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jueves, 18 de marzo de 2021

Ventana a la escritura 361: capacidad de desear

 El cuerpo de Rango olía a maderas del bosque; su cabello, a sándalo; su piel, a cedro. Daba la sensación de que siempre había vivido entre plantas y árboles. Tirada a su lado, privada de satisfacción, Hilda sentía a que a la mujer que había en ella le habían enseñado a ser sumisa frente al hombre, a obedecer sus deseos. Sintió que él la estaba castigando por el gesto que había hecho, por su impaciencia, por ese primer acto de liderazgo. La excitaría sin satisfacerla hasta destruir su capacidad de desear.



Anaïs Nin, Pajaritos.


Propuesta de escritura para hoy:


─Describir a alguien utilizando solamente imágenes olfativas.

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viernes, 18 de septiembre de 2020

Ventana a la escritura 182: su espalda de marfil

 




En las semanas siguientes María no posó para él ni le permitió usar otras modelos. Aparecía inesperadamente en el estudio y se ponía a charlar mientras él pintaba. Una tarde, cuando entró en el estudio, vio a una mujer desnuda sobre la plataforma de modelos, tirada sobre unas pieles, mostrando sus curvas y su espalda que parecía de marfil.

Más tarde, María hizo una escena. Novalis le rogó que posara para él; ella finalmente aceptó. Agotada por la discusión, se quedó dormida. Él trabajó durante tres horas sin pausa.

Con franca modestia, María se admiró en el cuadro tal y como lo hacía en el gran espejo de su habitación. Ebria por la belleza de su propio cuerpo, perdió por un momento la conciencia de sí.



Anaïs Nin, Pajaritos.



Propuesta de escritura para hoy:


─Escribir un texto incluyendo esta oración: "Ebria por la belleza de su propio cuerpo, perdió por un momento la conciencia de sí".

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miércoles, 30 de enero de 2019

La maja * Anaïs Nin

El pintor Novalis acababa de casarse con María, una española de la que se enamoró porque le recordaba su cuadro favorito, la Maja desnuda de Goya.

Fueron a vivir a Roma. María hizo palmas con infantil alegría cuando vio el dormitorio, admirada de los suntuosos muebles venecianos con hermosas incrustaciones de perlas y ebonita.

Sobre el monumental lecho construido para la esposa de un dux, la primera noche María temblaba de placer, estirando el cuerpo antes de esconderlo bajo las delicadas sábanas. Los dedos sonrosados de sus gordezuelos piececitos se movían como si reclamaran a Novalis.

Pero ni una sola vez se había mostrado completamente desnuda a su marido. En primer lugar, era española; además era católica; y además absolutamente burguesa. Antes de hacer el amor había que apagar las luces.

De pie junto a la cama, Novalis la miraba con los ojos apretados, dominado por un deseo que dudaba si manifestar; quería verla, admirarla. No la conocía completamente a pesar de aquellas noches en el hotel, cuando oían voces extrañas al otro lado de los finos tabiques. Lo que pedía no era un capricho de amante, sino el deseo de un pintor, de un artista. Sus ojos estaban hambrientos de la belleza de la mujer.

María se resistió, acalorándose, algo enfadada, ofendida en sus profundos prejuicios.

—No seas tonto, querido Novalis —dijo—. Ven a la cama.

Pero él insistió. Debía superar sus prejuicios burgueses, le dijo. El arte se mofa de semejante modestia, la belleza humana debe exhibirse en toda su majestad y no permanecer escondida, despreciada.

Las manos del hombre, coaccionadas por el temor a herirla, apartaron suavemente sus dulces brazos que estaban cruzados sobre el pecho.

Ella se rió.

—Eres tonto. Me haces cosquillas. Me estás haciendo daño.

Pero, poco a poco, adulado el femenino orgullo por el culto de que era objeto su cuerpo, se fue entregando, dejándose tratar como una niña, con mansas protestas, como si estuviera sufriendo una agradable tortura.

Libre de velos, el cuerpo brilló con la blancura de las perlas. María cerró los ojos como si quisiera escapar a la vergüenza de su desnudez. Sobre las tensas sábanas, las graciosas formas embriagaban lo ojos del artista.

—Eres la fascinante y pequeña maja de Goya —dijo él.

Durante las semanas siguientes, nunca posó para él ni le permitió tener modelos. Se metía inesperadamente en el estudio y charlaba mientras él iba pintando. Una tarde que entró de repente en el estudio, vio sobre la plataforma de los modelos a una mujer desnuda tendida sobre pieles, mostrando las curvas de su marfileña espalda.

Más tarde María hizo una escena. Novalis le rogó que posara para él y ella capituló. Agotada por la vehemencia, se quedó dormida. El trabajó durante horas sin pausa.

Con franca inmodestia, se admiró en el cuadro lo mismo que lo hacía en el gran espejo del baño. Deslumbrada por la belleza de su propio cuerpo, por unos instantes perdió la vergüenza. Además, Novalis había puesto al cuerpo una cara distinta, para que nadie pudiese reconocerla.

Pero después María recayó en sus viejos hábitos mentales, negándose a posar. Hacía una escena cada vez que Novalis contrataba a una modelo, escuchando y espiando detrás de las puertas, y discutiendo a todas horas.

Casi enfermó de ansiedad y temores morbosos, y comenzó a padecer insomnio. El doctor le dio unas píldoras que le provocaban un sueño profundo.

Novalis se dio cuenta de que cuando tomaba las píldoras no lo notaba levantarse, moverse alrededor ni derribar los objetos de la habitación. Una mañana que se despertó temprano con ánimos de trabajar y la vio dormida, tan dormida que casi no se movía, tuvo una extraña ocurrencia.

Apartó las sábanas que la tapaban y, lentamente, fue levantando el camisón de seda. Pudo subirlo por encima de los pechos sin que ella diera la menor muestra de despertar. Cuando estuvo descubierto todo el cuerpo de la mujer, lo contempló tanto rato como quiso. Los brazos estaban desprendidos del cuerpo; los pechos se extendían ante sus ojos como una ofrenda. Le excitaba el deseo pero no se atrevió a tocarla. En lugar de eso, trajo papel y lápices, se sentó junto a la cabecera y estuvo tomando apuntes. Mientras trabajaba, tenía la sensación de estar acariciando cada una de las líneas perfectas del cuerpo de la mujer.

Pudo proseguir durante un par de horas. Cuando observó que cedía el efecto de las píldoras somníferas, estiró el camisón, la cubrió con la sábana y salió del dormitorio.

Más tarde, María se sorprendió al notar un nuevo entusiasmo de su marido por el trabajo. Se encerraba en el estudio durante días enteros, pintando sobre los apuntes a lápiz que hacía por las mañanas.

De este modo le hizo varios cuadros, siempre tendida, siempre durmiendo, tal como había estado el primer día que posó. María estaba pasmada por la obsesión. Creía que eran simples repeticiones de la primera pose. Novalis siempre alteraba el rostro. Dado que la actual expresión de la mujer era adusta y severa, nadie que viera aquellos cuadros se imaginaría nunca que el voluptuoso cuerpo era el de María.

Novalis ya no deseaba a su esposa cuando estaba despierta y lucía la expresión puritana y la mirada ceñuda. La deseaba cuando estaba dormida, abandonada, opulenta y apacible.

La pintaba sin respiro. Cuando estaba solo en el estudio con un nuevo cuadro, se tendía frente al cuadro en el sofá y una corriente cálida le recorría todo el cuerpo, mientras sus ojos reposaban en los pechos de la maja, en el valle de su vientre o en el vello que nacía entre las piernas. Notaba una incipiente erección. Le sorprendía el violento efecto del cuadro.

Una mañana estuvo delante de María mientras ella estaba durmiendo. Había conseguido separarle ligeramente las piernas, para ver en medio. Observando la pose sin limitaciones, las piernas abiertas, se tocó el sexo con los dedos haciéndose la ilusión de que era ella quien lo hacía. Cuántas veces le había conducido la mano hacia el pene, con el propósito de arrebatarle esta caricia, pero ella siempre se había negado y alejado la mano. Ahora empuñó el pene con su propia mano.

María comprendió pronto que había perdido el amor del pintor y no supo cómo recuperarlo. Se daba cuenta de que estaba enamorado de su cuerpo, pero sólo cuando lo pintaba.

Se fue al campo, a pasar una semana con unos amigos. A los pocos días cayó enferma y regresó a casa para que la viera su médico. Cuando llegó, la casa parecía desierta. Fue de puntillas al estudio de Novalis. No había el menor ruido. Entonces se imaginó que estaría haciendo el amor con otra mujer. Se acercó a la puerta. Lenta y silenciosamente como un ladrón, la abrió. Y esto es lo que vio: en el suelo del estudio había un cuadro de ella; y encima, restregándose contra el cuadro, estaba su marido desnudo, desnudo y con el pelo alborotado, como ella no lo había visto nunca, y con el pene erecto.

Se restregaba contra la pintura, lascivo, besándola y acariciándola entre las piernas. Se revolcaba como nunca lo había hecho sobre María. Parecía presa del frenesí y a todo su alrededor tenía los demás cuadros de ella, desnuda, voluptuosa y bellísima. Les dirigía miradas apasionadas y luego proseguía el imaginario abrazo. Lo que estaba viviendo era una orgía con la esposa que en realidad no había conocido. Ante este espectáculo, la propia sensualidad contenida de María se incendió, libre por primera vez. Al quitarse las ropas, le reveló una María nueva, una María iluminada por la pasión, abandonada como en los cuadros, que ofrecía su cuerpo sin pudor y sin dudarlo a todos los abrazos del hombre, esforzándose por arrebatar sus emociones a los cuadros, por sobrepasarlos.


Anaïs Nin, Pajaritos.



viernes, 25 de enero de 2019

La casa está dormida * Anaïs Nin



La casa está dormida. Los perros guardan silencio. Siento el peso de la soledad. Ojalá estuviera en el piso de Henry, por lo menos podría secar los platos que lava él. Veo su chaleco, desabrochado, porque el traje viejo que le han dado le queda pequeño. Veo la raída solapa bajo la cual me encanta deslizar la mano, la corbata con la que juego mientras me habla. Veo el cabello rubio sobre el cuello. Veo la expresión que tiene cuando baja el recipiente de la basura, furtivo, medio avergonzado. Avergonzado también de su amor al orden, que lo obliga a lavar los platos, a recoger la cocina. “June se oponía a esto –dice–; le parecía poco romántico”. Recuerdo haber leído en las notas de Henry el regio desorden que le gustaba a ella. No sé qué decir. Los dos personajes están en mí: la mujer que actúa como Henry y la mujer que sueña con actuar como June. Una vaga ternura me empuja hacia Henry, que lava los platos con tanta seriedad. No puedo burlarme de él. Lo ayudo. Pero mi imaginación está fuera de la cocina. Sólo me gusta la cocina porque Henry está allí. Incluso he llegado a desear que Hugo estuviera fuera más tiempo para vivir en Clichy. Es la primera vez que deseo nada semejante.   



Anaïs Nin, Henry Miller, su mujer y yo.