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martes, 7 de abril de 2020

Ventana a la escritura 18: Salir a pasear


Ellingson


Amalia

I

Amalia pensaba siempre a dónde iría a pasear. Cuando estaba resuelto su propósito escondía su alegría de una manera rara; decía a los demás cosas que sabía que los demás apoyarían, pero ella fingía que se le ocurrían de pronto y que se asombraba un poco y que se alegraba otro poco con la opinión de los demás.

II

Yo pensaba siempre en Amalia y en besarla. Nunca le decía nada porque me parecía traicionar nuestra confianza alegre y porque ella no sabría recibir nada inesperado. Cuando tenía más violento el deseo de besarla le hablaba de cosas simples como si tuviera toda mi atención en ellas y al mismo tiempo como si pensara en ellas de paso.

III

Un día antes de salir a pasear, con la alegría de lo que veríamos y como poniéndonos de acuerdo para ir a muchos lugares lindos nos dimos un beso corto. Pero cuando nos besábamos ella miraba para un lado como si pensara a dónde iría a pasear y yo tenía los ojos muy abiertos y la miraba fijo como si estuviera distraído por cosas simples.



Felisberto Hernández, Obras completas.




Propuestas de escritura para hoy:


-Describir personajes por un rasgo particular en sus formas de ver el mundo.


Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 


El libro recomendado de hoy es Obras completas de Felisberto Hernández. 


#ventanaalaescritura
¡Compartamos leer y escribir!

domingo, 23 de septiembre de 2018

Nadie encendía las lámparas * Felisberto Hernández



Antonio Canova
Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.




Felisberto Hernández, Nadie encendía las lámparas, fragmento.





jueves, 13 de septiembre de 2018

Elsa * Felisberto Hernández




I

Yo no quiero decir cómo es ella. Si digo que es rubia se imaginarán una mujer rubia, pero
no será ella. Ocurrirá como con el nombre: si digo que se llama Elsa se imaginarán cómo es el nombre Elsa; pero el nombre Elsa de ella es otro nombre Elsa. Ni siquiera podrían imaginarse cómo es una peinilla que ella se olvidó en mi casa; aunque yo dijera que tiene 26 dientes, el color, más aun, aunque hubieran visto otra igual, no podrían imaginarse cómo es precisamente, la peinilla que ella se olvidó en mi casa.

II

Yo quiero decir lo que me pasa a mí. ¿Y saben para qué?, pues, para ver si diciendo lo que me pasa, deja de pasarme. Pero entiéndase bien; me pasa una cosa mala, horrible: ya lo verán. Sé que por más bien que yo llegara a decirla, ocurrirá como con la peinilla y lo demás; no se imaginarán exactamente cómo es lo malo que me pasa; pero el interés que yo tengo es ver si deja de pasarme tanto lo malo que se imaginarán, lo malo que en realidad me pasa.

III

Elsa no es precisamente una de las tantas muchachas que no me aman: ella no me amará dentro de poco tiempo, porque ahora ella me ama. Nos hemos visto muy pocas voces; ella está muy lejos; nuestro amor se mantiene por correspondencia; pero yo tengo la convicción, yo afirmo categóricamente, yo creo absolutamente -ya explicaré ampliamente por qué tengo esta fiebre de afirmar- yo vuelvo a afirmar que dada la manera de ser de ella, dejará muy pronto de amarme, porque ella no podrá resistir el amor por correspondencia. Yo sí, pero ella no.

IV

De lo que ya no existe, se habla con indiferencia o con frialdad; pero yo hablo con dolor, porque hablo antes de que deje de existir y sabiendo que dejará de existir: recuérdese cómo lo afirmé.
Cuando espero algo, siento como si alguien -llámese Dios, destino o como quiera- tratara de demostrarme que la cosa que espero no llega o no ocurre como yo esperaba. Entonces, cuando yo tengo interés en que una cosa no ocurra, empiezo a pensar que ocurrirá, para burlarme de ese alguien si la cosa llega u ocurre, para hacerle ver que yo la preveía; y él por no dar su brazo a torcer no me da ese gusto y la cosa ocurre; pero he aquí que al final triunfo yo, porque precisamente lo que más deseaba era que no ocurriera. También debo decir que ese alguien suele sorprenderme dejándose burlar, y que yo triunfe aparentemente y quede derrotado íntimamente: pero esto ocurre las menos de las veces.
Para ser franco, diré que yo no creo en ese alguien, que a ese alguien lo creamos, y para crearlo lo suponemos al revés y al derecho. Pero cuando nos encontramos frente a un gran dolor, volvemos a pensar al revés y al derecho por si llega a ser cierto que existe. Ahora yo pienso que a lo mejor existe, y que a lo mejor no da su brazo a torcer, y por llevarme la contra hace que no ocurra lo de que ella deje de amarme, puesto que yo afirmo que ocurrirá. Así mismo tengo temor de que ese alguien se deje vencer y la cosa ocurra como en las menos veces: pero yo tengo más esperanza del otro modo: al revés que al derecho. Tendría esperanza aun cuando viera que estoy a punto de que ella no me ame; pues con más razón tengo esperanza ahora que ella me ama normalmente.
Bueno, en total quiero dejar constancia de que tengo la convicción, de que afirmo categóricamente, y que creo absolutamente, que Elsa se diferencia de las demás muchachas, en que ninguna de las otras me ama, y que ella dejará muy pronto de amarme.



Felisberto Hernández, incluido en La envenenada.



miércoles, 5 de septiembre de 2018

"por qués" * Felisberto Hernández



IX

Cuando lograba detener los “por qués”, la Tierra le parecía maravillosa; le parecía un juguete ingeniosísimo; la encontraba parecida a esos sonajeros de los niños que es necesario que los muevan para que suenen: la Tierra se movía y por eso los hombres tenían acción. Tal vez si la Tierra se detuviera ellos también. Pero no se podía asegurar nada, era un juguete muy complejo. Hubiera deseado, igual que los niños, romperlo, ver cómo era interiormente y romperle el por qué. Pero lo único que podía hacer era observarlo: observando le parecía que los hombres tenían cuerda individual, pero que se subordinaban a la Tierra por un imán; que al moverse la Tierra les excitaba la cuerda y que había hombres de más o menos cuerda.



Felisberto Hernández, fragmento de Libro sin tapas





viernes, 24 de agosto de 2018

Felisberto Hernández: Septiembre en Siempre de Viaje





Danza española

Yo tendré un puño negro.
Yo seré fino, acerado y terrible.
Yo seré un puñal español.
Tú danzarás lentamente.
Tú llevarás las manos en las caderas.
Tú me llevarás entre los dientes.
Tú me apretarás en tu mano nerviosa.
Tú me guardarás en tu pecho caliente.
Tú amarás mucho a tu extraño amigo.
Yo recibiré en mi filo el fluido de tus nervios.
Yo lo acumularé todo en mi puño negro.
Yo soltaré de mí, corrientes de presagio.
Yo tendré un puño negro.
Yo seré fino, acerado y terrible.
Yo seré un puñal español.


Felisberto Hernández, incluido en La envenenada.

miércoles, 18 de enero de 2017

Ruidos, de José Lupia * Publicado en la revista "Cruz Diablo"




Abro los ojos en medio de la noche y comprendo el espanto que interrumpe mi sueño: los ruidos de las máquinas han cesado.
Se escucha silencio. Un silencio de cementerio superpoblado de muerte, una ausencia de sonidos que espantaría a cualquiera.
Me incorporo y mis pies descalzos caminan sin protegerse sobre el piso de madera. Bajo las escaleras y llego al comedor. Advierto el finísimo hilo de sangre que deja mi andar. De un tirón, retiro la astilla de la planta de mi pie izquierdo. Arde. No hay tiempo para mayores cuidados, así que sigo mi camino envuelto en una niebla extraña, como cuando vivimos una tragedia y actuamos sabiendo que esos actos no saldrán jamás de nuestra mente.
Así abro la puerta. No me importa mi aspecto nocturno, ni la sangre de mi pie, ni el frío del invierno. El único sentido fiel es el que me informa del silencio, el que me alerta sobre la ausencia de ruidos.
Cruzo la calle.
A medida que me alejo de la casa y me acerco a la fábrica, el miedo crece. De la nada sale un hombre, de la noche, de la niebla de la noche sale un hombre. Un mameluco azul oscuro repleto de manchones negros y unos borceguíes marrones son su vestimenta. Apenas puedo adivinar los contornos de un rostro que permanece oculto en la sombra. Viene a mi encuentro. Habla:
—¿Cómo está señor? Lo estaba esperando.
—¿Por qué debería esperarme a mí? —respondo con cierta hostilidad.
—Porque usted es el vecino. Y ya se sabe que cuando las máquinas se detienen, el vecino llega. Es casi un dicho que tenemos en la fábrica.
Lo miro con incredulidad. Sin entender del todo sus palabras. Sin comprender, en realidad, nada de lo que está ocurriendo. Espero una explicación mayor y el hombre parece dispuesto a darla; al menos continúa hablando:
—La última vez que las máquinas se detuvieron pasó lo mismo. Fue hace mucho ya. El hombre que habitaba la casa en donde usted vive ahora, se acercó muerto de miedo, desesperado por el silencio, tiritando de frío, como usted.
—¿Y quién le dijo que yo estoy desesperado por el silencio? —agrego con ánimos de pelea.
—Su cara me lo dice. No se preocupe señor, a mí no tiene que explicarme nada—continua con un tono complaciente que me enerva pero, al mismo tiempo, me salva.
—¿Por qué pararon los ruidos? —lanzo cortante.
—Mire, no se alarme. Mañana mismo vuelven. Es que cada diez años tenemos que parar las máquinas. Mantenimiento que le dicen.
—¿Y mañana vuelven?
—Se lo aseguro. Mañana vuelven. Ahora, qué cosa increíble eh.
—¿Qué cosa es increíble? —digo con nueva prepotencia.
—Usted viene desesperado a la madrugada porque pararon los ruidos y me pregunta qué cosa es increíble.
—Es que sin los ruidos.
—Sin los ruidos…
Yo debo terminar la frase. Lo sé. Y siento que el silencio se adueña de todo y entra en mi cuerpo llenando de muerte mis arterias. Un cementerio superpoblado ¡Eso! Una manifestación de muerte que en vez de gritar, silencia, calla, hace vacíos, huecos en la tierra en donde ríos de sangre buscan su curso. Ríos de sangre ¡Eso! ¡Eso!
Entonces exploto en llanto como un niño, un niño que se levanta en medio de la noche porque un trueno lo ha despertado. Igual, pero al revés.
El hombre se acerca e increíblemente abre sus brazos ofreciéndose. Ridículo, ya lo sé, pero qué importa. Acepto su oferta. Apoyo mi cara en su pecho y entre llantos declarados con quejidos y hombros temblorosos, pregunto:
—¿Cómo voy a dormir sin ruidos?
—Tranquilo, tranquilo —dice—. Ya sé. Ya lo sé todo. Pero es sólo una noche.
—Y usted me da su palabra de que mañana vuelven.
—Todo igual a partir de mañana. Sólo tiene que aguantar esta noche.
—Sólo una noche.
—Sólo una noche. Una larga noche.
—Ya veo. Escúcheme: ¿no se quedaría a hacerme compañía? —pregunto ganando en entusiasmo—. Le puedo preparar un café.
Me responde una escandalosa risa. Una carcajada que crece de a poco hasta encontrar un invisible punto límite luego del cual comienza a ceder.
Separa su cuerpo del mío, recién entonces veo su rostro con nitidez. Un escalofrío me recorre como un flujo tempestuoso. Apenas si puedo disimular el espanto al contemplar la piel ajada, los ojos pequeños demasiado oscuros, el cabello en mechones desparejos.
Tal vez para salvarme de ese momento, habla de nuevo:
—Usted tiene que pasar esta noche. Yo ya me voy. Cumplí. Terminó mi horario.
Y nuevamente las risas mientras se pierde entre la bruma.
—¿Qué pasó con el anterior? —pregunto atropelladamente.
—¿Con el anterior?
—Con el que habitaba la casa antes de que yo llegara. ¿Qué paso?
—No todos pueden aguantar una noche sin ruidos. A propósito, debería revisar ese pie. No vaya a ser cosa que termine mal por una pavada. Mire que cuando la sangre empieza a salir…
—Pero contésteme —insisto, ya desesperado.
No hay respuestas. Nada se escucha. Vuelvo a estar sólo en medio de la noche. Sin ruidos. Sin ningún maldito y salvador ruido.
Por supuesto que pienso en el anterior, en las habladurías sobre la casa, la fábrica y los ruidos. Pero ya no tengo tiempo. Bajo la vista y veo un charco de sangre rodeando mis pies, un charco más grande de lo imaginable para una herida tan pequeña. Decido volver a la casa. Me cuesta moverme porque mi pie izquierdo se hunde en la tierra como si de arena se tratase. Hago un esfuerzo irracional. Logró liberar el pie. Doy pasos lentos, arrastrándolo. Llego a mi casa. Me desplomo sobre la primera silla que encuentro. Dejo la puerta abierta lo que me permite mirar la fábrica. Su contorno horroroso me conmueve, como si la estuviera viendo por primera vez, como si la estuviera viendo con otros ojos.
Suplico por ruidos. Sé que es inútil.
Con asombro, veo la estela púrpura que mis pasos dejaron. Ya no es un finísimo hilo, es un sendero que conecta los ruidos con la casa, un lazo que comprendo irremediable. Como un río, pienso, como un río de sangre que ya encontró su curso.




José Lupia, 2016.

Este cuento obtuvo una mención en el concurso "30 Aniversario de la publicación de It". 
Ha sido publicado en la revista "Cruz Diablo", diciembre de 2016. 



miércoles, 20 de agosto de 2014

Club de Lectura - Felisberto Hernández


Este mes Felisberto Hernández en el club de Lectura


Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debe esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

Explicación falsa de mis Cuentos, Fellisberto Hernández




Reservá tu boleto, viajá con el Club de Lectura, hay un horario pensado para vos.




Coordinación: Cecilia Maugeri, Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje

Tel.: 4867-5964