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domingo, 29 de julio de 2018

José Watanabe * Agosto en los talleres de Siempre de Viaje



El lenguado



Soy
lo gris contra lo gris. mi vida 
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil
que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado. He perdido la simetría
de los animales bellos, mis ojos
y mis narices
han virado hacia un mismo lado del rostro. Soy
un pequeño monstruo invisible
tendido siempre sobre el lecho del mar.
Las breves anchovetas que pasan a mi lado
creen que las devora
una agitación de arena
y los grandes depredadores me rozan sin percibir
mi miedo. El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho. Soy 
una palada de órganos enterrados en la arena
y los bordes imperceptibles de mi carne
no están muy lejos.
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces
toda la arena, todo el vasto fondo marino.


José Watanabe



martes, 1 de mayo de 2018

UN DÍA (zigzag) * Fernando Pessoa



¡Ah, no haber sido una Madame de burdel! ¡Qué pena tengo de mí porque eso no ocurrió!
Al final de este día resta lo que de ayer sobró y sobrará mañana: el ansia insaciable e infinita de ser siempre el mismo y otro.
Por peldaños de sueños y cansancios míos desciende de tu irrealidad, desciende y ven a reemplazar el mundo.


Fernando Pessoa como Bernardo Soares, Libro del desasosiego.



lunes, 19 de febrero de 2018

Generación Beat!!! Club de Lectura por Karina Macció



Los dos perros más tristes que vi (guau, guau, guau) los vi saliendo del puerto, en la oscuridad cerrada, al pasar delante de unos guardias aduaneros que miraron con desinterés a Deni aunque de todos modos no habrían encontrado en su bolsillo ese revólver que tanto esfuerzo le había costado enviarme en el grueso volumen ahuecado y ahora, mientras vigilamos distraidamente la zona, me dice al oído. "Bueno, lo trajiste, ¿no?"

Jack Kerouac, Viajero solitario.

jueves, 23 de noviembre de 2017

sábado, 26 de agosto de 2017

Écfrasis: de la imagen a la escritura * Septiembre en Siempre de Viaje




¿Cómo se escribe una imagen? 
¿Puede traducirse en palabras un objeto de arte? 
En septiembre viajamos de la imagen a la palabra.

Dirección General: Karina Macció
www.siempredeviaje.com.ar
www.siempredeviajepoesia.blogspot.com.ar
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964 

lunes, 31 de julio de 2017

Livio Roca * Silvina Ocampo

Era alto, moreno y callado. Nunca lo vi reír ni darse prisa para nada. Sus ojos castaños nunca miraban de frente. Llevaba un pañuelito atado al cuello y un cigarrillo entre los labios. No tenía edad. Se llamaba Livio Roca, pero lo llamaban Sordeli, porque se hacía el sordo. Era haragán, pero en sus ratos de ocio (pues consideraba que no hacer nada no era haraganear) componía relojes que nunca devolvía a sus dueños. En cuanto podía, yo me escapaba para visitar a Livio Roca. Lo conocí durante las vacaciones, cuando íbamos a veranear a Cacharí, un día de enero. Yo tenía nueve años. Siempre fue el más pobre de la familia, el más infeliz, decían los parientes. Vivía en una casa que era como un vagón de tren. Amaba a Clemencia; era tal vez su único consuelo y el comentario del pueblo. La nariz de terciopelo, las orejas frías, el cuello curvo, el pelo corto y suave, la obediencia, todo era un motivo para amarla. Yo lo comprendía. De noche, cuando desensillaba tardaba en despedirse de ella, como si el calor que se desprendía de su cuerpo sudado le diera vida y se la quitara cuando se alejaba. Le daba de beber para alargar más la despedida, aunque ella no tuviera sed. Tardó en hacerla entrar en el rancho, para que durmiera ahí, de noche, bajo un techo, en invierno. Tardó porque temía lo que después sucedió: la gente dijo que estaba loco, loco de remate. Tonga fue la primera que lo dijo. Tonga, con su cara amargada y sus ojos de alfiler se atrevió a criticarlo a él y a Clemencia. No se lo pudo perdonar jamás, ni ella a él. Yo también amaba a Clemencia, a mi modo. En el cuarto de los cajones estaba la bata de seda de la abuela Indalecia Roca. Era una suerte de reliquia que yacía a los pies de una virgen pintada de verde, con el pie roto. De vez en cuando, Tonga y algunos otros miembros de la familia, o alguna visita, le ponían flores de mala muerte o ramitos de yerbis, que olían a menta, o bebidas dulces y de colores llamativos. Hubo épocas en que un cirio retorcido, pintado de colores, temblaba con su llama moribunda al pie de la virgen; por eso la bata de seda recibió gotas de estearina grandes como botones, que más que ensuciarla la adornaban. El tiempo fue borrando estos ritos: las ceremonias se espaciaron. Tal vez por eso, Livio se atrevió a utilizar la bata para hacerle un sombrero a Clemencia. (Yo le ayudé a hacerlo). Creo que de ahí provino su desavenencia con el resto de la familia. Tonga lo trató de degenerado y uno de sus cuñados, que era albañil, lo trató de borracho. Soportó los insultos sin defenderse. Los insultos lo ofendieron después de algunos días. No recordaba su niñez sino en la desdicha. Durante nueve meses tuvo sarna, durante otros nueve, conjuntivitis, según me contaba mientras cosíamos el sombrero. Tal vez todo eso contribuyó a hacerle perder la confianza en cualquier clase de felicidad para el resto de su existencia. A los dieciocho años, cuando conoció a Malvina, su prima, y que se ennovió con ella, tal vez presintió el desastre en el momento de darle el anillo de compromiso. En vez de alegrarse se entristeció. Se habían criado juntos: desde el momento en que resolvió casarse con ella, supo que esa unión no prosperaría. Las amigas de Malvina, que eran numerosas, dedicaron el tiempo en bordarle sábanas, manteles, camisones, con iniciales, pero ellos nunca usaron esa ropa, tan amorosamente bordada. Malvina murió dos días antes del casamiento. La vistieron de novia y la pusieron en el ataúd con un ramo de azahares. El pobre Livio no podía mirarla, pero dentro de la oscuridad de sus manos, donde escondió sus ojos aquella noche en que la velaron, le ofreció su fidelidad con un anillo de oro. Nunca habló con ninguna otra mujer, ni siquiera con mis primas, que son feas; en las revistas no miró a las actrices. Muchas veces trataron de buscarle una novia. Las traían por las tardes y las sentaban en la sillita de mimbre: una era rubia y con anteojos, la llamaban la inglesita; otra era morocha, con el pelo trenzado y coqueta; otra, la más seria de todas, era una giganta, con cabeza de alfiler. Fue inútil. Amó por eso a Clemencia entrañablemente, porque las mujeres no contaban para él. Pero una noche, un tío de esos que no faltan, con una risa burlona en los labios, quiso castigarlo por el sacrilegio que había cometido con la bata de la abuela, y de un balazo mató a Clemencia. Mezcladas al relincho de Clemencia se oyeron las carcajadas del asesino.



Silvina Ocampo, Los días de la noche.





Club de Lectura de Siempre de Viaje
info@siempredeviajepoesia.com.ar


domingo, 23 de julio de 2017

jueves, 20 de julio de 2017

Clavel * Club de Lectura de Silvina Ocampo


Clavel era blanco y castaño. Las puntas de sus patas eran castaño oscuro, los ojos vivos, el pelo enrulado. Lo conocí en Tandil, en una casa de campo donde fui en mi infancia a veranear con mis padres. Me esperaba moviendo la cola, en la puerta de mi cuarto, a la hora de la siesta. Después de  cinco días de conocerme, me seguía por todas partes y me quería más que a sus amos. Sus modales eran extraños e incómodos; se abrazaba a mis piernas, o a mi espalda, arqueándose como un galgo, cuando yo estaba sentada en el suelo. La amistad que yo sentía por él no me permitía juzgarlo severamente. Que fuera mal educado, que me levantara la falda con el hocico, no lo disminuía en mi estima.
Un perro no puede conducirse como un hombre, yo pensaba. Hace cosas raras, cosas de perro. Esas cosas de perro me perturbaban. Esas cosas de perro parecían más bien de hombres. Me repugnaba a veces. Yo le daba azúcar, pero lo mismo era que no se la diera.
La hija del casero tenía la misma edad que yo, la llamaban "La boba" y estaba confinada en el último cuarto del caserón, dedicada a remendar las medias de sus padres y hermanos, con un huevo verde de material plástico lleno de agujas, que me fascinaba.
—Tan chiquita y remendando —decía mi madre—.
A ella también Clavel la quería; era natural porque hacía mucho tiempo que se conocían. ¡Pobre Clavel!, su vida de perro consistía en visitarla y en visitarme, por turno. Rara vez nos encontrábamos los tres juntos. Supongo que mis padres me llevaban a hacer excursiones en las horas que ella tenía libres para jugar y en las horas que yo estaba en la casa la mandarían a hacer compras.
Me despedí con pena de Clavel; con menos pena de Bobita. Al poco tiempo supe, de un modo indirecto, que el casero había asesinado de un balazo a Clavel. Cuando pregunté por qué, obtuve diversas respuestas: Clavel estaba rabioso; el casero estaba loco; Clavel había mordido a la hija del casero. Conservo una fotografía de Clavel, pero no parece el mismo perro. Nadie lo enterró y algunas personas de la familia hablaron mal de él.


Silvina Ocampo, Los días de la noche.

Witkin




sábado, 8 de julio de 2017

Coral Fernandez * Silvina Ocampo en el Club de Lectura



Se llamaba Coral Fernández; llevaba siempre la oreja izquierda cubierta con el pelo y la derecha descubierta. Era tan bonita que en el primer momento pensé que era tonta. Nos conocimos en un almuerzo campestre, para celebrar la inauguración del Club del Ciclista, en Moreno. Debajo de un bosquecito de paraísos florecidos estaban dispuestas las mesas; había una tarima con la orquesta, y un tablado para bailar. Nos tocaron sillas contiguas, durante el almuerzo. No nos hablamos al principio, pero en seguida nos sentimos recíprocamente atraídos. Existe el amor a primera vista, sin duda. Debajo de la mesa algo rozó la pierna de Coral, algo que no era una pierna escandalosa, sino un gato. Coral se sobresaltó, los dos nos agachamos para ver que había debajo de la mesa, y nos reímos. En un momento dado la saqué a bailar y me gustó su mano, y me gustó abrazarla, y me gustó su risa y su perfume. Ya declinaba el sol y todavía quedamos sentados en aquel sitio, tan seducidos estábamos el uno por el otro. Me acometió un pequeño mareo, un violento dolor de cabeza. Lo atribuí a una insolación, aunque apenas me había expuesto al sol. Ella humedeció su pañuelo en la jarra de agua y me refrescó la frente. Como soy regalón y ella cariñosa, con este acto empezó una intimidad. Al despedirnos le dije sinceramente que desde ese día en adelante un dolor de cabeza me traería el más agradable de los recuerdos: el de haberla conocido. Teníamos los dos la misma táctica: no dejar ver el interés que sentíamos el uno por el otro. Durante un tiempo sólo nos vimos una vez por semana, en casa de amigos comunes. La casa tenía un jardín donde paseábamos apartados de la gente. Las reuniones se hacían los domingos por la noche, con juegos de barajas, baile, música. No necesitábamos vernos más, para saber que nos entendíamos maravillosamente bien. 
—Lástima que siempre me toque verte el día de mi dolor de cabeza —le dije una vez, para disimular la emoción, pues era de emoción que me dolía la cabeza y que me insolaba—. 
—Podríamos vernos cualquier otro día —dijo Coral, provocadora—. 
Tomamos la costumbre de encontrarnos diariamente en confiterías, en cinematógrafos, en plazas, en cualquier parte, hasta en lugares que no menciono. Enfermé y la dicha se oscureció. No era una enfermedad cualquiera la mía: tan pronto me dolía la cabeza, o me resfriaba o me cubría de urticaria, o no podía enderezarme, o me ardían los ojos. Consulté a varios médicos, que me sometieron, en vano, a análisis de sangre, a radiografías. Los médicos se enojan con las enfermedades que no conocen. Mi enfermedad no tenía nombre. El médico aseguró que estaba sano. En el acto resolví que me casaría y que partiría, casado, a Córdoba. Sin embargo, por cuestiones de trabajo, durante veinte días estuvimos separados. Yo debí hacer un viaje al Brasil y mejoré notablemente de salud. Volví cambiado, lleno de energía y de entusiasmo. Coral me lo reprochó en cierto modo. 
—Parece que te hiciera bien alejarte de mí. Volvimos a vernos todos los días, pero pronto mi salud decayó y Coral volvió a reprocharme el cambio favorable que se producía en mi ánimo cuando estaba lejos de ella. Estaba celosa; celosa de su ausencia. Nos peleamos como dos niños. Finalmente me fui, con un sobrinito, a veranear a Tandil, y dije a Coral que me internaba en un sanatorio de enfermedades nerviosas. Le escribí cartas, pero le oculté mi dirección; le di otra, para que me contestara. Mejoré sensiblemente pero en los momentos en que tomaba la pluma para escribir a mi novia, las manos se me llenaban de eccema. Me curaba, me enfermaba, sucesivamente. Empezaban a arderme los ojos, ni bien recibía las cartas de Coral. Pedí al sobrinito que me las leyera. Tomaba la precaución de sentarme en la otra punta del cuarto, porque si estaba muy cerca de él cuando me las leía, sentía escozores en diversas partes del cuerpo, especialmente adentro del pabellón de los oídos. Mi amor por Coral, sin embargo, no declinó. Le escribí cartas apasionadas, diciéndole que no la vería nunca más y que si me amaba realmente aceptaría que yo no le diera explicaciones. Ella redobló su amor por mí. En las cartas me aseguraba: 
—He pensado toda la noche en vos, sin poder dormir. Esa noche yo, quejándome de algún dolor extraño, tampoco dormía. 
—No pienses en mí —le suplicaba—. 
—Entonces ¿cómo haré para vivir?. Verte me hace tanto bien. 
—Nuestro organismo no nos permite estar juntos —le dije, sintiendo los estragos de su presencia en un acceso de tos—. 
Telefónicamente le propuse que tuviéramos un hijo por inseminación artificial, después de casarnos por poder. La conversación telefónica fue breve, pero el trámite fue tan largo como penoso. Ninguna otra mujer hubiera aceptado la situación difícil en que yo la ponía frente a la sociedad. La aceptó con resignación. Nuestro hijo tenía que vivir. Veíamos ya su rostro en los más hermosos cuadros; el color de su pelo y de sus ojos, las virtudes que heredaría. De vez en cuando, hago el sacrificio de escribir a Coral, tomando mil precauciones. De lejos he visto a nuestro hijo salir de la escuela, pero no me acerqué a hablarle, por temor de que haya heredado el poder de la madre, que obró tan mal sobre mi organismo alérgico. Sé que tiene un retrato mío en la cabecera de la cama, y el cortaplumas de nácar de mi infancia, y que, como yo, se llama Norberto; que ha heredado de la madre el perfil y del padre la facilidad para el dibujo. 


Silvina Ocampo.






domingo, 2 de julio de 2017

Silvina Ocampo en el Club de Lectura




La alfombra voladora
Enamorados caminaban sobre una alfombra de pétalos,
tan suave que una nube del mismo color
comparándola con esa alfombra
hubiera parecido muy dura.
El cielo no estaba arriba,
estaba abajo, iluminándoles los pies.
El diálogo apenas se oía
porque se miraban los pies entre los pétalos.
—¿Te gusta este color violeta?.
La punta de un pie señalaba unos pétalos.
—Quisiera que el mundo fuera todo de este color.
La punta de otro pie señaló otros pétalos.
—Hay colores horribles,
es claro que dependen del que tienen al lado,
pero éste se basta a sí mismo.
Es el color de la perspectiva.
El color lejano de las montañas al atardecer
transforma la tierra en agua,
pero más que nada el color del iris de tus ojos...
Te confieso que prefiero el anaranjado.
—Odio el anaranjado.
No pises las flores del jacarandá que es un santo.
—¿Odiar un color? ¿Por qué?.
De pronto el suelo se llenó de charcos
donde flotaban pétalos lilas en la luz del alba.
—¿Estaremos soñando? —dijeron al mismo tiempo.
No volvieron a verse. 



La alfombra voladora, Silvina Ocampo.

martes, 25 de abril de 2017

Vincent * Leónidas Lamborghini



–en camino: el dibujo del sendero bordeado de espinas.
me he dicho: ¡surgirás!: garabateo. ¿estéril?
la Naturaleza se resiste. espinas del sendero. la
Naturaleza
con tenacidad: hay que reducirla: captarla. una lucha. las
líneas principales. me he dicho: ¡surgirás todavía! ¡parirás!
¡de la miseria parirás! ¿jamás?: me he dicho: de
las energías de la miseria. ¡surgirás! ¿no? ¿lo lograrás?: de
la energía que las espinas. la
Naturaleza: hay que poner un poco del alma humana
allí. la
Naturaleza: se resiste. espinas. una lucha. una
tenacidad. con tenacidad: es necesaria. mano
firme. el lápiz más dócil. un poco. ahora. más de acuerdo.
garabateo. me digo: ¡hay que poder!. el estudio
constante. el estudio cuidadoso. el estudio repetido. el
dibujo: una lucha tenaz. con
el tronco tenaz del esqueleto tenaz: una lucha. con
la cabeza tenaz del esqueleto tenaz: una lucha. con
las piernas. con la pelvis tenaz. una lucha. ahora: poco
a poco. más
de acuerdo. en camino. el
camino es: estrecho. la puerta es: estrecha. la Naturaleza: se
resiste. ¡hay que reducirla! ¡hay que captarla! hay
leyes: ¡aprendo a ver las líneas principales! me he dicho:
¡hay que poder!. me he dicho: ¡no te dejes despistar!: las
líneas. las principales. buscar. buscar. ahora el lápiz más de
acuerdo. más y más. ese sauce. me digo: concéntrate
en ese árbol. me digo: ¡atención! me digo: no
te dejes despistar: ¡es un ser vivo! me digo: ¡hay
que poner un poco del alma humana allí!: esa herida.



Leónidas Lamborghini. Reescritura de distintos pasajes de las Cartas a Théo, de Vincent Van Gogh. 



domingo, 16 de abril de 2017

Leónidas Lamborghini * Mayo en Siempre de Viaje





www.siempredeviaje.com.ar
www.siempredeviajepoesia.blogspot.com.ar
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje

Tel.: 4867-5964 

El extraviado * Leónidas Lamborghini en el Club de Lectura



Como el que un día
leyendo el diario
se sorprende
en la sección Extraviados

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que ve esa foto
de su rostro
allí
y reconoce su rostro
pero no se identifica

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que lee
sus datos de identidad
allí
debajo de la foto
de su rostro
y se identifica
pero no se reconoce

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que intenta
hacer memoria
y toca su cuerpo y se dice
soy éste, estoy aquí
y comienza a buscarse
y no se encuentra

como ese
como ese

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.


Leónidas lamborghini.


viernes, 31 de marzo de 2017

Leónidas Lamborghini en el Club de Lectura



Coordinación: Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964 

lunes, 13 de marzo de 2017

Siesta * Oliverio Girondo




Un zumbido de moscas anestesia la aldea.
El sol unta con fósforo el frente de las casas,
y en el cauce reseco de las calles que sueñan
deambula un blanco espectro vestido de caballo.

Penden de los balcones racimos de glicinas
que agravan el aliento sepulcral de los patios
al insinuar la duda de que acaso estén muertos
los hombres y los niños que duermen en el suelo.

La bondad soñolienta que trasudan las cosas
se expresa en las pupilas de un burro que trabaja
y en las ubres de madre de las cabras que pasan
con un son de cencerros que, al diluirse en la tarde,
no se sabe si aún suena o ya es sólo un recuerdo
¡Es tan real el paisaje que parece fingido!




Oliverio Girondo



lunes, 6 de marzo de 2017

Y la noche alumbraba la noche * Sofía Tagle


Y la noche alumbraba la noche
y me devolvía mi inseguridad
"todo es mi culpa" pensaba en silencio
mientras sus ronquidos
inundaban la habitación
agua
no puedo respirar
me ahogo
agua
sobreviviré?
agua
flotará el colchón?
esto me pasa por no prestar atención
a las normas de seguridad
la azafata estaba lejos
no la pude escuchar
y su voz...
su voz me arrulló hasta el sueño
y ahora estoy acá
despierta
a oscuras
en una sala inundada
agua
por todas partes
agua
que sale de adentro
brota
agua verde
brota
agua estancada
brota
mi enojo
brota
mi angustia
todo mojado
agua
las sábanas húmedas
agua
la frazada se deshace
agua
la almohada se hincha
agua

y vos

seco





Sofía Tagle, 2017.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje a partir de la lectura de Roland Barthes.


domingo, 19 de febrero de 2017

Marzo: Oliverio Girondo en el Club de Lectura

En marzo vení al Club de Lectura de Oliverio Girondo, vamos a leer sus poemas, conocer algo de su historia y también escribiremos con consignas generadas en el Taller.

¡No te lo pierdas!
Hay varios grupos y horarios en la guarida de Siempre de Viaje en el Abasto.



¿Dónde?
¿Me extravié en la fiebre?
¿Detrás de las sonrisas?
¿Entre los alfileres?
¿En la duda?
¿En el rezo?
¿En medio de la herrumbre?
¿Asombrado a la angustia,
al engaño,
a lo verde?
No estaba junto al llanto,
junto a lo despiadado,
por encima del asco,
adherido a la ausencia,
mezclado a la ceniza,
al horror,
al delirio.
No estaba con mi sombra,
no estaba con mis gestos,
más allá de las normas,
más allá del misterio,
en el fondo del sueño,
del eco,
del olvido.
No estaba.
¡Estoy seguro!
No estaba.
Me he perdido.

Oliverio Girondo.


lunes, 2 de enero de 2017

Decir Te amo * Alejandra Malvotti


Entreabro los ojos. Tres de la mañana. En nuestra habitación la oscuridad es casi total. Por la ventana, que dejé un poco abierta para que entre el frescor de la noche, se cuela un rayo lunar brillante. Impactando justo en la piedra que nos trajimos de Córdoba. Esa en forma de corazón.
Acostada boca abajo. Me niego a girar la cabeza. Me quedo inmóvil. Entumecida. Casi paralizada.
Sé la hora. El despertador está de mi lado. ¿Te acordás de que te olvidabas de programarlo? Después de unas cuantas llegadas tarde al trabajo, lo cambiamos de lugar. Me enojé mucho. Te dije palabras irrepetibles. ¿Por qué te traté así, si te amaba?
Te amo
Solía observarte sin aburrirme. Mi mirada acariciaba tus sueños, mis pensamientos luchaban contra tus pesadillas.
Nuestro juego preferido era quién decía el mejor te amo, el más ocurrente.
Cuando yo te decía “te amo ahora” vos me regalabas un “te amo cuando camino”. Si a mí se me escapaba un “te amo comiendo naranjas”, vos me acestabas con “te amo cuando cantás”. Un día te dije “te amo cuando te odio” y me ganaste con el “te amo porque sí”.
Vuelvo a pestañear. Tres y catorce de la mañana. No hay cambios en la oscuridad. Estiro el brazo. Nada.
No estás.
Tanteo la almohada insensible a mis lágrimas nocturnas. Sigue esponjosa, intacta.
No es un sueño. No.
Te fuiste en ese viaje inesperado “son solo dos días”. Besos hubo.
Besos de despedida.
Hoy te amo en silencio

Te amo sola.
     


                                     

 Alejandra Ligia Malvotti, 2016.
Texto producido en los Talleres de Siempre de Viaje.