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lunes, 6 de abril de 2020

Ventana a la escritura 17: Afiladas aristas



Itkoff


Abrigo negro


Recuerdo haber salido afuera,
la marea muy lejana, el helado viento de la Costa Norte
impidiéndome con sus cortes
en lo más vivo de la sangre - aquella nostalgia de un filo exterior,
encontrarme bien. El único recuerdo
de mi abrigo negro. Paseando por el banco de arena mojado.
Estaba mirando el mar, supongo.
Intentando sentirme minuciosamente solo,
simplemente yo mismo, con afiladas aristas.
El mar y yo una gran tabula rasa,
como si mis huellas al retornar
desde aquel lienzo de resplandor, aquel borrón a lo largo del horizonte,
pudieran ser un nuevo comienzo.

Las formas de las suelas de mi zapato
mi única señal.
Mi disputa mínima aunque satisfactoria
con el mar.
Plasmando ahí mis comentarios, para que la delgada lengua
del mar los interpretara. Inaudiblemente.
Una terapia.
Instrucciones excesivamente complicadas
por el momento, pero guardadas más tarde en mi caja negra.
Como alimentar a un ciervo salvaje
con patatas fritas
cual hacer tú en aquella instantánea en que te vuelves gritando
hacia mí y mi cámara.

No tenía ni idea de que había entrado 
en la mira telescópica
de aquel paparazzo francotirador
que anidaba en el marrón de tu iris.
Quizás tampoco tú tenías ni idea,
tan lejos, a media milla quizás,
mirándome. Observándome
sujetar con alfileres los filos del mar.
Ni idea
de cómo aquella doble imagen,
la doble exposición aglutinada en tu ojo
fue la proyección
del error diploide de tu corazón bidireccional.
El cuerpo del fantasma y yo el borrón translúcido
entramos en un único enfoque
de bordes nítidos, árido como una diana,
montado como señuelo
contra aquel mar helado
del que tu padre muerto acababa de salir arrastrándose.

No sentí
cómo, al estrecharse tu lente,
él entró en mí, deslizándose.



Ted Hughes, Cartas de cumpleaños.




Propuestas de escritura para hoy:


-Escribir sobre un objeto que te recuerda a un día en particular.


Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


El libro recomendado de hoy es Cartas de cumpleaños de Ted Hughes 


#ventanaalaescritura
¡Compartamos leer y escribir!

martes, 13 de septiembre de 2016

Tus palabras se pierden * Karina Macció


Tus palabras se pierden en la cámara
una posible traducción
una situación perfecta
para esa cita
luz perfecta
para decir y que escape
cámara encendida
foto
me corriste no entendí
clic
perfecta
vos tu inserción
luz
me corriste
clic
destellante
ahí estaba el poema
me tocaste lo sentí
perfecta
naranja
luz
ahí estaba el poema del poema
clic
versión ahora
en carne propia
el impacto que encandila
un segundo vorágine
te vi
para qué sirve la poesía preguntan
me río
clic
para qué
pues bien, helo aquí
esa caricia que te abre los ojos en Oh
quedé extasiada
Aaaaaaah
el cuerpo volvió a mí
(siempre afuera él)
(pensamos que sentimos)
(tan tonto, inerte)
tus palabras no entran en la cámara y no se pierden
la foto está sorda, muda
pero esta vez
tus palabras no se pierden
vienen directo a esta piel que alucina
vienen como potrillos relumbrantes
no se pierden aunque se deshagan en el aire
puro oído que vibra
soy
intensidad
luz en el cuadro
perfecta
sale de tu boca
directa flecha
suculenta
tu lengua oculta se despliega
en la nada que respiro
teje un poema tenue
partículas de sonidos afelpados
nubes transparentes de amor
para mí
aliento
dedicado 
un segundo
aliento perfecto
clic
me sacaste de la escena
poesía
luz
para qué sirve
lo que te hace volar.



Karina Macció, 2016.
Sobre The perfect light de Ted Huges y un momento perfecto.



domingo, 4 de septiembre de 2016

Los cazadores de conejos * Federico Castro Walker


Armé la última trampa en el borde del acantilado. Tal como había hecho las otras. Tal como hice siempre. Tal como me enseñaron mi padre y mi abuelo. Ascendí por la ladera tapizada de hojas secas. Desistí de encender la pipa. No quería prevenir a los conejos y desperdiciar el esfuerzo. Me ubiqué en un lugar contra el viento que venía del mar, para evitar que me olieran.
Después de un largo rato oí ruidos, que al acercarse sonaron para mi decepción como pasos descuidados de extraños, no de mi gente. Antes de verlos, escuché una voz femenina, demasiado fuerte, con acento foráneo. La vi aparecer con niños de la mano. Detrás, un hombre caminaba junto a una pequeña. 
Di un paso atrás aprovechando mi vestimenta y la sombra del bosque para hacerme invisible. Los observé mejor, era una familia para las fotografías. Los hijos hermosos, la madre bella y el padre alto, viril. Tenían el aspecto general de los turistas. Cuando él habló, sin embargo, escuché una pronunciación más familiar, de las ciudades cercanas.
Algo cambió en la mujer, que comenzó a gritar y agitar los brazos. Los niños se alarmaron. Miraban al padre, que parecía desconcertado. Ella señalaba, tapándose la boca, la última trampa. Una yankee delirante, pensé. No podía hacer semejante espectáculo por eso. No tenía derecho a espantar mi comida, mis pieles. El marido, sin éxito, intentaba calmarla. Los chicos lloraban. No se cómo, la mujer comenzó a descubrir y deshacer cada una de las trampas cercanas.
Estaba tentado de salir de mi escondite para que las cosas volvieran a la normalidad cuando reparé en los ojos desorbitados de ella. Tenían algo decididamente conocido. Un brillo. Desasosegado. Que yo había contemplado mil veces. No en miradas humanas, no. En las pupilas de los conejos atrapados. Sentí descender sobre mí una tristeza somnolienta.
Por fin cedió el ataque de la mujer. Dejó de llorar, se compuso el peinado y la ropa. Los niños la abrazaron. Me alivié.
Vi también algo familiar en los gestos de mudo reproche y paciencia del marido. En el modo de acercarse a ella y guiar a los hijos. Mis propios gestos. Los de preparar las trampas. Ese cuidado frío para crear el escenario exacto, invisible, fatídico. Me imaginé aprendiz ante un hechicero poderoso. Quedé congelado. Entendí su artilugio, armado, no con estacas, alambre y lazos de cuero, sino de palabras, rutinas y necesidades infantiles. Pensé en una casa perfecta como ellos, pozo de la trampa que el cazador manejaba desde las sombras.
Sentí piedad de la mujer. Asco de mi oficio.
Terror del hombre. 



Federico Castro Walker, 2016.
Producido en el Club de Lectura de Siempre de Viaje a partir de un poema de Sylvia Plath y otro de Ted Hughes. 


Tótem * Ted Hughes



Para apartar (lo que fuese) o para atraerlo
pintaste en todo corazoncitos.
No tenías otro logo.
Ese era tu objeto sagrado.
A veces pintabas a su alrededor una corona
de flores, hojas verdes y pétalos amarillos, como una niña de ocho años.

Otras veces, a un lado, el pájaro azul de los ocho años.
Pero, sobre todo, corazones. O un sencillo corazón rojo.

El marco del gran espejo lo pintaste de negro-
Y entonces, en su dorso, corazones.
Y en tu vieja máquina de coser Singer-
corazones.
Carmesí sobre negro, como en las lamparillas.

Y en la cuna que hice para una muñeca pintaste
corazones.
Y en el umbral por el que entró tu hijo,
un corazón.
Carmesí sobre negro, como salpicadura de sangre.

Ese corazón era tu talismán, tu magia.
Como los cristianos tienen la cruz tú tenías el corazón.
Constantino tuvo la cruz - tú, tu corazón.
Tu Genio. Tu Ángel de la Guarda. Tu Demonio Familiar.

Pero cuando te arrastrabas buscando seguridad
al seno de tu Ángel de la Guarda
hallabas a tu Demonio Familiar. Como un posesivo
pez-madre, demasiado ansioso por protegerte,
te devoró.

Los corazoncitos que pintaste en todo
permanecen como rastro de tu pánico.
Lo que la herida salpicó.

La huella
de quien te capturó y te devoró sin duda.




Ted Hughes, Cartas de cumpleaños.


Dibujo: Sylvia Plath

viernes, 26 de agosto de 2016

El cazador de conejos * Ted Hughes




Era mayo. ¿Cómo había empezado? ¿Qué desnudó
nuestros filos? ¿Qué caprichoso sesgo
de la hoja de la luna nos puso, tan temprano, 
a herirnos mutuamente? ¿Qué hice yo? Por alguna razón
entendí algo mal. Inaccesible
en tu furia de posesa, arrojados
los bebés dentro del coche, tú conducías. Seguramente
pretendimos hacer una excursión
por algún lugar de la costa, explorar algo-
empezaste a conducir.

Recuerdo que
pensaba: hará una locura. Y abrí la puerta de golpe
y, de un salto me senté a tu lado.
Íbamos hacia el oeste. Al oeste. Recuerdo
los senderos de Cornualles, una tregua a fuego lento,
mientras mirabas, con hierro en el rostro,
algún remoto paisaje tronante
de alguna guerra no de este mundo. Yo sencillamente
te acompañaba con pies de plomo, llevaba a los bebés
y esperaba que volvieses a tu ser.
Intentábamos encontrar la costa. Tú
rabiabas contra nuestra inglesa codicia en lo privado
que cerraba con vallas todos los accesos a esa costa,
ocultando el mar desde la carretera, tierra adentro.
Despreciaste los aspectos mugrientos de Inglaterra cuando al fin llegamos.
Aquel día perteneció a las furias. Busqué en el mapa
cómo atravesar granjas y reinos privados.
Al fin una entrada. Era un día fresco,
en pleno mayo. En algún lugar compré comida.
Cruzamos un campo y llegamos a un promontorio
azul abierto al viento marino. Un acantilado de tojo,

desfiladeros llenos de zarzas y abigarrados robles.
Encontramos
un hueco de águilas, justo bajo lo alto del acantilado.
Me pareció perfecto. Alimentando a los bebés,
tu ceño germánico, moldeado como un yelmo,
no quiso traducirse. Me senté pasmado.
Yo era como una mosca fuera de la ventana
de mi propio drama doméstico. Rechazaste tumbarte ahí
indolente, odiabas el sitio.
Aquel plato plano lleno de corrientes de aire no era el océano. 
Tenías que apartarte y te fuiste. Y yo 
fui detrás como un perro, por el borde de lo alto del acantilado,
encima de un bosque de robles que enmarañaba el viento-
y encontré una trampa de lazo.
El relucir de un alambre de cobre, cuerda marrón, ingenio humano,
recién puesta. Sin mediar palabra
la arrancaste y la tiraste sobre los árboles.

Estaba horrorizado. Fiel
a mis dioses campestres - vi profanada
la santidad de la cuerda de una trampa. 
Tu viste dedos gordezuelos, con sangre en las cutículas, 
agarrando una taza azul. Yo vi
la pobreza campesina ganando un penique,
llenando la olla del domingo. Viste con ojos de bebé
a inocentes en la asfixia, yo vi antiguas
costumbres sagradas. Veías una trampa tras otra
y seguiste arrancándolas de sus raíces
y tirándolas al bosque. Te vi arrancar
árboles nuevos, precarios y preciosos
de mi herencia, concesiones a duras penas ganadas
a la hora y al destierro
para poder vivir de la tierra. Gritaste: “¡Asesinos!”.
Llorabas con una rabia
a la que en realidad no importaban los conejos. Estabas encerrada
dentro de una cámara peleando por el oxígeno
donde no pude encontrarte, ni siquiera oírte, 
ni mucho menos comprenderte. 
En aquellas trampas
habías capturado algo. 
¿Habías capturado algo mío, 
algo desconocido y nocturno en mi interior? ¿O fue
tu propio yo torturado, tu yo condenado y lloroso
que se asfixiaba? Fuera lo que fuese, 
aquellos dedos terribles e hipersensitivos
de tu verso lo encerraron
y lo sintieron vivo. Los poemas, como humeantes vísceras,
llegaron blandos a tus manos.



Ted Hughes, Cartas de cumpleaños.







jueves, 18 de agosto de 2016

La gitana * Ted Hughes

La catedral estaba ahí,
impotente, para ser exhibida, para otros, para otras
épocas. El espectacular alanceado
de su tonelaje nos perforó
con la sombría lobreguez y el peso de lo sagrado.
Era la primera vez que vi Reims. También la última.
Nunca volveré a acercarme de nuevo.
El fuerte rayo de lo que ocurrió
carbonizó el más sedoso, sigiloso y tentativo
mapa de Francia que yo tejía
ante nosotros, como teje la araña su pasadizo,
quizás para el futuro. Nuestra
primera exploración más allá de París juntos,
reconociendo el terreno, tomando apuntes, embelesados
por todo. Estábamos sentados en una placita
mojando los esponjosos cruasáns en chocolate caliente.
Tú escribías postales, concentrada.
Con tu impermeable. A media mañana, el aire fresco.


Un pedazo de gitana oscura
apareció de repente. Ocupada, urdiendo negocios
como una comadreja probando grietas
o como la hoja del camarero que abre ostras,
igual, sin parar,
tiraba la mala al cubo, las valvas hacia arriba,
cogiendo la siguiente, con atención,
para encontrar su cerradura. Mostraba la gitana
un medallón religioso—San Nicolás o Santa María—
hacia afuera. Sabedora, sin mirar de reojo,
casi antes de que hubiera hablado la rechazaste ya,
un reflejo fruto de la práctica, saltando como un resorte, tu dura
vehemencia chocó contra su vehemencia.
Su peticionaria rutina de carrerilla paró en tu “Non.”
Y se paró, en efecto, aturdida, dolida, exactamente igual
que si la hubieses abofeteado. Como una pistola su dedo
se alzó en tu cara, su ímpetu todo
convertido en carámbano para señalar: “Vous
creverez bientot”. Su cara morena
era un nudo grasiento de cuero, un quipu,
como el de Jerónimo, el indio. Ojos amargos
con vengativos restos de grappa, vieja malicia gala,
pasas de hiel. E igual de abruptamente
se largó, de aquí a allá,
entre las mesas, desaparecida, dejando las palabras
más pesadas que la catedral,
más grandes y oscuras, con los cimientos más hondos.
Mi cuerpo entero soportó su peso
como una religión nueva o mucho más antigua
sólo para mí, para que la llevase
a todas partes conmigo –con las catacumbas más hondas
y un Dios más fuerte.
Pero tú
seguías escribiendo postales. Durante días rimé
talismanes de poder, en regios conjuros sajones,
para neutralizar el veneno. Imaginé
volver a Reims y encontrarla
y darle la moneda—sobornarla para que guardase
el proyectil. Pero tú
nunca lo mencionaste. Nunca lo anotaste
en tu diario. Y hasta retuve la esperanza
de que nunca lo hubieras oído. Amortiguada, quizás,
por otras explosiones más íntimas. Encerrada, quizás,
en una cripta más sólida.




Ted Hughes, Cartas de cumpleaños.