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sábado, 4 de mayo de 2019

Desnuda de vos * Ivana Pizarro




Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor”.
Gardel y Le Pera


Desnuda de vos
anda mi nostalgia


un tango del cuerpo
que no tiene pena


es fuelle
grita
tu nombre


desgajo
feroz
   la piel de tu ausencia






Ivana Pizarro, 2019.





Horacio Coppola





sábado, 9 de marzo de 2019

Mi noche * Ivana Pizarro




Mi noche
muere de estrellas


Veo venir
el efecto dominó
de tus desprecios


en tu mirada
la tristeza
vomita lágrimas


lo que escribo
hace cuenca
en mi esperanza


Me veo venir





Ivana Pizarro, 2019.




Horacio Coppola

jueves, 21 de febrero de 2019

Veo que estoy sentado escribiendo * Inger Christensen






Veo que estoy sentado escribiendo
Veo que se escribe Veo lo escrito
Leo y veo lo leído
Vuelvo a ver el silencio delante
Veo que se dirige hacia mi escritura
Desaparece en lo escrito que se está escribiendo
Se lee a sí mismo
Empieza a gritarse a sí mismo






Inger Christensen, Eso.







martes, 19 de febrero de 2019

No sé si extrañar * Ivana Pizarro





No sé si extrañar
es lo que digo


callo
quizás
este encierro
t a n m í o


en el árbol
las ramas
son silencio


mi boca
va pariendo
enredaderas




Un vaso dado vuelta
      como si la sed
                no existiera





Ivana Pizarro, 2019.



Horacio Coppola



jueves, 14 de febrero de 2019

El rapto * Roland Barthes



El episodio hipnótico, se dice, es ordinariamente precedido de un estado crepuscular: el sujeto está de algún modo vacío, disponible, ofrecido sin saberlo al rapto que lo va a sorprender. De la misma manera Werther nos describe por extenso la vida insignificante que lleva en Wahlheim antes de encontrar a Carlota: nada de mundanidad, de ocio, sólo la lectura de Homero, una suerte de acunamiento cotidiano un poco vacío, prosaico (se hace cocer guisantes). Esta “maravillosa serenidad” no es más que una espera –un deseo–: no caigo nunca enamorado, si no lo he deseado; la vacancia que he creado en mí (y de la que como Werther, inocentemente, me enorgullezco) no es otra cosa que ese tiempo, mas o menos largo, en que busco con los ojos, en torno mío sin que lo parezca, a quien amar. Ciertamente que al amor le hace falta un desencadenante, como el rapto animal; el señuelo es ocasional, pero la estructura es profunda, regular, como es estacional el acoplamiento. Sin embargo el miro del “flechazo” es tan fuerte (cae sobre mí sin que me lo espere, sin que lo quiera, sin que tome en ello la menor parte), que uno se queda estupefacto al oír que alguien decide caer enamorado: como Amador viendo a Florinda en la corte del gobernador de Cataluña: Después de haberla mirado largo tiempo resuelve amarla”. ¿Cómo, voy a decidir si debo volverme loco (el amor sería esta locura que yo quiero)?



Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso
Taller de deseo en Siempre de Viaje.



Gian Lorenzo Bernini

jueves, 7 de febrero de 2019

intenso * Carina Szwec




intenso
blanco
cuando no podés
determinar

lo que te pasa
lo que sentís
angustia

en el pecho
aprieta los órganos
fuerza invisible
blanco como el momento en que miraste el sol y no te importó si quedabas ciego
blanco como la espuma del mar en su estado más violento
te invita, te seduce
barba del agua
vení atravesame

la hoja de ruta
antes de proyectar el viaje
el papel
antes de empezar a escribir
                           misterio expectativa frustración liberación

la pared
con la que chocaste
una y otra vez
lo haría mil veces más

blancas
las nubes
y querer
saltarlas comerlas apretarlas tocarlas

aunque sea

                                                                                                                                     sentirlas

que no importe
nada más

el deseo es blanco

mi deseo siempre es

blanco






Carina Szwec, 2019.


Cristina de Middel


miércoles, 30 de enero de 2019

La maja * Anaïs Nin

El pintor Novalis acababa de casarse con María, una española de la que se enamoró porque le recordaba su cuadro favorito, la Maja desnuda de Goya.

Fueron a vivir a Roma. María hizo palmas con infantil alegría cuando vio el dormitorio, admirada de los suntuosos muebles venecianos con hermosas incrustaciones de perlas y ebonita.

Sobre el monumental lecho construido para la esposa de un dux, la primera noche María temblaba de placer, estirando el cuerpo antes de esconderlo bajo las delicadas sábanas. Los dedos sonrosados de sus gordezuelos piececitos se movían como si reclamaran a Novalis.

Pero ni una sola vez se había mostrado completamente desnuda a su marido. En primer lugar, era española; además era católica; y además absolutamente burguesa. Antes de hacer el amor había que apagar las luces.

De pie junto a la cama, Novalis la miraba con los ojos apretados, dominado por un deseo que dudaba si manifestar; quería verla, admirarla. No la conocía completamente a pesar de aquellas noches en el hotel, cuando oían voces extrañas al otro lado de los finos tabiques. Lo que pedía no era un capricho de amante, sino el deseo de un pintor, de un artista. Sus ojos estaban hambrientos de la belleza de la mujer.

María se resistió, acalorándose, algo enfadada, ofendida en sus profundos prejuicios.

—No seas tonto, querido Novalis —dijo—. Ven a la cama.

Pero él insistió. Debía superar sus prejuicios burgueses, le dijo. El arte se mofa de semejante modestia, la belleza humana debe exhibirse en toda su majestad y no permanecer escondida, despreciada.

Las manos del hombre, coaccionadas por el temor a herirla, apartaron suavemente sus dulces brazos que estaban cruzados sobre el pecho.

Ella se rió.

—Eres tonto. Me haces cosquillas. Me estás haciendo daño.

Pero, poco a poco, adulado el femenino orgullo por el culto de que era objeto su cuerpo, se fue entregando, dejándose tratar como una niña, con mansas protestas, como si estuviera sufriendo una agradable tortura.

Libre de velos, el cuerpo brilló con la blancura de las perlas. María cerró los ojos como si quisiera escapar a la vergüenza de su desnudez. Sobre las tensas sábanas, las graciosas formas embriagaban lo ojos del artista.

—Eres la fascinante y pequeña maja de Goya —dijo él.

Durante las semanas siguientes, nunca posó para él ni le permitió tener modelos. Se metía inesperadamente en el estudio y charlaba mientras él iba pintando. Una tarde que entró de repente en el estudio, vio sobre la plataforma de los modelos a una mujer desnuda tendida sobre pieles, mostrando las curvas de su marfileña espalda.

Más tarde María hizo una escena. Novalis le rogó que posara para él y ella capituló. Agotada por la vehemencia, se quedó dormida. El trabajó durante horas sin pausa.

Con franca inmodestia, se admiró en el cuadro lo mismo que lo hacía en el gran espejo del baño. Deslumbrada por la belleza de su propio cuerpo, por unos instantes perdió la vergüenza. Además, Novalis había puesto al cuerpo una cara distinta, para que nadie pudiese reconocerla.

Pero después María recayó en sus viejos hábitos mentales, negándose a posar. Hacía una escena cada vez que Novalis contrataba a una modelo, escuchando y espiando detrás de las puertas, y discutiendo a todas horas.

Casi enfermó de ansiedad y temores morbosos, y comenzó a padecer insomnio. El doctor le dio unas píldoras que le provocaban un sueño profundo.

Novalis se dio cuenta de que cuando tomaba las píldoras no lo notaba levantarse, moverse alrededor ni derribar los objetos de la habitación. Una mañana que se despertó temprano con ánimos de trabajar y la vio dormida, tan dormida que casi no se movía, tuvo una extraña ocurrencia.

Apartó las sábanas que la tapaban y, lentamente, fue levantando el camisón de seda. Pudo subirlo por encima de los pechos sin que ella diera la menor muestra de despertar. Cuando estuvo descubierto todo el cuerpo de la mujer, lo contempló tanto rato como quiso. Los brazos estaban desprendidos del cuerpo; los pechos se extendían ante sus ojos como una ofrenda. Le excitaba el deseo pero no se atrevió a tocarla. En lugar de eso, trajo papel y lápices, se sentó junto a la cabecera y estuvo tomando apuntes. Mientras trabajaba, tenía la sensación de estar acariciando cada una de las líneas perfectas del cuerpo de la mujer.

Pudo proseguir durante un par de horas. Cuando observó que cedía el efecto de las píldoras somníferas, estiró el camisón, la cubrió con la sábana y salió del dormitorio.

Más tarde, María se sorprendió al notar un nuevo entusiasmo de su marido por el trabajo. Se encerraba en el estudio durante días enteros, pintando sobre los apuntes a lápiz que hacía por las mañanas.

De este modo le hizo varios cuadros, siempre tendida, siempre durmiendo, tal como había estado el primer día que posó. María estaba pasmada por la obsesión. Creía que eran simples repeticiones de la primera pose. Novalis siempre alteraba el rostro. Dado que la actual expresión de la mujer era adusta y severa, nadie que viera aquellos cuadros se imaginaría nunca que el voluptuoso cuerpo era el de María.

Novalis ya no deseaba a su esposa cuando estaba despierta y lucía la expresión puritana y la mirada ceñuda. La deseaba cuando estaba dormida, abandonada, opulenta y apacible.

La pintaba sin respiro. Cuando estaba solo en el estudio con un nuevo cuadro, se tendía frente al cuadro en el sofá y una corriente cálida le recorría todo el cuerpo, mientras sus ojos reposaban en los pechos de la maja, en el valle de su vientre o en el vello que nacía entre las piernas. Notaba una incipiente erección. Le sorprendía el violento efecto del cuadro.

Una mañana estuvo delante de María mientras ella estaba durmiendo. Había conseguido separarle ligeramente las piernas, para ver en medio. Observando la pose sin limitaciones, las piernas abiertas, se tocó el sexo con los dedos haciéndose la ilusión de que era ella quien lo hacía. Cuántas veces le había conducido la mano hacia el pene, con el propósito de arrebatarle esta caricia, pero ella siempre se había negado y alejado la mano. Ahora empuñó el pene con su propia mano.

María comprendió pronto que había perdido el amor del pintor y no supo cómo recuperarlo. Se daba cuenta de que estaba enamorado de su cuerpo, pero sólo cuando lo pintaba.

Se fue al campo, a pasar una semana con unos amigos. A los pocos días cayó enferma y regresó a casa para que la viera su médico. Cuando llegó, la casa parecía desierta. Fue de puntillas al estudio de Novalis. No había el menor ruido. Entonces se imaginó que estaría haciendo el amor con otra mujer. Se acercó a la puerta. Lenta y silenciosamente como un ladrón, la abrió. Y esto es lo que vio: en el suelo del estudio había un cuadro de ella; y encima, restregándose contra el cuadro, estaba su marido desnudo, desnudo y con el pelo alborotado, como ella no lo había visto nunca, y con el pene erecto.

Se restregaba contra la pintura, lascivo, besándola y acariciándola entre las piernas. Se revolcaba como nunca lo había hecho sobre María. Parecía presa del frenesí y a todo su alrededor tenía los demás cuadros de ella, desnuda, voluptuosa y bellísima. Les dirigía miradas apasionadas y luego proseguía el imaginario abrazo. Lo que estaba viviendo era una orgía con la esposa que en realidad no había conocido. Ante este espectáculo, la propia sensualidad contenida de María se incendió, libre por primera vez. Al quitarse las ropas, le reveló una María nueva, una María iluminada por la pasión, abandonada como en los cuadros, que ofrecía su cuerpo sin pudor y sin dudarlo a todos los abrazos del hombre, esforzándose por arrebatar sus emociones a los cuadros, por sobrepasarlos.


Anaïs Nin, Pajaritos.



viernes, 25 de enero de 2019

La casa está dormida * Anaïs Nin



La casa está dormida. Los perros guardan silencio. Siento el peso de la soledad. Ojalá estuviera en el piso de Henry, por lo menos podría secar los platos que lava él. Veo su chaleco, desabrochado, porque el traje viejo que le han dado le queda pequeño. Veo la raída solapa bajo la cual me encanta deslizar la mano, la corbata con la que juego mientras me habla. Veo el cabello rubio sobre el cuello. Veo la expresión que tiene cuando baja el recipiente de la basura, furtivo, medio avergonzado. Avergonzado también de su amor al orden, que lo obliga a lavar los platos, a recoger la cocina. “June se oponía a esto –dice–; le parecía poco romántico”. Recuerdo haber leído en las notas de Henry el regio desorden que le gustaba a ella. No sé qué decir. Los dos personajes están en mí: la mujer que actúa como Henry y la mujer que sueña con actuar como June. Una vaga ternura me empuja hacia Henry, que lava los platos con tanta seriedad. No puedo burlarme de él. Lo ayudo. Pero mi imaginación está fuera de la cocina. Sólo me gusta la cocina porque Henry está allí. Incluso he llegado a desear que Hugo estuviera fuera más tiempo para vivir en Clichy. Es la primera vez que deseo nada semejante.   



Anaïs Nin, Henry Miller, su mujer y yo.



lunes, 21 de enero de 2019

Todo el cuerpo hacia qué * Idea Vilariño




Todo el cuerpo hacia qué
como un ramo de lilas, 
como una rosa roja, 
como un jazmín sediento.
Todo el cuerpo hacia qué.
Lluvia como ceniza
los días, aunque, a veces, 
cenizas en el viento.
Y hacia quién se sostiene 
la noche, como un arco
sin flechas, como un arco
sin flechas pero tenso.
Hacia qué o hacia quién
estas noches de barco
sin destino, de barco
sin destino y sin puerto.
Los ojos sólo ven
lluvia sobre ceniza,
los días, y las noches,
vacíos arcos tensos.
Pero el cuerpo hacia quién
como un ramo de lilas,
como una rosa roja,
como un jazmín sediento.



Idea Vilariño.


Diosa minoica