Siempre de Viaje - Taller de escritura y lectura, edición de libros-objeto y pliegos artesanales, lecturas de poesía, producción de eventos culturales.
lunes, 10 de octubre de 2016
Me tapé los ojos * Eugenia Coiro
Me tapé los ojos
apenas velados
para que la luz azul no entrara.
Tus palabras, en cambio, perforaban
como cuchillos de nostalgia nueva.
La voz sedosa
con arrullo quebrado
decía un poema que me sumergía
llenaba mis ojos por dentro
desde el estómago.
Agua
pero no era límpida
transparente
con algunas partículas lentas
flotantes
subiendo
brillos
tal vez pelusas.
Diminutos mundos imperfectos.
Hablabas de algo
parecía algo simple
no sé, creo que era un termotanque.
El agua caliente sobre un cuerpo desnudo.
Un cuerpo real,
imperfecto como un mundo.
Después nombraste
la ausencia
la pérdida
la huella de algún dedo rosando un objeto.
El olor de una mano sobre un libro.
Mis ojos los dejé tapados
oscurecidos.
El corazón
irremediable
tocado.
Eugenia Coiro, 2016.
Durante el viaje al Festival Internacional de Poesía de Rosario.
Espera * Roland Barthes
ESPERA. Tumulto de angustia suscitado por la espera del ser amado, sometida a la posibilidad de pequeños retrasos (citas, llamadas telefónicas, cartas, atenciones recíprocas).
Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético: en Erwartung (Espera), una mujer espera a su amante, por la noche, en el bosque; yo no espero más que una llamada telefónica, pero es la misma angustia. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.
Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza de teatro.
El decorado representa el interior de un café; tenemos cita y espero. En el prólogo, único actor de la pieza (como debe ser), compruebo, registro el retraso del otro; esa demora no es todavía más que una entidad matemática, computable (miro mi reloj muchas veces); el Prólogo concluye con una acción súbita: decido “preocuparme”, desencadeno la angustia de la espera. Comienza entonces el primer acto; está ocupado por suposiciones: ¿y si hubiera un malentendido sobre la hora, sobre el lugar? Intento recordar el momento en que se concretó la cita, las precisiones que fueron dadas. ¿Qué hacer (angustia de conducta)? ¿Cambiar de café? ¿Hablar por teléfono? ¿Y si el otro llega durante esas ausencias? Si no me ve lo más probable es que se vaya, etc. El segundo acto es el de la cólera; dirijo violentos reproches al ausente: “Siempre igual, él (ella) habría podido perfectamente…”, “Él (ella) sabe muy bien que…” ¡Ah, si ella (él) pudiera estar allí, para que le pudiera reprochar no estar allí! En el tercer acto, espero (¿obtengo?) la angustia absolutamente pura: la del abandono; acabo de pasar de un instante de la ausencia a la muerte; el otro está como muerto explosión de duelo: estoy interiormente lívido. Así es la pieza; puede ser acortada por la llegada del otro; si llega en el primero, la acogida es apacible; si llega en el segundo, hay “escena”; si llega en el tercero, es el reconocimiento, la acción de gracias: respiro largamente, como Pelléas saliendo del túnel y reencontrando la vida, el olor de las rosas.
(La angustia de la espera no es continuamente violenta; tiene sus momentos apagados; espero y todo el entorno de mi espera está aquejado de irrealidad: en el café miro a los demás que entran, charlan, bromean, leen tranquilamente: ellos no esperan.)
La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso (para no ocupar el aparato); sufro si me telefonean (por la misma razón); me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado bienhechor, el regreso de la Madre. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.
El ser que espero no es real. Como el seno de la madre para el niño de pecho, “lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él”: el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio.
Todavía el teléfono: a cada repiqueteo descuelgo rápido, creo que es el ser amado quien me llama (puesto que debe llamarme); un esfuerzo más y “reconozco” su voz, entablo el diálogo, a riesgo de volverme con ira contra el importuno que me despierta de mi delirio. En el café, toda persona que entra, si posee la menor semejanza de silueta, es de este modo, en un primer movimiento, reconocida.
Y mucho tiempo después que la relación amorosa se ha apaciguado conservo el hábito de alucinar al ser que he amado: a veces me angustio todavía por un llamado telefónico que tarda y, ante cada importuno, creo reconocer la voz que amaba: soy un mutilado al que continúa doliendo la pierna amputada.
“¿Estoy enamorado? –Sí, porque espero.” El otro, él, no espera nunca. A veces. Quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir, adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que ésta: yo soy el que espera.
(En la transferencia, se espera siempre –en lo del médico, el profesor, el analista. Más aún: si espero frente a la ventanilla de un banco, en la partida de un avión, establezco enseguida un vínculo agresivo con el empleado, con la azafata, cuya indiferencia descubre e irrita mi sujeción; de modo que se puede decir que, en donde quiera que haya espera, hay transferencia: dependo de una presencia que se divide y pone tiempo a su darse; como si se tratase de hacer decaer mi deseo, de agotar mi necesidad. Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder, “pasatiempo milenario de la humanidad”.)
Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. “Seré tuya, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana.” Pero, en la nonagesimonovena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.
Roland Barthes, “La Espera”, en: Fragmentos de un discurso amoroso.
Coordinación: Virginia Janza, Eugenia Coiro y Karina Macció.
Dirección General: Karina Macció
Lugar: Guarida Literaria de Siempre de Viaje
fbk: siempredeviajeliteratura
@siempre_deviaje
Tel.: 4867-5964
jueves, 6 de octubre de 2016
A Japón * Gabriela Pedrotti
A
Japón
Te
fuiste
Te
miré de cerca
De
lejos
Te
vas
Despedirte
con alegria
Me
pediste tacos
Te
los hice
Como
no hacerte tacos!!
Mujer
hermosa
Encielada
con tu altura
Te
reis
Y
yo quiero llorar de emoción
Partiras
Lo
sé
Te
abrazo
Me
decís “No llores mamá”
Aguanté
Gire
al dejarte,
y
las lagrimas se desprendieron
Habías
partido
Como
cuando naciste
Comenzaste
tu viaje
También
lloré
¡Estas
tan linda!
¡Viví
amor!
En
ese caleidoscopio
Que
tu vida
te
augura
En
ese escenario de ambiciones que te pretendes
¡Vamos,
si!
Arremete
la vida
Ama
tu futuro
Que
es solo ese deseo que es solo, ese deseo de hoy
Que
buscará una forma para ser
No
temas al desconcierto
El
concierto es pocas veces
Vos
confía
Si
uno se pierde
Después
se encuentra
y
después ya te perderás
Más
tranquila
Hay
idas sin vuelta.
Gabriela Pedrotti, 2016.
Producido en los talleres de Siempre de Viaje.
Sueño * Juampi Ortigosa
Sueño con incontables aventuras,
Que todo mundo quiere vivir.
Con paisajes inolvidables
Con animales por todas partes.
Sueño como Tarzan,
Con viajes a las selvas más bellas
Con los simios como mi familia.
Trepar por los árboles,
Construyendo allí mi hogar.
Sueño como Mandela,
Con un deporte que nos una.
Donde la gente sea aceptada,
Porque juntos triunfaremos.
Sueño como Madagascar,
Varado en las islas bellas,
Con animales de los más exóticos,
Sin poder salir.
Sueño como La Momia,
Perdido en el desierto
Explorando las ruinas antiguas,
Con trampas por todos lados.
Sueño con su música,
Con instrumentos nunca antes vistos
Con las melodías más autóctonas,
Que juntos te dejan en paz.
Sueño con una comunidad
De gente humilde y amable,
Que no todo tiene,
Pero todo da.
Juampi Ortigosa, 2016.
Producido a partir de la lectura de poemas de Sueño con África de Alain Lawo-Sukam.
martes, 4 de octubre de 2016
Llovizna * Alicia Álvarez
Llueve julio
barro desvanecido
dos bueyes
mansedumbre
sobre la
pesadez
la escena
se abrillanta de cristales
verdes.
Voy
sentada en el carro
Frutos
mojados
crecen
los bueyes sin
hablarse
garabatean surcos
la humedecida tierra
(sin mirarse)
tierra desprometida.
Acomodo
mis venas en
el carro
Inapropiada
frunzo el
vestido rocitas
rococó
acuno
el lazo
de la escuela
ciño la
blusa delatora al pecho
ajusto la
cadera a la falda
me desprolijo
las medias
se corren
Poco
me importa
me doy
por bien vestida
con traje de
soldado en la trinchera
Me
acomodo en el carro
a descansar
Aunque
no hablen
los bueyes
no se
miren
hundan la
tierra
la rasguen
como alfombras
oscuras
mojadas
aunque llovizne
sin promesa
la tierra
la carne
seguirá latiendo
templada
perdurable
desvestida
ataviada lujosa
impasible
sellada
profunda
apoyada en
mis huesos.
Alicia Álvarez
domingo, 2 de octubre de 2016
El desgarro * Gabriela Pedrotti
No
se puede con el desgarro siempre.
Siempre
sin el Otro.
en
que lugar se perdió el eco?
El
Otro no es eco.
Es
el idioma otro que me llama,
allí
sueno.
Cuando
me quedo allí, sueno.
A
veces quiero volver, al silencio que fui a buscar.
Gabriela Pedrotti, 2016.
Texto producido en los talleres de Siempre de Viaje.
sábado, 1 de octubre de 2016
La presa * Alejandra L. Malvotti
No era solamente él o yo, sin embargo la sabana me daba la última oportunidad.
Miré el sol. Competía con el tiempo para esconderse. Unos segundos más y esa postal se iría desdibujando.
Naranja intenso. Marrón.
La negrura absoluta se apoderaría de los pastos amarillentos, de todo.
De mi África.
Cómo es posible tanta sencillez sea tan bella.
Solo tres metros me separaban del único árbol de apariencia seca. Lo observé. Medí la resistencia de sus ramas deformes. Calculé la distancia ¿me ayudaría a sobrevivir?
Sonaban a lo lejos una especie de tambores marcando el final.
Me desafiaba. Su mirada era intimidante.
Respiré amenaza.
Sus movimientos fueron lentos y calculados. Yo sería su trofeo. Alejado de mis iguales ya no podía volver, quizás tuve poco tiempo.
Pude haber sido el rey.
Ahora soy presa.
Alejandra L. Malvotti, 2016.
Producido en los Talleres de Siempre de Viaje a partir de la lectura de poemas de Sueño con África de Alain Lawo-Sukam.
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