viernes, 23 de septiembre de 2016

Ese otro camino * José Lupia




Cuando tenía diez años soñé con una chica africana.
Ella estaba sentada sobre una gran roca a la orilla de un río zigzagueante. Tenía los pies juntos y limpios por el agua que cada tanto los bañaba. Miraba el atardecer. Miraba a los hombres de la aldea volver de algún lugar que desconocía, al otro lado de las montañas. Se habían ido temprano, cuando ella dormía, y regresaban ahora agotados, pero con la cena a cuestas.
Recuerdo que me levanté aturdido. Era plena madrugada y afuera llovía como si fuera el último diluvio. Quise recuperar el rostro de la chica, pero no pude. Sólo tenía los pies, alguna difusa imagen de piernas largas y flacas, un par de aros enormes y coloridos pendiendo de sus orejas.
El sueño se repitió muchas veces durante aquellos años. Tanto que llegó a convertirse en una obsesión. Por eso, busqué un libro de nombres africanos y elegí uno. Desde entonces la llamo Nashaly, que significa nacida en épocas de lluvia.
Lo extraño es que había, en esa imagen siempre tan endeble de los sueños, una sensación de tristeza que me acompañaba durante varios días. Ella no miraba deleitándose por un atardecer, miraba como quien pregunta, como quien extraña. 
El sueño se quedó en mi niñez, junto con otros.
Sin embargo, nunca me olvidé de Nashaly. Y cada tarde, en la fría oficina en la que trabajo, puedo imaginarla cumpliendo el ritual. Es un momento breve, eterno. Mira el sol escondiéndose detrás de las montañas, transformándose en un esplendor oculto que tiñe todas las cosas. Mira a los hombres que vuelven. Pierde sus ojos contemplando con devoción infantil aquel paisaje, ese lazo entre su mundo y el otro.
Ese otro camino que nunca ha transitado y que, seguramente, nunca será suyo.


José Lupia, 2016.
Texto producido en los talleres de Siempre de Viaje a partir de la lectura de poemas de Sueño con África de Alain Lawo-Sukam.


No hay comentarios: