miércoles, 14 de julio de 2021

Majo en Ventana a la escritura

 




la insolación se apaga

mi piel olvida

la atmósfera de esa tarde

no puedo quedarme

no quiero rogarte



me doy espacio



reconstruyo fragmentos de aire

toco mi costado izquierdo

puedo respirar

compruebo

latidos normales

ritmo constante

preciso

desarmar

el condicional lamento

abrir la ventana

una vez más

ya no vendaval

aire de invierno

inminente

refresca los ojos

límpida lucidez

sostengo

entre mis manos

una afirmación enclenque

hecha de pedacitos

enhebrados:

a s í n o




Majo Medei, 2021.




lunes, 12 de julio de 2021

@lacatalinaescribidora en Ventana a la escritura

 #VENECIA

Desciendo del tren y atravieso las paredes de la Estación Santa Lucía. Venecia me parece un laberinto y no cargo con hilos, aunque llevo retazos gastados y rotos que visten mis ojos. Presiento que la que soy anda por ahí, sola entre gentes sin sentido, esperándome; entonces, poco me importa el olvido de los carretes arrollados con sus hebras mentirosas e inútiles que no pueden zurcir lo gastado y lo roto. Me sacudo. Avanzo lentamente y cruzo el Gran Canal por el Puente de los Descalzos mientras advierto que mis zapatos nuevos están muy viejos y deteriorados, seguro que de tanto ir y venir por caminos que inicio y que me devuelven siempre a ningún lado. Ya no hay remiendo. Estoy del otro lado y me desnudo a murmullos de los harapos hirientes, porque a la que era no la quiere, y yo tampoco si se deja pegar por un ego de idiota profundo. Siento que sólo me conozco donde me espero, en tanto observo con súbita ternura que un cartel se alza sobre mí con una inscripción que dice: “CALLE DE LA VIDA”, y me dejo llevar, entre callejuelas y canales, hacia El Caffè Florian, en la Plaza San Marcos, donde me espero sentada entre las melodías de un piano y dos violines.


María Pía Marcaida, 2020. 

@lacatalinaescribidora

En respuesta a la consigna de #ventanaalaescritura

Vos también podés enviarnos tu texto.

#compartamosleeryescribir




Axel en Ventana a la escritura

 


Parque Rawson



saboreando un sol de noviembre

roto por islas de sombra

que le tiraban

a su paso

los árboles de Agronomía

Julio Cortázar



Hay un triángulo

brecha del sol al mediodía

caminar buscando casas y pasajes

ese rincón de ciudad

el hallazgo.



Hay un triángulo portal

succiona todo lo quieto

a contraluz

tu mano índice ahí esa puerta

marcos paredes azulejos

un ribete ocular de pasos

detrás de Agronomía.



Son tres puntos

quebrar hacia adelante

irse

palpitar

hay un triángulo escondido

la ciudad

el balcón

vos y yo caminando.



Dónde estará hoy

el detalle

un dibujo de mosaicos o reja antigua

madera curva

pasadizos

enredaderas

algún gatito

naranja

entre tantos guardianes pequeños

teléfonos peludos

conectan como un mapa

la apertura vegetal

íntima

del barrio.





Se forma recto equilátero:





cuando el haz del balcón

solar

tapa letras

cierro el libro

dejo al calor invadir

pinchar hasta que duela

hay movimiento

esto viene y se va

contra la cara

llega

un país lejano

arena mar viento

tragos adentro de cocos

alguna fruta ácida y amarilla a coleccionar

¿por qué no?



salgo a descubrir

el barrio como un museo

aventuras

leyendas

vos sabés por dónde

qué ver

no es solo inventar

señales

pliegues

mitos

calles de origami esmaltadas

los frentes yesos vivos

un microcósmos de cactus firuletes estatuillas

el mismo e ilimitado territorio

alrededor

desdoblando

nuestra casa



deliro

el circuito

pinto con los pasos el vértice

imagino el diámetro

promete tan real

habitar ahí

mudarnos

al ojo triangular

bordeado por rayuela y el tanque altísimo

esos semicírculos con su nombre

patafísicos gíglicos azarosos

dilatan

acercan

la geometría

nuestro rincón.



Si buscás

si sabés cómo

decime

está acá

hay un triángulo

secreto

y múltiple.




Axel Levin, 2021.





domingo, 11 de julio de 2021

María en Ventana a la escritura

 

I.


¿hay relación entre cuentos y poesía?

ninguna


ninguna


cuando el cuento es pesadilla que se replica interminable

te persigue


es incansable


cacería que atraviesa


tu carnensoñación


pero es un cuento…


¡no quiero escucharte!


¿es un cuento nada más?


te atormenta

mostrándote el barro nauseabundo


de un mundo


interior


quebrado


astillado


habitado por facetas distorsionadas


cerrojos para espiar la locura


te veo


corrés en etéreo camisón



¿hay relación entre cuentos y poesía?

toda y más también





atravesar la frontera de los siglos


para encontrarte


ahí


ahí

en el tiempo en lo inmortal


poder decir


poder



María Raggio, 2021.





sábado, 10 de julio de 2021

Ventana a la escritura 383: vivir

 



Vivir


Es el fuego en las hojas y en el pasto

tan verde que parece

cada verano el último verano.


Sopla el viento, las hojas

se estremecen al sol,

todos los días el último día.


Hay una salamandra

roja, muy fría

y fácil de atrapar,


que mueve, como en sueños,

sus delicadas patas y su larga cola.

Dejo la mano abierta para que pueda irse.


Cada minuto el último minuto.


Denise Levertov, Cada verano el último verano.



Propuesta de escritura para hoy:


─Reemplazá "verano" por otra palabra o frase, no necesariamente tiene que ser temporal.

Sumate a esta #ventanaalaescritura mandá tu texto a info@siempredeviaje.com.ar para que lo publiquemos en nuestro blog 

El libro recomendado de hoy es Cada verano el último verano de #DeniseLevertov

#ventanaalaescritura

¡Compartamos leer y escribir!


Agtmael


viernes, 9 de julio de 2021

Un encuentro significativo * Ignacio Goldsmit

 


15 de Junio del 20…


Un encuentro significativo


Son pocos los compinches de verdad. Seguramente esta verdad –ineludible por donde se la mire- le parezca pesimista a primera lectura, pero en absoluto, resulta esperanzadora. La vida nos presenta a personas. Rostros simplemente se manifiestan en nuestro día a día, volviéndose el vivir una aventura interactiva, haciendo del siguiente día distinto del anterior, y así, y así. Por consiguiente, ¿se imagina lo que sería la vida si todas las personas que conocemos ingresaran, llegaran hasta, nuestra esfera privada? Sería un caos, una abominación. No reconoceríamos quiénes somos porque habría tantas y tan distintas opiniones en nuestro interior, tantos juicios distintos… En fin, algo que se postula al premio del desorden definitivo. Pero en los buenos casos, los que existen, cuando un hombre logra abrirse paso por la persona que es, entonces, puede ser, ¿cómo explicarle? Particular, por lo menos. Distinguido. Serendípico. Entonces sí, serán pocos quienes penetren hasta nuestro ser personal, cercano, porque así debe ser, pero qué importante se vuelven, esos pocos elegidos, esas personalidades que a uno le hacen hervir la sangre: ¡cuánto placer nos da ese retazo de humanidad que llega desde su compañía física! ¡el interés aguzado que despierta tras sus palabras!

Déjeme retomar un tema antes de entrar con la historia que he preparado para usted como inicio. ¿No son terrenos sin descubrir las personas? Terrenos que podemos explorar y cuyo horizonte se pierde en la distancia, pero no sin antes encontrar en sus llanuras y bosques las criaturas más curiosas. Algunos guardan dragones en sus cuevas. Así vamos conociendo: a quien está delante, al mundo, a uno mismo, sea en intimidad o cordialidad. Ahora, usted me dirá que le aburro. Que hablo solo por hablar sobre este tema del cual la intuición sabe muy bien. Pero todo tiene un sentido, se lo aseguro. Hubo una etapa de mi vida en la que estuve muy abierto a descubrir estos nuevos páramos, entonces me resultaban interesantes las personas, como a un astrónomo le resulta interesante una lluvia de meteoritos.

Podríamos empezar desde el siguiente hecho. Siempre quise tener un amigo con quien fuese fácil hablar. Parece algo simple o nimio, pero es en realidad la mar de difícil. Si ha prestado atención a lo que llamo territorio entenderá por qué. Las personas son de verdad muy vastas. Pues bien, yo podría ser yo, él podría ser él, y los dos seríamos un nosotros de verdad satisfactorio. Así me lo figuraba en mis años mozos. Desgraciadamente, mi naturaleza compleja y calculadora siempre me había alejado de la gente, por una sencilla razón: me había acostumbrado a ser observador de la vida, en lugar de actor, a ver las cosas suceder en lugar de hacer que sucedan. Y la gente olvida fácilmente las presencias pasivas, pues no presentan amenazas ni riesgos. Sin embargo, me repito avergonzado, siempre quise encontrar a un compañero, para razonar en conjunto sobre esto y aquello con hondura y profundidad. Para mi sorpresa resultó ser que, entrado yo en mis treinta y cuatro años, estando comprometido con lecturas más frescas (por seguro) de las que “disfruto” hoy día, atiborrado de trabajo de profesor en un instituto privado, y con ojos brillantes pero ojerosos, conocí a Franky, ardiente escritor de viajes.

Por lo que recuerdo, ese día era viernes. Le anticiparé que no he logrado recordar por mucho que me esforzara el nombre del bar. Sí llegan a mí un bossa liviano y un olor a tabaco punzante. Un trago largo y pesado. Rememoro: había sido un día largo de burocracia. Siempre la odié, a la burocracia, claro está. Son transacciones cotidianas que me hartan, y en ese entonces me hastiaban incluso más que hoy, ya que mis ánimos se han decrepitado y le han dado paso así a una suerte de paciencia que es más bien desgano. Pero bueno, son insignificancias, obviedades, trabajos de hormiga a los que uno se atiene porque… ¡es necesario! ¡pero si existiese la confianza entre los hombres, nos ahorraríamos tanto papel! Qué infelices se volverían los profesores si eso pasase. Los profesores aman su burocracia, los muy ineptos. Cómo los odio, no se da usted una idea.

Así que estaba yo, sentado. Imagíneme usted con un traje color cuero bien pulcro y planchado, desenvuelto sobre la barra con la cabeza apoyada sobre mi mano, fijado imaginariamente en las currículas que había corregido y firmado, mientras bajaba con lentitud mi cerveza. Algo habría de despertarme. En esos años no me gustaba hundirme en mí mismo, en mi pasado y pensamiento. Por ende, corrí los ojos y los puse en las botellas de la barra, los afiné y me puse a leer las etiquetas, como queriendo despertar mi propia atención. Y ahí estaba Franky. Un hombre vestido de saco, algo desarreglado, pero de muy buen gusto, ligero, corrigiendo un papel con lápiz, que movía calculadamente generando tachones, marcaciones, subrayados, y todo eso sucediendo en el reflejo marrón de una Quilmes de litro. Años más tarde encontraría esta forma de encontrarnos muy curiosa. En primer lugar, porque casi todos los recuerdos que guardo de Franky llevan adheridos las impresiones del sabor a cerveza y el aroma a tabaco. En segundo, porque esa materia mixta de banalidad y extravagancia sería algo que, descubriría, iban excelentemente con su carácter.

Me intoxicarían en los años venideros una ingenuidad y un amor por lo nuevo que daría a mis ideas aún más vigor que antes, se lo debo a nuestras charlas de borrachos. Camarada, ¿qué escribías entonces? ¿lo recordaría si leyese alguno de tus libros? Quizás sería así, como también podría recordar más de esos momentos, pero ya no tengo más ganas de viajar –me he dedicado por entero a pensar el alma- puesto que he tomado consciencia: Franky, si me vieras ahora, aterrado porque sé que aquí tanto como allá existen garras que quieren jalarnos hacia lo más bajo y profundo…


Ignacio Goldsmit, 2021.



Arthur



jueves, 8 de julio de 2021

Sol en Ventana a la escritura

 

GIGANTES


Los sonidos en la noche

están     amplificados

la afasia del silencio

                            los ampara 

regala cascadas 

                    salpica

zumbidos inciertos

 

                            

                  


Los sonidos en la noche

se mezclan con el cuerpo

una respiración

            viento de silbido

traslada al dormir

aviones a vapor 

otros cielos



Los sonidos en la noche

se visten de ruidos

una alarma en llamas

convertida en 

      sinfonía

               canto de sirena 

                       alarido gatuno

campanario de trenes

                 


                              


Los sonidos en la noche

se visten desvisten

sin binoculares

sin escalas

sin pentagramas

sin nadie que los dirija

viajan solos

entran sin permiso

marean al sueño

lo despabilan



Los sonidos en la noche

gigantes acústicos

acéfalos de espacio

                    de tiempo

            vagan 

     vibran

materializan

un poema





Sol Medina Boiko, 2021.