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domingo, 31 de diciembre de 2017

El trayecto es recto * Werner Herzog




El trayecto es recto; cuando sube por las colinas, va derecho hacia las nubes. Grandes campos vacíos; los autos andan por la ruta como succionados. Poco después de Piney me controlaron unos policías asombrados, que no me creían una sola palabra y ya me querían llevar con ellos en el patrullero. El entendimiento llegó recién  por medio de la ciudad de Munich. Dije Oktoberfest y uno de los policías había estado ahí alguna vez y se acordaba de la palabra glockenspiel y de la palabra marienplatz, las sabía decir en alemán. Después me dejaron en paz. Desde muy lejos, desde una colina, vi Troyes. Luego unas grullas me pasaron volando en perfecta formación. Volaban en contra del fuerte viento, apenas un poco más rápido que yo a pie. Eran veinticuatro, grandes, grises y de vez en cuando una emitía un chillido ronco. 


Werner Herzog, fragmento de Del caminar sobre hielo.

lunes, 5 de octubre de 2015

Movimiento circular * Federico Castro Walker

 Movimiento circular

Movimiento circular de la rueda que en el camino pisa una piedra lanzándola con mano invisible.
Del engranaje con palas que levantan tierra y la tiran a un conteiner cuando dan la vuelta.
De arrojar la bocha en el patio o en el bowling.
De pegarle a la bocha con un palo en 2, 3, 4 deportes.
Del nunchaku que maneja el experto y ¡qué miedo!, el inexperto.
Del lanzador de disco y de martillo.
Del que nada hacia adelante.
Del contrario que nada de espalda.
Del atleta que trota largo y alto antes del salto imposible.
Y en el salto ornamental desde la altura hacia el agua, todo el cuerpo convertido en una sola extremidad compleja cuyos ojos ven al mundo moverse hacia todas partes a la velocidad de la luz.
Del mago que presenta la ilusión.
Del búmeran sobre sí mismo y recorriendo una órbita.
De la espada cantando antes del combate.
De las boleadoras antes y después de ser arrojadas.
Del latigazo por el animal que se cree superior al humano que lo padece.
De la guadaña que siega la hierba y, cada tanto, al injusto.
De la mano zambullida como cuenco en el agua. Que vemos subir sin apuro y dar la vuelta. Y, como suspendida, arrojar una lluvia desde arriba, sobre el rostro hermoso de su dueña.
Del yin y el yan evocados por el artista marcial trazando curvas con veinte dedos. Todo su cuerpo en danza con enemigos imaginarios.
Y de los óvalos en progreso traídos por los brazos de la bailarina, dibujados en el aire por sus manos. Búsqueda a tientas.


Federico Castro Walker, 2015.
Texto producido en los talleres de Siempre de Viaje.




martes, 28 de julio de 2015

Sol Orozco * surrealismo



La playa esta tan lejos y yo descalza y ese auto del orto que tapa al mar y a mí misma por qué me baje descalza y encima esta mierda que no para tengo al pez y se ahoga no llego más el mar negro que fue verde y había piedritas de colores que juntábamos en la lata de Coca Cola mira papá tengo una verde las verdes son las más raras y ahora este mar negro, que me come que me hunde que me arrastra hacia abajo hacia los corales que me cortan el pie no puedo ponerme el zapato no puedo apoyar el pie en el piso suena La Cumparsita y no puedo apoyar el pie delante del otro pie para llegar a la orilla el pez ya no se mueve creo que está muerto pero no lo suelto hacerle respiración interbraquial porque ellos no respiran yo no respiro aguanto la respiración llega otra ola la tabla me tira hacia atrás esta tan lejos el mar estas tan lejos acá al lado mío en la cama, me hundo en la memory foam que vale una fortuna y me llena de infortunios y ahora quiero otra cama pero con vos pero no se puede así no dice la tía Nereida bajate del techo que

Sol Orozco, 2015.
Texto producido en los talleres de Siempre de Viaje a partir de un ejercicio de surrealismo.


miércoles, 15 de abril de 2015

La pereza - Henri Michaux en el Club de Lectura

La pereza

El alma adora nadar.
Para nadar es preciso extenderse sobre el vientre. El alma se disloca y huye. Huye nadando. (Si vuestra alma huye cuando os encontráis de pie, o sentados, o con las rodillas o los codos doblados, para cada posición corporal diferente el alma partirá con un modo de andar y una forma también diferentes; esto lo estableceré más tarde).
Se habla a menudo de volar. No es eso. Lo que hace el alma es nadar. Nada como las serpientes y las anguilas; nunca de otro modo.
Numerosas personas tienen así un alma que adora nadar. Se las denomina vulgarmente perezosas. Cuando el alma a través del vientre abandona el cuerpo para nadar, se produce una liberación tal de no sé qué; es como un abandono, como un goce, como una relajación tan íntima...
El alma va a nadar en la caja de la escalera o en la calle, según la timidez o la audacia del hombre, pues siempre guarda un hilo entre ella y él, y si este hilo se rompiese (es a menudo muy delgado aunque se precisaría una fuerza espantosa para romperlo) sería terrible para ambos (tanto para ella como para él).
Cuando se encuentra pues el alma nadando a lo lejos, gracias a este simple hilo que liga al hombre con el alma, se derraman volúmenes y volúmenes de una especie de materia espiritual, como el barro, como el mercurio o como el gas -goce sin fin.
Por eso el perezoso vuélvese cerril. No cambiará nunca. Por eso es también que la pereza es la madre de todos los vicios. ¿Hay acaso algo más egoísta que la pereza?
La pereza tiene también fundamentos que el orgullo no posee.
Pero siempre la gente se encarniza con los perezosos.
Cuando están recostados los golpean, les echan agua fría sobre la cabeza; no les queda otra cosa que apresurarse a hacer regresar su alma. Os miran entonces con esa mirada de odio tan conocida y que observamos particularmente en los niños..

Henri Michaux 




Club de Lectura de Siempre de Viaje
Coordinación: Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964


miércoles, 25 de marzo de 2015

Club de cuentos SV - para los más chicos


CLUB DE CUENTOS SV
La propuesta de Siempre de Viaje para los más chicos
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
Coordinación: Gabriela Tavolara
Dirección General: Karina Macció
@siempre_deviaje

Tel.: 4867-5964 // 11 50 56 36 95 

jueves, 12 de marzo de 2015

Minuto de Terror * Marcela Manuel



He cruzado océanos de tiempo
y he llegado, así
rata, pestilencia, lodo, furia
                                           
                                            He sentido siglos de hambre
                                            y he vivido, así
                                            triste, escuálida, insecto, bruma
                                            Llévame
Ven, clavaré en tu cuello
mis colmillos
en tu cuerpo todo
y entraré despierto,
al sinfín de tus sueños.


Marcela Manuel, 2015.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje.



domingo, 22 de febrero de 2015

Juan Castro Walker * Caligrama


Caligrama en diez minutos por Juan Castro Walker. 
Producido en los talleres de Siempre de Viaje.

PARADOJAS VANGUARDISTAS: FUTURISMO / DADAISMO
Coordinación: Eugenia Coiro
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje

Tel.: 4867-5964 

sábado, 31 de enero de 2015

Un hombre que duerme * Georges Perec * Club de lectura

Georges Perec adaptó su novela para esta película, dirigida por Bernard Queysanne, protagonizada por Jacques Spiesser y narrada por Ludmila Mikaël.  




CLUB DE LECTURA DE SIEMPRE DE VIAJE
Coordinación: Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje

Tel.: 4867-5964 




viernes, 23 de enero de 2015

un silencio baboso - carolesta


un silencio baboso
húmedo
pesado
gordo
como tu dedo
hundido en mi ombligo.








carolesta, 2015.

NIcholas Nixon

martes, 20 de enero de 2015

Muy temprano en la mañana * Gervasio Monchietti


Muy temprano en la mañana
nubes bajas
y los primeros pájaros del día

quisiera envejecer así
con la armonía cautelosa
y flexible de los gatos

unos mates, algo de fruta
ver el sol y su ascenso
entre las montañas, como tiñe

el brillo que se esconde entre las líneas
una pausa
lejos del murmullo

te miro en paz y entiendo todo
las premoniciones, los cataclismos,
menos los años por venir

en la noche hay una vela que enciende
un círculo de luz suficiente
para mirar las constelaciones

estrellas y luciérnagas
se parecen en el titilar
y sonreímos un poco tímidos

hasta que la vela se consume
en el encanto secreto de una melodía
tan antigua y sin embargo tan certera

hay días en que sueño con estrellas y paracaídas
y tu sonrisa 
llevándome cerca del mar

y hay días en que olvido lo que sueño
y me invento 
un patio, un animal


Gervasio Monchietti, 2014.





sábado, 17 de enero de 2015

viernes, 16 de enero de 2015

Krav Magá - Ricardo Czikk



KRAV MAGÁ


Se puso en marcha en aquella avenida del Sur Violento. La brisa corría calurosa en la tarde de marzo, cuando el sol pega fuerte y no hay un lugar donde esconderse. Las vacaciones ya se habían despedido hasta el año siguiente y sólo restaba la Semana Santa, cuando las rutas se tornan un tormento para quienes deciden estirar el airecito estival en fuga. Pero, él odia con vehemencia esas escapadas.
Quería tomarse un taxi y de haber llamado a uno, habría llegado inmediatamente, aunque esperarlo en la planta baja del edificio implicaba el riesgo de cruzarse con algún conocido y no estaba para dar explicaciones; podía mentir sobre el motivo de la visita, pero su dolor de cabeza le decía que ése no era el mejor día para agregarse más tensiones.
La camisa mojada se le iba adhiriendo insidiosamente a la espalda. Avanzaba cansino, casi pegado a la pared, como evitando derretirse más aún. Entre afiches descascarados y grafittis inentendibles escritos en gótica, descuidados como todo en aquella zona, caminaba de tal manera que parecía un alma en pena.
En el café de la siguiente cuadra, pudo ver a un parroquiano solitario; medio desdentado, con la camisa de mangas cortas, raída y de color indefinible, estaba acodado mirando a la nada, el diario al costado. Ignoraba los titulares catastróficos: Sigue el despiadado ataque de Israel.
Aquella escena le recordó que quería tomar algo. Si bien estaba húmedo por fuera, la sequedad interior sintió que le estaba por quebrar los sesos. Cuando siente tanto calor, le viene una imagen del desierto al sur del río grande: cactus, tierra sedienta de agua y calaveras de los inmigrantes ilegales, los espaldas mojadas. Decidió entrar en el bar, aunque con las precauciones del caso. Miró cauto en todas las direcciones. No había entrenado tantos años Krav Magá para nada. La defensa personal comienza con el estado alerta, advertía Rafael, el profesor formado en el ejército israelí. Da un trescientos por ciento de ventaja avistar con anticipación a los potenciales atacantes. Estaba claro que nada lo podía inquietar de aquel panorama: el dueño del bar parado en la barra, más atento a las cuentas desparramadas sobre la superficie amarillenta, que a otra cosa; por detrás en la cocina se podía ver apenas a un joven lavando platos y tazas y por fin aquel parroquiano, moviendo sus resecos labios que murmuraban palabras susurradas. Entonces decidió que pasaría al baño. No era tan espantoso como imaginaba, si bien era estrecho, algo oscuro y por supuesto bastante caluroso, húmedo, no tenía ese olor acre y fuerte tan característico de días como esos. Se alegraba de no llevar valija o algún bolso para no tener que apoyar nada en el piso húmedo. Giró hacia el mingitorio y cuando había comenzado a bajarse el cierre del pantalón, pudo escuchar el giro seco de la llave de la puerta, la señal inconfundible de haber quedado encerrado. El terror le quitó las ganas, volvió arriba el cierre en un segundo y se tiró con todo el cuerpo sobre la manija de la puerta. Empezó a moverla, pero era inútil. No se movía ni un milímetro. Un mareo lo sacudió, el espacio comenzó a girar sobre él y pronto empezó a sentir el corazón que se le salía por la boca.
Maldita puta suerte, maldito el momento en el que se me ocurrió entrar en este bar de mierda. No puede ser que esté cerrado, tiene que haber un error, me falta el aire y voy a reventar. Mejor respiro despacito, calmate, dale, esto va a pasar, tiene que haber un error, seguro que el dueño se olvidó de que yo había entrado, porque claro, no dejé nada sobre ninguna mesa, qué boludo tendría que haber hecho eso, o al menos haber saludado más amablemente, pero con este fantasma de ver enemigos por todas partes, puta con Rafael que se la pasa metiéndonos esa manía persecutoria, si al menos me sirviera para algo no estaría acá encerrado, me falta el aire igual, está dura la manija. Ábranme, ya, no puede ser, alguien se confundió. Voy a tirar abajo la puerta si no me abren…
Cómo una ráfaga de metralla, le llovieron sensaciones, imágenes y recuerdos de la semana que estaba terminando en ese viernes agobiante.
Había comenzado el lunes con aquel sobre grande y blanco, sin remitente, sobre su escritorio. En aquel momento había sentido que estaba sólo ante el prólogo de algo, un signo que inmediatamente lo puso en guardia. Un mal augurio, había pensado. Una semana pésima estaba por comenzar y la inquietud no lo abandonaba. Sabía quién se lo había enviado, aunque no podía dejar de mirar para todos lados –como pidiendo excusas, como si él mismo hubiera cometido un crimen- y por ello mismo no se animaba a abrirlo. Sí, venía de Alfredo, aquel gerente a quien repetidamente le había advertido sobre sus modos violentos. Le había implorado que no tratara a la gente de aquella manera: a los gritos, insultando, denigrándolos, asediándolos con correos electrónicos en medio de la noche y tratándolos de inútiles mientras les arrojaba los papeles en la cara. Tomó el sobre en la mano, percibió que adentro había algo liviano y sólido, pero no podía adivinar su contenido. Se sintió obligado a salir a tomar aire. Salió disparado al ascensor, pero prefirió bajar por las escaleras. Apenas pasó la puerta, volvió a sentir el abrazo de la bocanada de calor. El corazón le latía rápido. El último ataque de pánico le había implicado aquella medicación que le secaba la boca, de la cual dependía. No quería volver a enfrentar aquella espantosa sensación. Se decía que estaba pagando un precio demasiado alto por tan poco: un gerente como Alfredo, un psicópata, es cierto, pero nada que temer, como para ponerse tan mal, aunque claro, la ominosa sensación no aflojaba y lo ahogaba. Le había explicado y advertido a Alfredo, que de aquella manera complicaba el clima de trabajo, que ponía a los empleados en guardia, provocando que se fueran y no quisieran volver, que terminaba afectando aquello que más le importaba: la plata y los resultados. Había pensado, había creído que iba a poder, pero sentía que estaba perdiendo por goleada.
En ese recorrido de imágenes y a la misma velocidad con que se había disparado el pánico inicial, quedó congelado. Tenía la mano en la manija de la puerta. Quería forcejear, pero estaba inmóvil, transpiraba frío, mientras los cachetes le quemaban como si le estuvieran prendiendo una hornalla de la cocina en la cara, igual que cuando la abuela quemaba los pelitos del pollo antes de cocinarlo. No podía hacer nada, y le vino la imagen del auto por la avenida.
¿Me habrá parecido o me perseguían? ¿Me estaré volviendo loco? Era un auto oscuro, los de adelante no sé quiénes eran, pero juraría que ella estaba sentada atrás. Sí, se parecía demasiado a Clara, pero no, no, es imposible. La dejé sin darle demasiado aviso, sí, es cierto, fue de sopetón. Me tendría que haber entendido ella, yo estaba asustado. Me pareció que se había dado cuenta J. que era de las esposas que una vez resentidas, son peores que Medea. Tampoco estaba para darme el lujo de andar por los hoteles de San Telmo, enroscado como loco con una empleada de mi corporación. Pero ella, aunque también casada, ni se inmutaba. Quizá fuera de las que una vez traspuesta la barrera, están tranquilas de conciencia porque lo hacen para darse un gusto, sin pizca de revancha hacia sus maridos. Pero no era mi caso. Yo sí estaba enojado con J.
Entonces, ¿ella vuelve para vengarse?, quiere que confiese, quiere que vaya de nuevo a su cuerpo. No sé. Me persigue la mugre que veo por todas partes. Este baño y yo somos lo mismo. Vivo los últimos meses queriendo demostrar que Alfredo es un hijo de puta, pero yo ¿no seré un poco igual a él?, ¿si sobreviví en la misma empresa, no habrá sido gracias a cierta capacidad de manipular?
Volvió a gritar, esta vez implorando que le abrieran. No hubo respuesta. Probó de nuevo, pero esta vez con una puteada, que subió de tono. De repente giró la cabeza y pudo ver encima del inodoro una ventanita, pequeña pero suficiente para espiar y pedir ayuda, eso pensaba. Cerró con bronca la tapa del inodoro y rápido como un gato se trepó. Al agarrarse del marco de la ventana notó lo grasosa y pegajosa que estaba. Le faltaban años de limpieza, de alguien que dedicara unos minutos a pasar un trapo. Jaló de la barra de color amarillo vetusto con óxido a la vista, pero se trababa. De un tirón terminó cediendo. Entonces consideró que la mejor forma de entrar al otro lado era ladear la cabeza hacia la derecha, dejando al ojo izquierdo recorrer el patio interno que se comenzaba a ver. Empezó a escanear lentamente, tratando de entender más, de hallar significantes que le abrieran alguna comprensión sobre lo que estaba viviendo. Atisbó unas botellas de vidrio y otras de plástico, todas  desparramadas. Más allá latas grandes de pintura apiladas irregularmente, algunas chorreadas de blanco y otras de azul. Cajas de sodas marca Siffredi, muchas con la carcasa de plástico azul desgastada. En todo se apreciaba suciedad, acumulación y una desidia que él creía característica de aquellos barrios meridionales de la ciudad.
Se encontró de repente con unos bustos, sí, unos bustos sobre pedestales, algo definitivamente llamativo para ese entorno. Había los enteros, incólumes y erguidos; estaban luego uno o dos a los que les faltaban brazos. Era como visitar el Partenón o Efeso, y ver un ágora, pero de escala menor. Uno de ellos atrajo mucho su atención. Había algo en el contorno de sus pechos, como una emanación que venía de allí que lo incomodaba, que le hacía sentir aún peor de lo que ya estaba. Comenzó a sentir náuseas. Quizá era el olor que empezaba a penetrarle, era acre, era olor a sucio, eran años de mugre
Se quedó así un largo rato y mientras miraba, empezó a recrear en su mente la escena del sobre. Pasado el casi ataque de pánico, había podido regresar a la oficina, lo guardó rápido en su valija, y sólo lo abrió al llegar a su casa a la noche. Adentro había una copia de Steve Jobs, la película.
Despachó a los chicos al play room, les pidió que lo dejaran solo y se estiró en el sillón del living con un vaso de vino. Sintió enseguida estar ante un clásico producto de Hollywood, en que destituyen y restituyen héroes con maestría sin par, cuando critican al sistema sin dañar su estructura. Alivian tensiones, a través de edulcoradas versiones del mal (el cual es siempre extranjero o trabaja para aquel). Steve J. es un inconformista que mal-trata, pero lo hace para alcanzar el Bien. Demuestra que en la búsqueda de la perfección, hay que eliminar a los inservibles, quienes merecen ser expulsados. Más tarde comerá frío el plato de la venganza, cuando haga despedir a su viejo socio capitalista, quien antes le había hecho lo mismo a él. Su propia hija –llegada en un momento indeseado para el logro de sus proyectos de grandeza- deberá aceptar un temporal destierro y luego, como con todos los malos del cine, se convertirá en un padre de familia domesticado e ideal. Si bien el film muestra cómo se debate y al parecer se angustia, finalmente gana la ambición, que la humanidad toda debería agradecer, ya que fue ella la que facilitó el legado de los maravillosos chiches Ipod, Ipad, Iphone. Un Ídolo. La misma escena abre y cierra la película, cuando enaltecido presenta en público el iPod y un auditorio extasiado lo mira a Jobs con los ojos húmedos de emoción, mientras los aplausos llueven sobre él.
Dejó rápidamente de lado los recuerdos.
Otra vez me estoy distrayendo. Otra vez rumiando. Así no saldré más de acá
Un nuevo ruido en la puerta lo interrumpió, era un intento de colocar una llave en la cerradura. Al intentar salir del compartimiento, se pegó un golpe fuerte con la manija de la ventana, perdió el equilibrio, cayendo al piso, a pocos centímetros de terminar con la nuca contra el borde del inodoro. Se incorporó y con cuidado llegó hasta la puerta, para verificar que nada había cambiado. Cuando se pegó con la cola contra el piso, constató la dureza del teléfono celular -se maldijo por su reiterada incapacidad práctica, por no haberse acordado antes de un recurso práctico como aquel- lo sacó del bolsillo trasero del pantalón, pero claro, era de esperar que no tuviera señal en un lugar tan cerrado. Muchas cosas sólo pasaban en su imaginación -o al menos se dio cuenta que escuchaba algunas que no estaban sucediendo- pero notó que concretamente se había mojado el pantalón al caer al piso, lo cual empezó a darle asco. Tenía ganas de sacarse el pantalón. Tiene orina de vaya a saber cuántas personas, pensó. Mientras se apoyaba en la pared intentando secarse el sudor de su frente, le vino a la mente ella, Clara.
Yo mismo la busqué, yo mismo la deseé. Quise tenerla y la busqué, la perseguí. Fue aquel día en que la invité a almorzar y se lo dije. Me sorprendí por mi audacia. Fui al baño para pararme y aprovechar la oportunidad de pasar por detrás, darle un beso en los labios, que ella correspondió con mucha dulzura. Qué bien, cómo lo hice, ¡ja!
—Acá a mitad de cuadra hay un hotel. Sí, no me mires así que me derrito. Vos sabés que ya no da para más así. —le dije.
—Te juro que quiero, pero no puedo, soy casada y nunca hice algo así. ­—le temblaba la voz. Me acuerdo. Sus labios me perdían y deseaba. Me faltaba menos para llegar...
—Yo tampoco, ¿y qué?
Por primera vez sintió que el ambiente del baño se volvía turbio, que estaba por desvanecerse, pero no podía frenar el fluir de los recuerdos.
—Me da miedo, ¿y si me enamoro? ¿si nos enroscamos? ¿en qué nos estaríamos metiendo? —a Clara le temblaba la voz.
—No perdemos nada con probar. ¿Qué sé yo si me enamoraré o si te volverás loca por mí? Quizá en un rato me tires por la ventana, porque no me aguantas más, ¿entendés?
Pero no fue así. Enloqueció y se deshacía al verla. Chau Ana Clara Mouriño, le decía como una broma. Su nombre y apellido articulado así, le servía como un amuleto verbal, un conjuro en la esquina del hotel, una apelación a no ser visto, una fórmula mágica para disipar el dolor de la separación. Escapaba cada uno a sus obligaciones, emergiendo del abrigado espacio interior que los había cobijado, para pasar al medio exterior. Se imaginaba a sí mismo como uno de aquellos bichos de Akutagawa en Kappa: seres infraterrenos, resbalosos y verdes, con una vida sexual muy activa. Se consideraba parte de una comunidad secreta de amantes impetuosos, que se escondían de sí mismos y de sus parejas oficiales.
Algo ligaba secretamente a Alfredo con Clara. Algo se escabullía allí, como él entre las sábanas.
¿No seré como Alfredo? Me guste o no, el poder me atrae, me parece magnético, pero no me animo, lo uso con subterfugios, sin tanto grito, escondiéndome en albergues transitorios, con la victoria del cortejo ganado, creyéndome el macho que puede con las mujeres. Me anima el deseo de sobresalir a cualquier precio, de sentirme por encima, deseado, más y más… Por supuesto, ya me parecía. ¡Aquel busto cortado y sin brazos! Era igual a ella. La nariz respingada, los pechos redondeados en los bordes. Pero, ¿los brazos? ¿Por qué así amputada?
Sintió un tremendo desasosiego, no justificable siquiera en el encierro que estaba transitando. Empezaba a quemarle el pecho con sensaciones similares a las angustias de su pubertad, cuando inexplicablemente y de la nada se ponía a llorar, con mucha congoja, como si algo tremendo estuviera por sucederle a alguien. Presagios, dolores, crecimiento.
Le volvió aquella escena que había sentido escalofriante en su momento. La voz de ella, ni grave ni aguda, la misma que entre gemidos le decía dale bebé y seguía cabalgando, sosteniéndose los pechos que se agitaban en el fragor del encuentro. Había sido en verano, cuando hacía tanto calor como ese día. Transpiraron y recordó su propio comentario, qué le pesaba trajearse para ir a trabajar en jornadas tan agobiantes y húmedas. Era el instante en que se estaban aquietando y comenzando el ritual: ella boca arriba, los brazos a los lados, él hundiendo la cara en la almohada, amodorrado y empezando a ser invadido por la culpa impregnada de cierta urgencia por escapar. Los fluidos del cuerpo obran de esa manera: imprimen potencia hasta que una vez disipados, la magia se desvanece y encuentra su lugar la sensación de estar cargando con el peso de una transgresión y el riesgo de ser descubierto. Acudía a su mente la voz, un resto de ella que ingresaba al oprimente baño, mientras crecía incesante la repugnancia a ese cubículo, a ese antro donde todo se corporizaba.
—A los cincuenta me retiro. Ya lo decidí. Estoy armando todo para cumplirlo.
Me retiro.
Sí, se retiraría. En aquel momento lo había sentido como un acto petulante. A los cuarenta años, ni se le hubiera ocurrido en definir semejante cosa, que con los hijos y tantas ocupaciones materiales, le habría resultado inimaginable distraer recursos para semejante futuro. Algo lo había estremecido en aquel momento. Recuerda haber levantado la cabeza y mirarla, haberla recorrido toda, desde sus pezones rosados impecables de quién nunca había amamantado, hasta la punta de los pies que coronaban unos tobillos que siempre daban respaldo a los tacos altos. Finalmente la había acariciado, había mesado sus cabellos. Habría querido decir algo, pero no había podido.
Una convulsión empezó a subirle por el cuerpo. Un impulso poderoso lo llevaba a la angosta ventanita para mirar el busto. Pero no pudo. Empezó a deslizarse al piso, sin importarle nada de la humedad, ya era un manojo de lágrimas y transpiración;  su garganta se deshacía entre arcadas y llanto. Se sentó en el piso y lloró, mucho y desconsolado. Una semana antes, en la oficina de la corporación, buscando pistas para recuperarla, sólo había hallado una frase:
Ana Clara Mouriño descansa en paz.
Era en un altar virtual, un recordatorio sin firma en la web. Sin foto, sin explicación. Desde Facebook hacia allí. Sin una sola palabra más. Lacónico. Una leyenda más pequeña se podía leer más abajo:
Con 49 años, Ana Clara Mouriño murió el día 29 de ag…
Lloraba. Ella se había retirado un año antes de lo planeado. No se puede definir el destino, pensó. La habían cortado, como a aquellos brazos, como los de él que no podían abrir ninguna puerta. Su pelea con Alfredo no es más que una fachada para tapar su vulnerabilidad, el dolor de la muerte siempre inevitable.
Cuando por fin sintió que podía volver a hacerse cargo de sí mismo, se agarró del pequeño lavabo, se incorporó y con fuerza refregó agua fresca en su cara.
Sacó un pañuelo de su bolsillo, se secó, tomó aire y como si una fuerza diferente lo poseyera, giró bruscamente la manija, que cedió sin mayores dificultades.
Salió.
A través de aquellos viejos ventanales pudo ver la tormenta estival que estaba comenzando. Sintió el alivio, que sería pasajero, porque en breve llegaría una nueva ola de calor.
Se dijo:
Puedo pensar más claramente.


Ricardo Czikk, 2014.

miércoles, 14 de enero de 2015

Descubrimiento de Topolino




Descubrimiento de Topolino


Topolino sabe que Oliverio escribe.
O escribía.
Aprovechando descuidos, llamadas telefónicas o de índole fisiológico fue que confirmó las  sospechas que tenía al respecto. A veces se olvidaba sus cuadernos en cualquier lugar y ¡zas!
Era cierto, nomás.
Escribía.
Comprende por qué su amigo nunca le habló al respecto. Está al tanto de que él (Topolino) es un tipo difícil.
Irónico. Endemoniadamente sarcástico.
Preocupado día tras día por cultivar un humor punzante.


Tiene miedo de que me le ría en la jeta. Lo entiendo. Y me encanta.


Sin embargo, mientras recuerda cómo le gusta ser como es, mira de reojo el espejo que refleja un mueble opaco, donde guarda porquerías sin valor.


Yo no escribo porque no sé.
Aunque quisiera… de hecho… claro que quisiera.
No sé. Eso es todo.


Tratando de pensar como Oliverio (escribe), siento que me sería imposible expresar ciertas ideas, expresarlas mediante símbolos (letras), digo.
Si uno no es capaz de eso, entonces ¿para qué incurrir en tal ejercicio?
Cómo describir utilizando líneas, figuras y otras construcciones, por ejemplo;


la primera imagen que concibió este mismo espejo,
el instante en donde el tallo eclosiona y parte la tierra,
aquel diálogo entre Bolívar y San Martín,
el segundo en donde un rayo de sol inunda mi cama,
una ola cuando nace o el génesis del viento,
las llamas devorando Roma en los ojos de Nerón,
el destino de la botella que una vez tiré al mar,
las visiones de Marco Polo en la cárcel genovesa,
la boca de Jesús en su última espiración.



Bien, creo que es más confortable el rol de crítico, no hay nada que hacer. 



Facundo Bertera, 2014.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje.


Ralph Steiner