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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Minuto Fantástico * Federico Castro Walker



—Explicámelo de nuevo.
—Era la una y media. Pablo salió apurado, como siempre, a almorzar. Se oyó una frenada violenta y un golpe seco. Un silencio que no sé si duró un segundo o  veinte.  Lo cortó el ruido de las gomas del auto que salía arando.
—¿Estás seguro de que oíste eso, seguro?
—Sí. Recontra seguro. Después vi el cuerpo de Pablo tirado y en el suelo las marcas negras de la frenada y el raje. Ya te lo dijeron también los canas de la científica. Pobre chabón. Dos minutos antes estábamos diciendo las huevadas de siempre.
—¿Y el auto?
—Ni rastros. Se asomaban los del otro juzgado y tampoco lo podían creer. Buen tipo Sandoval. Nadie lo podía odiar, sólo un mala entraña. Tiene que haber sido por eso.
—¿Vos decís que fue intencional?
—Mirá lo que decís…
—Ya ni sé lo que estoy preguntando ¿A quién atropellan a toda velocidad en el pasillo de una oficina?



Federico Castro Walker, 2017.
Desde los Talleres de Siempre de Viaje para Minuto Fantástico.

Karin Godnic

jueves, 21 de septiembre de 2017

Analía Daporta Minuto Fantástico





La nave descendió en el jardín mientras leía los documentos; una luz cálida me me condujo hasta el centro del aparato. Unos seres buena onda con cara de escobillón me recibieron cantando melodías extrañas que entonaban desde sus cerdas. Bailamos mucho, viajamos por agujeros negros, reparamos asteroides rotos.



Luego de varios eones me dejaron en un continente que parecía África. Deambulaba entre arboles de jade y raíces húmedas cuando desde un nido de termitas salieron siete chimpancés furiosos. Creí que me iban a trozar. Resignada, les dije que prefería eso a ser dirigida, legislada, inscripta y adoctrinada. Para mi sorpresa, el más anciano me dio la bienvenida, aclarando que, si bien les gustaba Proudhon, consideraban superior a Bakunin. Con ello aprendí a vivir en la inocencia más absoluta.

 

Un día les dije que extrañaba la historia, que necesitaba volver. Lloramos abrazados nuestras siestas. Caminé hasta ser un esqueleto almibarado. A lo lejos se oía un melancólico sonido circular.



Preparé café bien negro y unté mi pan con dulce de higo. Vestida de oficinista, tomé el sobre con el informe para Gutiérrez, y salí de casa, no sin antes tomar mi plátano violeta.


Analía Daporta, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje.




miércoles, 20 de septiembre de 2017

Desde chica * Mercedes Marcer




Desde chica me gustan las plantas. Sentir la tierra entre los dedos, oler la humedad. Comer verduras me da rechazo. Imagino que esa lechuga en el plato es la Ilex canariensis que regué el día anterior y me entristece.

Odio la gente que regala flores, no entienden que han muerto, es como regalar un pescado.
Hoy es un día soleado, sin viento. Miro el jardín con orgullo. Acaricio las plantas, huelo el perfume. Se ven tan cómodas, alegres. Qué lindo sería.
Entierro mis pies al lado del jazmín. Absorbo de a poco el nitrógeno de la tierra, en mis venas hay sangre verde, los dedos se fusionan. Los brazos quedan estáticos y en mis orejas, ahora pétalos, juegan las avispas. De mi nariz sale un pistilo rojo. Lloro savia. Qué lindo es.


Mercedes Marcer, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje para Minuto Fantástico.






jueves, 14 de septiembre de 2017

Minuto Fantástico * Karina Macció



Me doy vuelta, no hallo posición. Giro de nuevo. Sé que no estoy sola en la cama. Algo respira. No hallo posición. No quiero pensar, no quiero pensar, si lo hago, me despierto. Algo late. No quiero abrir los ojos. Hay una luz que se cuela aún con los párpados pegados, apretados. La oscuridad nunca es perfecta, solo en el momento primero cuando irrumpe, de pronto: plano negro, corte, negro, corte, oscuridad pura. No quiero pensar, algo me incomoda, qué es. No voy a abrir los ojos. Trato de acomodar mis manos, giro, quedo de costado, los dedos se deslizan como gusanos, toco algo. ¿Qué tengo en el pecho? Hilos? Sopapas? Ahora me examino, veo poco, pero me encuentro llena de cables, algo me monitorea, está conectado a mi corazón. Los latidos se aceleran, no puedo librarme de esto que está adherido, pegado a mí. La piel tira, cruje. Desde el pecho una vibración insoportable se irradia, electriza mis brazos, mis piernas. En en centro de los pies siento clavos. Y la electricidad se vuelve dolorosa. Estoy atada, estoy vigilada. Algo me mira. ¿Es la oscuridad? En todo caso, las sombras. Ya no se trata de una banda negra, plana, hay formas nubosas, dudosas, con leves brillos. Algo se agita, corre desbocado, se va. Se va de mí. No hallo posición, pero ya no puedo girar. O sí. No sé dónde estoy. Este silencio es falso, se puebla de jadeo y asfixia. No podría pedir ayuda. La boca se ahoga. No sé qué es mi cuerpo.


Karina Macció, 2017.
Minuto Fantástico.



miércoles, 13 de septiembre de 2017

Minuto Fantástico * Bruno Billia



Alguien golpea la puerta al tiempo que el crujir de unos leños se expande por la casa. Un regocijo hecho calor sacude nuestra piel. Las llamas ardientes se abrazan, en el chispeo de colores vivos se levanta por lo bajo una voz profunda.

El silencio, entrecortado por la disposición de las cosas, se interrumpe por un frío peregrino que atraviesa aquella puerta.

La casa estremecida alerta su mirada, sobre el vejado brillo del mármol, en la madera que la recubre, pequeñas tabillas azotadas por el paso del tiempo. Y en la sepia amarga de los pisos ve partir la esperanza con el recién llegado.

El mundo atemorizado en cada pensamiento se detiene. Allí donde la casa vela por nosotros, cuando nuestros descansos se acoplan como sinfonías unísonas, la sórdida figura se entretiene resaltando su presencia. Y si bien fantasma por las noches te presentas, recibes el mismo trato que cualquiera. Pues el anuncio de tu arribo no escapa del mundano llamado a la puerta para ser recibido. 




Bruno Billia, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje.



martes, 12 de septiembre de 2017

Analía Daporta * Minuto Fantástico

La nave descendió en el jardín mientras leía los documentos; una luz cálida me me condujo hasta el centro del aparato. Unos seres buena onda con cara de escobillón me recibieron cantando melodías extrañas que entonaban desde sus cerdas. Bailamos mucho, viajamos por agujeros negros, reparamos asteroides rotos.

Luego de varios eones me dejaron en un continente que parecía África. Deambulaba entre arboles de jade y raíces húmedas cuando desde un nido de termitas salieron siete chimpancés furiosos. Creí que me iban a trozar. Resignada, les dije que prefería eso a ser dirigida, legislada, inscripta y adoctrinada. Para mi sorpresa, el más anciano me dio la bienvenida, aclarando que, si bien les gustaba Proudhon, consideraban superior a Bakunin. Con ello aprendí a vivir en la inocencia más absoluta.

Un día les dije que extrañaba la historia, que necesitaba volver. Lloramos abrazados nuestras siestas. Caminé hasta ser un esqueleto almibarado. A lo lejos se oía un melancólico sonido circular.

Preparé café bien negro y unté mi pan con dulce de higo. Vestida de oficinista, tomé el sobre con el informe para Gutiérrez, y salí de casa, no sin antes tomar mi plátano violeta.


Analía Daporta, 2017.





lunes, 11 de septiembre de 2017

Le temo a la oscuridad * Mercedes Marcer



Le temo a la oscuridad, mejor dicho, a la noche. Siempre que puedo, trato de dormir con mis padres pero me dicen que ya soy grande. Entonces duermo en el piso o en la silla. Cuando mamá me despierta para ir al colegio, se enoja. Me reta, dice que tengo la suerte de tener un lugar cómodo donde dormir, que soy una afortunada y no sé cuántas cosas más. A veces papá viene en medio de la noche, me levanta del suelo y me acuesta entre las sábanas. Yo finjo que duermo y apenas se va, salto directo a la alfombra.
En lo de la abuela, la cama no mastica ni envuelve mi cuerpo con saliva espesa. No lastima. Esas camas están muertas. La mía vive, despierta hambrienta a eso de las once. Ya mató a mi oso Pedro y a Eduarda la conejita. Escuché sus gritos desesperados. Mutilados, los vi perderse en las vísceras verdefrazada.
Conmigo no pudo, todavía.




Mercedes Marcer, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje para Viaje Fantástico.




domingo, 10 de septiembre de 2017

Maricel Witomski * Minuto Fantástico


La loba camina agazapada, calma, deseosa
en la noche tosca que enciende su bramido
busca su luz, el aura caliente del cuerpo
no reniega de la suerte
reclama ser acariciada, saber de su piel bajo la lluvia
erguir su espalda 
serpentear las caderas 
que ellos aúllen 
sonríe
la loba aún saborea la carne del hombre 
amarga, soberbia
aún disfruta bocado a bocado sus gritos 
recuerda 
su tez cubriéndose de pelos 
el olfato, la intuición filosa
la saliva,un aliento ácido
la dama en hembra 

la loba sueña 
la bala de plata
sueña
el cazador inesperado
desangra
olvida
sueña
su muerte.
                            


Maricel Witomski, 2017
Para Minuto Fantástico.







viernes, 8 de septiembre de 2017

Una luz oscura * Juanpi Ortigosa




Ya casi no tenía fuerzas, las sombras lo seguían a donde fuera. Se dio media vuelta y, con un cuchillo, intentó defenderse. Apenas su arma tocó la oscuridad, se volvió ceniza. Pero no se frenó ahí, su cuerpo comenzó a teñirse de negro, desde los dedos hasta el hombro. Su brazo derecho estaba muerto. 
Sabía que le iba a ser imposible seguir corriendo. Entró en una de las casas en ruinas, en la que tenía una pistola escondida. 
Se escuchaba un grito muy agudo, como un chirrido, un zumbido, que se hacía más fuerte a cada segundo. Intentaba mantenerse en silencio, hasta que no pudo soportar el dolor. Gritó, su lugar había sido revelado. El ruido paró, lo vio entrar.
Sin piernas ni brazos, solamente se veía de su cuerpo la túnica negra y rota que lo cubría. Flotaba. Su cara parecía un cráneo con una frágil y fina piel gris. 
De sus ojos enormes salió una luz oscura que envolvió el lugar, acercándose al joven. La oscuridad había llegado hasta él. Levantó el brazo que todavía podía usar y apuntó directo a la cabeza de su enemigo. Mientras las sombras se apoderaban de su cuerpo, apretó el gatillo.



Juanpi Ortigosa, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje para Minuto Fantástico.




jueves, 7 de septiembre de 2017

No hay metáfora * Eugenia Coiro


No hay metáfora
las hojas caen en el silencio
un resplandor ciega los ojos
la tierra bajo mis pies
se abre 
caigo
en el fondo negro
de la nada
No hay metáfora
intentaba escribir
los dedos se volvieron cristal
fragmentos
agua sobre el papel
lupas líquidas letras ilegibles
No hay metáfora
sigo cayendo
los oídos zumban gravemente
un eco
una voz masculina
tal vez un coro
la fuga en re menor
enmarca este paisaje lento
sin vértigo
No hay metáfora


Eugenia Coiro, 2017.








miércoles, 6 de septiembre de 2017

El cuento de la buena pipa * Alejandra Malvotti



Una tarde, veo a mi abuelo que sale apurado con una lata de barniz. Y su pipa, que nunca olvida. Va con ella a todos lados. Le pregunto si puedo acompañarlo, me dice que sí, pero que debo guardar su secreto. Intrigada, lo sigo.
Me gusta ir con él y escuchar sus historias fantásticas de viajes, como cuando llegó al final del arco iris y conoció a unos niños de colores. Siempre me parece muy ocurrente. 
Llegamos al final del muelle. Mira a ambos lados. Nadie. Se saca la pipa de la boca y la tira al mar. 
Mi abuelo me toma de la mano y  juntos damos un gran salto. Caemos en un gran tobogán multicolor, que nos lleva directo al interior de la pipa.
Mi sorpresa es infinita, cuando empiezo a caminar por dentro y veo un sillón cerca de la única ventana, una estufa a leña y en las paredes  de madera, fotos de toda nuestra familia. Mi abuelo deja la lata de barniz en un rincón y sonriente me dice: primero damos una vuelta y después, mientras barnizo la mesa que tanto le gustaba a tu abuela te cuento el cuento de la buena pipa.


Alejandra Malvotti, 2017.
Para Minuto Fantástico.  




martes, 5 de septiembre de 2017

Los anteojos que lloran * Lucía Imperatore




La taza está desteñida
Color naranja ahora
El suelo resbala
Por Scalabrini Ortiz hay onda verde
Los anteojos lloran


¿La taza era roja?
¿Qué pasó? 
Cuando me pongo el anillo azul
Mi cielo es azul marino
La alacena donde está el azúcar llora
Es la casa, se ha vuelto amarga
Son los anteojos, lloran


Volví, todo era silencioso 
Con baja tensión
La gente en mi casa ya no ríe, no respira
Todo se mueve alrededor
Yo no me muevo
Tengo dieciocho años
No hay espejos, solo veo pies y manos
Y los anteojos que lloran


Todos los días pregunto
¿Está nublado?
No, son los anteojos que lloran
¿A quién? ¿Por qué?
No hay respuesta
A veces son gotitas de lluvia
De llanto 
De agua corriente  


¿Nos quedamos ciegos?
En casa todos estamos ciegos
Me voy un día, me iré
Y dejaré mis anteojos
Sobre la mesa sin velador 


¿Quién encenderá la luz? 
No sé
Pero ya no estaré ciega



Lucía Imperatore, 2017.



domingo, 3 de septiembre de 2017

Fernanda Restivo * Minuto Fantástico

Torcianti, anunciaba su documento de identidad. Masculino, decía el Sexo inscripto bajo el plastificado. Blanco, su cabello impecablemente peinado cada vez que un espejo salía al cruce y lo llamaba a lucir su seducción. Una sonrisa en su cara, daba señales de estar siendo correspondido por algún cuerpo amado. De terciopelo azul, su saco cocido a mano por un sastre de aquellos años. Marrón, su pantalón Oxford. A rayas rojas y plateadas, su hermosa corbata anudada impecablemente al cuello. –“¡Tiene que hacerme un documento que diga que yo vengo a ésta clínica de día porque estoy por desaparecer recién me di cuenta cuando doblé  en la esquina desapareció ella!!” La pavura atravesó sus ojos que ahora se incrustan en los de (otra ella). Ella, era la sombra que al torcer en la esquina se hacía humo sin dejar alguna clave que arroje una explicación. –“¡¡pierdo el ti!! y sólo me queda torcián!!! cuánto más me alejo de aquí sólo retengo el tor!!!tiene que hacerme el documento que diga que soy de éste lugar porque así tal vez pierda el ti pero me quede el torcián y entonces no pierda a ella que me acompaña a todas partes.” Algunos decían que había perdido a su mujer, que se habría ido a los cielos. En verdad no sabemos si ella habrá tenido alguna vez un nombre propio o sólo se trata de ese pronombre personal: Ella, su sombra, su pena, su lastre, su desastre, el peso de la sombra, eso que te sigue y de lo que no te podes desprender. Esa que queda tras de ti, ese pasado que no ha sido pisado. Las ataduras, la pena de amor. La gravedad. La fuerza de gravedad. Esa, que te deja en pie en ésta tierra. Lo cierto era que éste hombre habitaba una tristeza que era la antesala del abandono de esa fuerza. La materia amenazaba con abandonar su estado sólido para alcanzar el gas hasta desaparecer. Un cuerpo al que se le retiró la química ahí donde ella forma enlaces. Es necesaria(al menos) una reacción. Se confeccionó una credencial que lo acreditaba a la clínica de día donde  su prestador le daba una cobertura. Plastificada como su DNI lucía en su billetera con aire de identidad. Otra vez al menos dos. Ella volvió y no amenaza abandonarlo (al menos por el momento).



Una de esas mañanas de invierno en las que el aliento arma señales de humo que salen por las bocas, le cuenta cual es el nombre propio de Ella. Y una historia de amor, inolvidable. – “viene conmigo vaya donde vaya, nunca me ha abandonado y ese día me asusté mucho porque sentí que la podía perder. Se desprendía de mí y entonces andaba ligero ligero sin ella como si me fuera a evaporar”. Cuando puede perderse hasta el aliento, ese soplo de vida que inocula de aire nuestros pulmones en el primer grito de hurra al asomarnos a éste mundo…Cuando lo que se suele llamar alma, abandona nuestro cuerpo y ya no tiene lugar de reposo donde depositarse…Cuando las palabras ya no están ligadas a una historia, a lo falso, a la posibilidad de una ficción que ofrezca una escena donde hospedarnos…



El capitalismo impone una ligereza (una velocidad también) de la que ya hablaba Heidegger, en esa conferencia citada por Lacan en su seminario sobre la Ética. En ella plantea que en la cercanía está eso que solemos llamar cosas. La cosidad de la cosa, lo incognoscible, lo inasible del vacío, la cosidad del amor (diría hoy), eso del amor que no tiene nombre. Las cosas del amor. No ha lugar a la cosidad del amor porque usted podrá adquirir sólo moviendo el cursor de su computadora y a la distancia de un clic en el Enter todo el saber  que quiera tener.

La globalización no podría ser posible sin dejar fuera lo que quedará opaco para siempre. No hay resto para el amor, o tal vez mejor decir que se ofrece un amor que es pura suma. En éste sistema los divisores y los dividendos se encuentran fuera del territorio del amor. La bolsa cotiza muy lejos de un vientre y por su rotura no se expande un líquido que anuncia vida, al contrario, más bien en cada amenaza de muerte en el mundo, la bolsa cae (misterio que no es el del amor).

¿Qué da a luz la extracción del texto propuesta para esta ocasión?  Vino a mí, una posible enunciación de la regla fundamental que se le formula a aquel que se disponga a la aventura de un análisis: tome lo que venga que aquí será bienvenido, le daremos un lugar digno, le daremos tiempo hasta que diga su nombre. Aquí haremos como hace un isleño cuando cada marea del río promete en su bajante la llegada de cosas a su orilla. No tienen dueño, ni propiedad, no se pueden devolver porque está perdido el lugar de origen. Tampoco es una sustracción (robo). Al que le toca le toca y entonces tal vez así, al hospedarlo, se engendre un quién. Un preciado depósito que no es bursátil, una donación que el río nos deja a los pies del terreno, ese río, esas cosas que el río guarda en su misterioso transporte.

Tal vez haga falta que no rechacemos, con ligereza, lo que viene. Tal vez sea, fundamental.




Fernanda Restivo, 2017.




viernes, 1 de septiembre de 2017

El asistente * Federico Pérez



El placer me enloquece
jamás sentí nada igual
solo debo empuñarlo con firmeza
sin pensar
sin detenerme
yo lo asisto
él decide.

Es un experto, debo admitir
tanto en anatomía como en deshuese
se desliza cual bailarín clásico
con la fuerza de un batallón.

En épocas de sequía
se afila él solo
pobrecito
sufre la abstinencia.

No me deja limpiarlo
es como quitarle la ropa
nadie puede verlo
sin que se presente como le gusta
y solo antes de jugar.

No soy su primer asistente
y espero no ser el último
la última vez que charlamos
me dijo
no debes temer
tu carne aún no me interesa
pero al primer corte en falso
serás el próximo.





Federico Pérez, 2017.
Para minuto Fantástico.



jueves, 31 de agosto de 2017

Minuto Fantástico * Sofía Brunetto

Tenía que escribir una poesía fantástica pero en cambio, me escribió a mí. Cuando empecé no había palabras, sólo dedos que tecleaban dobles y me escribían el pelo, la cara, las cicatrices, los poros abiertos.
¿Me escribían a mí o escribían una poesía fantástica? Era lo mismo, porque éramos los dedos, el pelo, las cicatrices, los poros.
Yo era yo en la poesía que se escribía en la pared, en el placard, en las cortinas y en todas las cosas que me rodeaban el instante más crudo, de la soledad de la escritura.
Yo era en la poesía, yo soy en la poesía, o no soy cuando intento escribir con tanta obsesión, que la poesía me escribe.
Le veía crecer mi pelo entre el interlineado, asomar mis cicatrices en los huecos de la letra C, abrirme los poros en las O. Fuimos un solo amasijo de palabras, pelos, y piel, un engendro de cuerpo poético, y duró lo que dura, un minuto fantástico.




Sofía Brunetto, 2017.



miércoles, 30 de agosto de 2017

Puente de la Noria * Guille Manuel



Estábamos con el Norberto en el bar del pueblo cuando me dice: José, te voy a contar algo, pero si no te reís. Y ahi larga que vio un platillo volador en la noche pasada, que no era la luz mala porque es bajita y azul, que no era el chupacabras, que lo que vio era una nave espacial que giraba en el cielo con luces de colores. Yo le dije que no me venga con cuentos de extraterrestes, que yo tuve una experiencia de mierda y pasé a relatarle.

Era una noche de calor profundo, estábamos durmiendo con la Nora y el perro que empieza a ladrar como un loco, la Nora que me pega un codazo y me dice que vaya a ver qué le pasa al Boby. Entonces me levanto en calzones como estaba y voy a ver. El Boby que no paraba de ladrar y como que me señalaba algo en el cielo y al mirar... veo un platillo volador girando y con luces cual discoteca del centro. Duro quedé y sin habla cuando se abre una compuerta y sale un haz de luz en forma de cono alumbrando al naranjo, se escucha un sonido extraño como metálico de aspiradora y chupa y chupa y desentierra el árbol de raíz y se lo lleva directo a la nave. Después se mueve la luz hasta la bicicleta del nene, el sonido de nuevo y se chupa la bicicleta. Después se vuelve a mover y alumbra a la vaca. Ahí reacciono y le grito que con la Margarita no se metan, y muy lentamente, se ve que por el peso, la vaca comienza a subir. Ante la desesperación y mis gritos enloquecidos aparece la Nora y le digo que traiga la escopeta mientras les sigo gritando. En eso el rayo de luz se posa sobre mí y comienzo a ser abducido lentamente, cuando llego al interior de la nave estábamos como en un cuarto blanco brillante que cegaba, me abrazo a Margarita que me miró con cara de susto y duda y grito en el aire: ¡¿A dónde nos llevan hijos de puta?! y una voz clarita como de locutor de radio me contesta: A vos te dejamos en Puente de La Noria, pesado de mierda. Se abrió la compuerta del piso por la que entramos, me bajaron rápido en el puente y se las tomaron. ¡Me dejaron en calzones, sin la sube y sin un mango en medio de Camino Negro Norberto!

 ¿Querés que te diga una cosa? Para mí los marcianos... son unos garcas!



Guille Manuel, 2017.


martes, 29 de agosto de 2017

Sofía Tejón * Minuto Fantástico



¡No salgan de sus casas!
Todas se están cayendo
se desprenden del cielo
como dientes de leche
flojas
pesadas 
los astros flaquean 
se desploman en vuelo 
cual moscas rociadas
no las frenan los paraguas
encogen a golpes
los cuerpos de los autos
atraviesan parabrisas 
pinchan los neumáticos
¡mírenlas!
mírenlas por la ventana
véanlas quemar los árboles 
romper las baldosas
acumularse 
en grietas del asfalto 
madrigueras luminosas 
para soles extraviados 
¡no teman! 
mañana
ya las habrán barrido 
de las calles
los pórticos 
y la memoria de los testigos 



Sofía Tejón, 2017.