viernes, 22 de octubre de 2021

La mesa está servida * Ricardo Czikk

 La mesa está servida


Son cuatro los chicos sentados, se ven tres y sólo dos se destacan. Fuman y no deben tener más de ocho años; tragan el humo y lo retienen en sus rostros de bocas redondas y carrillos inflados. Su papada de viejos les da un aire contradictorio, algo que no cuaja. Hablan con soltura, apoyados en una mesa vacía, con apenas unos vasos, vacíos, que recorren la distancia entre ellos. Tienen una posición estratégica dentro del perímetro virtual que forma el bar en la vereda, sus sillas casi sobre el cordón, como si estuvieran listos para escapar en cualquier momento. No quieren llamar la atención, hablan bajito. 

El aire está fresco, el otoño ha llegado con una humedad que se agolpa entre las hojas pisoteadas en una capa sincrética amarillo-ocre-verde que hace resbalar a los incautos. Las mesas allí fuera se aproximan en una geometría difícil de descifrar, las sillas van por la suya, desordenadas y la vereda está invadida por el murmullo rumoroso de ruedas lentas y tránsito angostado de barrio. 

Las mozas ritman el movimiento con sus bandejas oscilantes de cafés y platos, bebidas y cubiertos. Bailan la danza de la sonrisa alquilada, mueven las piernas sin alterar el cuidadoso orden con que ha salido todo desde la cocina, se acercan al borde de las mesas, flexionan sus cinturas lo suficiente para bajar lo que llevan, aunque no tanto como para invadir a los comensales y dejan entrever apenas la cadera emergente debajo del nudo que ciñe al delantal. Así las mozas son la savia viva que atraviesa la lábil frontera entre el exterior y el salón; inspiran fuera para llenar sus pulmones para expulsar el aire fresco al entrar, en un sutil bufido de repudio ante el encierro que el local les provoca.

Juega con la reluciente tablet blanca el niño de diez años, Joaquín -insisten con su nombre repetidas veces quienes a todas luces serían sus padres- para que levante sus ojos. Que basta, que no puede ser, que en la mesa no. Ya es hora de pedir la comida. No sea cosa que, como siempre, termines dejando la mitad en el plato, y se desate la batalla campal silenciosa y tensa de ojos acusadores que surcan la mesa y se embisten con furia, que Joaquín conoce ya de memoria. Se retrae aún más en su jueguito, pero está atento a los próximos instantes en que se pondrá en marcha la esgrima filosa y sentirá nuevamente ser el culpable de desencadenar el infierno cotidiano. No querría ser hijo único, pero no le queda otra: debe cargar con la abrumadora tarea de ser testigo y motor de esa eterna y rediviva epopeya. Por todo y a pesar de ello, decide resistir un poco más y solo mira de reojo, hacia la izquierda.

Le parece que son cuatro, ve a tres, pero solo dos humean, fuman, piensa estupefacto y expande todo lo que puede el ángulo visual para ver con claridad a través del ventanal que va de pared a pared. Conversan entre ellos al tiempo que con un compás inaudible levantan y bajan la cabeza para cambiar algunas palabras con la moza que Joaquín confunde con Liliana. De cabello rizado, colita rubia, redonda y pulposa, parecida sí a ella, pero claro no es su profe de guitarra a la que espía, un tanto embobado y otro poco avergonzado, a través de su escote. Estas se exponen menos. Pero Liliana, ay, mientras le enseña acordes, su vista es y no su oído lo que se aguza. Aprende mucho más de ese cimbrar de sus pechos a través de la remera, que de los rasguidos y tonos a incorporar. Estas mozas le recuerdan como la percibe en la misma guitarra: su madera suave y lisa es la piel que emerge de las mangas cortas en verano, la cintura es esa curva para apoyarla en las piernas, la boca desde donde sale el sonido, son sus labios formando la o del do, del sol, de las zambas. La toma con suma delicadeza porque aprendió que se llama alma de la guitarra, ese punto donde el pulgar aprieta para que los otros dedos saquen los tonos; rasguear es acariciar; afinar es hacer que su finura emerja. Un universo femenino se expande ante si cuando mira aquel instrumento.

Pero vuelve sobre sí, porque ahora una marea ascendente de envidia desde las tripas adviene, toda mezclada con rabia, adquiere visos de impotencia y finalmente se hace celos que preferiría no sentir. Le resulta inadmisible que esos estén ahí. Es ofensivo. Lo desafían a que sostenga el gesto postergado de volver la mirada y jurar que comerá todo el plato. Siente que de un instante al otro el mundo ha cambiado su tono, que la grisura del día y el amargo ciclo de largos fines de semana podría ser diferente. Esos serían merecedores de la frase que le parece estar escuchando: mirá vos, tan chicos y fumando, pero qué padres pueden dejar que algo así pase. Así diría su abuela de estos héroes renegados, ejemplo de nada, pero que sin embargo le hacen un cosquilleo pertinaz que lo impulsa a querer pararse y correr hacia ellos, pedirles que lo inicien en ese estar despreocupados, con poco, entre humos, sabiendo de mujeres. Se ve con la mochila de la escuela como única pertenencia, ágil, pero sin nada, perdido, solo y le viene miedo al cuerpo. 

Justo en ese instante un dolor agudo y breve, como un aguijón, un shock lo trae de regreso. Me acaba de tirar del pelo. Cerró el ángulo, volvió la vista a la mesa sin dejar de pasar por la Tablet, quizá no se dieran cuenta por donde anduvo ni qué sintió, para subir los ojos y ver como aquella mano se retiraba de su cabeza y las uñas largas se extendían sobre el mantel. 

La mesa está servida.

No gimotea, no hace escándalo. Esta vez, diferente a todas las anteriores se queda callado, mirando fijo. A los ojos. Sin rebeldía ni desafío, como templado, y lo que siempre había sido culpa se volvía vergüenza ajena, pudor por sus padres que así se exponían. La madre le clava de regreso una mirada fría celeste y almendrada , mientras el padre como era de esperar, Joaquín estaba seguro de ello, vagaba con sus ojos por la cadera de alguna moza. 

Entonces su cabeza dejó atrás el punto donde había estado la mano que lo dañó, y en su lugar emergía una agradable sensación en el pecho, parecida a la que le viene cuando se sumerge para nadar en el agua tibia de la piscina del club, el instante que le encanta, cuando empuja la pared con los pies y despedido hacia el fondo se siente muy suave y libre.

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios y sin decir una sola palabra comenzó a comer.  

Para cuando volvió a mirar de reojo a través de los ventanales, la mesa estaba ocupada por otra familia. Le pareció, eso sí, que era muy parecida a la suya.



Ricardo Czikk, 2021.


Aydoğdu


jueves, 21 de octubre de 2021

Magdalena en Ventana a la escritura

 


POEMA DE AMOR

Hay dos kiwis en la panera de mimbre
la luz del velador recae
tierna
sobre mis dedos
al teclear.

Humea el tabaco.
El sabor del mate
debajo de mi lengua, la ciudad  
su frenesí de pies y ruedas
afuera.

Hay dos kiwis en la panera de mimbre
los compraste para mí, la tarde
se va yendo
con sus fragmentos de otoño.

Vas a llegar
de un momento a otro
en la cama mi gesto te espera, pienso

¿es esto el amor?



Magdalena Carranza.

#ventanaalaescritura

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miércoles, 20 de octubre de 2021

Cecilia en Ventana a la escritura



Hay palabras redondas,
como mundo,
como hueco,
como sol.

Hay palabras que acompañan,
como luz,
como perro,
como sombra.

Hay palabras que lloran,
como lluvia.

Hay palabras amargas,
como tónico,
y difíciles,
como lo siento.

Hay palabras grandotas,
como castigo,
o como grito.

Hay palabras que ríen,
como agua, como circo.
Y las hay tristes,
como fin.

Hay palabras y palabras.
Hay las que se dicen
y las que se callan.
Hay las que duelen
y las que alegran
y las que abren puertas
misteriosas.


Cecilia De Roggero, 2021.

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Foto: Anka Zhuravleva
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martes, 19 de octubre de 2021

Magdalena en Ventana a la escritura

 


DEL OTRO LADO DEL ESPEJO


Ella me espera
paciente
envejeciendo, no
se ve en sus ojos

el tiempo.


Pupila adentro
punto negro
lábil
ininmutable, no
se ve otra cosa más que

eternidad. 




Magdalena Carranza.

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viernes, 15 de octubre de 2021

Marta en Ventana a la escritura


Oxígeno


Me falta el aire, intento pero no puedo respirar hondo. Mi corazón palpita acelerado. 

Procuro ocultar lo que me pasa, me cuesta seguir la charla y responder dignamente. 

Es la primera vez que lo veo desde aquel día.

Como se fue aparece, después de un año. Me lo encuentro ahora en la escalera de la facultad. ¿Acompañado por una novia?

Mis amigos se adelantan, yo quiero correr hacia ellos para poder respirar. Sin embargo sigo aquí disimulando.

Saludo, besos, charla mínima. Lo justo para no morirme. 

Adiós.




Marta Lojo, 2021.

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Foto: Anka Zhuravleva
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jueves, 14 de octubre de 2021

Virginia en Ventana a la escritura

 


Temporada de alcauciles
digo
y me suena mejor que
temporada de perejiles
por ejemplo
o de zapallos

Los alcauciles son seres
a los que hay que pelar
de a poquito
se les quitan sus capas
se los mima con ungüentos de óleo
y se los chupa
devora
arrastra
despacio
bocado a bocado
triza a triza
hasta llegar al corazón



Virginia Janza, 2021.

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Foto: Anka Zhuravleva
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Fernando en Ventana a la escritura

 


Me pregunto si las palabras serán el único recurso que tengo en esta vida para sobrevivir, como si fuera uno de esos juegos que tanto odiaba de chico: ganar o eliminar al otro. A lo mejor, usar las palabras tiene algo de eso. Hablar es alejar y acercar a alguien. Todo depende del uso milimétrico que se le de a cada letra conjugada que sea pronunciada de la boca. A veces quisiera decir palabras de amor y me salen palabras mutiladas, torpes o rengas. Otras veces quisiera censurarlas y solo vomito palabras envenenadas que me intoxican más a mí que al otro. 

¿Será entonces que las palabras tienen vida propia?


Fernando Capece, 2021.

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Foto: Anka Zhuravleva
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Allegra en ventana a la escritura

 

Algunas palabras tienen vida propia, se escapan de los labios y se desbordan al momento de abrir la boca. (No creo que sea una mala cualidad, las personas que se desbordan de palabras son las más interesantes). Es fácil notar cuando alguien no controla sus palabras, si observás detenidamente podés verlas salir de su boca, como un río que fluye en dirección a donde lleva la corriente, a toda velocidad, empapando de conocimiento, alegría, temor, tristeza, ternura, ignorancia, mentira o verdad a cualquiera que se cruce con ellas. 
Algunas personas creen que dominan las palabras, sin embargo esto no existe, son ellas quienes nos dominan, un río en constante movimiento que nunca se seca y acaba arrasando con todo: las palabras suelen ser la forma más eficiente de lastimar a alguien. 
A veces son como perros de pelea que atacan a sus víctimas, pero otras pueden ser como gatitos que ronronean cuando los acariciás. Me gusta poder adoptar a esos animalitos y agregarlos a mi vocabulario, trato de llevarlos conmigo. Aunque es difícil protegerlos de esa gente que busca robarse tu manera de hablar, ya que las palabras son ingenuas, van y vienen, si no las cuidás lo suficiente, cualquiera podría fácilmente transformarse en vos o peor, podrías terminar convirtiéndote en uno más, una de esas personas sin empatía, que simplemente existen y no les importa nadie, sin memoria, sin propósito.

Allegra Trentalance, 2021.
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Foto: Anka Zhuravleva
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miércoles, 13 de octubre de 2021

Jardín * Magdalena Carranza

 

Jardín

Un amor
un amor

concibió

un jardín 
un jardín
primitivo

tu jardín


mejor no hablar
en la madrugada

flores
que no están

arabescos
y cucharas de abuelas

yuyos
hierbas
insectos
bichitos

mi jardín.


Magdalena Carranza.

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martes, 12 de octubre de 2021

Gabriela en Ventana a la escritura

 


La Reunión 



juntarnos es 

aglomerarnos 

amontonarnos 

en este juego de palabras 

en esta sexualidad hecha de palabras

obscenas 

me tiento 

quiero preguntar 

juntarnos ¿es amarnos?

no 

habitamos

dos líneas luminosas 

dos líneas oscuras

la acumulación 



ahí en el medio 

nuestra debilidad 



unión

entre cielo y tierra

s o m o s 

templanza



ofrendas y ataduras

sacrificio y logro

abnegación y serenidad

¿y?

a veces

locura 

me entrego

cristalina

me detengo servicial 

adicta

deseante



un rey camina 

nos reunimos en el imprevisto

me vuelvo templo 



si llamás podrás volver a reír

dice

si buscás podrás volver a encontrar

dice

otra vez 

entre cielo y montaña 



me dejo llevar al centro

el centro

no ha variado

todavía 



juntarnos bajo suspiros 

juntarnos bajo gemidos

arriba está lo suave 

abajo está el lamento



él 

aún 

no 

tiene 

paz 




Gabriela Aristegui, 2021.

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Foto: Anka Zhuravleva
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lunes, 11 de octubre de 2021

Gabriela en Ventana a la escritura

 


*

Sola… 


                                                     domina el aliento

                                                     ternura de estafa

viste tu cuerpo—roto

        en piel seca, rash frenético


                                                         …tantas veces te nombre.




Gabriela Orlandi.
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Agustina en Ventana a la escritura

 


Me alumbraron en la grieta


grité 


me llené de llanto


de baba


nací del agua


caí de cabeza sobre dos manos


aún conservo el cordón 


umbilical en mi cabeza 


la tierra se resquebraja


arranca mis pelos


me caigo adentro de la bolsa 


el mundo me duele acá atrás 


 4 A.M. me duele


viajar sola 


con mis faltas expuestas


 con cicatrices


“El cuerpo tiene sus razones” dicen



¿cuál es mi razón, cuerpo?


¿de qué se trata? ¿por dónde la voz?



las palabras se me caen de los ojos


escarbo la humedad de mis huecos


no quiero ser pelada y muda


tengo miedo de cruzar de perderme


esta rutina de dormir chupando un caramelo


con restos de maquillaje del día anterior


¿afuera será mejor?


¿afuera de qué?


afuera, ¿dónde?


no sé 


pero en el medio


entre la espalda y el colchón 


tengo miedo.





Agustina Zaballa Moreno.

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domingo, 10 de octubre de 2021

Majo en Ventana a la escritura

 


deseo una soledad gozosa, dijiste

tuvo lugar de forma inmediata

una provocación al enunciado

suspendida entre signos de interrogación

cuando la habitación se volvió claustro

desertaste del contacto humano

anunciando a viva voz cada vez que pasabas

leprosa bíblica trasnochada

te habituaste a salir solo al ver de reojo

apagarse las luces por debajo de la puerta

deambulabas por la casa con el silencio

indicador de que no circulaba nada vivo

nada vivo que pudiera contagiarse 


fue así que metida en la guarida 

empezaste a relatar sucesos

como esa vez que despertaste de madrugada

sofocada por el ardor, agitada

en tu noche

horas de imágenes deslizándose 

cambiantes y extrañas

espuma en la boca 

al abrir los ojos

una araña caminaba por la almohada

quisiste matarla

se escabulló fugaz

no tuviste miedo

o preocupación alguna

seguiste durmiendo


cuando les dijiste a los lobos

uno de ellos contestó


la araña tejió en tu sueño

los colores saturados

los sonidos de las voces

los tamaños las distancias 

la rugosidad de las pieles

la salpicadura de la lluvia


observaste fijo la telaraña

te deslumbraste

de a poco empezaste a girar la mirada

de adentro tuyo los ojos se orientaron hacia el instante

sobrevino la calma

la araña y vos solas

la puerta sellada

por si la peste

por si las moscas


lobo 

mirá la tranquilidad con que envuelvo mi cuerpo


ahora

la noche precipita 

formas oraculares que mastico



María José Medei, 2021

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sábado, 9 de octubre de 2021

El amor es inefable * Ricardo Czikk

 El amor es inefable

En el agua se lo apreciaría, al amor, deslizarse, deshacerse, de a ratos provocar olas inexplicables, remolinos de profundidad inaudita, estelas sin objeto, desbordes. Podría convertirse en un pantano, un lodazal o simplemente secarse y desaparecer. La piel escocida por sal marina es la herida de amor. Una picazón intensa del roce entre las piernas hace arder al sexo.

Cuando el amor nos deja a la intemperie, solos o nos devuelve lo peor de nosotros en relaciones tortuosas, insoportables y devoradoras, sería una suerte de monstruo emergente de fauces abiertas y salivantes.

A veces efímero, ráfaga de luz, chispazo en la noche, se extiende por unos instantes en la cámara y no llega a ocupar toda la imagen, intenso inicio, a punto de explotar y languidecer triste.

El amor intemporal sería una imagen de infancia, primer amor de juventud y beso húmedo y tembloroso, cuando descubrimos el cuerpo conectado a otro, la piel que se deja poseer muy suavemente, tacto, pezón apenas excitado, sexo iniciático.

De verano el amor es la paradoja que nutrirá a un invierno melancólico, de recuerdos tristes, calor intenso y húmedo, pegote de cuerpos en tardes cuando la sombra se hace interminable y agota toda la luz disponible. Amor temporal.

Da miedo el amor, es un salto de fe, una cornisa al mar para quienes gustan retratar la naturaleza, o bien una persona de la cual se vería su paso al frente, una estampida de aves que se sueltan presurosas. El amor requiere coraje que el miedo empobrece.

La amistad es amor no exaltado, pura lealtad y cercanía; una foto mostraría la quietud de dos manos diferentes mientras se acercan lo suficiente para darse a entender de su mutua disponibilidad. La amistad, al ser entrega, podría ser pabellón de oído, caracol por donde las palabras van buscando su puerto seguro, el amigo cuando está y se lo puede encontrar.

El amor se desnaturaliza en la posesión, se vuelve obsesivo, se hace poder, dominio, recelo, desconfianza y deriva en la explosión; ojos bizcos por no poder ver al otro, solo a un rival. El amor de este modo es guerra y maldad, un campo de batalla de egos furibundos.

El amor no es otra cosa más que sueño y lo imagino como una escultura, bella, en tanto observa con indiferencia hacia otra parte. No me ignora pues solo pide ser seducida como Pigmalión. Solicita, sin decir palabra, ser convertida, carne y sangre, vivir en el hechizo de una mirada que la despierte de su existencia de piedra, mármol y pura cáscara.

El amor furtivo, el doblez, la entrada oscura a una puerta donde espera la otra o el otro, el amor escondido de la mirada ajena cuando es traición y nunca se dirá porque daña. Ojos mirando a los lados, una cama deshecha, excitación de lo prohibido.

Es Marqués de Sade con una Venus arropada en pieles, las piernas largas, látigo, negro, vómito, llanto y desesperación, penetración dolorosa, grito al cielo, diablo de cuero rojo llameante, perfecta consumación de la maldad. El lado más oscuro del amor.

Pintarse los labios, habitar los parques y esperar a la noche cuando oscurezca la ciudad: mírenme, personificación de la fatalidad, extraeré hasta el último jugo de tu alma y bolsillo, soy serpiente enroscada en tu cuello. Te invito sugerente a comer del árbol de la vida eterna. Soy el infamante amor simulado, tu no ser y no sido. Nunca.

Si dijera: el amor perdido es la pérdida, ¿cómo se fotografiaría al amor si nunca me fue otorgado? ¿No quiso ceder a mi deseo? Sería un agujero en la pared, un hoyo sin fondo en la tierra seca. Imposible imagen para una cámara se volvería entonces, ella misma, pérdida y fragmento elusivo.

El amor avergonzado de sí, sería un amor sin entrega, tacaño, corto, superfluo, una declaración sin sustancia. Podría ser un pergamino vacío, una hoja en blanco o letras en su pura forma sin nada sustantivo. Puro adjetivo.

El amor del amor verdadero, sería no enamorado, calmo y entregado al otro sin reverberaciones. Éxtasis o vocablos podrían correr el riesgo del entendimiento. En sus ojos se vería pura transparencia y un fiel reflejo del otro. 

En su mundanidad, sería un transeúnte viéndose orondo y leve en las vidrieras de moda, en plan de compras y despreocupado de la mezquindad del mundo allí exhibido, no se entrega nunca si no es a cambio de dinero.

En la intimidad podría ser un balconcito por donde el alma asoma y se deleita en el instante del comienzo de la mañana de otoño; una calle luminosa y fresca, una brisa que corre y un regreso feliz al interior, a la sombra donde una música lo recoge y deja caer, suave y mullido, en la vida.

Un moribundo mira al techo y, aunque los aparatos lo cuiden, está muy solo ante su muerte; viejo cascarrabias pasea un perro al que maltrata: un jefe ensañado con una mujer sin otra chance excepto aguantar, rebelarse sería su debacle. Ante estas escenas, el amor preferiría ser ciego.

La luz de vitrales, proyectan multicolores formas, y por los techos abovedados se eleva al cielo. Otros (no yo) buscan a Dios, diositomío, ohMiDios, diosdiosdios; ruegan para dar a nuevo, ser otros, soportar el afuera inclemente. Sitio favorito para los creyentes del amor. 

La prohibición ha sido clara en los mandamientos, por eso el deseo se encendió. El retrato enfocaría los ojos deseantes que buscan el cuerpo de aquella mujer, la del prójimo, pura codicia y lujuria y podría ser entonces el rey David cuando manda a la muerte al hombre de la bella Bezalel. Le había puestos los ojos encima mientras ella se bañaba, desnuda, ¿ingenua?, en las terrazas de Jerusalén.

Amor celebratorio y realización del amor desinteresado, podría ser un niño que ayuda sin saberlo a alguien necesitado, tiende una mano pequeña con el caramelo preferido de color rojo intenso y transparente y el sol traspasa la escena con un rayo de esperanza.

La pesadilla es la del desamor, la indiferencia, los ojos cuando miran ajenos y se desentienden de la humanidad del otro. Se alejan del rostro que ruega ser visto. 

Fotografiado.


Ricardo Czikk, Motivarte, Enero 2019.


Aydoğdu


viernes, 8 de octubre de 2021

Nicolás en Ventana a la escritura

 


Balbuceo

Balbuceos

Plagados de miedos 

Rodeados de amenazas 

Los amores nacen 

Confiar es una necesidad 

Es abrazar un tirano 

para matar a otro 

Es construir sobre arena 


Balbuceo

No verte trae llanto

No salir desesperanza 

Salir solo temor 


La muerte se parece a la nada 


Balbuceos


Acertar 

Alabanzas 

Ingerir 

Injertar 

             sensualidad musical 

Morder 

Frutal 

Brutal 

Arder 

Que me 

Esperes 



Nicolás Rossi, 2021.

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miércoles, 6 de octubre de 2021

María José en Ventana a la escritura

 



(des)articulación

*

dos tipos de dolores musculares

desarticulan ocasionalmente

estas rodillas de ferretería

 

con el paso de los años

una aprende a leer entre tendones

inserciones

inflamaciones 

la correcta identificación

es clave

cada molestia exige 

una respuesta específica

 

cuando es una lesión

conviene distinguir

cuál fue el movimiento 

sutilmente hiperbólico

desencadenante

hay que frenar todo 

pedir ayuda

saber que el médico

no va a asombrarse

cuando me vea llegar

ni cuando relate

tan atípico infortunio

con paciencia

entender cómo

dar hospitalidad

al tiempo

que el cuerpo tiene

 

otras veces

el dolor es el hueso

diciendo a gritos

no hay músculo suficiente

dame más

no alcanza lo que tenés

en tales ocasiones

aumentar la exigencia

no frenar

no quedarse quieta 

no alivianar la carga 

 

cualquiera sea la situación 

el cuerpo cuando duele

irrumpe

como todo encuentro

imprevisible

a contratiempo

siempre

me hace observar

desacelerar

         frenar

y en esa pausa analizar

esta otra sintaxis 

que un poco se me escapa.

 

*

tengo que aprender 

experimentar mi piel

souvenir sensible

a los cambios de clima

verla mutar 

ante los rayos naranjas

que le tatúan líneas efímeras de luz

 

tengo que aprender

esta escritura braille

de poros entrelazados

rugosidad imperceptible

texturizar la mirada

a punto

su humedad necesaria 

tengo que aprender

no es letargo esta quietud

a un costado de todo

por el momento

leo cicatrices 

en las rodillas

clavos ocultos

inscriben al hueso

alerta resaltada en flúo


el músculo al doler recuerda

en todo lo que respira

hay una cadencia que murmura


revelación inoxidable

en la intemperie

recorro con los dedos

cavidades de palabras

entreveo el goce

de estar sola




María José Medei, 2021

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#AnkaZhuravleva