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lunes, 19 de febrero de 2018

Carnet de Ventanilla * Alfonsina Storni



Viaje. Esperanzas. Un camarote de cuatro personas. Una sola. Más vacío el vacío; más deseado lo deseado.

*

Pulverizar el miedo: he aquí el más alto objetivo pedagógico.

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Miedo a lo desconocido: instinto de conservación que se repliega al hombre y a la bestia en sus guaridas y los aplasta contra el suelo.

* 

Casas de ladrillo sumarias del campo argentino: cubos con una boca, semejantes, en su disposición, a los animales que inician la escala zoológica.

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Más bella la pampa si manchada de pastos amarillos

*

Siempre una vaca en el campo le quita toda malicia. Y una oveja lo hace tierno.

*

Este es el maíz, el vital maíz que la civilización nos devuelve en un carro para ser servido con una banana frita y un pollo estilizado.

*

Después de catorce horas de tren todavía Provincia de Buenos Aires.

*

Pastos duros; tierra blanquecina... ¡Unas garzas rosadas, unas garzas rosadas, unas garzas rosadas!... Y en su laguna.

*

Si quieres ser un verdadero San Francisco de Asís, vente a Ingeniero Jacobacci en un día patagónico y llámale hermano al papel quemado que revuela.



Alfonsina Storni.
Extraído de Carnet de ventanilla (De Buenos Aires a Bariloche).




martes, 6 de febrero de 2018

Jack Kerouac * Verano en el taller



Y el barco zarpa a plena luz del día, desolado y triste, con un incomprensible tintineo en la sala de máquinas, largando humo, virando suavemente la popa para orientar al gigante sepultado en el agua hacia el mar abiero, la eternidad, las estrellas, la noche rosada de Manzanilla – bahías de pescadores, misterios, noches de opio en los reinos de las casas de pensión, las calles estrechas del kurdo. – De pronto, Dios mío, uno se da cuenta de que miraba algunos inmóviles puntitos blancos en cubierta, cerca de la cabina, y allí están... el abigarrado personal de cocuna en uniforme blanco; estuvieron ahí todo el tiempo, quietos, como partes fijas del barco. – Es la hora después de la cena; el resto de la tripulación, satisfecha, se queda dormida en sus literas vacilantes – espectadores inmóviles del mundo mientras se deslizan fuera del Tiempo; nadie que observe atentamente el barco puede engañars: son humanos, son los únicos seres vivos a la vista. – Chicos mahometanos, monstruosos esclavos del mar que espían enfundados en sus necios trajes – negros con gorros de cocinero que coronan la torturada frente negra – apoyados en los tachos de basura de la eternidad de los fellaheen latinos descansan y dormitan en la quietud del mediodía. – Y las gaviotas insanas caen como caería un gris e inconstante sudario. 


Jack Kerouac, Viajero solitario.



viernes, 19 de enero de 2018

De viaje con Herzog



Hasta qué punto nos hemos convertido en los autos en los que vamos sentados es algo que se ve en las caras. La tropa descansa con la pierna izquierda sobre el follaje podrido. Se me impone el endrino, quiero decir como palabra: endrino. Pero en vez de eso yace ahí la llanta de una bicicleta, sin cámara, con corazones rojos pintados alrededor. Por las huellas veo que en esta curva se han extraviado algunos autos. Pasa caminando un hostal de montaña, grande como un cuartel. Hay allí un perro, un monstruo, un ternero. Enseguida sé que me va a atacar, pero por suerte se abre la puerta y el ternero la atraviesa en silencio. Entran en cuadro las piedritas, luego se pierden bajo las suelas, delante de las cuales podían observarse movimientos en la tierra. Chicas menores de edad en minifaldas terminan de arreglarse para subirse a ciclomotores de otros chicos menores de edad. Dejo pasar una familia; la hija se llama Esther. Un campo de trigo no cosechado, invernal, ceniciento, que crepita, y sin embargo no hay viento. Es un campo llamado Muerte. Encontré en el piso un pedazo de papel artesanal blanco, empapado de humedad, y lo levanté, ávido por poder leer algo en la cara que estaba apoyada sobre el campo mojado. Sí, estaría escrito. Ahora que el papel está vacío, ninguna decepción. 




Werner Herzog, fragmento de Del caminar sobre el hielo (1974).



jueves, 4 de enero de 2018

Cielo vivo * Federico García Lorca




Yo no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba.
Cerca de las piedras sin jugo y los insectos vacíos
no veré el duelo del sol con las criaturas en carne viva.

Pero me iré al primer paisaje 
de choques, líquidos y rumores 
que trasmina a niño recién nacido 
y donde toda superficie es evitada,
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Allí no llega la escarcha de los ojos apagados 
ni el mugido del árbol asesinado por la oruga.
Allí todas las formas guardan entrelazadas 
una sola expresión frenética de avance.

No puedes avanzar por los enjambres de corolas 
porque el aire disuelve tus dientes de azúcar, 
ni puedes acariciar la fugaz hoja del helecho 
sin sentir el asombro definitivo del marfil.

Allí bajo las raíces y en la médula del aire, 
se comprende la verdad de las cosas equivocadas.
El nadador de níquel que acecha la onda más fina 
y el rebaño de vacas nocturnas con rojas patitas de mujer.

Yo no podré quejarme 
si no encontré lo que buscaba;
pero me iré al primer paisaje de humedades y latidos 
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Vuelo fresco de siempre sobre lechos vacíos,
sobre grupos de brisas y barcos encallados.
Tropiezo vacilante por la dura eternidad fija 
y amor al fin sin alba. Amor. ¡Amor visible!


                                  Edem Mills, Vermont, 24 de agosto de 1929




Federico García Lorca, Poeta en Nueva York.






domingo, 31 de diciembre de 2017

El trayecto es recto * Werner Herzog




El trayecto es recto; cuando sube por las colinas, va derecho hacia las nubes. Grandes campos vacíos; los autos andan por la ruta como succionados. Poco después de Piney me controlaron unos policías asombrados, que no me creían una sola palabra y ya me querían llevar con ellos en el patrullero. El entendimiento llegó recién  por medio de la ciudad de Munich. Dije Oktoberfest y uno de los policías había estado ahí alguna vez y se acordaba de la palabra glockenspiel y de la palabra marienplatz, las sabía decir en alemán. Después me dejaron en paz. Desde muy lejos, desde una colina, vi Troyes. Luego unas grullas me pasaron volando en perfecta formación. Volaban en contra del fuerte viento, apenas un poco más rápido que yo a pie. Eran veinticuatro, grandes, grises y de vez en cuando una emitía un chillido ronco. 


Werner Herzog, fragmento de Del caminar sobre hielo.