosa, a partir de la lectura de un fragmento de "La hermana menor" de Mariana Enriquez.

Arte: #germanwendel

martes, 16 de mayo de 2023

Ventana a la escritura 750: exorcismo

 




En tu jardín secreto hay mercenarias

En tu jardín secreto hay mercenarias
dulzuras, ávidas proclamaciones,
crueldades con sutiles corazones,
hay ladrones, sirenas legendarias.

Hay bondades en tu aire, solitarias
multiplican arcanas perfecciones.
Se ahondan en angostos callejones,
tus árboles con ramas arbitrarias.

Alguna vez oí el chirrido frío
de un portón que al cerrarse me dejaba
prisionera, perdida, siempre esclava

de tu felicidad que junto a un río
bajaba entre las frondas a un abismo
de intermitente luz, con tu exorcismo.


Silvina Ocampo.


Propuesta de escritura para hoy:


─Elegir cuatro versos del poema y escribir un relato que los incluya.

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!

Arte: @daniela__abbate

jueves, 20 de octubre de 2022

Ventana a la escritura 615: mercenarias





En tu jardín secreto hay mercenarias

En tu jardín secreto hay mercenarias
dulzuras, ávidas proclamaciones,
crueldades con sutiles corazones,
hay ladrones, sirenas legendarias.

Hay bondades en tu aire, solitarias
multiplican arcanas perfecciones.
Se ahondan en angostos callejones,
tus árboles con ramas arbitrarias.

Alguna vez oí el chirrido frío
de un portón que al cerrarse me dejaba
prisionera, perdida, siempre esclava

de tu felicidad que junto a un río
bajaba entre las frondas a un abismo
de intermitente luz, con tu exorcismo.



Silvina Ocampo.


Propuesta de escritura para hoy:


─Empezar un texto con "En tu jardín secreto hay".

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!

Arte: #raycaesar

miércoles, 3 de marzo de 2021

Ventana a la escritura 346: serpientes embalsamadas

 

Miss Hilton se bañaba con un traje de baño largo y grande como un globo a la luz de la luna, en un mar tibio donde uno buscaba el agua indefinidamente, sin encontrarla, porque era de la misma temperatura que el aire. Se había comprado un sombrero ancho de paja con un pavo real pintado encima, que llovía alas en ondas sobre su cara pensativa. Le habían regalado piedras y pulseras, le habían regalado chales y serpientes embalsamadas, pájaros apolillados que guardaba en un baúl, en la casa de pensión. Toda su vida estaba encerrada en aquel baúl, toda su vida estaba consagrada a juntar modestas curiosidades a lo largo de sus viajes, para después, en un gesto de intimidad suprema que la acercaba súbitamente a los seres, abrir el baúl y mostrar uno por uno sus recuerdos.



Silvina Ocampo, "El vestido verde aceituna".


Propuesta de escritura para hoy:


¿Qué recuerdos de viajes y pequeños tesoros guardás en tu baúl?

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 

El libro recomendado de hoy es Cornelia frente al espejo de #SilvinaOcampo

#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!

Luis Castelo



miércoles, 11 de noviembre de 2020

Ventana a la escritura 235: lágrimas y begonias

  

La begonia china


De acuerdo a una begonia china,

una dama abandonada por su novio

que ya no la quería

pasó años sola, de pie, en su jardín,

llorando. De sus lágrimas por fin creció la flor

en el lugar que ella regó

con sus lágrimas continuamente.

Esa dulce flor apareció...

Y para consolar su roto corazón

fue la primera de todas las begonias.

La seducía el gusto de sus lágrimas,

y cuando apareció el novio,

fielmente murió en el pasto

en el lugar que ella misma

regó con lágrimas.

Pero la begonia con sus pétalos

encendidos la recuerda. 



Silvina Ocampo, Cornelia frente al espejo.




Propuesta de escritura para hoy:


─Inventá otro origen mítico para la begonia china.

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 

El libro recomendado de hoy es Cornelia frente al espejo de #SilvinaOcampo

#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!







sábado, 9 de mayo de 2020

José se asoma a Ventana a la escritura




Gulenkina



El cielo no estaba arriba, estaba abajo, iluminándoles la piel.

Los colores no eran los de la vigilia,
eran extraños que no podían, ni querían, definirse.

Pretendían la confusión, el caos.
Tan suaves, tan mentira, tan turquesa.
Un volcán encerrado en una cajita de música.

Nubes para envolver enamorados.






José Lupia, 2020.

En respuesta a la consigna de #ventanaalaescritura.
Vos también podés enviarnos tu texto.
#compartamosleeryescribir

jueves, 30 de abril de 2020

Ventana a la escritura 41: colores horribles



S Palmer



La alfombra voladora

Enamorados caminaban sobre una alfombra de pétalos,
tan suave que una nube del mismo color
comparándola con esa alfombra
hubiera parecido muy dura.
El cielo no estaba arriba,
estaba abajo, iluminándoles los pies.
El diálogo apenas se oía
porque se miraban los pies entre los pétalos.
—¿Te gusta este color violeta?
La punta de un pie señalaba unos pétalos.
—Quisiera que el mundo fuera todo de este color.
La punta de otro pie señaló otros pétalos.
—Hay colores horribles,
es claro que dependen del que tienen al lado,
pero éste se basta a sí mismo.
Es el color de la perspectiva.
El color lejano de las montañas al atardecer
transforma la tierra en agua,
pero más que nada el color del iris de tus ojos...
Te confieso que prefiero el anaranjado.
—Odio el anaranjado.
No pises las flores del jacarandá que es un santo.
—¿Odiar un color? ¿Por qué?
De pronto el suelo se llenó de charcos
donde flotaban pétalos lilas en la luz del alba.
—¿Estaremos soñando? —dijeron al mismo tiempo.
No volvieron a verse.



Silvina Ocampo, Cornelia frente al espejo.





Propuesta de escritura para hoy:


-Escribir un texto que comience con estas líneas: 
"el cielo no estaba arriba, estaba abajo, iluminándoles los pies".

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


El libro recomendado de hoy es Cornelia frente al espejo, de Silvina Ocampo.

#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!

viernes, 1 de marzo de 2019

Vamos a lo animal: marzo a pura escritura en Siempre de Viaje






Una mujer con pañoletas trae el cesto, y allí, los huevos. Huevos bellos, ánade y codorniz; unos gruesos, celestes; otros, menudos, como pimpollos de jazmín.

En el aire hay figuras que casi se alcanzan; nunca se puede.

Pero, yo soy sirena. De plantas, de arboleda. Ondulo mi cola oscura, fuerte. Tengo las escamas, blancas y plateadas; el pecho desnudo, crespo el pelo; el sexo es una marca apenas de coral, y echa un perfume específico, humo, gotas de aceite y sangre, y brasitas.

Marosa Di Giorgio, Rosa mística.




EN MARZO
VAMOS A LO ANIMAL
VENÍ A SOLTAR TU ESCRITURA


info@siempredeviaje.com.ar








jueves, 10 de mayo de 2018

sobre los espejos * Las máscaras de Silvina



–¿Y no hay que reprimir los deseos?
–No. Mi imagen en el espejo es la mejor parte de mí misma. Salgamos. Espero que apague las luces. ¿Pero qué es esa luz que se ve en las persianas?
–La luz de la luna. Buenos Aires es mi única ciudad desconocida. Siempre es un puerto al que acabo de llegar.
–Los espejos son muy importantes. Son el alma de una casa. Los espejos romanos eran pequeños y a propósito para tenerlos a mano.
–No me gusta ver mi perfil. Uno es cruel y el otro idiota. Rompería todos los espejos.



Silvina Ocampo, Cornelia frente al espejo.
    



viernes, 18 de agosto de 2017

La nube * Silvina Ocampo



Íbamos a cazar una nube. No es fácil, cualquiera lo sabe. Era una nube blanca, rodeada de pasto y de flores. Cazarla era imposible. ¿Cuál era la nube? Esto era lo difícil. Las nubes estaban en el horizonte, muy lejos; había que alcanzarlas en coche, en automóvil, en avión. ¿Pero quién dispone de un avión, de un automóvil, de un coche? Más fácil sería ir a caballo, galopando, o en bicicleta. Pero todo era imposible. Una vez llegados al horizonte, ¿qué hacíamos? Nos quedamos mirando la nube que no había cambiado de forma, aunque sus compañeras fueran bastante distintas y fáciles de confundir entre ellas. Nos quedamos mirando aquella nube hasta que cayó la noche azul, azul como el interior de uno de los juguetes, el más importante y seductor de todos; un juguete vulgar, si se quiere, pero raro. El juguete era extraño, no puedo describirlo pero se trataba de una bolsa de material plástico, que no existe en este mundo, en forma de raqueta; contenía un mar azul, tan azul que no parecía cierto como el azul de la noche. Cuando el mar se agitaba surgían otros paisajes, de países distintos. El agua que llevaba la bolsa era de mar, tal vez, y los paisajes nunca se repetían, y eran preciosos. —Soy propietaria de la nube —dijo la más tonta de mis amigas— y es mía. Yo me quedaré hasta que desaparezca. Lo dijo con tanta seriedad que todo el mundo la creyó. —Nunca desaparecerá —dijo una señora cubierta de plumas, como si quisiera imitar a los indios. —Entonces me quedaré para siempre —declaró la niña. Y quedó para siempre en aquel lugar, que no sé muy bien dónde se encuentra. Nadie lo conoce. Se llama la Nube o se llama Descubrimiento de Otro Mundo; pero nadie sabe dónde está, ni en qué estación aparece. A veces la nube se transforma en un lecho donde cruza el cielo, un lecho rosado y mullido, que no tienen las lluvias ni los temporales, y duerme durante horas hasta que el sol la despierta y ella, ágil como una liebre, salta de su lecho y baja a la tierra; alguien la espera, alguien que no sabemos quién es. Este es el misterio que hay que descubrir. ¿Quién la espera? ¿Un joven hermoso, un perro, un animal feroz? Nunca lo sabremos. Cuando baja y aterriza, me aseguran que oye un gruñido que la asusta. ¿Una nube que gruñe? En los primeros tiempos creyó que sería la tormenta... Una tormenta nunca gruñe. Después empezó a dudar; el gruñido era acaso de una bestia antediluviana. Rápidamente optó por averiguar de dónde provenía. Lo buscó desesperadamente y olvidó los libros que tenía que revisar y recuperar porque le pertenecían, porque ella los había descubierto. Buscó a todas horas, en todas partes, olvidando lo que tenía cerca de su mano. Ya no comía, ni dormía ni descansaba. El mundo ya no era el mismo. Se arrodilló finalmente sobre el pasto e inventó una oración. Cerró los ojos y la dijo noche y día, día y noche, hasta que recuperó la quietud. Nunca supo cuál era el animal que gruñía. ¿Un lobo, un zorro, un jaguar, un tigre? Como estaba tan cerca de las nubes, no podía distinguirlas. Vistas de cerca, las nubes eran enormes... Nunca supo cuál era la bestia, pero sí que esa bestia la mataría si no abandonaba la nube de su invención. Y ésta es la única verdad de este cuento. 


Silvina Ocampo.



lunes, 31 de julio de 2017

Livio Roca * Silvina Ocampo

Era alto, moreno y callado. Nunca lo vi reír ni darse prisa para nada. Sus ojos castaños nunca miraban de frente. Llevaba un pañuelito atado al cuello y un cigarrillo entre los labios. No tenía edad. Se llamaba Livio Roca, pero lo llamaban Sordeli, porque se hacía el sordo. Era haragán, pero en sus ratos de ocio (pues consideraba que no hacer nada no era haraganear) componía relojes que nunca devolvía a sus dueños. En cuanto podía, yo me escapaba para visitar a Livio Roca. Lo conocí durante las vacaciones, cuando íbamos a veranear a Cacharí, un día de enero. Yo tenía nueve años. Siempre fue el más pobre de la familia, el más infeliz, decían los parientes. Vivía en una casa que era como un vagón de tren. Amaba a Clemencia; era tal vez su único consuelo y el comentario del pueblo. La nariz de terciopelo, las orejas frías, el cuello curvo, el pelo corto y suave, la obediencia, todo era un motivo para amarla. Yo lo comprendía. De noche, cuando desensillaba tardaba en despedirse de ella, como si el calor que se desprendía de su cuerpo sudado le diera vida y se la quitara cuando se alejaba. Le daba de beber para alargar más la despedida, aunque ella no tuviera sed. Tardó en hacerla entrar en el rancho, para que durmiera ahí, de noche, bajo un techo, en invierno. Tardó porque temía lo que después sucedió: la gente dijo que estaba loco, loco de remate. Tonga fue la primera que lo dijo. Tonga, con su cara amargada y sus ojos de alfiler se atrevió a criticarlo a él y a Clemencia. No se lo pudo perdonar jamás, ni ella a él. Yo también amaba a Clemencia, a mi modo. En el cuarto de los cajones estaba la bata de seda de la abuela Indalecia Roca. Era una suerte de reliquia que yacía a los pies de una virgen pintada de verde, con el pie roto. De vez en cuando, Tonga y algunos otros miembros de la familia, o alguna visita, le ponían flores de mala muerte o ramitos de yerbis, que olían a menta, o bebidas dulces y de colores llamativos. Hubo épocas en que un cirio retorcido, pintado de colores, temblaba con su llama moribunda al pie de la virgen; por eso la bata de seda recibió gotas de estearina grandes como botones, que más que ensuciarla la adornaban. El tiempo fue borrando estos ritos: las ceremonias se espaciaron. Tal vez por eso, Livio se atrevió a utilizar la bata para hacerle un sombrero a Clemencia. (Yo le ayudé a hacerlo). Creo que de ahí provino su desavenencia con el resto de la familia. Tonga lo trató de degenerado y uno de sus cuñados, que era albañil, lo trató de borracho. Soportó los insultos sin defenderse. Los insultos lo ofendieron después de algunos días. No recordaba su niñez sino en la desdicha. Durante nueve meses tuvo sarna, durante otros nueve, conjuntivitis, según me contaba mientras cosíamos el sombrero. Tal vez todo eso contribuyó a hacerle perder la confianza en cualquier clase de felicidad para el resto de su existencia. A los dieciocho años, cuando conoció a Malvina, su prima, y que se ennovió con ella, tal vez presintió el desastre en el momento de darle el anillo de compromiso. En vez de alegrarse se entristeció. Se habían criado juntos: desde el momento en que resolvió casarse con ella, supo que esa unión no prosperaría. Las amigas de Malvina, que eran numerosas, dedicaron el tiempo en bordarle sábanas, manteles, camisones, con iniciales, pero ellos nunca usaron esa ropa, tan amorosamente bordada. Malvina murió dos días antes del casamiento. La vistieron de novia y la pusieron en el ataúd con un ramo de azahares. El pobre Livio no podía mirarla, pero dentro de la oscuridad de sus manos, donde escondió sus ojos aquella noche en que la velaron, le ofreció su fidelidad con un anillo de oro. Nunca habló con ninguna otra mujer, ni siquiera con mis primas, que son feas; en las revistas no miró a las actrices. Muchas veces trataron de buscarle una novia. Las traían por las tardes y las sentaban en la sillita de mimbre: una era rubia y con anteojos, la llamaban la inglesita; otra era morocha, con el pelo trenzado y coqueta; otra, la más seria de todas, era una giganta, con cabeza de alfiler. Fue inútil. Amó por eso a Clemencia entrañablemente, porque las mujeres no contaban para él. Pero una noche, un tío de esos que no faltan, con una risa burlona en los labios, quiso castigarlo por el sacrilegio que había cometido con la bata de la abuela, y de un balazo mató a Clemencia. Mezcladas al relincho de Clemencia se oyeron las carcajadas del asesino.



Silvina Ocampo, Los días de la noche.





Club de Lectura de Siempre de Viaje
info@siempredeviajepoesia.com.ar


domingo, 23 de julio de 2017

jueves, 20 de julio de 2017

Clavel * Club de Lectura de Silvina Ocampo


Clavel era blanco y castaño. Las puntas de sus patas eran castaño oscuro, los ojos vivos, el pelo enrulado. Lo conocí en Tandil, en una casa de campo donde fui en mi infancia a veranear con mis padres. Me esperaba moviendo la cola, en la puerta de mi cuarto, a la hora de la siesta. Después de  cinco días de conocerme, me seguía por todas partes y me quería más que a sus amos. Sus modales eran extraños e incómodos; se abrazaba a mis piernas, o a mi espalda, arqueándose como un galgo, cuando yo estaba sentada en el suelo. La amistad que yo sentía por él no me permitía juzgarlo severamente. Que fuera mal educado, que me levantara la falda con el hocico, no lo disminuía en mi estima.
Un perro no puede conducirse como un hombre, yo pensaba. Hace cosas raras, cosas de perro. Esas cosas de perro me perturbaban. Esas cosas de perro parecían más bien de hombres. Me repugnaba a veces. Yo le daba azúcar, pero lo mismo era que no se la diera.
La hija del casero tenía la misma edad que yo, la llamaban "La boba" y estaba confinada en el último cuarto del caserón, dedicada a remendar las medias de sus padres y hermanos, con un huevo verde de material plástico lleno de agujas, que me fascinaba.
—Tan chiquita y remendando —decía mi madre—.
A ella también Clavel la quería; era natural porque hacía mucho tiempo que se conocían. ¡Pobre Clavel!, su vida de perro consistía en visitarla y en visitarme, por turno. Rara vez nos encontrábamos los tres juntos. Supongo que mis padres me llevaban a hacer excursiones en las horas que ella tenía libres para jugar y en las horas que yo estaba en la casa la mandarían a hacer compras.
Me despedí con pena de Clavel; con menos pena de Bobita. Al poco tiempo supe, de un modo indirecto, que el casero había asesinado de un balazo a Clavel. Cuando pregunté por qué, obtuve diversas respuestas: Clavel estaba rabioso; el casero estaba loco; Clavel había mordido a la hija del casero. Conservo una fotografía de Clavel, pero no parece el mismo perro. Nadie lo enterró y algunas personas de la familia hablaron mal de él.


Silvina Ocampo, Los días de la noche.

Witkin




martes, 11 de julio de 2017

Única sabiduría * Silvina Ocampo




Lo único que sabemos
es lo que nos sorprende:
que todo pasa, como
si no hubiera pasado.


Silvina Ocampo.




sábado, 8 de julio de 2017

Coral Fernandez * Silvina Ocampo en el Club de Lectura



Se llamaba Coral Fernández; llevaba siempre la oreja izquierda cubierta con el pelo y la derecha descubierta. Era tan bonita que en el primer momento pensé que era tonta. Nos conocimos en un almuerzo campestre, para celebrar la inauguración del Club del Ciclista, en Moreno. Debajo de un bosquecito de paraísos florecidos estaban dispuestas las mesas; había una tarima con la orquesta, y un tablado para bailar. Nos tocaron sillas contiguas, durante el almuerzo. No nos hablamos al principio, pero en seguida nos sentimos recíprocamente atraídos. Existe el amor a primera vista, sin duda. Debajo de la mesa algo rozó la pierna de Coral, algo que no era una pierna escandalosa, sino un gato. Coral se sobresaltó, los dos nos agachamos para ver que había debajo de la mesa, y nos reímos. En un momento dado la saqué a bailar y me gustó su mano, y me gustó abrazarla, y me gustó su risa y su perfume. Ya declinaba el sol y todavía quedamos sentados en aquel sitio, tan seducidos estábamos el uno por el otro. Me acometió un pequeño mareo, un violento dolor de cabeza. Lo atribuí a una insolación, aunque apenas me había expuesto al sol. Ella humedeció su pañuelo en la jarra de agua y me refrescó la frente. Como soy regalón y ella cariñosa, con este acto empezó una intimidad. Al despedirnos le dije sinceramente que desde ese día en adelante un dolor de cabeza me traería el más agradable de los recuerdos: el de haberla conocido. Teníamos los dos la misma táctica: no dejar ver el interés que sentíamos el uno por el otro. Durante un tiempo sólo nos vimos una vez por semana, en casa de amigos comunes. La casa tenía un jardín donde paseábamos apartados de la gente. Las reuniones se hacían los domingos por la noche, con juegos de barajas, baile, música. No necesitábamos vernos más, para saber que nos entendíamos maravillosamente bien. 
—Lástima que siempre me toque verte el día de mi dolor de cabeza —le dije una vez, para disimular la emoción, pues era de emoción que me dolía la cabeza y que me insolaba—. 
—Podríamos vernos cualquier otro día —dijo Coral, provocadora—. 
Tomamos la costumbre de encontrarnos diariamente en confiterías, en cinematógrafos, en plazas, en cualquier parte, hasta en lugares que no menciono. Enfermé y la dicha se oscureció. No era una enfermedad cualquiera la mía: tan pronto me dolía la cabeza, o me resfriaba o me cubría de urticaria, o no podía enderezarme, o me ardían los ojos. Consulté a varios médicos, que me sometieron, en vano, a análisis de sangre, a radiografías. Los médicos se enojan con las enfermedades que no conocen. Mi enfermedad no tenía nombre. El médico aseguró que estaba sano. En el acto resolví que me casaría y que partiría, casado, a Córdoba. Sin embargo, por cuestiones de trabajo, durante veinte días estuvimos separados. Yo debí hacer un viaje al Brasil y mejoré notablemente de salud. Volví cambiado, lleno de energía y de entusiasmo. Coral me lo reprochó en cierto modo. 
—Parece que te hiciera bien alejarte de mí. Volvimos a vernos todos los días, pero pronto mi salud decayó y Coral volvió a reprocharme el cambio favorable que se producía en mi ánimo cuando estaba lejos de ella. Estaba celosa; celosa de su ausencia. Nos peleamos como dos niños. Finalmente me fui, con un sobrinito, a veranear a Tandil, y dije a Coral que me internaba en un sanatorio de enfermedades nerviosas. Le escribí cartas, pero le oculté mi dirección; le di otra, para que me contestara. Mejoré sensiblemente pero en los momentos en que tomaba la pluma para escribir a mi novia, las manos se me llenaban de eccema. Me curaba, me enfermaba, sucesivamente. Empezaban a arderme los ojos, ni bien recibía las cartas de Coral. Pedí al sobrinito que me las leyera. Tomaba la precaución de sentarme en la otra punta del cuarto, porque si estaba muy cerca de él cuando me las leía, sentía escozores en diversas partes del cuerpo, especialmente adentro del pabellón de los oídos. Mi amor por Coral, sin embargo, no declinó. Le escribí cartas apasionadas, diciéndole que no la vería nunca más y que si me amaba realmente aceptaría que yo no le diera explicaciones. Ella redobló su amor por mí. En las cartas me aseguraba: 
—He pensado toda la noche en vos, sin poder dormir. Esa noche yo, quejándome de algún dolor extraño, tampoco dormía. 
—No pienses en mí —le suplicaba—. 
—Entonces ¿cómo haré para vivir?. Verte me hace tanto bien. 
—Nuestro organismo no nos permite estar juntos —le dije, sintiendo los estragos de su presencia en un acceso de tos—. 
Telefónicamente le propuse que tuviéramos un hijo por inseminación artificial, después de casarnos por poder. La conversación telefónica fue breve, pero el trámite fue tan largo como penoso. Ninguna otra mujer hubiera aceptado la situación difícil en que yo la ponía frente a la sociedad. La aceptó con resignación. Nuestro hijo tenía que vivir. Veíamos ya su rostro en los más hermosos cuadros; el color de su pelo y de sus ojos, las virtudes que heredaría. De vez en cuando, hago el sacrificio de escribir a Coral, tomando mil precauciones. De lejos he visto a nuestro hijo salir de la escuela, pero no me acerqué a hablarle, por temor de que haya heredado el poder de la madre, que obró tan mal sobre mi organismo alérgico. Sé que tiene un retrato mío en la cabecera de la cama, y el cortaplumas de nácar de mi infancia, y que, como yo, se llama Norberto; que ha heredado de la madre el perfil y del padre la facilidad para el dibujo. 


Silvina Ocampo.






domingo, 2 de julio de 2017

Silvina Ocampo en el Club de Lectura




La alfombra voladora
Enamorados caminaban sobre una alfombra de pétalos,
tan suave que una nube del mismo color
comparándola con esa alfombra
hubiera parecido muy dura.
El cielo no estaba arriba,
estaba abajo, iluminándoles los pies.
El diálogo apenas se oía
porque se miraban los pies entre los pétalos.
—¿Te gusta este color violeta?.
La punta de un pie señalaba unos pétalos.
—Quisiera que el mundo fuera todo de este color.
La punta de otro pie señaló otros pétalos.
—Hay colores horribles,
es claro que dependen del que tienen al lado,
pero éste se basta a sí mismo.
Es el color de la perspectiva.
El color lejano de las montañas al atardecer
transforma la tierra en agua,
pero más que nada el color del iris de tus ojos...
Te confieso que prefiero el anaranjado.
—Odio el anaranjado.
No pises las flores del jacarandá que es un santo.
—¿Odiar un color? ¿Por qué?.
De pronto el suelo se llenó de charcos
donde flotaban pétalos lilas en la luz del alba.
—¿Estaremos soñando? —dijeron al mismo tiempo.
No volvieron a verse. 



La alfombra voladora, Silvina Ocampo.

sábado, 31 de agosto de 2013

"La raza inextinguible" de Silvina Ocampo y una propuesta para la escritura


"Misterio y melancolía de una calle. Giorgio De Chirico.


La raza inextinguible (fragmento)


En aquella ciudad todo era perfecto y pequeño: las casas, los muebles, los útiles de trabajo, las tiendas, los jardines. Traté de averiguar qué raza tan evolucionada de pigmeos la habitaban. Un niño ojeroso me dio el informe:
Somos los que trabajamos: nuestros padres, un poco por egoísmo, otro poco por darnos el gusto, implantaron esta manera de vivir económica y agradable. Mientras ellos están sentados en sus casas, jugando a los naipes, tocando música, leyendo o conversando, amando, odiando (pues son apasionados), nosotros jugamos a edificar, a limpiar, a hacer trabajos de carpintería, a cosechar, a vender. Usamos instrumentos de trabajo proporcionados a nuestro tamaño. Con sorprendente facilidad cumplimos las obligaciones cotidianas. Debo confesar que al principio algunos animales, sobre todo los amaestrados, no nos respetaban, porque sabían que éramos niños. Pero paulatinamente con algunos engaños, nos respetaron. Los trabajos que hacemos no son difíciles: son fatigosos. A menudo sudamos como caballos lanzados en una carrera. A veces nos arrojamos al suelo y no queremos seguir jugando (comemos pasto o terroncitos de tierra o nos contentamos con lamer las baldosas), pero ese capricho dura un instante "lo que dura una tormenta de verano", como dice mi prima. Es claro que no todo es ventaja para nuestros padres. Ellos también tienen algunos inconvenientes; por ejemplo: deben entrar en sus casas agachándose, casi en cuclillas, porque las puertas y las habitaciones son diminutas. La palabra diminuta está siempre en sus labios. La cantidad de alimentos que consiguen, según las quejas de mis tías, que son glotonas, es reducidísima. Las jarras y los vasos en que toman agua no los satisfacen y tal vez esto explica que haya habido últimamente tantos robos de baldes y de otras quincallas. La ropa les queda ajustada, pues nuestras máquinas no sirven, ni servirán para hacerlas en medidas tan grandes. La mayoría, que no disponen de varias camas, duermen encogidos. De noche tiritan de frío si no se cubren con una enormidad de colchas que, de acuerdo con las palabras de mi pobre padre, parecen más bien pañuelos. Actualmente mucha gente protesta por las tortas de boda que nadie prueba por cortesía; por las pelucas que no tapan las calvicies más moderadas; por las jaulas donde entran sólo los picaflores embalsamados.
Sospecho que para demostrar su malevolencia esa misma gente no concurre casi nunca a nuestras ceremonias ni a nuestras representaciones teatrales o cinematográficas. Debo decir que no caben en las butacas y que la idea de sentarse en el suelo, en un lugar público, los horroriza. Sin embargo, algunas personas de estatura mediocre, inescrupulosas (cada día hay más), ocupan nuestros lugares, sin que lo advirtamos. Somos confiados pero no distraídos.
Hemos tardado mucho en descubrir a los impostores. Las personas grandes, cuando son pequeñas, muy pequeñas, se parecen a nosotros; a nosotros, se entiende, cuando estamos cansados: tienen líneas en la cara, hinchazones bajo los ojos, hablan de un modo vago, mezclando varios idiomas. Un día me confundieron con una de esas criaturas: no quiero recordarlo. Ahora descubrimos con más facilidad a los impostores. Nos hemos puesto en guardia, para echarlos de nuestro círculo. Somos felices. Creo que somos felices. (…)

Silvina Ocampo, en La furia (1959).





¡A escribir! 

En este cuento, un personaje informa a otro sobre la condición (diferente) de su raza. Se trata de un niño adulto. Pensá en otras combinaciones posibles: adolescente bebé, anciano adolescente, joven viejo, adulto niño, etc. Escribí un informe en primera persona donde el personaje explique cómo es su “raza”.


CLUB DE LECTURA

Coordinación: Cecilia Maugeri, Virginia Janza y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964 // 11 50 56 36 95

sábado, 17 de agosto de 2013

CLUB DE LECTURA - "Permiso de hablar" de Silvina Ocampo y una propuesta de escritura





Permiso de hablar (fragmento) 

Las voces se anunciaban por medio de una maravillosa distribución de colores. No sé si eran eléctricas o simplemente naturales. Antes de que prohibieran las voces, la ciudad quedaba casi a oscuras e inmediatamente reverberaban las luces rojas, verdes, violetas, amarillas, celestes, a rayas o a pintitas que anunciaban el permiso de hablar. Entonces se oía una detonación como de trasatlántico que se hunde y comenzaban a urdir los más desaforados enredos, y empezaban las voces a hablar, algunas intrépidas, otras tímidas, otras sonoras, imperiosas como en un claustro, otras desentonando o casi tristes o apagadas, otras furiosas atrayendo risas o llantos por la precipitación del permiso de hablar, tan esperado.
Simultáneamente se iluminaban grandes avisos PERMISO DE HABLAR. No saben los científicos que todos los desastres de este mundo se deben a la locuacidad de la gente. Por algo los animales no hablan. Ningún volcán en erupción es tan fuerte como las voces.
Cuando los carteles que indican PERMISO DE HABLAR dejan lugar a otro, con la palabra SILENCIO, y el silencio baja sobre el mundo con sus alas grises y celestes, un recogimiento dulce invade las casas; las cortinas se abren solas, para no hacer ruido, y los niños se visten para ir a la escuela. El piano funciona pianísimo.
El llanto nunca fue considerado como palabra: hubo un conflicto porque nadie se ponía de acuerdo sobre este tema y los que más necesitaban hablar emitían llantos, casi tan incómodos como las palabras. Los prohibieron.
Sobrevinieron los suspiros, más flagrantes que las palabras. Los suspiros también se prohibieron. Entonces el universo en silencio explayó su belleza. Era un silencio claro y perfecto. Hasta los perros habían comprendido que no tenían que ladrar. Acostados sobre la pata derecha inclinaban la cabeza y de vez en cuando silenciosamente suspiraban. (…)

Silvina Ocampo 
Publicado en Cornelia frente al espejo (1988)




¡A escribir! 

Elegí una acción física relacionada con las emociones (reír, llorar, suspirar, gritar, gruñir, sonreír, bostezar, etc.) e imaginá una situación en la que empiezan a regularse desde afuera, a nivel social. Escribí una escena en la que se intenta poner en práctica un ordenamiento de las emociones.  



CLUB DE LECTURA

Coordinación: Cecilia Maugeri, Virginia Janza y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964 // 11 50 56 36 95