Mostrando entradas con la etiqueta Sylvia Plath. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sylvia Plath. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Ventana a la escritura 597: árbol y piedra nítidos

 



Carta de amor


No es fácil expresar lo que has cambiado.
Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,
aunque, como una piedra, sin saberlo,
quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.
No me moviste un ápice, tampoco
me dejaste hacia el cielo alzar los ojos
en paz, sin esperanza, por supuesto,
de asir los astros o el azul con ellos.

No fue eso. Dormí: una serpiente
como una roca entre las rocas hiende
el intervalo del invierno blanco,
cual mis vecinos, nunca disfrutando
del millón de mejillas cinceladas
que a cada instante para fundir se alzan
las mías de basalto. Como ángeles
que lloran por la gente tonta hacen
lágrimas que se congelan. Los muertos
tenían yelmos helados. No les creo.

Me dormí como un dedo curvo yace.
Lo primero que vi fue puro aire
y gotas que se alzaban de un rocío
límpidas como espíritus. y miro
densas y mudas piedras en tomo a mí,
sin comprender. Reluzco y me deshojo
como mica que a sí misma se escancie,
igual que un líquido entre patas de ave,
entre tallos de planta. Mas no pienses
que me engañaste, eras transparente.

Árbol y piedra nítidos, sin sombras.
Mi dedo, cual cristal de luz sonora.
Yo florecía como rama en marzo:
una pierna y un brazo y otro brazo.
De piedra a nube iba yo ascendiendo.
A una especie de dios ya me asemejo,
hiende el aire la veste de mi alma
cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.



Sylvia Plath

Traducción de Jesús Pardo





Propuesta de escritura para hoy:


─Empezá un texto a partir de esta frase: "No pienses que me engañaste, eras transparente".

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!

Arte: #angelesagrela

martes, 13 de octubre de 2020

Ventana a la escritura 206: brave love

 




What ceremony of words can patch the havoc?


¿Qué ceremonia de palabras puede emparchar el caos?



*

brave love, dream

not of stauching such strict flame, but come,

lean to my wound; burn on, burn on.


valiente amor, soñá

no con contener una llama tan estricta, pero vení

acostate en mi herida; arde, arde.



Sylvia Plath, Conversación entre las ruinas.

Traducción de Karina Macció.


Propuesta de escritura para hoy:




─ Contestá a la pregunta del epígrafe: ¿Qué ceremonia de palabras puede emparchar el caos?

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!



jueves, 24 de noviembre de 2016

Importa * Federico Castro Walker












Federico Castro Walker, 2016.
Producido en los talleres de Siempre de viaje a partir de lecturas de Sylvia Plath, Anne Sexton y Alejandra Pizarnik.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Mañana * Axel Levin

Mañana haré de buen dios y los soltaré

el orden de mis ideas
el miedo que me tengo a través tuyo
la expectativa del momento
una luz azul que me envuelva y baste.

Mañana
será el día uno
la decisión sin espalda
el paso de levantar la piel y soltar.
Habrá un estallido
lo sé
millar de esferas donde reflejarse
tiempo de aire tibio sin color.

También una palabra
escondida
recipiente pequeño
que solo va a aparecer cuando lo logre
cuando suelte todo
y me devuelva.



Axel Levin, 2016.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje a partir de la lectura de poemas de Sylvia Plath, en el marco del viaje al Festival de Poesía de Rosario.




viernes, 21 de octubre de 2016

Mañana haré de Dios * Mariel Fini



Mañana haré de Dios y las soltaré. Revolotearán, dulces, cálidas en el sol del mediodía. Caerán una tras otra y detrás yo. Las veré irradiar como estrellas en la noche, brillarán sus cuerpos, antenas, aguijones.

Esas agujas enhebran hilos, como palabras, historias. Esas que teje un vándalo antes de cometer un crimen, aquellas recordadas en una hoguera y las que los presidiarios cuentan encerrados en su celda. Tejen, las abejas son grandes tejedoras. 

Fuimos amigas de niñas, una, para movernos, para correr, para vivir. Fuimos eso fulgor acrecentado, el mismo que reproduce el polen en el pasto, la aleación de metales. Fundidas.

Lunas y soles, solsticios, eclipses, ellas aglutinadas. Yo, bella y dorada. 

Radiante, al ser reflejada por la luna, me torné madre.

Al soltarlas me inundará la desdicha, mezclada de amor y odio.

Mañana haré de Dios. 

Soltaré. 









Mariel Fini, 2016.
Producido en los Talleres de SIempre de Viaje, a partir de la lectura de poemas de Sylvia Plath. Actividad realizada en el viaje al Festival Internacional de Poesía de Rosario.



martes, 18 de octubre de 2016

Lorena Suez * No hay miedo

No hay miedo
hace tiempo ya no hay ni siquiera frío
ya imaginé         
     los colores traslúcidos
     mi vuelo circular
     la copa de los árboles
no hay dolor
ya no duele casi nada aunque persista
una línea difusa
cierta inquietud que aún
sigue latiendo
una pregunta
¿me olvidarán?
¿vendrán a mi encuentro luego de odiarme
por soltar la última cuerda que me tenía temblando?
es en el vuelo
que puedo
la cama blanca está lista y mi siesta será buena
no sentiré nada
excepto
dolerme el amor 
amarme
en el fin.

Lorena Suez, producido en el Taller sobre Sylvia Plath en el viaje al Festival Internacional de Poesía de Rosario 2016.



miércoles, 12 de octubre de 2016

Vivo de casualidad * Juanpi Ortigosa


―Hoy sólo quiero una cosa, y sólo tú puedes dármela ―me miraba fijamente a los ojos, mientras me apuntaba a la cabeza. 
―¿De qué hablás? Tranquilizate y baja el arma, no hagas algo de lo que te vayas a arrepentir ―no sabía qué decirle. Nunca me había pasado algo así con mis experimentos.
―Me escapé anoche, mientras dormías. Vi todo, vi a mis hermanos y hermanas muertos, mutilados. ¿Por qué hiciste eso?― Su mano comenzaba a temblar, si no lo calmaba iba a terminar muerto.
―Yo no hice nada, no tenés hermanos, lo que viste no es lo que crees. Es todo un producto de tu imaginación, pasás demasiado tiempo solo. 
―¿Jamás dejás que nada se te escape y siga su curso normal? Mis hermanos querían vivir como yo, no merecían ser despreciados así.
―Está bien, perdoname, te ofrezco cualquier cosa, es lo que viniste a buscar, ¿no? Elegí, todo es tuyo. ―esperaba que la distracción funcionara. 
―Me da igual lo que sea, ¿no te das cuenta? Nos abandonaste, nos trataste como si fuéramos nada. Vas a pagar por eso ―esta era mi oportunidad. Salté encima de él, lo agarré de las piernas y lo tiré al piso, la pistola salió volando. Quedó inmovilizado.
―Tus hermanos, como los llamás, son simples cadáveres, restos que usé para fabricarte. Sólo tuviste suerte, deberías estar como ellos ―ya tenía todo controlado, iba a encerrarlo de nuevo y, con su ADN, crear uno mejor.
―La suerte no existe, vos me enseñaste eso ―sacó su brazo de debajo de mi pierna y me pegó en la cara, derribándome. Cuando abrí los ojos estaba delante de mí, apuntándome directo a la frente. 
―¿Qué vas a hacer ahora? sos una simple rata de laboratorio. No tenés futuro en este mundo ―era demasiado cobarde para disparar. 
―Puede ser, pero ahora soy libre, voy a poder hacer lo que quiera. Después de todo, estoy vivo de casualidad ―y, mientras sonreía más feliz que nunca, apretó el gatillo.




Juanpi Ortigosa, 2016.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje a partir de la intervención del poema "Un regalo de cumpleaños" de Sylvia Plath.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Quién es Ariel * Andrea Larrieu



¿De quién hablás?
Lo nombrás en el título, luego
versos estáticos
oscuros de la noche, 
pasan a un
azul sin sustancia
mar espumoso.

Es el espíritu del aire
ser mitológico
León de Dios.
Un sacrificio,
el tuyo
en el nacimiento de la palabra.

Es un caballo
corre
sombras oscurecen.
Es el tuyo,
pequeña niña que se mezcla 
con sus muslos y sus pelos
flecos de tus talones
Vértigo,  te sentís Godiva
te despelás
rememorando tu infancia.

Ahora lo sé.

Sos vos
Leona de Dios,
ser sagrado en busca de
Espíritu del aire
que calma y enciende la tormenta,
ignoras todo 
aunque el niño grite.
Flecha que se clava 
en la pared.

Despertás del sueño
el pasado y el presente mezclados,
como el trigo espumoso y el fulgor de los mares.
Quietud,
en el rocío de la mañana
el impulso.
Tu yo
solo mira
la pared como hoja blanca.


Andrea Larrieu, 2016.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje a partir del Club de Lectura de Sylvia Plath.



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Palabras oídas casualmente por teléfono * Sylvia Plath



Oh, este lodo, este lodo, ¡Fluyendo a mares!
Espeso como un café extranjero, y a un ritmo tan moroso.
¿Diga, diga? ¿Quién es?
Éste es el ritmo del intestino, tan amante de lo digerible.
Es él quien ha articulado estas silabas.

Pero ¿qué significan estas palabras, estas palabras
que borbollan como el lodo?
Oh, Dios, ¿Cómo voy a limpiar luego la mesilla del teléfono? Si no paran
de fuir de los miles de agujeros del auricular, buscando quien las escuche.

¿Él está ahí?

Ahora la habitación es un siseo continuo. El aparato
retira su tentáculo.
Pero la freza que deja penetra mi corazón. Sus huevas son fértiles.
Embudo de estiércol, embudo de estiércol:
Eres demasiado grande. ¡Deberían retirarte del mercado!

11 de julio de 1962.




Sylvia Plath.



domingo, 4 de septiembre de 2016

Los cazadores de conejos * Federico Castro Walker


Armé la última trampa en el borde del acantilado. Tal como había hecho las otras. Tal como hice siempre. Tal como me enseñaron mi padre y mi abuelo. Ascendí por la ladera tapizada de hojas secas. Desistí de encender la pipa. No quería prevenir a los conejos y desperdiciar el esfuerzo. Me ubiqué en un lugar contra el viento que venía del mar, para evitar que me olieran.
Después de un largo rato oí ruidos, que al acercarse sonaron para mi decepción como pasos descuidados de extraños, no de mi gente. Antes de verlos, escuché una voz femenina, demasiado fuerte, con acento foráneo. La vi aparecer con niños de la mano. Detrás, un hombre caminaba junto a una pequeña. 
Di un paso atrás aprovechando mi vestimenta y la sombra del bosque para hacerme invisible. Los observé mejor, era una familia para las fotografías. Los hijos hermosos, la madre bella y el padre alto, viril. Tenían el aspecto general de los turistas. Cuando él habló, sin embargo, escuché una pronunciación más familiar, de las ciudades cercanas.
Algo cambió en la mujer, que comenzó a gritar y agitar los brazos. Los niños se alarmaron. Miraban al padre, que parecía desconcertado. Ella señalaba, tapándose la boca, la última trampa. Una yankee delirante, pensé. No podía hacer semejante espectáculo por eso. No tenía derecho a espantar mi comida, mis pieles. El marido, sin éxito, intentaba calmarla. Los chicos lloraban. No se cómo, la mujer comenzó a descubrir y deshacer cada una de las trampas cercanas.
Estaba tentado de salir de mi escondite para que las cosas volvieran a la normalidad cuando reparé en los ojos desorbitados de ella. Tenían algo decididamente conocido. Un brillo. Desasosegado. Que yo había contemplado mil veces. No en miradas humanas, no. En las pupilas de los conejos atrapados. Sentí descender sobre mí una tristeza somnolienta.
Por fin cedió el ataque de la mujer. Dejó de llorar, se compuso el peinado y la ropa. Los niños la abrazaron. Me alivié.
Vi también algo familiar en los gestos de mudo reproche y paciencia del marido. En el modo de acercarse a ella y guiar a los hijos. Mis propios gestos. Los de preparar las trampas. Ese cuidado frío para crear el escenario exacto, invisible, fatídico. Me imaginé aprendiz ante un hechicero poderoso. Quedé congelado. Entendí su artilugio, armado, no con estacas, alambre y lazos de cuero, sino de palabras, rutinas y necesidades infantiles. Pensé en una casa perfecta como ellos, pozo de la trampa que el cazador manejaba desde las sombras.
Sentí piedad de la mujer. Asco de mi oficio.
Terror del hombre. 



Federico Castro Walker, 2016.
Producido en el Club de Lectura de Siempre de Viaje a partir de un poema de Sylvia Plath y otro de Ted Hughes. 


domingo, 28 de agosto de 2016

Un regalo de cumpleaños * Sylvia Plath



¿Qué es lo que oculta ese velo? ¿Es algo bonito o feo?
Eso que brilla tanto, ¿tiene pechos? ¿Tiene filos?

Seguro que es algo único. Seguro que es justo lo que quiero.
Mientras cocino tranquilamente, noto su mirada, escucho lo que piensa:

“¿Es esta la persona ante quien debo aparecerme?
¿Es esta la elegida, la de las ojeras negras y la cicatriz en la cara?

¿La que ahora está pesando la harina, quitando lo que sobra,
ajustándose a las reglas, las reglas, las reglas?

¿Es esta la destinataria de la anunciación?
¡Dios! ¡Qué risa me da!”

Sea lo que sea, no para de brillar, y hasta creo que me quiere.
No me importaría que fuesen huesos, o un broche de perlas.

Aunque, la verdad, no espero mucho del regalo de este año.
Después de todo, estoy viva de casualidad.

De buena gana me habría matado aquella vez, de una u otra manera.
Y ahora está ese velo ahí, ondulando y refulgiendo como un telón,

como la cortina de satén translúcido de una ventana de enero,
reluciente como las sábanas de un niño, centelleando con su aliento letal. ¡Oh, marfil!

Debe de haber un colmillo ahí detrás, una columna fantasma.
Aunque me da igual lo que sea, ¿no te das cuenta?

¿Por qué no me lo das de una vez?
No te avergüences: no me importa que sea pequeño.

No seas tacaño: a mí no me espanta la enormidad.
Sentémonos a admirar, uno a cada lado, su destello,

su relumbrante esmalte, su espejeante variedad.
Tomemos nuestra última cena en él, como en un plato de hospital.

Ya sé por qué no quieres dármelo:
tienes pánico
de que el mundo entero estalle en un grito, y tu cabeza de tirano
esculpida en relieve, fundida en bronce, como un escudo antiguo,

esa maravillosa herencia para tus biznietos, estalle con él.
No temas: eso no va a ocurrir.

Me limitaré a cogerlo y a apartarme en silencio.
Ni siquiera me oirás abrirlo: no sentirás crujir el papel,

caer el lazo, ni chillaré al final -suponiendo
que me tengas por una persona tan discreta, que no lo creo.

Si al menos comprendieras que este velo está matando mis días.
Para ti es sólo una transparencia, aire puro.

Pero, Dios, las nubes parecen de algodón:
Hay un ejército de ellas. Son monóxido de carbono.

Suave, suavemente lo aspiro,
llenando mis venas con ese millón de invisibles

pero probables partículas que perturban los años de mi vida.
Te has vestido de gala para la ocasión. Ah, máquina calculadora,

¿jamás dejas que nada se te escape y siga su curso normal?
¿Siempre tienes que estampar todo en púrpura,

matar todo cuanto puedes?
Hoy sólo quiero una cosa, y sólo tú puedes dármela.

Está ahí, junto a mi ventana, tan grande como el cielo.
Respirando desde mis folios, ese frío punto muerto

en que las vidas derramadas se congelan y atiesan para la historia.
Que no llegue por correo, por favor, pedazo a pedazo.

Que no pase de boca en boca, pues me darían los sesenta
cuando lograra juntarlo todo, y ya no estaría en condiciones de usarlo.

Basta con que retires el velo, el velo, el velo.
Si lo que oculta es la muerte,

aceptaría su profunda gravedad, sus ojos atemporales.
Y sabría que eres serio.

Habría cierta nobleza en esto, habría un día de cumpleaños.
Y el cuchillo, en vez de cortar, penetraría

puro y limpio como el chillido de un niño,
haciendo que el universo se escabullese de mi costado.


30 de septiembre de 1962.


Sylvia Plath






domingo, 21 de agosto de 2016

El ojeador de conejos * Sylvia Plath


Aquél era en un lugar de poder:
El viento me amordazaba con mi propio cabello,
Arrancándome la voz, y el mar
Me cegaba con sus luces, mientras las vidas de los muertos
Se desplegaban en él, expandiéndose como el aceite.
Allí degusté la malignidad del tojo,
Sus negras espinas,
La extremaunción de sus yaros amarillos,
Eficientes, tremendamente hermosos,
Y extravagantes como la tortura.
Tan sólo había un sitio adonde ir.
Cociendo a fuego lento, perfumados,
Los senderos se iban estrechando hasta la hondonada.
Y los cepos parecían casi como anularse
A sí mismos: ceros que, sin haber capturado nada,
Yacían arracimados, como contracciones de parto
La ausencia de chillidos
Formaba un hueco en aquel día caluroso, un vacío.
La luz vidriosa era un muro transparente,
Los matorrales guardaban silencio.
Yo me sentía presa de un afán calmo, de un propósito.
Sentía unas manos asiendo una taza de té, apagadas, insensibles,
Cercando la porcelana blanca.
¡Ellas le estaban aguardando, esas pequeñas muertes!
¡Y cómo! Excitándole como muñecas seductoras.
También nosotros teníamos una relación:
Cables tensados entre nosotros, estacas demasiado profundas
Como para poder arrancarlas, y una mente como un anillo
Corredizo, cerrado sobre algo veloz,
Cuya constricción también me mataba a mí.

Sylvia Plath.

jueves, 11 de agosto de 2016

El Dios Abeja * Ted hughes



Cuando quisiste abejas nunca pude imaginar
que eso significaba que tu Papá surgía del pozo.

Fregué la vieja colmena y tú la pintaste,
blanca, con flores y corazones carmesí y azules pájaros de dicha.

Así te convertiste en la abadesa
del convento de las abejas.

Pero cuando te pusiste tus distintivos blancos,
el velo, los guantes, no pude adivinar que se trataba de boda.

Aquel tiempo de mayo, en el huerto, aquel verano,
los castaños cálidos, temblorosos, se inclinaron hacia nosotros,

sus grandes y enguantadas manos haciendo de nuevo su ofrenda
que nunca supe cómo aceptar.

Pero tú te inclinaste sobre tus abejas
como te inclinabas sobre tu Papá.

Tu página un oscuro enjambre
agarrado por una flor iluminada.

Tu Papá y tú en el corazón del enjambre
pesabais cobre tu cuello delgado.

Vi que te había dado algo
que te raptó en una nube de guturales-

La tormentosa nube de tus yoes
inclinándose en tu melena dorada.

No querías que me marchara pero tus abejas
tenían sus ideas propias.

Querías la miel, querías aquellas grandes flores
cuajadas como la leche primera, y también la fruta como los bebés.

Pero el orden de las abejas era geométrico-
Los planes de tu Papá prusianos.

Cuando la primera abeja tocó mi pelo
tú ya mirabas la gruta del trueno.

Aquella exploradora se enmarañó, luchó y picó-
Marcaba un objetivo.

Y fui alcanzado como una liebre, con un tiro en la cabeza,
por silbantes balas planas iluminadas por el sol,

mientras las abejas implantaban sus voltios, sus electrodos de choque,

en el logrado objetivo.

Tu rostro quería salvarme
de lo que estaba decidido ya.

Te precipitaste a mí, apartando el velo de la edad del sueño,
quitándote los guantes a prueba de fantasmas.

Pero mientras estuve ahí, donde creía estar a salvo,
quitándome del pelo a zarpazos

pegajosas abejas destripadas,
otra abeja solitaria, como una flecha ciega,

planeó por lo alto de la casa y lanzándose en picado
se encerró en mi frente reclamando que viniera

más ayuda, que vino-
Fanáticas de su Dios el Dios de las Abejas,

tan sordas a tus súplicas como las estrellas inmóviles
en el fondo del pozo.




Ted Hughes, Cartas de cumpleaños.






jueves, 28 de julio de 2016

Ted Hughes + Sylvia Plath + Metáfora * Club de Lectura de Agosto




Coordinación: Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje

Tel.: 4867-5964 

miércoles, 27 de julio de 2016

Espejo * Sylvia Plath




Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto ha que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan
sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja.

Sylvia Plath, Cruzando el océano.
Traducción de Jesús Pardo.




I am silver and exact. I have no preconceptions.
What ever you see I swallow immediately
Just as it is, unmisted by love or dislike.
I am not cruel, only truthful—
The eye of a little god, four-cornered.
Most of the time I meditate on the opposite wall.
It is pink, with speckles. I have looked at it so long
I think it is a part of my heart. But it flickers.
Faces and darkness separate us over and over.
Now I am a lake. A woman bends over me,
Searching my reaches for what she really is.
Then she turns to those liars, the candles or the moon.
I see her back, and reflect it faithfully.
She rewards me with tears and an agitation of hands.
I am important to her. She comes and goes.
Each morning it is her face that replaces the darkness.
In me she has drowned a young girl, and in me an old woman
Rises toward her day after day, like a terrible fish.